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¿Qué
comes cuando comes una hamburguesa?
CADA VEZ QUE
COMAN EN UNA CADENA DE COMIDA RAPIDA REFLEXIONEN ESTO:
Qué
comes cuando comes una hamburguesa ??? Además de una gran
cantidad de grasa y colesterol, estás consumiendo
crueldad, selvas, agua...
Piénsalo bien antes de
comer una hamburguesa: 1 hamburguesa = 10 m2 de selva húmeda
+ 500 litros de agua + 3 kg de erosión de suelo +...
Al
término de la Segunda Guerra Mundial, en Estados Unidos
hace su aparición un elemento central del american way of
life hoy: la comida rápida o fast food y su reina la
hamburguesa. Se dice que fueron emigrados alemanes procedentes de
Hamburgo quienes, en el siglo XIX, llevaron esta invención
a Estados Unidos, pero fue hasta mediados del siguiente siglo
cuando comenzó su difusión a nivel nacional. La
extensión de las ciudades en forma de suburbio, el
creciente uso del automóvil y la mayor integración
laboral de la mujer fueron, como lo explica Jeremy Rifkin, las
causas principales del éxito de los expendios de comida
rápida que aparecieron simultáneamente en estas
áreas urbanas.
Lo económico era uno de los
requisitos para lograr un consumo masivo, por lo que la carne
empleada no podía ser de primera calidad la cual era
obtenida de animales engordados durante un tiempo con pasto y
después con granos, para que su carne fuera grasa, y
se comenzó a consumir carne más barata, con poca
grasa, de animales alimentados exclusivamente con pasto,
generalmente importados de diversos países. El único
problema que se presentaba al emplear este tipo de carne en la
confección de hamburguesas era que, por falta de grasa que
la rodeara, se desmoronaba; esto se resolvió mezclando
grasa de los desechos de reses engordadas en el país con
la carne de las importadas.
Desde entonces, el crecimiento
de las cadenas de comida rápida ha sido continuo más
de medio millón de expendios en todo Estados Unidos, en
donde, día con día, se atiende alrededor de cien
millones de personas, de las que MacDonalds se ha
convertido en icono. A fines del siglo XX, estas cadenas vendían
40 por ciento del total de la carne que se consumía en el
país, de la cual, entre una tercera parte y la mitad las
cifras varían procedía de las zonas
tropicales de América Latina, en donde se producía
de manera extensiva. En teoría, como lo explica Víctor
Manuel Toledo, este tipo de ganadería debería
permitirse en los terrenos que poseen una vocación
pecuaria, es decir, en donde crecen pastos de manera natural en
el caso de los trópicos húmedos, en las sabanas.
Sin embargo, por la poca extensión de este tipo de
vegetación y para evitar gastos, en América Latina
se acostumbra derribar la selva para establecer potreros dejando
si acaso unos cuantos árboles para sombra, después
se siembra pasto y se cerca el terreno con alambre de púas;
el cuidado del ganado se efectúa en forma muy elemental,
un poco de sal, agua y la atención sanitaria básica,
y el empleo de mano de obra es mínimo.
Con tan poca
inversión, el rendimiento es muy bajo, una vaca por
hectárea, y con el paso del tiempo, menos de diez años,
éste disminuye por el agotamiento de los suelos, que
producen una menor cantidad de pasto y menos nutritivo,
provocando que la superficie necesaria para alimentar una cabeza
de ganado llegue a ser de varias hectáreas. Ante esto, los
ganaderos devastan nuevas extensiones de selva o emplean aquellas
destinadas a uso agrícola o en proceso de regeneración.
Las ganancias no pueden disminuir.
Así, mientras se
formaban enormes fortunas, millones de reses pastaban en
vastísimas superficies ganadas a la selva, como si sus
estómagos rumiaran árboles, lianas, epífitas,
arbustos y palmas, engullendo el hábitat de una enorme
diversidad de fauna, destruyendo el suelo con sus pisadas y
calentando el ambiente con sus gases. Se calcula que en estas
décadas fue talada una cuarta parte del total de la
extensión de selva húmeda de Centroamérica y
millones de kilómetros cuadrados de selva amazónica.
Todo ello impulsado por las políticas y apoyos económicos
del Banco Mundial, el Banco Interamericano de Desarrollo y la
Agencia de Desarrollo Internacional de Estados Unidos, con el
aval y la colaboración de los gobiernos, y el beneplácito
de los terratenientes y las asociaciones ganaderas de cada
país.
México no escapó a esta fiebre
de ganaderización. Con un fuerte apoyo internacional,
federal y estatal, regiones enteras se volcaron a esta actividad,
manejada fundamentalmente por pequeños propietarios
la ley considera pequeña propiedad la superficie
necesaria para mantener 500 cabezas de ganado bovino,
quienes llegaron a controlar más de 80 por ciento de la
producción de carne; el resto quedó en manos de los
ejidos, que suelen rentar sus potreros a éstos para criar
ganado. Fue así que, en unas cuantas décadas, la
tercera parte de la superficie de Veracruz quedó
transformada en potreros, mientras sus selvas, que cubrían
dos terceras partes de ésta, se habían reducido a
menos de una décima parte de su extensión original.
Lo mismo ocurrió en Tabasco, en donde originalmente la
mitad de su territorio estaba constituida por selvas primarias, y
a principios de los ochenta quedaba menos de 10 por ciento,
mientras que la ganadería se había propagado sobre
la mitad de éste, al igual que, casi en la misma
proporción, sucedió en Chiapas.
En total, se
calcula que durante la segunda parte del siglo XX la ganadería
extensiva fue causa de la destrucción de la mitad de la
superficie que originalmente cubrían las selvas húmedas
en el país.
La oposición que actualmente
lleva a cabo un grupo de ciudadanos de la capital oaxaqueña
contra la instalación de un MacDonalds es más
que simbólica, basta comparar el mapa de la vegetación
original de México con el actual para darse cuenta de la
magnitud de esta destrucción.
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