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Alimentos:
silencioso asesinato en masa en países en desarrollo
Luis Hernández Navarro
La Jornada
Comenzó
en México como la guerra de la tortilla en enero de 2007. Se siguió
a Italia como la huelga del espagueti nueve meses más tarde. Después
se convirtió en alud imparable. Las protestas contra el alza en
el precio de los alimentos se sucedieron en Haití, Mauritania,
Yemen, Filipinas, Egipto, Bangladesh, Indonesia, Marruecos, Guinea, Mozambique,
Senegal, Camerún y Burkina Faso.
En el mundo de hoy hay más hambre de la que había. La desesperación
y la rabia ante el hecho de no tener un bocado que llevarse a la boca
han provocado saqueos y robo de cereales en campos, bodegas y tiendas;
también caos, pillaje e incendios. Muchos gobiernos han respondido
con detenciones arbitrarias, asesinatos y torturas. En Pakistán
y Tailandia los ejércitos patrullan las calles.
En Haití, las manifestaciones dejaron saldo de varios muertos y
decenas de heridos. Para paliar el descontento, el haitiano René
Preval anunció un programa de subvención para la producción
local de arroz, leche y huevos.
En Marruecos, ciudadanos furiosos han formado los tansikiyate para luchar
contra el alza de precios de productos de primera necesidad. El pan subió
de golpe 25 por ciento en septiembre de 2007, y se produjeron graves incidentes
en la ciudad de Sefrú.
En Egipto, el descontento actual remite a épocas pasadas. El clérigo
Sheik Yusef al Bradi, de la Universidad de Al Azar, recordó las
similitudes con la famosa “revuelta del pan” en 1977, cuando
el gobierno intentó recortar las subvenciones a los alimentos y
se produjeron grandes disturbios. Por lo menos tres personas murieron
en el delta del Nilo.
En febrero de 2008 se suscitaron graves conflictos en Camerún.
La policía reprimió salvajemente a los inconformes. El presidente
Paul Biya, quien gobierna desde 1982, reconoció 40 muertos; los
inconformes afirman que fueron más de 100.
Se trata de un hecho global. Usualmente la escasez generalizada de alimentos
se ha producido en países y regiones localizadas, ante desastres
naturales, plagas o guerras. Pero ahora sucede de manera simultánea
en multitud de naciones y varios continentes.
El aumento –por ejemplo– a los precios del trigo tiene impacto
real, pero limitado, para los consumidores europeos. En el viejo continente
el pan supone apenas 1.8 por ciento del costo de la canasta básica.
Pero en países con poblaciones pobres, como India, China y Egipto,
que han hecho grandes esfuerzos por combatir la desnutrición, ha
tenido efectos severos.
La situación es dramática. Cada cinco segundos se produce
en el mundo una muerte de un menor de 10 años por hambre, y la
situación va a agravarse. Hay cerca de 850 millones de seres humanos
que no tienen que comer. El Programa Mundial de Alimentos de Naciones
Unidas estima que, a partir de la actual crisis, hay 100 millones de personas
hambrientas más. De acuerdo con la Organización de las Naciones
Unidas para la Agricultura y la Alimentación (FAO, por sus siglas
en inglés), en 37 países se ha desatado una crisis alimentaria.
En 2008, los naciones más pobres pagarán 65 por ciento más
por sus importaciones de cereales; en algunos países africanos
el incremento será de 74 por ciento.
Jean Ziegler, relator especial de la ONU sobre el derecho a los alimentos,
sostiene que es como si detrás de cada víctima por la hambruna
hubiese un asesinato. “Esto es un asesinato en masa silencioso.”
La ley de San Garabato (vender caro, comprar barato)
La
producción de alimentos se ha modificado notablemente en el último
año y medio. Las piezas del sistema agroalimentario mundial se
han trastocado. Hasta ahora la agricultura se había caracterizado
por una caída sostenida en los precios reales, acompañada
por incrementos temporales en los precios de algunos productos, cultivos
excedentes, agresivas políticas de apoyo a los precios y protección
comercial. Esta disminución en los precios ocurrió a pesar
del aumento en los costos de fertilizantes y energéticos.
Esa tendencia cambió ya radicalmente. El nivel de reservas de granos
y oleaginosas, de acuerdo con los estándares históricos,
se ha reducido dramáticamente. Sus precios se han incrementado
hasta llegar a las nubes.
Hoy, el arroz cuesta en Asia tres veces más de lo que valía
hace apenas tres meses. En la bolsa de Chicago el precio de un bushel
(25.401 kilogramos) de maíz alcanzó 6.37 dólares,
precio nunca antes visto. El trigo elevó su valor 130 por ciento
en un año.
Esta escalada inflacionaria abarca muchos otros productos agropecuarios.
En México el litro de aceite subió de 6.73 pesos en enero
de 2006 a 36.50 en abril de 2008, mientras el pan de caja pasó
de 13.21 pesos en enero de 2006 a 24 en abril de este año. En casi
todo el mundo han aumentado lácteos, carnes, huevo, vegetales y
frutas.
Irónicamente, durante 2007 la producción mundial de granos
aumentó 4 por ciento en relación con 2006. La cosecha fue
de 2 mil 300 millones de toneladas. Esto es un volumen tres veces mayor
al obtenido en 1961. Sin embargo, durante ese mismo lapso la población
humana se duplicó.
El problema del hambre en el mundo no es, entonces, falta de comida, sino
que millones de seres humanos no pueden comprarla. En contra de lo que
señalan las leyes del mercado, que dicen que si la producción
aumenta los precios bajan, el costo de los alimentos ha subido.
Parte de la adversidad proviene de la creciente concentración monopólica
de la industria agroalimentaria mundial. El hambre de muchos es la bonanza
de pocos. En momentos de adversidad como la actual, un puñado de
empresas han visto crecer sus ganancias de manera desorbitada.
Es el caso de las compañías dedicadas a la fabricación
de fertilizantes. Durante 2007, Potato Corp incrementó sus beneficios
72 por ciento respecto de 2006. Yara tuvo 44 por ciento más utilidades.
Las ganancias de Sinochem crecieron 95 por ciento, y las de Mosaic 141
por ciento.
También las grandes comercializadoras de granos. Durante los tres
primeros meses de 2008, Cargill obtuvo beneficios 86 por ciento mayores
que durante el mismo periodo del año anterior. En 2007, ADM tuvo
ganacias 67 por ciento superiores a las de 2006; Conagra, 30 por ciento;
Bunge, 49 por ciento, y Noble Group, 92 por ciento.
Igual suerte tienen las multinacionales procesadoras de alimentos, como
Nestlé y Unilever, y las firmas dedicadas a producir semillas y
agroquímicos, como Dupont, Monsanto y Sygenta. (Véase, “El
negocio de matar de hambre”, Grain, abril de 2008).
Los granos de la mazorca
¿Por
qué, entonces, si el volumen de la cosecha de granos en 2007 logró
récord mundial, los precios de los alimentos se han elevado?
Básicamente, por la confluencia de cinco factores en el marco de
la crisis general de un modelo de producción agropecuario. Éstos
son: utilización de granos básicos para elaborar agrocombustibles;
incremento en el precio de los insumos; efectos del calentamiento global
en la agricultura; cambios en el patrón de consumo alimentario,
y la especulación en la bolsa de valores. Todo ellos como parte
de la crisis del modelo de la agricultura industrial en grandes predios,
altamente dependiente del petróleo, basada en la lógica
de las ventajas comparativas y el libre comercio, dominante hoy día.
En sincronía con el aumento del precio del petróleo en el
mundo, se ha intensificado la elaboración de agrocombustibles.
Más que por el impulso del mercado, su fabricación ha crecido
por el apoyo de cuantiosos subsidios y políticas públicas
destinadas a su fomento. La Unión Europea acordó como obligación
para 2010 que 5.75 por ciento del transporte se base en bioetanol y biodiesel.
En Estados Unidos, la legislación prevé que en 2012 se usarán
27 mil millones de litros de agrocombustibles. George W. Bush propuso
como meta elaborar 133 millones de litros en 2017. Para ello se ha establecido
un ambicioso programa de incentivos económicos a los productores.
El crecimiento de la demanda mundial de agrocombustibles ha reducido la
producción de granos, reconvertido los cultivos en amplias superficies
agrícolas y disparado los precios. La población mundial
consume directamente menos de la mitad de los granos que se cosechan.
El resto sirve para alimentar vacas y vehículos motorizados.
El incremento en el precio del petróleo ha subido los costos de
producción agrícola. El modelo preponderante es adicto al
oro negro. No puede sembrar sin él. Los fertilizantes y parte de
los agroquímicos utilizados en las cosechas son hechos con petróleo.
La maquinaria y los vehículos para sembrar, cosechar, procesar,
almacenar y transportar necesitan combustibles y aceites provenientes
de refinados del petróleo. Parte de la energía eléctrica
requerida para extraer agua y regar los sembradíos se genera con
derivados del petróleo. Los plásticos que cubren invernaderos
y las mangueras para regar los campos son fabricados con materias primas
provenientes del petróleo. Los materiales para envasar y el trasporte
hacia los mercados requieren derivados del petróleo. Y todos ellos
cuestan más ahora. Plásticos como el polipropileno valen
hasta 70 por ciento más que en 2003.
El modelo agrícola industrial preponderante es parcialmente causante
del cambio climático. Ahora, esa transformación ha dislocado
la agricultura mundial. La tradicional incertidumbre del sector es mucho
mayor. El uso excesivo de fertilizantes, la degradación de suelos,
la reconversión de terrenos antes forestales y la ganadería
han convertido la agricultura en uno de los mayores productores de gases
de efecto invernadero. Según el informe Stern, la suma de producción
agrícola, cambio de uso del suelo, producción y comercialización
de insumos y fabricación de equipos e implementos agropecuarios,
son responsables de 41 por ciento del total de gas carbónico que
se emite en el mundo.
El clima ha enloquecido y arrastrado la vida rural. La sequía en
Australia devastó las siembras de trigo, y las exportaciones cayeron
más de 20 por ciento. Canadá, segundo productor mundial
después de Estados Unidos, va a tener la producción más
pequeña en cinco años. En Kansas se sufrieron nevadas. En
China, el calentamiento global acortará el periodo de crecimiento
de los cereales y las semillas no tendrán tiempo de madurar. Además,
las recientes inundaciones destruyeron 5.5 millones de hectáreas
de trigo y colza. Sequías y lluvias amenazan con derrumbar las
cosechas por doquier.
El crecimiento económico en países como India y China ha
modificado la pauta de consumo alimentario de millones de personas. Hoy
comen más, mejor y otro tipo de productos. Por ejemplo, el consumo
de carne de vacuno ha aumentado. Pero para producir un kilo de carne de
res en pie se necesitan ocho kilos de cereales. Un kilo de carne comestible
requiere el doble de cereales. Así, detrás de los millones
de hamburguesas que se consumen en el mundo hay más y más
sembradíos de granos y oleaginosas para engordar vacas.
El mercado agrícola ha entrado en la órbita financiera.
La comida forma parte del casino de la especulación financiera.
Ante la crisis de las hipotecas, la debilidad del dólar y la recesión
en Estados Unidos, los fondos de inversión se han trasladado al
lucrativo negocio del hambre. La comida se ha convertido –mucho
más de lo que ya era– en bien para especular. Durante 2007,
dichos fondos invirtieron 175 mil millones de dólares en el mercado
de futuros (contratos que obligan a comprar o vender una mercancía
a un precio y un plazo determinados). Actualmente dominan 40 por ciento
de los contratos en la bolsa de valores de Chicago, proporción
sin precedente. La compra de soya en ese terreno pasó de 10 millones
de toneladas en marzo de 2007 a 21 millones el mismo mes de este año.
Un modelo en crisis
La
producción de alimentos es un arma clave y poderosa que Estados
Unidos ha aceitado desde hace décadas. Guerra, alimentos y derechos
de propiedad intelectual están estrechamente vinculados con la
estrategia económica de la Casa Blanca desde los años 70.
Desarrollo de la industria militar, producción masiva de granos
y patentes han sido pilares de la hegemonía estadunidense en la
economía mundial.
La comida es un instrumento de presión imperial. John Block, secretario
de Agricultura entre 1981 y 1985, afirmó: “El esfuerzo de
algunos países en vías de desarrollo por volverse autosuficientes
en la producción de alimentos debe ser un recuerdo de épocas
pasadas. Éstos podrían ahorrar dinero importando alimentos
de Estados Unidos”.
Los productos agrícolas made in USA son una de las principales
mercancías de exportación de ese país. Con su mercado
interno saturado está empujando, agresivamente, para abrir las
fronteras a sus alimentos. Una de cada tres hectáreas se destina
a cultivar productos agropecuarios para exportación. Una cuarta
parte del comercio rural la realiza con otros países. Si hasta
antes de 1973 los ingresos por las ventas de este sector al exterior fluctuaban
alrededor de 10 mil millones de dólares cada año, a partir
de entonces aumentan en un promedio anual de 60 mil millones. El éxito
se basó, en mucho, en la combinación de apoyos gubernamentales
a la producción y al producto, para derrumbar los precios por debajo
de los costos de producción, así como en abundantes subsidios
a la exportación.
El presidente George W. Bush lo ratificó al firmar la Ley de Seguridad
para las Granjas e Inversión Rural de 2002. “Los estadunidenses
–dijo– no pueden comer todo lo que los agricultores y rancheros
del país producen. Por ello tiene sentido exportar más alimentos.
Hoy, 25 por ciento de los ingresos agrícolas estadunidenses provienen
de exportaciones, lo cual significa que el acceso a los mercados exteriores
es crucial para la sobrevivencia de nuestros agricultores y rancheros.
Permítanme ponerlo tan sencillo como puedo: nosotros queremos vender
nuestro ganado, maíz y frijoles a la gente en el mundo que necesita
comer.”
Sistemáticamente, los organismos financieros multilaterales han
promovido la destrucción de la producción agrícola
local y la importación de alimentos de las naciones más
pobres. El 70 por ciento de los países en desarrollo son ahora
importadores netos de alimentos. Sus habitantes viven el asesinato silencioso
en masa de esta guerra no declarada.
Aunque los springbreakers del libre comercio, como Robert Zoellick, presidente
del Banco Mundial, insisten en que para superar la crisis hay que hacer
más de lo mismo, esto es, liberalizar los mercados, desregular
la economía, desarrollar nueva tecnología y dar ayuda alimentaria,
el modelo de agricultura industrial y ventajas comparativas comienza a
cuartearse. Los estados se han decidido a intervenir en la economía.
Según Economist Intelligence Unit (La Jornada, 29/4/08), “de
58 países cuyas reacciones son seguidas por el Banco Mundial, 48
han impuesto controles, subsidios al consumidor, restricciones a la exportación
o aranceles inferiores”. Malawi ha desafiado con éxito el
Consenso de Washington y se ha convertido en exportador de granos.
A
finales de febrero el presidente Evo Morales aprobó un decreto
que prohíbe temporalmente la exportación de varios alimentos,
como carne de res y arroz, debido a la escasez en el mercado. La medida
también afecta al trigo, el maíz, el azúcar y los
aceites comestibles, que Bolivia exportaba a naciones vecinas, cuya carestía
en el mercado local disparó los precios. Según el mandatario
boliviano, “en la vivencia familiar, cuando sobran nuestros productos,
tenemos todo el derecho a vender y exportar; si faltan, estamos en la
obligación de garantizar la alimentación familiar”.
Quince países latinoamericanos acordaron en la Cumbre sobre Soberanía
y Seguridad Alimentaria declarar la emergencia. Nicolás Maduro,
canciller venezolano, propuso crear un “fondo agrícola-petrolero”
y un banco latinoamericano de productos agropecuarios. Los gobiernos centroamericanos
están desembolsando dinero en efectivo, dando fertilizantes y semillas
mejoradas, comprando granos a los campesinos para evitar que los altos
precios terminen hundiendo en la miseria a millones de personas.
India ha prohibido que arroz, trigo, garbanzos, papas, caucho y aceite
de soya coticen en el mercado de futuros. Rusia ha congelado precios de
leche, huevos, aceite y pan. El gobierno chileno entregará un bono
equivalente a unos 45.5 dólares a un millón 400 mil familias
pobres. Indonesia ha triplicado sus subsidios a los alimentos.
La superficie agrícola llegó, en lo esencial, a su límite.
El modelo de revolución verde de los 60 ha alcanzado un tope. Entre
los 70 y 90, los rendimientos agrícolas crecieron a un ritmo de
2.2 por ciento al año. Sin embargo, ahora aumentan a una tasa de
uno por ciento anual. No hay tierra agrícola suficiente para producir
simultáneamente granos para la alimentación humana y para
“dar de comer” a los automóviles. Es falso que transgénicos
vayan a resolver esa crisis; por el contrario, la agravarán.
Para los pobres del mundo, las noticias no son buenas. El futuro inmediato
será de penuria alimentaria y altos precios. No hay perspectiva
de comida barata.
El asesinato silencioso en masa que viven hoy las naciones no desarrolladas
y sus pueblos debe ser detenido. Ello sólo será posible
cambiando drásticamente el actual sistema agroalimentario. La solución
al problema está en manos de 450 millones de campesinos minifundistas,
a los que, por todos los medios, se ha tratado de expulsar de sus parcelas.
Tres cuartas partes de los pobres del mundo sobreviven de la agricultura,
y 95 por ciento de los campesinos habitan en países pobres. Es
a ellos a quienes debe apoyarse.
También deben impulsarse políticas públicas que defiendan
la soberanía alimentaria de las naciones. Cuando sea necesario,
los gobiernos deben tener el derecho a cerrar sus fronteras para defender
su producción interna, a apoyar a sus productores con los estímulos
que consideren convenientes. Hoy, más que nunca, la agricultura
debe estar fuera de la Organización Mundial del Comercio.
Como lo saben quienes han vivido guerras, la mayor debilidad de una nación
es depender de otras para alimentar a sus ciudadanos. La comida más
cara es la que no se tiene.
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