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Colombia: ¿paramilitarismo
sustentable?
En
Colombia, los agronegocios no son sólo un problema técnico.
Están sirviendo, desde 2005 (año en que el Estado colombiano
decretó oficialmente el fin del conflicto paramilitar), para legitimar
la posible apropiación de seis millones de hectáreas del
territorio colombiano por parte de los mismos dirigentes paramilitares
y sus pandillas, a quienes el gobierno de Álvaro Uribe ha dado
reconocimiento como agrupaciones políticas y forman parte del proyecto
de Asociaciones Productivas, mediante el cual, los responsables de los
genocidios, desapariciones, desplazamientos y despojos a comunidades campesinas,
indígenas y negras, podrán reciclarse, convenientemente,
como flamantes “agroempresarios verdes”. Al mismo tiempo,
organizaciones sociales y comunitarias colombianas, denuncian que, según
el censo de 1994, en ese año había 40 millones de habitantes
en el país, pero recientemente, el Departamento Administrativo
Nacional de Colombia informó que la población actual del
país es de 41 millones. “Cómo puede ser, dice Daniel
Libreros, si el crecimiento vegetativo de la población en Colombia
es de 500 mil niños y niñas anualmente, deberíamos
ser hoy, en 2007, 46 o 47 millones. Nos faltan al menos 4 millones de
personas. ¿Y dónde están? Pues debajo de las carreteras,
de las cortinas de las represas, en fosas clandestinas…” Los
propios jefes paramilitares han admitido que Colombia desconoce aún
los miles y miles de muertos que tiene, y buena parte de la población
del país se ha insensibilizado a la tragedia.
El esquema de reconversión y legitimación social y política
de los paramilitares, a quienes el gobierno colombiano ha rebautizado
como “sediciosos” o paramilitares buenos, porque supuestamente,
las motivaciones de sus acciones mercenarias habrían tenido un
carácter social (por ejemplo, el “combate al terrorismo”
o la “autodefensa”), será financiado, entre otras,
por agencias de cooperación internacional europeas, como la española,
que ya tiene listo el borrador de un programa de Fondos Canasta, para
donar recursos que sirvan al propósito de crear asociaciones productivas
3⁄4por ejemplo, de plantaciones de palma africana3⁄4, entre
las víctimas y los victimarios. En otras palabras, el Estado español
financiará un programa mediante el cual, las comunidades masacradas
y desplazadas recibirán bimestralmente un subsidio de 600 mil pesos
colombianos (unos 330 dólares), de los cuales los campesinos deberán
reservar una parte (260 mil pesos o 140 dólares), para pagar la
asociación con sus asesinos. Es este el modo como Uribe pretende
reconciliar a la sociedad colombiana: que los agredidos reciban en su
casa al agresor y financien ellos mismos la explotación de su territorio
y de su fuerza de trabajo. De justicia y reparación del daño
a las comunidades, ni hablar. Y si las comunidades se oponen, de inmediato
se les tilda de terroristas, de oponerse a la reconciliación social.
El gobierno promueve intensamente la apropiación de tierras que
considera “improductivas”, por estar en posesión de
comunidades negras en el Chocó Biogeográfico (Curvaradó
y Jiguamiandó) o de comunidades indígenas y campesinas en
la Guajira, el Catatumbo, Dabeiba, Vichada, Montes de María, el
Valle del río Cimitarra, Cacarica y la región del bajo Atrato,
al amparo del llamado Estatuto Rural, que las traspasa a los supuestamente
arrepentidos paramilitares (para “reincorporarlos”) para que
establezcan plantaciones de palma africana y se integren en el boom global
de los agrocombustibles, justo en las tierras de aquellos a quienes durante
años se han dedicado a asesinar. Desde fines de los noventa, una
nueva oleada de violencia paramilitar, aunque esta vez disfrazada de alternativa
económica sustentable, ha dejado un saldo de casi 4 millones de
desplazados forzados en el país. El propio ministro de agricultura
del gobierno nacional colombiano ha dicho que los indígenas “tienen
demasiada tierra”: 30 millones de hectáreas para un millón
de personas. Insiste además que habría que poner esos territorios
en su justa dimensión (es decir, reducirlo a una hectárea
por persona). Pero lo que no dice el ministro es que de ese territorio
sólo es cultivable el 0.1%. El resto son montañas, bosques
y fuentes de agua, ni más ni menos.
Las comunidades afrodescendientes del Curvaradó y Jiguamiandó,
en el Chocó, luchan por recuperar sus tierras mediante ocupaciones
y, una a una, desplantar las palmas y recuperar su agricultura. Tienen
urgencia porque las leyes colombianas están rápidamente
legalizando el despojo ocurrido a fines de la década de los noventa,
a partir del cual, si pasan cinco años sin que se reclame el despojo,
el usurpador 3⁄4frecuentemente de origen paramilitar3⁄4, puede
quedarse con la tierra. Además, dado que la palma africana no puede
crecer en suelos húmedos, como son los suelos en el Chocó
Biogeográfico (una de las regiones más lluviosas del mundo),
también hay urgencia, porque las plantaciones de palma están
drenando y desecando los suelos para permitir que las raíces sean
más profundas y, por tanto, más difíciles de desenterrar.
En el departamento de Bolívar (al norte del eje eléctrico
de Antioquia), región de comunidades indígenas y negras,
rica en biodiversidad, frutos tropicales y agua, se están entregando
entre 25 y 30 mil hectáreas de tierra a los paracos para que produzcan
aceite de palma para exportación. El gobierno colombiano ha firmado
un convenio con el venezolano para abastecer etanol suficiente para que
las gasolinas venezolanas contengan, al menos, un 7% de etanol en el futuro
próximo. En Colombia se dedican ya 303 mil hectáreas de
tierra a la producción de palma aceitera, pero son insuficientes
para los objetivos que se quieren alcanzar: si en la central petrolera
de Barranca Bermeja, la mayor del país, se refinan diariamente
más de 23 millones de galones diarios de gasolina, la ley estipula
que al menos debe producirse 5% de alcoholes hidrocarburantes (4.37 millones
de litros diarios) que saldrán de la producción de aceite
de palma, por lo que “ni 600 mil hectáreas de cultivo de
palma son suficientes”, según declaró el propio presidente
colombiano.
Representantes de distintas comunidades y organizaciones indígenas
(Embera-Katío, Wayuú, Kankuamo, Barí, Kuna), campesinas,
afrodescendientes y sociales colombianas, se han reunido en Bogotá
para reflexionar sobre los impactos y las luchas que realizan contra las
plantaciones de palma africana y caña destinadas a producir biocombustibles.
Al encuentro han asistido también organizaciones de Paraguay, Nicaragua,
República Dominicana, España, Reino Unido, Estados Unidos,
México, Australia, Indonesia, Uruguay y Ecuador, convocados por
la Comisión Intereclesial Justicia y Paz al Seminario Crisis planetaria,
derechos humanos y agrocombustibles. Diagnósticos, análisis
y alternativas. Colombia es el quinto productor mundial de aceite de palma,
y el gobierno de Uribe está afanosamente buscando mecanismos para
agilizar los despojos a las comunidades, reforzar los latifundios y vincular
a los agronegocios con los esquemas globales de financiamiento que, desde
la bolsa de valores de Nueva York, pretenden controlar corporaciones como
Citigroup o Chase Manhattan, vinculadas a los nuevos entrepreneurs armados
y a trasnacionales bien conocidas en toda América Latina, como
Cargill, Archer Daniels-Midland, etcétera.
Entretanto, las organizaciones se han manifestado contra los agrocombustibles,
no sólo por su ya probada ineficacia para responder al cambio climático
o porque son una embestida contra la propiedad comunal, la agricultura
campesina, el territorio, los recursos y la soberanía, sino porque,
también, constituyen una forma de reciclar los monocultivos agroindustriales,
los “desiertos verdes” de cualquier tipo (yuca, plátano,
mango, maíz, palma, soya, eucalipto), que en Colombia son desiertos
rojos, porque están irrigados con la sangre de los campesinos y
con el agua que se niega a los pueblos. En una plantación típica,
cada palma requiere de casi 35 litros diarios de agua y en cada hectárea
se plantan, en promedio, 139 palmas, de modo que una hectárea de
palma aceitera consume al menos 4 mil 753 litros de agua por hectárea
diariamente. En un año, las 303 mil hectáreas de palma en
Colombia, habrán gastado más de 525 mil millones de litros
de agua. Esa agua podría abastecer a casi la mitad de la población
de Colombia durante 50 días, en vez de destinarla a alimentar a
los autos. Asimismo, cada hectárea de palma rendirá, igualmente,
un promedio de 6 mil litros de aceite, lo cual significa que por cada
litro de aceite se insumen casi 300 litros de agua. Eso, sin contar el
gasto de agua que implica su refinación para convertirla en el
proverbial biodiesel, carburante “renovable y amigable con el ambiente”.
Si esto han hecho en 300 mil hectáreas para montarse en el tren
de la “conservación ambiental”, imaginemos lo que harán
con seis millones. Y Uribe se encuentra muy activo buscando acuerdos con
gobiernos como el nicaragüense para ofrecer asistencia en la producción
de biocombustibles. ¿Incluirá esa asistencia la aplicación
de los métodos paramilitares de apropiación de tierras?
Y luego dicen que los gobiernos de América Latina no contribuyen
a frenar el calentamiento global.
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