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Agrocombustibles:
las amenazas del imperialismo verde
Gerardo Cerdas Vega
www.eco-sitio.com.ar
Durante
la tarde del día 4 de mayo, en el marco del VI Encuentro Hemisférico
de Lucha contra los TLC's y por la Integración de los Pueblos,
en La Habana, se realizó un importante panel que puso en discusión
la temática de los agrocombustibles, cuya producción masiva,
alentada por la desesperación de los Estados Unidos frente a su
inminente crisis energética, amenaza con arrastrar a América
Latina en una carrera hacia la devastación productiva, medioambiental,
social y cultural. Las panelistas, la compañera Francisca Rodríguez
(Chile, Asociación Nacional de Mujeres Rurales e Indígenas),
Maria Luisa Mendonça (Brasil, Red Social por la Justicia y los
Derechos Humanos) y el panelista Horacio Martins (Brasil, Movimiento de
Trabajadores sin Tierra), hicieron un abordaje amplio del tema, cuyo contenido
buscamos compartir con ustedes en este artículo.
Algunos elementos para ubicar la discusión
Para Maria Luisa Mendonça, es necesario recordar que la mayoría
de las guerras durante los últimos siglos, guardan una íntima
relación con el control de las fuentes de energía por parte
de las grandes potencias, especialmente en el marco del capitalismo industrial.
Actualmente, de hecho, este es un tema central en la política externa
de los Estados Unidos, que busca asegurarse el control energético
a nivel global ante el hecho ya inocultable de que sus fuentes de petróleo
propias tienen solo de 10 a 15 años de vida útil y frente
a la creciente competencia entre bloques económicos por el acceso
a los combustibles fósiles, a lo que ahora se suma el hambre de
petróleo del gigante chino.
Este dato es fundamental para comprender la urgencia y agresividad con
que los Estados Unidos está alentando la producción masiva
de agrocombustibles en América Latina, puesto que obedece a las
necesidades de consumo energético de toda su estructura industrial
y de una población cuyos patrones de consumo desbordado necesita
un suministro constante y creciente de energía. Para la panelista,
el consumo de energía a nivel global y en Estados Unidos en particular,
es por un lado muy elevado y por otro, el mismo se concentra en sectores
privilegiados, la industria y las grupos poblacionales con mayor poder
económico, así que toda la humanidad paga un alto costo
para dar energía a unos cuantos millones de personas de forma privilegiada.
La producción masiva de agrocombustibles, en este sentido, sigue
un patrón histórico que desde la colonia ha favorecido a
las grandes oligarquías de nuestros países y a los países
capitalistas centrales, hoy nuestros países ofrecen energía
barata a los países ricos y este es un nuevo momento dentro de
los proyecto neocoloniales de aquellas potencias.
En este mismo sentido, Horacio Martins señaló que es necesario
que ubiquemos la problemática relacionada con los agrocombustibles
en el marco del paradigma del capitalismo contemporáneo, monopolista
y transnacional, que controla el capital financiero y que no da la menor
importancia a lo que pasa con el medio ambiente, con los pueblos y con
la estructura de la sociedad. La discusión sobre la crisis energética
actual es una discusión falsa, lo que se busca es construir una
matriz energética de nuevo tipo pero siempre controlada por los
mismos capitales transnacionales que no solo controlan el petróleo
sino ahora las fuentes de energía de biomasa. La llamada crisis
energética, de este modo, esconde que lo que está en crisis
es el modelo mismo de producción, el capitalismo industrial depredador,
por cuyas necesidades energéticas se pretende sacrificar la riqueza
cultural y natural de una buena parte de la humanidad.
Agrocombustibles y soberanía alimentaria
La compañera Francisca Rodríguez fue enfática al
señalar que la producción masiva de agrocombustibles amenaza
de forma directa el derecho de los pueblos a la soberanía alimentaria.
Rechazó el uso del término “biocombustibles”
porque para ella al usar el prefijo “bio” se quiere dar a
entender que es algo positivo, bueno con el medio ambiente, cuando en
realidad son combustibles extraídos de la tierra que contaminan
tanto o más que los combustibles fósiles: “No podemos
hablar de biocombustibles, porque “bio” significa vida, es
algo positivo, pero eso esconde la naturaleza dañina de estas propuestas,
hay que llamarlos 'agrocombustibles' porque van a salir de la tierra y
de esa tierra serán expulsados los campesinos e indígenas
para que las controlen los grandes consorcios, los grandes latifundios
dedicarán la tierra a producir para alimentar a los motores y no
a las personas”, acotó la panelista.
Al mismo tiempo, recordó que al principio las organizaciones campesinas
e indígenas no percibieron toda la magnitud del peligro que encierra
la producción de agrocombustibles, pero que ahora han identificado
plenamente lo que esto significa y cómo apunta a oprimir más
aún a los pueblos campesinos e indígenas para resolver los
graves problemas que atraviesan los países capitalistas centrales,
lo cual se hace además con una intensiva una manipulación
mediática: vamos a cuidar el medio ambiente, no vamos a contaminar,
son combustibles menos dañinos, etc., ocultando que es una política
energética que llevará a los pueblos al borde del exterminio.
Esta manipulación es un engaño más para el campesinado,
pues muchos pensarán que es una forma de salir de la pobreza en
que están y los sectores urbanos pensarán que cómo
los campesinos se oponen al desarrollo, si los agrocombustibles son buenos
para el medioambiente y todo eso.
Frente a estas amenazas, señaló que el mundo indígena
y campesino debe preservar sus semillas, manteniéndolas lejos de
la privatización de la vida. La necesidad de recuperar y reivindicar
los conocimientos tradicionales y el derecho a los territorios, es parte
inseparable de la soberanía alimentaria. Las organizaciones campesinas
e indígenas tienen ante sí enormes retos, porque lo que
está pasando con la producción de agrocombustibles afecta
de forma directa a estas poblaciones, que son las primeras afectadas aunque
el efecto será negativo para toda la sociedad. Así, para
la panelista:
“Frente a estos retos nosotros tenemos que hacer un compromiso por
defender la tierra, desenmascarando lo que hay detrás de estos
proyectos y dar una discusión profunda sobre lo que significa el
actual modelo de consumo y producción energética en el capitalismo,
en las grandes ciudades y fábricas. Lo que nosotros queremos es
revertir el genocidio que se pretende con la tierra, nosotros sabemos
lo que significa el monocultivo extensivo, lo sufre ya Centroamérica,
lo sufre América del Sur, en Chile ya estuvo Monsanto porque en
sus planes está que Chile sea el gran productor de semillas transgénicas,
porque a todos los países les asignan una parte en este cuadro
perverso. Todo esto pone en peligro tanto nuestra vida como la biodiversidad
y la vida misma del planeta Tierra, por eso tenemos que ser capaces de
hacer grandes acciones, no podemos quedarnos en que la lucha es solo contra
los agrocombustibles, tenemos que luchar por nuestra propia agenda que
es la soberanía alimentaria, la reforma agraria, la lucha contra
el capitalismo salvaje que destruye a nuestros pueblos”, señaló.
La avalancha del “imperialismo verde”
Este “imperialismo verde”, que se viste con el ropaje de la
preocupación por el medio ambiente y el calentamiento global, esconde
una realidad perversa por sus implicaciones ambientales, culturales y
sociales, como hemos señalado. “Recordemos que con relación
a los agrocombustibles, su base es la biomasa y para ello hay que controlar
la tierra, el agua y todos los recursos naturales, las áreas agrícolas
de todo el mundo son las que están sometidas a una disputa salvaje
para someterlas a la producción de estos combustibles”, señaló
Horacio Martins.
Martins hizo amplia referencia a la situación actual que vive Brasil
en cuanto a la producción de etanol y las proyecciones para los
próximos 25 años, ya que para el panelista, lo que está
pasando en su país marcará el camino que seguirán
muchos otros países de nuestro continente. Brasil vive ahora una
feroz disputa por el control de unas 150 millones de hectáreas
cultivables en la Amazonia, que se dedicarían exclusivamente al
cultivo de diversos tipos de plantación para la producción
de etanol o biodiesel.
La FAO estima que dentro de los próximos 15 a 20 años, los
agrocombustibles suplirán el 25% del consumo energético
mundial, por eso Brasil es un territorio que se disputan los grandes capitales,
veamos algunos datos: la producción mundial de etanol para 2006
está controlada entre Brasil y Estados Unidos porque entre ellos
producen el 60% del total mundial. Se estima que en 2010 se producirán
70 mil millones de litros de etanol, producción que irá
mayoritariamente hacia los Estados Unidos ya que este país tiene
más del 40% de los carros del mundo y, a la vez, no está
dispuestos a asumir en su propio territorio la producción de los
granos (maíz, por ejemplo) necesarios para la producción
de ese volumen de etanol, de forma que el peso recaerá sobre Brasil.
La tendencia al consumo masivo de etanol mezclado con los combustibles
fósiles es clara: Estados Unidos, Japón y Europa van a importar
cada vez más millones de litros de etanol, en Estados Unidos para
el 2030 el etanol se mezclará hasta 30% con los combustibles fósiles
y ello lo que significa es que hay que llevar la producción desde
los 58 mil millones de litros actuales hasta 260 mil millones de litros,
lo cual supone un derroche colosal de recursos y alimentos que se destinarán
a llenar los tanques, no los estómagos de la personas.
Otro tema sensible es el del latifundio. Las tierras están siendo
ocupadas cada vez más por las transnacionales, incluso en Brasil
las tierras hasta se están vendiendo por Internet para la producción
de soya, caña y otros productos de monocultivo. Este proceso va
acompañado de la expulsión de miles de familias campesinas
e indígenas; en efecto, el control de la biomasa conlleva el control
de los territorios, esto también es un imperialismo territorial,
que le otorga todo tipo de facilidades al capital, se establecerá
de forma masiva el control de tierras por las transnacionales y la expulsión
de los campesinos e indígenas. La destrucción del campesinado
y los indígenas es destrucción de culturas, de culturas
originarias también. Para el panelista, “Vivimos una verdadera
avalancha del 'imperialismo verde', que traerá devastación
creciente de tierras, en especial en el bosque amazónico y en la
sabana, se cree que dentro de 30 años toda la sabana brasileña
será destinada a la producción de agrocombustible, que contaminará
aguas por ejemplo en el acuífero guaraní, que compartimos
con otros cuatro países y que está siendo controlado cada
vez más por transnacionales como Coca Cola y Nestlé”.
El panorama no es alentador.
Sumado a lo anterior, la geopolítica internacional del imperio
norteamericano exige estabilidad social en Brasil, o sea no se puede tolerar
lucha por la tierra, ni movimientos fuertes, es de esperarse que va a
crecer la represión y el control social en especial de los movimientos
campesinos que como el MST luchan por el acceso a tierra y recursos productivos
para las más de 8 millones de familias campesinas del Brasil.
Precariedad laboral y esclavitud: el rostro brutal del monocultivo
Como si todo esto no fuera suficiente para demostrar la perversidad de
la nueva matriz energética que se está construyendo, tenemos
el tema de la precariedad laboral y la esclavitud, que en países
como Brasil son una dolorosa realidad, que permite comprender el lado
brutal del monocultivo. En el monocultivo de la caña de azúcar,
por ejemplo, el régimen de contratación está basado
en la explotación de una mano de obra barata e incluso esclava,
los salarios son extremadamente bajos y los riesgos laborales, que van
desde la enfermedad, las lesiones físicas graves y la muerte, son
pan de cada día. El Ministerio de Trabajo de São Paulo dice
que el azúcar está bañado de sangre, sudor y muerte:
solo en el 2005 se registraron 400 muertes en la agroindustria de la caña,
por diversas razones: accidentes con máquinas, trabajadores carbonizados,
infartos por agotamiento, cáncer de piel relacionado con el uso
de agroquímicos y muchas otras enfermedades laborales.
Por otra parte, el trabajo esclavo es una realidad en todos los ingenios,
en el 2006 el Ministerio Público inspeccionó 74 ingenios
solo en São Paulo y todos fueron procesados por tener decenas de
trabajadores y trabajadoras esclavos, todos ellos trabajan sin contrato,
sin implementos de protección, en viviendas precarias, sin comida
adecuada, sin agua, sin poder escapar, obligados a pagar deudas enormes
a sus patronos, entre muchas otras cosas. Pero la realidad laboral que
se vive en los ingenios y cañaverales de Brasil no es exclusiva
de este país. Sabemos ahora que es la misma situación en
todos los países de América Latina y el Caribe donde se
produce masivamente caña de azúcar, ya sea para la producción
de azúcar o de etanol; con el crecimiento en la producción
de este último, es de esperar que aumente también la depredación
de la fuerza de trabajo de miles de campesinos e indígenas en todo
el continente.
¿Qué hacer frente a esta realidad?
De las intervenciones de la mesa, se derivan algunas propuestas para enfrentar
toda esta problemática. Se planteó la necesidad de articular
cuatro niveles de lucha:
a) Denuncia pública: es necesario continuar profundizando la denuncia
sobre los impactos y significación de toda esta producción
de agrocombustibles, una denuncia de nuevo tipo, que tenga fundamentación
científica empírica muy fuerte porque estamos enfrentando
una estrategia del capital que muestra las cosas como algo positivo; tenemos
que desmitificar la propaganda “ecológica” sobre los
agrocombustibles, considerando los efectos negativos de esas fuentes de
energía, por ejemplo que la producción de etanol conlleva
un altísimo consumo de agua (por cada litro de etanol se usan 12
litros de agua), contaminación de suelos y de las fuentes de agua
subterráneas, producción de gases de efecto invernadero,
entre muchos otros impactos negativos.
b) Resistencia social: la hipótesis de construir una sociedad alternativa
supone que los campesinos y los pueblos en general tengan autonomía
energética, hay que proponer un proyecto de sociedad capaz de negar
el proyecto capitalista y eso solo puede lograrse articulando una enorme
resistencia social que propugne por alternativas reales al modelo.
c) Acción directa: tenemos que enfrentar el capital en el campo,
ocupar los ingenios, ocupar las tierras que se usan para caña,
soya o maíz transgénico, enfrentar directamente al capital
en conjunto con el proletariado rural, los jornaleros, los que están
temporales y precarios.
d) Articulación de la lucha a nivel internacional: debido a las
dimensiones del problema, no es posible dar la lucha aisladamente, se
necesitan estrategias comunes y este es un terreno en el que es urgente
avanzar.
El panel sobre agroenergía fue uno de los más concurridos
del evento, lo que muestra el enorme interés que el tema está
suscitando dentro de los movimientos sociales de nuestro continente. La
problemática que conlleva la producción masiva de agrocombustibles
nos concierne a todos y todas, no solo al campesinado o a las poblaciones
indígenas. Sin duda que en los próximos meses y años
este tema se convertirá en parte esencial de las luchas de los
movimientos pero como lo recordó Francisca Rodríguez, la
lucha debe orientarse a la afirmación y construcción de
nuestra propia agenda como alternativa frente al avance acelerado de la
destrucción ambiental, social y cultural de esta fase del capitalismo
en el mundo: lucha por la reforma agraria, por la soberanía alimentaria,
por un modelo energético que respete los equilibrios de la naturaleza
y por la superación del capitalismo mediante formas de organización
social y productiva novedosas, democráticas e inclusivas.Minga
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