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El precio del
maíz es la justicia social
John Burstein and Manuel Pérez Rocha
www.tni.org/es
El
aumento en la demanda de producción de etanol en los Estados
Unidos ha dejado a millones de mexicanos con una importante subida en
los precios del maíz. Urge adoptar una reforma política
para proteger a los agricultores mexicanos del impacto de la agroindustria
estadounidense, fuertemente industrializada y subsidiada. Por John Burstein
y Manuel Pérez Rocha.
El sistema de producción y distribución alimentaria en
México se encuentra en una creciente crisis, tal como se reconoció,
aunque indirectamente, en la declaración oficial con que se cerraron
las recientes negociaciones entre los presidentes George Bush y Felipe
Calderón. Ambos acordaron formar un grupo de trabajo binacional
sobre la materia. El revisar el capítulo sobre agricultura del
Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN) quedó
totalmente descartado, y la agenda binacional prevé en su lugar
estudiar cómo “suavizar la transición” de
los pequeños agricultores, que representan el 20 por ciento de
la población mexicana. En otras palabras: “sí, no,
quizá”. Todo el mundo sabe que es necesario abordar la
cuestión de la pobreza rural y que, desde el punto de vista político,
ésta se debe vincular con la reforma sobre inmigración
que ha alcanzado un punto crítico en los Estados Unidos.
Para entender la crisis alimentaria, tomemos el ejemplo del maíz.
Se ha dicho y escrito mucho sobre la importancia simbólica de
este clásico alimento mexicano que, en las tradiciones indígenas
adquiere rasgos de divinidad. Pero aún hoy en día, la
mayoría de los 100 millones de mexicanos sigue dependiendo de
las tortillas –y de los frijoles– para asegurarse hasta
la mitad de su ingestión de calorías y proteínas.
Por lo tanto, el aumento en el precio del maíz a principios de
año, que se explica en parte por el incremento de la demanda
de etanol en los Estados Unidos, es un hecho de graves dimensiones.
Dicho aumento afectó a las tortillas directamente –cuyos
precios subieron entre un 40 y un 100 por ciento en el lapso de una
semana– y, según Víctor Quintana, ex diputado federal
y dirigente del Frente Democrático Campesino de Chihuahua, las
secuelas se seguirán notando con el aumento del precio de otros
alimentos básicos como los huevos, la leche y la carne. El hecho
ya ha provocado marchas de protesta multitudinarias que, como era de
esperar, han exhibido un fervor que recuerda a las de las revueltas
del pan más sonadas.
“Que coman pastel” fueron las famosas palabras pronunciadas
por una reina que poco después perdió la cabeza. Felipe
Calderón, que acababa de ocupar el despacho presidencial cuando
estalló la crisis del maíz, reaccionó con lentitud,
nunca se comprometió a defender el precio regulado de este alimento
básico y, finalmente, recurrió a una negociación
con las distribuidoras y las tortillerías. El pacto entre caballeros
–que fijó un tope de 8,50 pesos por kilo– sólo
fue firmado por unas 5.000 de las más de 65.000 tortillerías
del país. Calderón aún tiene la cabeza pegada al
cuerpo, pero el furor político está lejos de amainar.
De hecho, a mediados de febrero, los precios de la leche y la carne,
alimentos que proceden de reses alimentadas con maíz, comenzaron
también a despuntar.
Esta oleada de encarecimiento de los alimentos de primera necesidad
es síntoma de las profundas corrientes que están atravesando
la economía y la sociedad. En primer lugar, hay un abismo que
separa a los sectores productivo y comercial. Esto no son los Estados
Unidos, donde la agricultura está mecanizada, tremendamente centralizada
en las manos del capital globalizado, y cuya producción está
subvencionada por el gobierno con miles de millones de dólares
anuales. En México, sucede todo lo contrario; la asistencia técnica,
los créditos y todo tipo de participación económica
por parte del Estado en el sector primario se recortaron drásticamente
hace más de una década. Es como si el sector estuviera
sujeto a un veto presupuestario. De hecho, esta regresión se
trató de una decisión ejecutiva, tomada por el presidente
Carlos Salinas (1988-1994), antes de que México expulsara del
poder al que durante tantos años fuera el partido oficial, el
Partido Revolucionario Institucional (PRI), en 2000.
La iniciativa para liberalizar el sector agrícola llegó
acompañada de la de abandonar el compromiso estatal con la reforma
agraria y la de unir, de manera subordinada, la economía mexicana
a la de Estados Unidos. Esto es lo que se conoce como TLCAN. Es cierto
que la población campesina dedicada al cultivo –incluidos
muchos pueblos indígenas– quedó parcialmente protegida
por un período de transición de 15 años durante
el que los trabajadores que no fueran competitivos globalmente debían
ir saliendo del campo para entrar en la maquila y en otras industrias
y servicios. ¿Acaso no bastó con esos 15 años para
desarraigar a millones de hogares? Nunca lo sabremos porque, haciendo
uso del más puro estilo draconiano, el Gobierno mexicano suprimió
voluntariamente algunos aranceles sobre cereales básicos antes
de lo previsto y permitió que se rebasaran las cuotas de importación
establecidas. Sobra decir que el éxodo del campo no se detuvo
en las fronteras mexicanas, sino que entró en el territorio y
la economía estadounidenses.
Hay todo un escándalo en torno a la rápida invasión
que está sufriendo el variado mercado de maíces autóctonos
en México por parte del grano procedente del Medio Oeste de Estados
Unidos, que es mucho más barato (es decir, industrializado, subvencionado
y producido con biotecnologías). El sistema de distribución
al por mayor en México se privatizó y se vendió
a las transnacionales Maseca, Minsa, Cargill y otras grandes empresas
mediante una oscura licitación proyectada por el hermano de Carlos
Salinas, Raúl (que ha salido recientemente de prisión,
acusado de narcotráfico y otros delitos de corrupción).
A esto siguió, inevitablemente, la industrialización del
sector. Las tortillerías “familaires” cerraron, o
dejaron de utilizar la masa de nixtamal con base en el maíz fresco
para pasarse al maíz deshidratado y pulverizado, bautizado con
la marca de su propietario, “Maseca”, un nombre ahora tan
conocido como “Kleenex” en los Estados Unidos.
Con la calidad de las pseudotortillas reducida al mínimo común
denominador –que comparte con el pan blanco rebanado de la multinacional
Grupo Bimbo–, las dos grandes empresas mexicanas, Maseca y Minsa,
se hicieron con el mercado de la clase media. Como era de prever, los
ingresos reales de los agricultores del maíz sufrieron una caída,
que se vio exacerbada porque el maíz estadounidense inundó
los mercados locales. Los beneficios se concentran ahora en estas empresas
industrializadas que controlan el proceso de transformación y
una parte cada vez mayor de la distribución a través de
las cadenas de supermercados. Así es como funciona el capitalismo
moderno.
En resumen, adoptando “eficientemente” economías
de escala, el resultado inevitable fue el oligopolio. Los principales
beneficios, como de costumbre, se acumulan en las fases de posproducción
de transformación de la materia prima y en la distribución
y marketing. Ahora que la industria está integrada verticalmente
–desde la harina hasta la tortilla empaquetada– los pequeños
agricultores han quedado marginados del mercado del maíz, y muchos
de ellos han abandonado sus comunidades a cambio de una vida como trabajador
indocumentado en los Estados Unidos.
El pacto social del país, que se remonta a la revolución
mexicana de 1910, se basaba en garantizar la tierra por parte del Estado,
mediante un ambicioso programa de reforma agraria, para aquellos que
desearan cultivarla; además, los términos comerciales
entre campo y ciudad eran más tolerables gracias a las ganancias
del petróleo, monopolizadas durante la década de 1930
para el beneficio de la nación. Hoy en día, ese acuerdo
se llamaría “soberanía alimentaria”. Por lo
tanto, es un insulto político y una injuria económica
que se haya sacrificado la soberanía alimentaria a favor de la
eficiencia del mercado para recompensar económicamente a un puñado
de empresas altamente capitalizadas. El salario mínimo mexicano
–que no alcanza los seis dólares diarios– se incrementó
menos del cuatro por ciento en 2007, mientras que los alimentos básicos
podrían muy bien haber aumentado el doble.
Dada la precariedad política del país, las prácticas
de acumulación y especulación de la agroindustria son
audaces. La presión sobre el maíz y el precio de las tortillas
empezó en enero, un mes después de que Calderón
subiera al poder. Una escasísima diferencia en el recuento final
de las elecciones presidenciales de 2006 condujo al candidato de izquierdas
del Partido de la Revolución Democrática (PRD), Andrés
Manuel López Obrador, a denunciar un fraude y autoproclamarse
“presidente legítimo” del país. Bertha Luján,
miembro de su gabinete, ha previsto una grave depresión en la
demanda interna. De hecho, con los salarios indexados a la inflación
desde hace tiempo, la cuota de beneficios de los trabajadores ha caído
muy por detrás del aumento en la productividad laboral. Sin duda,
el creciente precio de los alimentos básicos desmiente el compromiso
inaugural de Calderón de adoptar una política de reconciliación
en el país.
La economía nacional se debería estimular en lugar de
seguir asfixiándola. Para acabar de empeorar las cosas, es tan
poco probable que se adopte la tan necesitada reforma fiscal progresista
que quedó pendiente desde el Gobierno de Vicente Fox, predecesor
de Calderón por el mismo partido, el Partido de Acción
Nacional (PAN). Finalmente, sigue siendo un interrogante si la economía
estadounidense seguirá creciendo a un ritmo capaz de generar
una demanda continua y creciente para una desesperada fuerza de trabajo
mexicana, o si el entorno político estadounidense lo permitirá.
Hay muchos indicios que apuntan a un clima de retroceso en los Estados
Unidos, marcado por la seguridad y contrario a la inmigración.
Así pues, ¿qué es lo que debería recomendar
ese nuevo “grupo de trabajo” mexico-estadounidese? Una reforma
política seria, integral y coordinada. El mercado mexicano de
alimentos básicos se debería proteger para compensar por
el tiempo robado a los agricultores mexicanos al principio del TLCAN,
y los granos básicos deberían quedar fuera de toda negociación.
Mientras tanto, los Estados Unidos deberían eliminar los subsidios
concedidos a un sector agrícola industrial que ya es perfectamente
competitivo y que ahora se ve recompensado con el incremento en la demanda
de etanol. Una parte de lo ahorrado con esas medidas se debería
destinar a inversiones para el desarrollo rural mexicano y, otra, para
la integración legal de los más de 10 millones de trabajadores
indocumentados en el país. México debería ajustar
el salario mínimo y efectuar las reformas fiscales necesarias
para canalizar mayores fondos a los trabajadores, tanto en forma de
salarios urbanos como de beneficios para los pequeños agricultores.
En conclusión, se debería trabajar por la coordinación
de políticas en esos ámbitos interrelacionados que son
el comercio, la inmigración y la agricultura.
--
Los autores son miembros del Center for International Policy, en Washington,
D.C., y de la Red Mexicana de Acción Frente el Libre Comercio
e Iniciativa Ciudadana para la Promoción de la Cultura del Diálogo
en la Ciudad de México. (Traducción de Beatriz Martínez)