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Transgénicos
sangrientos
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Silvia Ribeiro*
Transgénicos sangrientos
A un mes del asesinato de Valmir Mota de Oliveira –Keno, de 34 años–
del Movimiento de los Sin Tierra de Brasil (MST), a manos de una milicia
armada contratada por la trasnacional Syngenta, la investigación
de la policía del estado de Paraná responsabilizó
por el crimen a nueve guardias privados y al dueño de la empresa
NF Seguranca, Nerci Freitas. Durante el ataque murió también
el guardia Fábio Ferreira, de 25 años. La investigación
policial liberó al MST de cualquier responsabilidad por las víctimas
del ataque, que ha sido condenado ampliamente por La Vía Campesina
y muchas otras organizaciones en todo el mundo.
El ataque armado, que dejó además a varios campesinos heridos,
fue motivado por la ocupación que realizó el MST de un campo
ilegal de experimentación de transgénicos de Syngenta cerca
del Parque Nacional Iguazú. Este campo –ilegal al estar dentro
del área de amortiguamiento de la reserva natural que alberga las
famosas cataratas del mismo nombre– había sido ocupado por
el MST en marzo de 2006 para denunciar la situación. En su lugar,
el MST comenzó a desarrollar un centro experimental de semillas
agroecológicas. Las familias ocupantes decidieron retirarse en
julio de 2007, luego de recibir una orden judicial, a la espera de la
sentencia sobre la demanda de ilegalidad contra Syngenta.
El 21 de octubre de 2007, a las 6 de la mañana, 150 integrantes
del Movimiento Sin Tierra y Vía Campesina Brasil, volvieron a ocuparlo,
para presionar por la resolución definitiva.
Ese mismo día, mientras algunos integrantes del movimiento se instalaron
en la caseta de vigilancia que está en uno de los límites
del terreno sobre la carretera, otras familias comenzaron a prepararse
para retomar los cultivos. A las 13 horas del mismo día, llegó
al lugar un ómnibus de transporte escolar cargado con un escuadrón
de 40 guardias armados de la NF Seguranca. Se bajaron del vehículo
y rápidamente comenzaron a abrir una nutrida lluvia de balas contra
el portón del campo. Luego avanzaron mientras seguían disparando,
al estilo de los asesinatos de la mafia, hasta ubicarse en línea
frente a la caseta de vigilancia donde intensificaron el fuego.
Allí se encontraban alrededor de una decena de personas, incluyendo
a tres compañeras que habían ido a llevar el almuerzo. Antes
de que los guardias de la milicia derribaran la puerta a balazos, varios
ocupantes lograron escapar por una ventana trasera, corriendo hacia el
asentamiento vecino.
Los guardias dispararon sobre los que huían, entraron en la caseta
y mataron a Keno de dos balazos en el pecho, mientras que a Isabel Nascimento
de Souza la tomaron del cabello y confundiéndola con otra dirigente
del MST que estaba marcada para ser asesinada, le gritaron: “ahora
vas morir Célia” y le dispararon a la cabeza. La compañera
cayó al suelo boca abajo, donde la dieron por muerta. Pero Olga
no murió, sino que desde el suelo pudo ver cómo arrastraban
al guardia Fábio Ferreira, herido pero posiblemente aún
vivo, a quien le sacaron el uniforme de la empresa y lo dejaron a morir
al borde la carretera.
Syngenta ha aceptado públicamente que contrató a la empresa
NF Seguranca, pero alegan que no habían autorizado el uso de armas.
O sea que, según Syngenta, la empresa de seguridad apareció
a pleno día y se puso a balacear a los ocupantes por propia iniciativa,
trayendo además la tarea específica de matar a tres personas
del MST: Keno, Célia Aparecida Lourenço y Celso Barbosa,
quienes ya antes habían recibido amenazas de los matones.
Syngenta, trasnacional de origen suizo, es la segunda empresa mundial
de agrotóxicos y semillas transgénicas. En México
es uno de los selectos miembros de Agrobio México, una supuesta
“asociación civil” que trabaja en la promoción
y el cabildeo a favor de los transgénicos. Agrobio es quien escribe,
por ejemplo, los campos pagados en los medios y las cartas y declaraciones
de las asociaciones de agricultores del norte del país, que piden
la liberación del maíz transgénico en México.
Ya vamos viendo los “beneficios” que prometen estas empresas.
Es trágico que junto a Syngenta, todas las trasnacionales de transgénicos
(Monsanto, Dupont-Pioneer, Dow, Bayer, Basf) están entre los principales
fabricantes mundiales de agrotóxicos, y todas tienen en su haber
probados y monstruosos crímenes, por ejemplo, envenamiento de cientos
de trabajadores y/o comunidades con sus tóxicos, muchas veces a
sabiendas de los riesgos a los que los exponían. La acción
de Syngenta en Paraná es un asesinato brutal, pero lamentablemente
no es la única criminal. Todas muestran el mismo desprecio por
la vida de la gente. Ahora, son las que nos aseguran que sus semillas
transgénicas “no tienen ningún riesgo”.
La ocupación en Paraná continúa y ahora, más
que antes, no se van a rendir: allí se regó la tierra con
la sangre y vida de sus compañeros. Los crímenes de Syngenta
en Brasil no son, de ninguna manera, un tema local. Como dijera Bertolt
Brecht, nos atañe a todos. Por eso es importante seguir con la
denuncia y la solidaridad, al tiempo que con la resistencia a los transgénicos
y contra la impunidad de estos envenenadores con patente.
*Investigadora del Grupo ETC
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