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Concluyó
antes de lo previsto la reunión de Miami en donde
Washington quiso imponer, una vez más, el librecomercio a
su patio trasero latinoamericano. Los países participantes
firmaron un documento anodino que habla de 'negociaciones
directas' entre países o bloques regionales. En realidad,
lo que se impuso fue el criterio de Brasil, seguido por la
Argentina.
Afuera del edificio donde deliberaron, en Miami,
34 países, sobre el comercio internacional y el ALCA,
rugían las manifestaciones y se producían
enfrentamientos entre policías militarizados y,
particularmente, jóvenes anarquistas. Helicópteros
artillados sobrevolaron el área e intimidaban a la multitud
contestataria. Había también miles de patrulleros
policiales, rejas, y todo tipo de muros de contención para
que los manifestantes no llegaran al edificio donde deliberaron,
con magros resultados, los países americanos.
Se
trató de una pulseada que el gobierno de George W. Bush
perdió. Había empleado toda clase de presiones,
políticas, económicas, tácticas. Todo sigue
igual y cualquier negociación será como hasta ahora,
donde cada país hará valer sus reservas comerciales,
especialmente contra los aranceles agrícolas y al acero, de
los norteamericanos. La verdadera lucha está por
comenzar. Estados Unidos lanzó durante la cumbre una serie
de negociaciones paralelas con algunos gobiernos que quieren
avanzar más rápido en la apertura comercial.
Terminarán como México, apretados por los aranceles
y la producción norteamericana.
La cumbre, sin
embargo, fue un triunfo para Brasil. Después de todo, fue
su gobierno el que propuso la idea de un ALCA limitado y el que
logró imponerla a Estados Unidos, que quería un
acuerdo más amplio y generalizado para imponer todos los
productos y criterios comerciales.
De acuerdo a la
declaración final, se trata de un ALCA ficto a dos niveles.
Uno incluye compromisos y obligaciones comunes para todos los
países. En el otro nivel cada país puede decidir en
cuál de los nueve temas quiere avanzar más rápido:
accesos a mercados; propiedad intelectual; política de
competencia; solución de conflictos; subsidios y medidas
antidúmping; agricultura; inversiones; servicios y compras
gubernamentales.
Los negociadores brasileños,
liderados por Celso Amorim, no sólo fueron quienes
propusieron el nuevo enfoque, sino que también quienes
lograron imponerlo a países como México, Chile y
Canadá, que, si bien aprobaron la declaración final
y hablaron en su favor al final, fueron muy críticos
durante la reunión. La Argentina siguió a Brasil,
fortificándose el MERCOSUR.
La cumbre confirmó
que Brasil emerge como poder comercial, como ocurrió en
Cancún durante la reunión de la Organización
Mundial de Comercio.
También confirmó el poco
margen de maniobra que tienen los Estados Unidos cuando negocian
con mercados tan atractivos como el brasileño. Desde un
principio quedó en claro que no habría ALCA sin
Brasil. Pero no sólo eso. Después del fracaso de
Cancún, Estados Unidos quería evitar un nuevo
fracaso, sobre todo en Miami, donde Jeb Bush, el hermano del
presidente George Bush es el gobernador, y donde los empresarios
tiene tanto interés por el marco latinoamericano. los
norteamericanos fracasaron en su intento y firmaron un documento
anodino.
Lo que demuestra la situación es la fuerza
posible del MERCOSUR para todo tipo de negociación
económica. Argentina tiene que mantenerse en el mismo y
debe ser incorporada Venezuela. La Argentina sostiene que hasta
naciones caribeñas -como Cuba- debe integrarse al bloque
regional encabezado por Brasil y Argentina. Este es un triunfo
de la burguesía nacional paulista, cuyo programa es el que,
en cuanto al ALCA y el MERCOSUR, está cumpliendo Lula. La
Argentina carece de una burguesía nacional y sus grupos de
empresarios son meros depredadores aliados al capital financiero
internacional.
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