Efraín
Jaramillo Jaramillo
Colectivo de Trabajo Jenzera
Varios
países latinoamericanos pasan por momentos álgidos
de movilización social, protagonizados por pueblos indígenas.
Pero es en Bolivia donde el movimiento de quechuas, aymaras del
altiplano y guaraníes, ayoreos, chiquitanos, chimanes, guarayos
y 30 pueblos indígenas más de las tierras bajas de
Bolivia (Chaco y Amazonia), en una amplia alianza con otros sectores
populares del campo y la ciudad y reivindicando el carácter
indigenista de su movimiento, declara su voluntad de constituir
una nueva institucionalidad sobre la base de la justicia y equidad
social, el pluralismo, la tolerancia y el respeto a los derechos
humanos.
Esta alianza denominada Movimiento al Socialismo, MAS, se alzó
con el poder en las elecciones de diciembre del 2005. Los resultados
de estas elecciones fueron históricas, no sólo por
la alta votación que recibió el MAS, que dobló
en votos a su principal oponente, el liberal Jorge Quiroga, sino
porque fue elegido Evo Morales a la presidencia, un carismático
líder indígena que simboliza en la actualidad la lucha
contra el modelo neoliberal y contra la oligarquía colonial
y racista que había manejado el país y agudizado la
crisis de Estado, sumiendo a Bolivia en la ingobernabilidad.
En un país donde las reformas neoliberales, aplicando el
“Consenso de Washington”, habían desmantelado
las empresas estatales, derruido la economía manufacturera
y lanzado a la informalidad al 83% de la población económicamente
activa, cambiar el país significa en primer termino recuperar
el Estado, que tradicionalmente ha servido a intereses elitistas
y ha perdido gran parte de su soberanía con las reformas
neoliberales. Un paso importante del gobierno de Evo Morales fue
el de formular un nuevo orden constitucional teniendo en cuenta
los intereses de todos los bolivianos y reconociendo la realidad
sociocultural de la Nación boliviana, que es multicultural.
Esto implicaba cambiar las reglas de juego y romper con muchos privilegios.
La oposición al gobierno boliviano de los departamentos más
ricos en recursos naturales (petróleo y gas), cuya explotación
genera alrededor del 30% de los ingresos fiscales del país,
no se hizo esperar y hoy el país se encuentra al borde del
abismo.
Reconociendo
ignorancia frente al tema y pidiendo nos corrijan en caso de equivocarnos,
escribimos este texto. En él no se reiteran los hechos suficientemente
difundidos por la prensa. La idea aquí es discutir una faceta
de la crisis, hasta ahora no mencionada por los medios: el drama
que viven los pueblos indígenas de los departamentos separatistas,
que pueden ser los verdaderos perdedores de esta contienda. Se trata
de más de 30 pueblos indígenas del Chaco y Amazonia,
que despojados de sus tierras y recursos fueron sometidos durante
siglos a una servidumbre inhumana. Las “Tierras Comunitarias
de Origen” que han sido reconocidas o están siendo
demandadas por estos pueblos, están cruzadas por bloques
petroleros o gasoductos de propiedad de ENRON-Shell, Repsol, Amoco
y Petrobras y cercenadas por haciendas ganaderas o plantaciones.
Lo que está en juego y se dirime hoy en Bolivia es el control
de los beneficios de la explotación de los recursos naturales
(petróleo y gas) y por supuesto el control sobre el recurso
tierra. La autonomía que reclaman los departamentos de Santa
Cruz, Tarija, Beni, Chuquisaca y Pando no es otra cosa que la de
manejar a su amaño y en asocio con empresas transnacionales
los recursos provenientes del petróleo y del gas, y la de
evitar que se cambie la estructura de tenencia de la tierra que
posibilite reconfigurar la estructura de poder político que
permita a los pueblos indígenas ser sujetos sociales y actores
políticos con capacidad de decidir no solo sobre sus vidas,
sino sobre el futuro de sus regiones. Veamos:
1. Las empresas petroleras operan en Bolivia con muchas ventajas.
Por un lado la participación del Estado en la renta generada
por la explotación del petróleo es baja, aún
después de su recuperación por parte del Estado boliviano
y la creación de un impuesto directo a los hidrocarburos.
Y por otro lado Repsol y Amoco tienen los costos de producción
más bajos del mundo. Mientras la producción de un
barril de petróleo cuesta en promedio 5,60 US dólares
a nivel mundial, a Repsol le cuesta 1 US dólar y a Amoco
0,96 centavos de dólar (IWGIA, Mundo Indígena 2006).
2.
En el caso de la tierra la situación es intolerable. En los
departamentos de Santacruz y Beni no es raro encontrar haciendas
con 40.000, 50.000, 60.000 y algunas superiores a 100.000 hectáreas,
según datos del INRA. Estas son extensiones con las cuales
no cuentan ni siquiera los paramilitares y narcotraficantes colombianos,
después de desalojar a más de 3 millones de campesinos
y apoderarse de sus tierras. Si algo caracteriza a las tierras bajas
de Bolivia es la exclusión de la tierra de sus pobladores
originarios. El intento de ponerle un límite (10.000 hectáreas)
a la propiedad de la tierra, provocaron las protestas de los terratenientes.
Pero si es insoportable la exclusión territorial, lo es aún
más su exclusión social. Algunas comunidades guaraníes
se encuentran cautivas en haciendas del Chaco boliviano en los departamentos
de Santacruz, Chuquisaca y Tarija. Los casos más conocidos
y denunciados son los de la región del Alto Parapetí,
donde los patronos mantienen bajo sistemas de servidumbre y en condiciones
inhumanas de existencia a un buen número de familias indígenas.
No obstante se reconoce que el sistema de servidumbre es una práctica
bastante generalizada en Bolivia. En la región amazónica
se la conoce como el “habilito” y es usual en el país,
que personas trabajen en labores domesticas por comida, dormida
y vestuario y en muchos casos (hijos menores de familias pobres)
por educación. Estas relaciones por lo general están
encubiertas bajo la figura del compadrazgo. Lo que se ve mal en
esta querida Bolivia que hoy le abre sus entrañas al resto
de sus países hermanos no es la servidumbre en sí,
sino que se la denuncie. La noticia que divulgó el Grupo
Internacional de Trabajo sobre Poblaciones Indígenas, IWGIA
y otras entidades de apoyo a los pueblos indígenas sobre
guaraníes en cautiverio, fue recibida como una afrenta por
el movimiento cívico cruceño. En esa ocasión
un ex dirigente indígena de la CIDOB, Marcial Fabricano,
hoy aliado del movimiento cívico separatista de tierras bajas
declaro en medios radiales que “no hay esclavitud, sino mucha
pobreza y trato desconsiderado de algunos hacendados con nuestros
hermanos guaraníes” . El intento a comienzos del 2008
de una comisión del gobierno nacional y entidades de derechos
humanos por rescatar a estos indígenas fracasó, pues
la comisión fue asaltada por hombres armados que destrozaron
los carros y apalearon a los miembros de la comisión. Estas
acciones violentas que se han extendido a líderes y organizaciones
indígenas, entidades oficiales y centros de apoyo, se vienen
realizando en connivencia con autoridades cruceñas.
¿“Colonialismo interno”?
El
reto histórico para los pueblos originarios del oriente boliviano
es el de salir de esta exclusión. Con ese fin se aliaron
al MAS y comenzaron a fortalecer sus organizaciones para hacer más
efectiva su capacidad de acción colectiva, buscando alcanzar
un margen de autonomía aceptable, suficiente e indispensable
para exigir un cambio en la estructura de tenencia de la tierra,
recuperar sus territorios ancestrales y salir de su subordinación
colonial.
En este contexto es que la autonomía se convierte en una
de sus exigencias, quizás la más importante en este
momento de sus luchas. Y naturalmente que vieron como un obstáculo
para la conquista de este objetivo y el resto de sus reivindicaciones
territoriales y sociales (que por primera vez eran apoyadas por
el gobierno boliviano), los intentos separatistas de los gobiernos
de sus regiones, bajo las consignas también de autonomía
y descentralización. Peor aún, en el estatuto autonómico
de Santacruz, aprobado inconstitucionalmente, se subordinan las
autonomías indígenas a los estatutos y leyes departamentales,
que las reglamentan y le establecen sus límites, cooptando
e instrumentalizando para sus intereses el discurso autonómico
indígena.
Indígenas de tierras altas e indígenas de
tierras bajas: encuentros y desencuentros
En
los departamentos andinos de La Paz, Oruro y Cochabamba la población
mayoritaria la conforman 2 pueblos indígenas, el quechua
y el aymara (30% y 25% de la población total del país,
respectivamente). En los departamentos del Oriente, Chaco y Amazonia,
la población indígena no llega a un 10% de la total
población, aunque está conformada por más de
30 pueblos indígenas. Este es uno de los rasgos característicos
de los países andinos con región amazónica
(Colombia, Perú y Ecuador). El otro rasgo que caracteriza
a estos países es que una considerable porción de
su población andina colonizó territorios amazónicos.
En Colombia por el desplazamiento violento de campesinos del centro
del país. En Bolivia y Perú por la escasez de tierras
aptas para la agricultura en la árida región andina
y el crecimiento de su población. La diferencia es que en
Colombia los colonizadores eran blancos y mestizos, mientras que
en Bolivia y Perú, los colonizadores eran indígenas
serranos. Esta colonización en casi todos los casos fue promovida
por el Estado. En Colombia para disminuir la presión de campesinos
sobre los latifundios de las zonas andinas y valles interandinos.
En Perú y Bolivia para aliviar la situación de pobreza
que se presentaba en los Andes. Se partía de la idea de que
estos territorios selváticos eran baldíos o poco poblados.
El lema peruano para promover este programa estatal de colonización,
resume bien la situación: “tierra sin hombres para
hombres sin tierra”. Pero en este esquema de colonización
subyacía también la idea de que los habitantes de
estas no tenían derechos o eran seres de segunda clase. Todavía
en los años sesenta en Colombia muchos colonos mataban indígenas
cuibas de las llanuras del oriente (“cuibiar” le llamaban
a esta practica), actos que no consideraban que fuera un delito.
Este encuentro entre indígenas de tierras altas y de tierras
bajas no estuvo exento de conflictos. No solo porque los campesinos
colonizadores andinos le disputaban el territorio a la población
indígena amazónica, sino también por el choque
cultural que esto significó. Para el caso de Perú
y Bolivia, los indígenas serranos además de sus lenguas
nativas, hablan bien el castellano, tienen más relación
con el Estado y sus instituciones y conocen mejor las reglas de
juego de la economía de mercado. Lo fundamental: tienen otra
visión de la tierra. Para los campesinos indígenas
de la sierra la institución del Ayllu o de la Marka se refiere
a una porción de tierra en particular. Para los indígenas
amazónicos, hasta hace poco cazadores, pescadores, recolectores
y horticultores itinerantes, tiene preponderancia la noción
de territorio. Diferencias nada despreciables que llevan al campesino
indígena de la sierra a pensar que el indígena amazónico
no tiene disposición para cultivar la tierra y que disponiendo
de ella en abundancia, se la mezquina a otros hermanos que la requieren.
Algo similar a lo que Alan García plantea como el síndrome
del “perro del hortelano” (ni come ni deja comer).
A partir de la Marcha en 1990 por el Territorio y la Dignidad que
protagonizaron los indígenas de tierras bajas desde Trinidad
hasta la Paz, los indígenas serranos acudieron solidarios
a recibir con mantas y víveres a los marchantes. Algo aprendieron
los unos de los otros. Los de tierras bajas a comprender el sentido
y la importancia de la movilización para reclamar derechos.
Los de la región a entender que los ayllus, markas y suyus
de la región andina y subandina deben reconstituirse con
base en la noción de territorialidad indígena de tierras
bajas para reivindicar los territorios ancestrales. Esto dio lugar
a que ayllus, markas y suyus del Qullasuyu de la región andina
se organizaran en la CONAMAQ y presentaran demandas de Tierras Colectivas
de Origen (en Chuquisaca 3 demandas por 961.000 hectáreas,
en Cochabamba 4 por 456.000 Has. En la Paz por 38 por 1.2 millones
de Has. En Oruro 80 por 7.9 millones, y en Potosí 49 por
4.2 millones de Has. (IWGIA, El Mundo Indígena 2006).
Como bien lo anota el analista Carlos Romero, ex director del Centro
de Estudios Jurídicos e Investigación Social, CEJIS
en Santacruz y hoy ministro de Desarrollo Rural del gobierno de
EVO: “El desafío histórico de los pueblos indígenas
de Bolivia, es el de reconfigurar la estructura del poder público,
a partir de la reconstitución de su territorialidad, lo que
les permitiría alcanzar transformaciones estructurales y
consolidarse como sujeto sociopolítico del poder.”
Dilemas y dramas
Pero
si la reconstitución de la territorialidad es importante
para todos los pueblos indígenas de Bolivia, para los indígenas
de tierras bajas es fundamental. Pues la conquista de sus territorios
ancestrales y un nuevo ordenamiento territorial del Estado que permita
el ejercicio de sus autonomías es la única vía
para liberarse de la servidumbre inhumana de los hacendados y patrones.
Los aspectos territoriales para los indígenas quechuas y
aymaras, siendo la cuestión territorial importante, pueden
ser postergados en aras de otras reivindicaciones más urbanas.
Pues siendo mayoría en sus regiones, controlan y administran
sus municipios. Para ellos es más importante el aumento y
la distribución equitativa de las regalías del petróleo
y del gas para sus proyectos de vida.
Hoy más que antes hay apoyo a las demandas de los indígenas
de tierras bajas. No obstante captamos con preocupación un
cierto tufillo retórico, cuando en las declaraciones y alocuciones
oficiales se alude a las demandas territoriales y, ante todo autonómicas
de estos pueblos. Pero no estamos muy seguros (ojalá estemos
equivocados) que a la hora de pisar tierra y defender estas demandas
en el terreno de los hechos, estas manifestaciones de solidaridad
y apoyo se mantengan incólumes.
Y en realidad hay en Bolivia mentes inquietas y voces que anuncian
el peligro que existe de que el gobierno del MAS, en aras de superar
las revueltas y sofocar la conflagración autonomista vía
negociación y concertación con el movimiento autonomista
liderado por los prefectos, pueda “dejar colgados de la brocha”
a los indígenas de tierras bajas (las presiones de UNASUR
van en esa dirección). Es más, hay sectores del MAS
que han menospreciado las demandas indígenas de tierras bajas,
fundamentalmente las que tienen que ver con la autonomía.
Las federaciones de campesinos y colonizadores no consideran que
deba haber territorios indígenas con gobiernos y administraciones
propias, pues esto empoderaría a los indígenas de
tierras bajas. Y usan paradójicamente el argumento de que
estos indígenas son fácilmente cooptados por los movimientos
cívicos separatistas, para lo cual ponen como ejemplo a los
ex dirigentes indígenas de tierras bajas que hoy hacen parte
de las fuerzas de choque de los prefectos separatistas.
El
dilema de los indígenas de tierras bajas se presenta por
el tipo de relación que sostienen con el MAS. Se trata de
una alianza. Y como en toda alianza, más cuando ella se gesta
para generar un proceso democrático, las relaciones entre
los partidos y los movimientos que hacen parte de ella, deberían
ser horizontales. Los indígenas de tierras bajas, minoritarios
en el MAS, son esquivos a aceptar que sus organizaciones sean meras
“correas de transmisión” de decisiones tomadas
por sus aliados mayoritarios. Esta posición, fundamentada
en principios democráticos, no es del agrado de la dirigencia
serrana del MAS. De allí que sus planteamientos en las negociaciones
políticas sean menospreciados. Nos causa estupor y a las
organizaciones indígenas de tierras bajas indignación,
el hecho que en la primera mesa de negociación para superar
el conflicto, no se haya mencionado la devolución de las
sedes indígenas tomadas, ni la reparación de los daños
causados a las víctimas de la violencia desatada por los
prefectos y sus fuerzas de choque a las organizaciones indígenas
y ONG de apoyo. Como dice el argot popular: “ si así
es el desayuno, como será el almuerzo” , existe el
fundado temor de que en estas mesas de concertación del MAS
con los separatistas, quede relegada a un segundo lugar, o aun descartada
del paquete de negociaciones, la cuestión territorial, pues
el MAS, al dejar tranquilos a los hacendados, lograría restarle
fuerza al movimiento autonomista, forzando así la negociación.
El movimiento autonomista por su parte, al enganchar líderes
indígenas de tierras bajas para su causa, sale también
ganancioso, pues lograría arañarle fuerza al MAS en
sus regiones (reconocidos ex dirigentes indígenas, ahora
trabajadores de la Prefectura de Santacruz dirigieron los asaltos
y destrucción de las sedes de la CPESC y de la Confederación
Indígena de Bolivia, CIDOB en Santacruz, en alianza con los
grupos de choque que saquearon y destruyeron las oficinas del Centro
de Estudios Jurídicos e Investigación Social, CEJIS
y de la Coordinadora de Pueblos Étnicos de Santacruz).
Este dilema se convierte en drama, cuando los gestores del movimiento
separatista no aceptan hablar con los indígenas de tierras
bajas, pues los consideran la punta de lanza del MAS en tierras
bajas.
Las “fuerzas de choque” de los prefectos y lideres autonomistas
están atacando por igual a los colonizadores kollas (indígenas
de la sierra) y a los indígenas nativos de tierras bajas.
La situación no esta pues fácil para ninguno de los
dos. Esto funde más la unión, supera desavenencias
y rivalidades, y concilia intereses entre excluidos que posibiliten
las urgentes y necesarias alianzas para la conquista de sus derechos
y puede obligar al MAS a defender con decisión las reivindicaciones
de los indígenas de tierras bajas.
¿y entonces qué?
Para nosotros los que la cosa es muy clara. Debemos continuar defendiendo
este proyecto de nuevo país que se gesta en Bolivia. Pero
nuestro apoyo no puede ser un cheque en blanco para que esta democratización
y recuperación del Estado para las mayorías no se
lleve a cabo a espaldas de los indígenas del Chaco y la Amazonia
boliviana. Y debemos, como lo sugieren Luis Javier Caicedo, jurista
y asesor de pueblos indígenas en Colombia, y nuestra querida
amiga María del Pilar Valencia, jurista y asesora de los
indígenas de tierras bajas de Bolivia, a la cual le debemos
muchos de los datos e ideas de este texto, “adelantar también
una cruzada en pro de los derechos territoriales colectivos de estos
pueblos indígenas de tierras bajas, los más explotados,
vilipendiados, humillados y ofendidos por ganaderos, caucheros,
madereros, empresas petroleras, colonizadores menonitas y toda clase
de aventureros que llegan allí para saquear los recursos
de sus territorios y esclavizar sus vidas”.
Hoy, cuando ya suenan las fanfarrias para las celebraciones del
Bicentenario, es inadmisible que exista todavía la esclavitud
en nuestros países y que mente alguna pueda levantar la infamante
consigna de que “Hitler mató judíos porque no
conocía a los kollas”. Deberíamos pues aprovechar
esta fecha para levantar nuestras propias consignas de libertad,
justicia, equidad hermandad y respeto a todas las formas de vida
biológica y cultural, nuestra más preciada riqueza,
el verdadero Dorado que no pudieron ver los colonialistas. Esto
estaría más acorde con la ética y principios
humanistas que esgrimieron los fundadores de nuestras Repúblicas,
cuando decidieron contender al colonialismo europeo.
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