El rostro perverso del buen salvaje ecológico:
La construcción occidental de los
mitos sobre el indígena
José Antonio Morán Varela*
Una idea recurrente sobre los indígenas
(americanos, en este caso) es de percibirlos como guardianes de
la naturaleza. Una mirada más profunda nos desvelará
el paternalismo de tal concepción y las estrategias neo-colonialistas
pintadas de verde que operan de fondo
«…
el colonizador inscribe el devenir del mundo según
sus propios criterios, sus escalas de valores, sus cánones,
sus normas, pero deja al colonizado el perfume del exotismo…»
(Lucas Vatim)

Mientras dure la situación colonial, será occidente
quien defina al indígena. De «agresivo bárbaro»
a quien hay que eliminar, a «buen salvaje cosmovisionista»
a quien hay que conservar, todas son construcciones teóricas
que buscan deshumanizar al indígena para mantenerlo sometido.
Ilustración en base a montaje de: http://www2.uah.es/vivatacademia(...)
y www.antorcha.net/
Los indígenas, en general, son vistos como grupos que —
congelados en una especie de Edén — viven en
armonía con su entorno natural y cultural y que, conscientes
de su sabiduría y de su fragilidad, luchan por la defensa
de dichos entornos. No están solos en su batalla, pues reciben
el apoyo exterior del ciudadano medio y de sectores económicos
y políticos, pasando por ambientalistas, oenegenistas y universitarios
en general. Estos sectores dispares tienen en común ver al
indígena como «nativo ecológico» que busca
la conservación de su medio, lo que coincide con los objetivos
de la sociedad moderna que, tras constatar sus estragos, busca conservar
lo que aún queda de prístino. La figura del indígena
como buen salvaje se erige entonces en icono que desde una supuesta
sabiduría casi natural se convierte en guardián de
lo ancestral, tanto natural como cultural. El concepto de buen
salvaje implica, entonces, una disposición ética
positiva y un interés innato para conservar el entorno natural.
Nada sobre esta noble visión debería en principio
alarmarnos…a no ser que constatemos que corresponda más
a invenciones del observador que a la realidad misma. Autores —
como Nietzsche — nos ponen en guardia sobre lo peligroso
de los supuestos acríticos que fundamentan nuestras opiniones
y creencias. Estas sospechas nos conducirán a atisbar cómo
detrás de esta construcción de lo indígena1
existen presupuestos que en realidad son sólidos pilares
de discursos posteriores, que por tanto convienen problematizarlos
y deconstruirlos, para no caer en el error anunciado por el filósofo.
Para verificar lo fabricado de este discurso y ver lo que esconde
detrás, comencemos repasando la historia. Hasta épocas
recientes el indio era visto como el malón salvaje,
que habitaba zonas periféricas del poder y al que había
que pacificar. Las descripciones de la época nos hablan de
seres belicosos, primitivos, dañinos por naturaleza y de
dudosa capacidad de poseer alma2. Este estereotipo del
indígena fue imprescindible para justificar la conquista
de sus territorios, su disciplinamiento al trabajo so-metido y su
posterior educación para que dejara «lo salvaje»
y aceptara lo que se le imponía3. La necesidad
de legitimar la conquista hizo que se ofreciera la visión
del indio como malón salvaje, convirtiéndole en enemigo
interno creador de miedos que justificara el horror etnocida al
que se les sometió.
Vemos que esa visión del indígena —
y la utilización que de ella se ha hecho — fue
impuesta desde fuera. Entonces ¿qué de neocolonizador
puede haber en la conceptualización de los indígenas
que nos hemos fabricado en la actualidad? En la construcción
del malón salvaje había una proyección hacia
lo indio de detestables hábitos propios; no es necesario
ser adivino para intuir perversos implícitos en la bienintencionada
idea del buen salvaje, guardián de lo que queda de Edén
natural. Veamos algunos de estos supuestos.
Considerar a los indígenas guardianes del ecosistema, es
cargarles una responsabilidad para que la sociedad moderna tenga
un cabo al cual agarrarse para retrasar el ecocidio. Al representarlos
como parte de una naturaleza patrimonio de la humanidad, se justifica
su administración por difusos y lejanos centros de poder
que en ocasiones deciden conservar ciertas porciones de la naturaleza
y en otras — las más — que hay
que sacar provecho de ella. Los discursos ambientalistas globales
forman parte de esta neo imposición al situarse por encima
de lo local y ver al indígena como parte de esa naturaleza.
La idea aplaudida siempre y nunca realizada del desarrollo sostenible
(porque no se tocan principios sagrados del capitalismo), encuentra
así aliados obligados en los indígenas. En épocas
pasadas se trató de domesticar al indio a través de
la religión, el trabajo o ideologías como la indigenista;
ahora la doctrina verde puede ser coartada de un nuevo neocolonialismo.
Pensar a los indígenas como parte del ámbito natural,
es situarlos en el nivel que la modernidad siempre asignó
a la naturaleza: Espacio donado del que hay que servirse dominándolo.
Este deseo de domino sobre la tierra del que se nutre la Modernidad,
es una constante de la historia occidental. Cada día que
pasa, ese sueño de dominio está más próximo
a realizarse, pero al concretarse paradójicamente se convierte
en pesadilla. La naturaleza intacta y los indígenas que en
ella habitan, son percibidos de forma similar a la mujer en esquemas
patriar-cales: sumisa, conquistada y poseída. Hoy se espera
que los indígenas cumplan el papel asignado: nativos ecológicos
(de eco-mártires a eco-héroes), que insuflen oxígeno
a una moribunda modernidad.
Esa asignación implica también una perversa distorsión
temporal: invisibiliza su historia, a la vez que imposibilita su
futuro. Es como si en los indígenas no hubiera cambios y
se pudieran mezclar indistintamente a los de las tierras altas con
los de las selvas. Peor aún, es como si vivieran ajenos a
una conquista que se prolonga por más de quinientos años
y no hubiesen desarrollado mecanismos de lucha y resistencia contra
el enemigo. Negar la historia es tratar de hacer olvidar, pero nunca
buscar la justicia; es endiosar un presente atemporal castran-do
cualquier interrogante histórico, es, en definitiva, provocar
una amnesia quirúrgica. Si miramos hacia el futuro el panorama
es más sombrío, ya que al esencializarlos como guardianes,
se les imposibilita que lleven un camino diferente al asignado ¿Es
que no tienen derecho a labrarse su porvenir por caminos propios?
¿Hacen las sociedades occidentales algún esfuerzo
por asemejarse a lo que piden a los indígenas? Así
como un padre exige a gritos a su hijo que no grite, así
nuestra sociedad exige a los indígenas un esfuerzo conservacionista
que ella no realiza.
Además, la realidad contradice esta visión occidental.
Indígenas, como los de Otavalo en Ecuador, han optado
por tejer redes supervivenciales paralelas a las de los mercados
internacionales4. Hay comunidades, como en Colombia,
que luchan con las armas políticas de los poderosos para
hacerse espacio en una sociedad cada vez más mezclada5.
En Canadá se van detectando enfrentamientos de indígenas
contra ambientalistas y miembros de ONGs, por interpretar que éstos
les impiden el desarrollo que ellos buscan… La esencialización
impuesta desde fuera, la museificación de la cultura indígena,
el mensaje de «si te mueves no sales en la foto…»
no hacen sino poner al descubierto los larvados mecanismos de invisibilización
a que son sometidos mediante la asignación de un papel en
la historia de la humanidad, que tal vez sea a ellos a quienes menos
beneficia.
Detrás de la idea del buen nativo ecológico se esconde
una concepción del indio como pasivo y subdesarrollado. Si
antes se le intentó civilizar para que trabajara, hoy se
le intenta asignar un puesto para que continúe en su estado
«salvaje». En ambas ideas pervive la construcción
del indio como ignorante, del que se des-confía pueda llevar
las riendas de su destino y a quien hay que trazar las líneas
— occidentales, por supuesto — que debe
seguir; no es necesario mucho esfuerzo para ver en esta postura
una justificación de desigualdades y jerarquías, convirtiendo
al indígena en eslabón necesario de una sociedad clasista.
El mensaje no puede ser más contradictorio: mientras se resalta
su sabiduría ancestral se les orienta en su actuación;
una pléyade de políticos, religiosos, organismos internacionales,
ONGs, y economistas repiten a coro: «ustedes son los que saben,
pero nosotros les enseñamos cómo hacerlo»6.
Además de estos mecanismos «ideológicos»,
están otros más «prosaicos». La nueva
fase de dominación económica, el eco-capitalismo,
se ha introducido en selvas y territorios indígenas, veloz
y desde distintos frentes. Las industrias con necesidad de zonas
de biodiversidad, como la farmacéutica, tienen futuro prometedor
a cambio de una insignificante aportación a los indígenas
por servicios de información de su ancestral sabiduría.
Los mercados verdes generan ganancias a través de estrategias
como las del comercio justo, que ponen en los mercados occidentales
una variedad de productos exóticos. La comercialización
de las tradiciones a través del denominado eco y etno-turismo,
se ha insertado en el corazón de las comunidades. Por último,
el intento de organismos como el BM o FMI por apoyar lo indígena
para cosechar océanos de beneficios. Estos frentes comparten
ver lo indígena como potencial económico en un marco
de desarrollo sostenible impuesto casi siempre desde fuera. Comparten
también la reificación o cosificación de su
territorio y tradiciones, al percibirlos con sólo parámetros
económico-productivos.
No es pues descabellado observar cómo la construcción
de una identidad indígena «eco-lógica»
sirve sobre todo para la necesidad intrínseca del capitalismo
de hacerse de nuevos mercados; tampoco es descabellado imaginar
lo que puede ocurrirles a medio plazo a los indígenas si
se dejan llevar por estos cantos de sirena. Podemos observar en
este proceso una nueva visión colonialista que llega en forma
de proyectos de desarrollo, mercados alter-nativos, y reivindicación
de lo indígena desde visiones cuasi románticas, cuyo
trasfondo es el dirigir al indígena, al cual se le sigue
considerando menor de edad.
Lo apuntado nos lleva a la constatación de que lo indígena
ha sido definido desde fuera y no precisamente de forma inocente.
Ahora bien, ¿qué piensan y qué actitudes tienen
los propios indígenas?, ¿hasta dónde ha calado
el intento domesticador? Indudablemente no hay unanimidad en la
respuesta debido a la sinfonía de matices que se despliegan
desde Tierra de Fuego hasta Alaska y desde la profundidad selvática
hasta las alturas andinas. Sin embargo podemos apuntar algunas reflexiones.
La primera es que el mundo indígena ha globalizado una puesta
en pie colectiva, tras la larga noche de marginación e invisibilidad
que ha superado ya los cinco siglos. Esta «sublevación»
les ha llevado en muchos casos a aceptar la definición impuesta
desde fuera, pues se han visto en la paradójica situación
de que para reclamar dignidad e igualdad tienen que mostrarse diferentes7
y el precio a pagar es la esencialización inmovilizadora
a que se someten y son sometidos. La aceptación de esa conceptualización
en ocasiones se hará por desconocimiento de las consecuencias,
en otras por buena fe o por creer que con ello llegan al máximo
de sus aspiraciones; pero en otras muchas se trata de un esencialismo
estratégico, es decir que la aceptación de la definición
y lo que implica no es tanto una meta, sino un paso calculado y
temporal en el largo camino hacia su dignidad. Lo que todos tienen
claro es que su futuro está en la lectura que hagan de la
situación que les traen los nuevos tiempos.
La segunda reflexión nos conduce hacia quienes no aceptan
el puesto que se les asigna, hacia los rebeldes, que incluye a quienes
protestan y se oponen a los planes desarrollistas de multinacionales
y corporaciones económicas, ONGs, ambientalistas y gobiernos
varios, como a quienes luchan con la fuerza de las armas8
o que, sintiéndose indígenas, no aceptan las identidades
asignadas de rurales, pobres, alejados de la modernidad, o guardianes
de la naturaleza y la cultura9. Ciertamente existen intereses
dispares y las luchas no están unificadas, pero ello más
que un problema puede verse como una virtud; de hecho, la historia
nos muestra un ejemplo de cómo el no tener un claro líder
se convierte en invencible fuerza: los mapuches, que no poseían
la solidez de culturas que han dejado grandes monumentos, ni un
criterio unificado de lucha o una jerarquía clara, fueron
los únicos con quienes no pudo el todopoderoso invasor español.
En tercer lugar hay que constatar, más allá de valoraciones,
cómo en muchas ocasiones la forma real de vida de los indígenas
está en las antípodas de lo que se espera de un buen
y ecológico salvaje. Así, la relación sobre
las reducciones de cabezas por los jíbaros o las incomprensibles
costumbres gastronómicas de los caníbales, tienen
su continuación en relatos como los de Levy-Strauss10
o más recientemente de los yamomamo que poseen el récord
de violencia social11. Opciones como las de los wayúus
de Colombia que luchan por vender derivados del petróleo
y propiedades intelectuales, los pequats de EE.UU. que poseen el
casino más grande de la zona, los indígenas canadienses
que buscan la liberalización del mercado de la madera para
su comercialización, o los cunas panameños, que en
los diseños de sus tradicionales molas incluyen logotipos
comerciales…...
nos señalan que las ideas, como los organismos, tienen su
talón de Aquiles. Para que prevalezca la idea del indígena
como buen salvaje, es preciso despojarlo de todo lo que no interesa;
es imprescindible un domesticado olvido de las facetas o situaciones
que no encajan en los esquemas construidos; es necesaria una cirugía
para ocultar lo que no conviene que se vea. Pero, como si del inconsciente
se tratara, lo reprimido acaba saliendo a la luz por caminos impensados,
manifestando que lo indígena no es lo que se pretende mostrar
que es, pues la conservación de la naturaleza más
que un fin, es un medio para mantener la continuidad de la sociedad
y la identidad de sus miembros y como tal, puede sufrir cambios
y variar en aras al objetivo final12.
Si buceamos en la noción de buen salvaje, encontramos datos
que apuntan en la dirección aquí mantenida. Es deudora
de los homo sylvestris medievales (seres salvajes, sátiros,
faunos, centauros, etc., que tienen más de animal que de
homo), usados tanto para reírse como para lamentarse de las
miserias humanas. El lado más humano de estos seres llega
hasta Rousseau y Hobbes, quienes desnudan al hombre civilizado de
sus elementos culturales y religiosos, para ver lo que se esconde;
el primero encuentra bondad y el segundo maldad; del uno se deriva
el buen salvaje y del otro el malón salvaje13.
Es importante constatar que estas ideas arquetípicas intentan
reflexionar sobre la marcha del hombre europeo, sus fantasmas y
perspectivas. La aplicación de estos conceptos a sociedades
exóticas será una derivación posterior, y —
tras distintos devaneos — la que prima actualmente
es la roussoniana.
Así, detrás del buen salvaje se esconden secretos
del hombre occidental, que ni él mismo se atreve a mirar
de frente, necesitando por ello una transferencia metafórica
hacia culturas exóticas. A la sombra de la construcción
sobre el indígena, lo que se oculta es una presencia desde
y para occidente, una identidad perdida o camuflada, una línea
de vigilancia fronteriza de los «avances de la civilización».
Es, en definitiva, occidente quien construye lo indígena
sin detenerse a escuchar su voz, pues occidente necesita del indígena
para verse en el espejo, para justificarse, entronizarse y perpetuarse.
El buen salvaje, como cualquier otro mito, da sentido a lo cotidiano,
al determinar y desvelar un proceso cultural e histórico
y las aspiraciones de cierta colectividad.
Las lecciones de moral y buena conducta de Tarzán están
dirigidas a interiorizar un estereotipo de buen salvaje, para
consumo esencial de los indígenas y no del colonizador.
Fuente ilustración: www.agrifonte.com
En esta perspectiva, tal vez ningún mito revele mejor lo
que estas líneas pretenden como el Tarzán, recreado
por Burroughs, hace casi un siglo. Este héroe habita
en coordenadas espacio-temporales donde se mezclan modernidad y
naturaleza; representa el sueño de aventura y conquista;
tiene aptitudes y defiende valores que le llegan de manera casi
innata; adquiere destrezas como hablar (inglés, por supuesto)
sin necesidad de nadie (individualismo), como un semidios guía
a los animales y a las tribus que encuentra, y — a
pesar del bronceado de sus hiperdesarrollados músculos —
originariamente es blanco. ¿Hermano gemelo del indígena,
como buen salvaje y defensor de la naturaleza? ¿No será
que ambos — habitando los mismos lugares lejanos, agrestes
y misteriosos — nacen en occidente y representan la
incursión de éste en aquellos territorios?
Tarzán es un occidental camuflado en un mundo exótico
y el indígena, en cuanto buen salvaje, una proyección
de intereses y dudas de occidente. A los dos se les erige como guardianes
de la naturaleza, pero — no nos engañemos — lo
único que ambos guardan es el interés y los secretos
del hombre occidental. Si queremos encontrar a los auténticos
guardianes de la naturaleza sin cambiar nuestros modos de vida,
tal vez no nos quede más remedio que afirmar como un músico
callejero de Manaos que: «…
o defensor de Amazonia é o mosquito da malária».
Notas:
* El presente artículo es una versión ligeramente
condensada del original que puede ser consultado en: http://www.eutsi.org(...)
1 En el fondo este artículo también
se puede leer en clave particular de las estrategias de construcción
simbólica de los otros diferentes a nosotros, entendiendo
por los otros a todos aquellos que — desde nuestra
perspectiva — están marcados por la diferencia,
ya sea sexual, racial, religiosa, étnica, política,
nacional, etc. En concreto, nos vamos a fijar en una de estas representaciones
a la que podemos calificar como exótica y que brota del contacto
entre el viejo y el nuevo mundo: es la de los indígenas americanos.
2 Por ejemplo, un obispo de Santa Marta de Colombia
describía a los indios locales «no como hombres sin
alma racional, sino salvajes de los bosques, razón por la
cual no podrían poseer nunca ninguna doctrina cristiana,
ninguna virtud ni ningún tipo de aprendizaje». (Tomado
de A. Padgen. 1988. La caída del hombre natural. Madrid.
Alianza Editorial.) También pueden encontrarse múltiples
referencias en Las venas abiertas de América Latina de E.
Galeano.
3 Podemos encontrar historias particulares en cada
país. Sirva a modo de ejemplo lo que ocurrió en Argentina,
tal como lo cuenta Trinchero, H.H. 2007 en Aromas de lo exótico.
Colección Complejidad Humana. Buenos Aires.
4 Los de Otavalo en Ecuador son ejemplo de cómo
un grupo indígena ha salido de los parámetros a priori
asignados desde el exterior y se mueven por caminos tan alejados
como los de la globalización. Un magnífico estudio
sobre ello se puede encontrar en Maldonado, G. 2004. Comerciantes
y viajeros. De la imagen etnoarqueológica de «lo indígena»
al imaginario kichwa Otavalo «universal». Quito. Abya-Yala
5 En el artículo titulado La construcción
de la identidad indígena en medio de la guerra colombiana
de José Antonio Morán Varela, publicado también
en la revista electrónica Eutsi, hay un pormenorizado estudio
del recorrido y los problemas que dichos indígenas encuentran,
así como un desvelamiento de las recientes trampas tendidas
por el neoliberalismo económico.
6 Esta frase pertenece a un interesantísimo
documento que teoriza sobre el tema aquí tratado. En Ulloa
Astrid. 2004. La construcción del nativo ecológico.
Bogotá. ICANH.
7 Conviene recordar que en menos de una década
a finales del siglo pasado, 14 países latinoamericanos se
declaran multiétnicos y pluriculturales; en nueve de ellos,
el FMI y el BM consiguieron introducir reformas neoliberales. No
es ilógico sospechar que dichos organismos iban preparando
el camino hacia lo que después vendría, y para ello
— entre otras cosas — posibilitaban las
demarcaciones y autonomías territoriales indígenas.
8 Son varios los movimientos guerrilleros que se
nutren y han nutrido básicamente de indígenas, y no
tanto por la lucha particular de éstos cuanto por ser los
más desfavorecidos. El Movimiento Armado Quintín Lame
de Colombia MAQL fue íntegramente indígena, mientras
que el EZLN mexicano o la URNG guatemalteca son ejemplos de una
presencia mayoritaria.
9 El citado caso de Otavalo (nota 5) o el de aquellos
indígenas que habitan ciudades y se dedican a profesiones
«modernas», ejemplifican las posiciones de aquellos
indígenas que han construido sus identidades como tales,
pero en ellas no van implícitos conceptos como los expuestos.
10 Lévi-Strauss. 1988. Tristes trópicos.
Barcelona. Paidós. Entre otras cosas nos cuenta cómo
los caduceos tienen aversión a ciertos sentimientos que cualquiera
interpretaría como «naturales»; por ejemplo,
sienten asco por la procreación y en consecuencia practican
el aborto, el infanticidio y el rapto de niños de tribus
vecinas.
11 Chagnon, N. (2006) en Yanomamo. La última
gran tribu. Barcelona. Alba Editores, nos da cuenta de datos impresionantes:
el 30% de las muertes de varones adultos de esta etnia se deben
a causas violentas, y el 40% de todos los adultos habría
participado en la muerte de otro yanomamo.
12 En una línea argumentativa similar se
desarrolla la jugosa vía de investigación de Wade,
P. 2004. Los guardianes del poder: biodiversidad y multiculturalidad
. En: Conflicto e (in)visibilidad. Retos de los estudios de la gente
negra en Colombia. Popayán. Colombia. Universidad del Cauca.
13 El desarrollo del estudio aquí señalado
se puede encontrar en el interesante libro: Bartra, R. (1997) El
salvaje artificial. México. Ediciones Era. Universidad Nacional
Autónoma de México.
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