| Colombia:
Suenan tambores en el Cauca
(Por Alfredo Molano Bravo,
alfrelano@yahoo.es)
Estalla de nuevo el conflicto de tierras que el Cauca ha vivido
desde el siglo XVIII, mucho antes de que existiera Bolívar.
El Rey de España repartió tierra a los indios para
impedir que los encomenderos los acabaran, sometiéndolos
como bestias de carga.
España también tenía leyes que protegían
a indios y negros, así muy pocas y en muy pequeña
medida se cumplieran. Lo mismo sucede con la Constitución
del 91, a pesar de que les reconoció a los pueblos indígenas
sus derechos al territorio, a la autonomía y a su cultura.
Desde que la carta entró en vigencia, han sido asesinados
centenares de líderes indígenas. Sólo en el
año que corre han sido muertos o desaparecidos 68 indígenas.
¿Por qué tanta saña contra pueblos trabajadores
e industriosos, depositarios de culturas profundas, sabias y pacíficas?
Simple: los indios aspiran a que les sean reconocidos sus territorios
y no sólo sean respetados sus resguardos.
Hay que tener en cuenta que los pueblos indígenas se reproducen,
crecen, y hoy son muchos más que en los años setenta,
cuando estalló otro movimiento de recuperación de
sus tierras; muchos más también que en los años
90, cuando se firmaron con el gobierno diversos acuerdos, como el
de La María y El Nilo, en los que el gobierno se comprometió
a repartir tierras.
Más aún, el Incora calculó que para resolver
el problema de ese momento hacían falta 162.000 hectáreas.
Quince años después, el Gobierno sólo ha repartido
15.000. Mil por año: tardaría a ese ritmo 162 años
en cumplir un acuerdo que evidentemente para esa época habrá
perdido toda proporción.
Detrás del reclamo indígena hay un hecho práctico:
las nuevas generaciones —la gente que hoy está peleando
la tierra— han estudiado, obtenido su grado de bachiller y
muchos son técnicos y profesionales. En las ciudades no han
conseguido empleo y por tanto han regresado a trabajar en lo propio,
que es estrecho y de mala calidad.
Al lado, los grandes latifundios de la aristocracia caucana —una
mezquina aristocracia de escudo de armas y bobo en el solar—
se expanden a sus anchas con la tranquilidad de que el gobernador
de turno está de su lado. ¡Para eso lo nombran!
Más adentro de estas razones medio maltusianas, hay otra
de mucho peso: la tierra es para los indígenas —también
para los negros, los campesinos— el fundamento material de
su cultura y de sus autoridades. Sin tierra, todo su mundo se desploma
y sus pueblos están condenados a la extinción. De
ahí que ahora reclaman libertad para la madre tierra. Para
ellos su tierra la tienen presa los terratenientes y esa cárcel
la cuida el Gobierno.
Por tanto, tierra no significa sólo una superficie para cultivar,
sino —y muy especialmente— la condición de vida
cultural de sus pueblos y el acceso al ejercicio de su autoridad.
El asunto no es de plata, es más grave, es de sobrevivencia
de un mundo distinto al blanco y de una economía que no se
pliega al dinero ni tiene como meta la acumulación y el despojo.
El gobernador —puede ser Chaux, Mosquera, Valencia, Velasco,
etc., etc.— repite lo que han venido diciendo sus abuelos,
bisabuelos y tatarabuelos: los indios no necesitan tierra sino fuete.
Y además, agregaría, los "caciques" no están
pidiendo quitarnos las tierras, sino que ahora pretenden despojarnos
de la cama donde durmió Simón Bolívar, el Libertador
en persona, para acostarse a tener hijos ahí.
En efecto, una de las haciendas es la de Japio, en Caloto, donde
posó Bolívar unas noches. Tiendo a pensar que la pelea
esta vez va a ser larga y puede ser sangrienta. El Gobierno sostiene
que el movimiento está "infestado de terroristas"
y los indígenas que el gobernador es un terrateniente más.
Quizás se interponga en el conflicto la razón y se
llegue a un acuerdo en el que pueda garantizarse su cumplimiento.
La fórmula es sencilla: que los indios permanezcan en las
tierras como garantía de cumplimiento.
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