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EN
CIRCULACIÓN REVISTA ETNIAS & POLÍTICA No. 7
Editorial:
Durante
516 años de resistencia en las Américas
ha estado planteado el problema de la dominación
de los pueblos indígenas por los poderes y modelos económicos
impuestos mediante las armas y el colonialismo. Ahora, como cuando
Tupac Amaruc se levantó
contra los españoles, los pueblos
indígenas del continente vuelven a levantar
por todos lados alternativas
para liberarse de la opresión de siglos, del despojo de sus
territorios.
Es el resultado de años de lucha
y organización lo que ha permitido una presencia
pública y una acción política de los indígenas
y de sus propuestas, las cuales han tratado de plasmar en leyes
y constituciones nacionales y, finalmente, en la legislación
internacional.
Los Convenios 107 y 169 de la Organización
Internacional del Trabajo (OIT) significaron importantes
pasos en el establecimiento internacional de una nueva normatividad
que al fin reconociera los derechos fundamentales de los pueblos
indígenas, y que sirviera de marco para las innovaciones
constitucionales que en cada país abrían paso a ese
reconocimiento, como fue el caso de lo dispuesto por la Constitución
de 1991 sobre los pueblos indígenas de Colombia.
Pero la reacción del establecimiento y los
intereses creados contra el reconocimiento de los derechos indígenas
se ha entrelazado con la política del capital transnacional,
ansioso de modificar la normatividad mundial en un sentido totalmente
contrario, para reconocer los "derechos" de los inversionistas,
del capital, es decir, de las propias transnacionales.
Una
nueva constitución mundial que pone los derechos
de las transnacionales por encima de los derechos humanos y de los
derechos colectivos se fragua mediante los llamados tratados "de
libre comercio", las normas de la Organización Mundial
de Comercio (OMC), y mediante numerosas leyes forestales, rurales,
de tierras, de aguas, de minas, de petróleos, de "seguridad
jurídica", de arbitraje internacional y de propiedad
intelectual, leyes que son como contratos de adhesión a manera
de formularios a los que simplemente se les llenan algunos datos
propios del país dominado en que se van aprobando.
El establecimiento de los "derechos de los inversionistas"
significa desde luego, otra vez, desconocer los derechos colectivos
de los pueblos indígenas. El capital choca contra ellos y
quiere despejar el camino. Otra vez una frondosa ideología
se levanta para denigrar a los indios. El sociólogo por muchos
años asesor del gobierno de Estados Unidos, Samuel Huntington,
en su libro ¿Quiénes somos?, asume la cultura anglosajona
como superior, y la identifica, con el individualismo en la medida
que la ve amenazada por las culturas que enfatizan en los derechos
colectivos. Según Huntington lo indígena, como cuna
de los derechos colectivos, sería el fundamento del atraso
latinoamericano. El ex presidente español José María
Aznar, en su infome "América Latina, una agenda de libertad",
considera que el "indigenismo" es un "camino que
se aleja de las sociedades abiertas, libres y prósperas",
porque sustituye el concepto de ciudadano de una república
por el de miembro de una comunidad étnica".
La
versión criolla del mismo racismo la sublima el peruano Mario
Vargas Llosa atacando al supuesto fundamentalismo indígena
al que sindica de "Talibán", para colocarlo a la
altura de los peores enemigos de la civilización, los terroristas.
Considera las reivindicaciones indígenas como "utopía
arcaica" colectivista y contrapuesta a los derechos individuales.
Vargas Llosa presupone la superioridad de la otra cultura, la individualista,
quiere imponer el neoliberalismo como bien supremo de la humanidad.
A la nueva catarata ideológica contra la lucha de
los pueblos indígenas se suman las iniciativas legislativas,
como el Estatuto Rural en Colombia, los estatutos departamentales
autonómicos en Bolivia, el Decreto Legislativo 1015 en Perú,
que facilita la disolución de las comunidades andinas y amazónicas.
Más
grave aún son los hechos de fuerza contra los pueblos indígenas:
los asesinatos de indígenas
en la Amazonia brasilera; el encarcelamiento
de mapuches en Chile; la represión
en Oaxaca y Chiapas, en México; las masivas
agresiones racistas de la Unión Juvenil Cruceñista
y otros grupos fascistas en Bolivia, y las humillaciones públicas
masivas a los indígenas como la ocurrida en la ciudad de
Sucre; los ataques de los terratenientes
zulianos contra los indígenas yukpa en Venezuela;
el aumento de las violaciones de los derechos humanos de los indígenas
durante los últimos años en Colombia, y las órdenes
del presidente Uribe de pagar recompensas por los
indígenas que liberan la madre Tierra y de detener a los
senadores partidarios de su causa.
Los indígenas no se amilanan por la contraofensiva racista
que quiere garantizar la nueva conquista transnacional. Ellos mantienen
la iniciativa.
En Ecuador han logrado
su objetivo de años, la convocatoria de la Asamblea
Constituyente donde se consagre el carácter
plurinacional del Estado, y confrontan en este momento al gobierno
para exigir que en la Constitución se plasme el derecho a
exigir que solamente se exploten los recursos naturales de sus territorios
cuando ello cuente con su consentimiento previo, libre e informado,
y no se lesione su integridad. Obviamente, los poderosos intereses
de las petroleras quieren trancar la lucha de las nacionalidades
indígenas.
En
Bolivia la Constituyente
ha aprobado un texto que consagra el carácter plurinacional
del país, y los derechos fundamentales de los pueblos indígenas
y los campesinos. Actualmente en Bolivia se libra una batalla decisiva
por lograr que esa Constitución
entre en vigencia y se abra el paso a un cambio
real en ese país.
En Venezuela, después
de años de invisibilización, y tras lograr que la
Constitución les reconociera derechos fundamentales, los
indígenas luchan por la demarcación
de sus territorios, contra los apetitos de las empresas
mineras.
El discurso neoliberal y los promotores y extensionistas al servicio
de las transnacionales tratan de contener las aspiraciones de los
pueblos indígenas, asegurándoles que quieren hacerlos
partícipes a ellos y a sus territorios de los "beneficios
del desarrollo económico". Anuncian el supuesto papel
redentor del mercado, la carretera, la explotación forestal,
la mina, el pozo petrolero o la agroindustria. Pocas veces los indígenas
salen bien librados en su integridad cultural, social y económica,
y también los resultados ambientales suelen ser funestos.
Durante el proceso, la mayoría son despojados de sus tierras
y aguas; convertidos en mano de obra barata o migrantes internacionales.
Sólo excepcionalmente un indio se convierte en empresario,
y en cambio la mayoría participa en el desarrollo en calidad
de empobrecido, despojado, cuyo territorio es desarrollado mediante
la inversión.
Objetiva e históricamente enfrentados a la concepción
desarrollista los pueblos indígenas se han manifestado como
sujetos del derecho a la diversidad étnica y cultural, como
gestores de sus propios planes de
vida, que deciden sus prioridades. Exigen reconocer
el proyecto de vida propio de cada pueblo indígena, con cosmovisión,
espiritualidad, organización, objetivos, prioridades, decisiones
y alternativas propias, dispuestos a la interculturalidad, pero
en términos simétricos y no asimétricos, opresivos;
dispuestos a concertar pero a la vez a rechazar cualquier imposición.
La
aspiración de los pueblos indígenas a la autonomía
se basa en el proyecto de cada pueblo, luego no se pueden someter
a una nueva forma de subordinación etnocentrista que supedite
los derechos indígenas al sometimiento a proyectos externos,
sino que se trata de que cada pueblo, además de gestionar
sus propios asuntos de acuerdo con su cultura y mediante sus autoridades
propias, exprese su "consentimiento previo libre e informado"
sobre todos y cada uno de los proyectos o planes de desarrollo que
tengan que ver directamente con su territorio y su vida.
La principal razón por la que el colombiano fue el único
gobierno latinoamericano que no votó a favor de la "Declaración
de las Naciones Unidas sobre los derechos de los pueblos indígenas"
aprobada por la Asamblea General de la ONU el 13 de septiembre 2007,
es lo dispuesto en el numeral 2 de su artículo 32:
Los Estados celebrarán consultas
y cooperarán de buena fe con los pueblos indígenas
interesados por conducto de sus propias instituciones representativas
a fin de obtener su consentimiento libre e informado antes de
aprobar cualquier proyecto que afecte a sus tierras o territorios
y otros recursos, particularmente en relación con el desarrollo,
la utilización o la explotación de recursos minerales,
hídricos o de otro tipo.
El
consentimiento libre e informado de los pueblos indígenas
es lo que el gobierno de Álvaro Uribe Vélez no puede
tolerar, y es exigido en siete artículos por la declaración,
entre ellos el 19 que se refiere a las medidas administrativas o
legislativas que los afecten.
¿Quién preguntó a las comunidades directamente
afectadas por el Plan Puebla Panamá (PPP) o la Integración
de la Infraestructura Regional de Suramérica (IIRSA)? Nadie.
¿Quién les ha preguntado si están de acuerdo
o no con la expansión de las plantaciones de caña
de azúcar y palma aceitera para el negocio de los agrocombustibles?
¿Quién les pregunta si les convienen o no, o si aceptan
que los aplasten las hidroeléctricas, los pozos petroleros,
las minas y las grandes carreteras? Nadie.
Consideradas las sociedades y los
países como multiétnicos y pluriculturales, la diversidad
se asume como una riqueza y como un derecho exigible.
Las relaciones de respeto intercultural exigen concertación
y consenso. Se trata de sustituir una interculturalidad asimétrica,
dominadora, por una interculturalidad de consentimientos mutuos
y prioridades consensuadas.
Esta
visión no elimina el conflicto, sino que permite resolverlo
en términos de construcción social. El conflicto es
tan constitutivo del vínculo social como la interdependencia
misma,
la erradicación de los conflictos
y su disolución en una cálida convivencia no es
una meta alcanzable, ni deseable (...) es preciso, por el contrario,
construir un espacio social y legal en el cual los conflictos
puedan manifestarse y desarrollarse, sin que la oposición
al otro conduzca a la supresión al otro, matándolo,
reduciéndolo a la impotencia o silenciándolo (...)
una sociedad mejor es una sociedad capaz de tener mejores conflictos.
De reconocerlos y de contenerlos. De vivir no a pesar de ellos,
sino productiva e inteligentemente en ellos. Que sólo un
pueblo escéptico sobre la fiesta de la guerra, maduro para
el conflicto, es un pueblo maduro para la paz [1].
El sistema jurídico y la práctica
de un Estado democrático se sustentan en el carácter
efectivamente conflictivo de la sociedad. No hay democracia ni convivencia
simétrica y equitativa, cuando la idea de la colaboración
obligatoria reemplaza a la de la aceptación del conflicto
y a la concertación institucional de soluciones alternativas.
Se trata de construir una nueva interculturalidad, en la cual las
diferencias se concierten a través de diálogo de verdades
compartidas cuya tensión es una riqueza mantener. El reconocimiento
de todos los territorios indígenas como entidades territoriales
de la República, la consulta previa y el requisito del consentimiento
libre e informado de los pueblos y las comunidades indígenas
es el espacio adecuado para comenzar unas nuevas relaciones interculturales.
La reciente sentencia C-030 de 2008 de la Corte Constitucional,
que declaró inconstitucional la Ley Forestal por ausencia
de consulta previa a los pueblos indígenas y comunidades
afrocolombianas, puede ser un punto de referencia para comenzar.

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