|
Chile: Diálogo (inconcluso) entre un mapuche y un taxista
(Por Pedro Cayuqueo)*
Azkintuwe,
24 de agosto.-… Explicarle al taxista que mi bisabuelo, el lonko Luis
Millaqueo, nació en un País Mapuche libre e independiente, cuando Chile
aquí no era Chile y Temuco tan solo una palabra más en nuestra lengua.
Contarle que fue el cuarto hijo de una familia de prósperos
comerciantes ganaderos del valle del Cautín. Y que tras la invasión
chilena fue arrinconado en un pedazo de tierra junto a los suyos. En
miserables 340 hectáreas. Es lo que consigna el Título de Merced,
fechado en 1904.
Aeropuerto Maquehue. Tras dos semanas fuera de
Chile arribo a Temuco. Llueve a raudales, como casi siempre. Abordo un
radiotaxi rumbo al centro de la ciudad. “Mala cosa esto del clima…
apenas pudo aterrizar su vuelo”, me dice el taxista, tratando de entrar
en conversación con tal vez su primer cliente del día. “No lo crea”, le
respondo. “Donde estaba hace unos días no paraba de transpirar… hasta
cierto punto extrañaba la lluvia y el frío”, agrego.
Intrigado
me pregunta de dónde vengo. “De Bolivia, específicamente de Santa Cruz,
en el oriente”, le respondo. “Ahhh… mire usted, Bolivia… es allá donde
tienen un indígena de Presidente, ¿cierto?… ¡ese que lesea con el
temita del mar!”, agrega. ¿Qué piensa de Evo Morales?, me pregunta. Le
explico que en Bolivia hay diferentes visiones sobre su mandato y su
figura. Cuando estoy a punto de dar la mía, interrumpe.
“Fíjese
que aquí en Temuco también los indios andan alzados… todos los días
lesean, se toman los fundos, cortan los caminos, se agarran con
Carabineros… ¡qué gente más ociosa!, si les entregaran las tierras ni
sabrían que hacer con ellas, sería como entregarle una locomotora a un
niño… ¡si esta gente nunca ha trabajado, son flojos, así es su
naturaleza!”, sentencia. Cinco, diez… quince minutos de viaje y la
charla del taxista no cambia de tenor.
“¡Si ya está bueno que la
corten!”, subraya con evidente indignación. Intento a ratos que el
monólogo dé pie a una conversación, pero no hay caso. El viaje llega a
su fin. “¿Cuánto le debo?”, pregunto. “Son tres mil pesos mi caballero…
y aquí tiene mi tarjeta, pa´ la próxima”, me dice amable. Descargo
maletas y me despido. Y ya rumbo a casa, respiro.
Pasan los días
y la conversación con el taxista ronda en mi cabeza. Me alarma un hecho
en particular.. No se trataba en absoluto de un neonazi criollo. Nada
de corvos tatuados en el antebrazo, nada de esvásticas, ninguna marcha
alemana en la radio. Si multitud de fotografías de nietos (por su edad,
sospecho), la Virgen del Carmen al costado del retrovisor y una
calcomanía algo desgastada de Deportes Temuco en el parabrisas trasero.
Más
moreno que muchos mapuches, sus rasgos delataban además un mestizaje
familiar de larga data. Un chileno común y corriente en definitiva,
amante de su familia y a sus años todavía esforzado trabajador. ¿Dónde
situar el origen de su racismo? ¿en su educación? ¿entorno social?
¿experiencias de vida?… ¿en los medios de comunicación? Concuerdo que
El Austral de Temuco puede alterar la percepción de la realidad, pero
¿tanto como transformar a un querendón abuelo taxista en un potencial
miembro de los Trizano?
No es el único, por cierto. Sospecho que
decenas, cientos, miles de personas de similares ideas transitan a
diario por las calles de Temuco. Y millones lo hacen por todo Chile. No
son personas intrínsecamente perversas. Sí algo esquizofrénicas. No lo
digo yo. Lo grafican las encuestas. ¿Considera usted que el Estado está
en deuda con los mapuches? Si, un 82 %. ¿Considera usted que el Estado
debiera tomar medidas más drásticas contra los activistas mapuches?
Sí,
un 76 %. ¿Debiera el gobierno aplicar la Ley Antiterrorista a los
activistas mapuches? No, un 67% (Sondeo del Centro de Encuestas de La
Tercera, Septiembre de 2008). Sí, sí, pero no. No, no, pero sí.
Discriminación “a la chilena”. ¿Qué hacer al respecto? ¿Pasar a la
ofensiva? ¿A cada insulto racista responder con otro de mayor peso y
calibre? Alguna vez creí que este era el camino, lo reconozco. Ese
tiempo ya pasó. No queda más que insistir en la oportunidad que otorga
la palabra.
O las letras, en este caso. Qué ganas de llamar al
taxista y cual Barack Obama en el patio de la Casa Blanca, abordar
nuestras diferencias junto a una ronda de cervezas. Explicarle tal vez
que mi bisabuelo, el lonko Luis Millaqueo, nació en un País Mapuche
libre e independiente, cuando Chile aquí no era Chile y Temuco tan solo
un palabra más en nuestra lengua. Contarle que fue el cuarto hijo de
una familia de prósperos comerciantes ganaderos del valle del Cautín.
Y
que tras la invasión chilena fue arrinconado en un pedazo de tierra
junto a los suyos, ello tras despojarlo el Ejército de los caballos que
a sus 25 años ya comerciaba en sendas caravanas a Puelmapu, la “tierra
mapuche del este”, el actual Neuquén de la República Argentina.
Contarle que de miles de hectáreas, al bisabuelo le “redujeron” sus
tierras a miserables 340.
Es lo que consigna el Título de
Merced, fechado en 1904 y que legalizó el saqueo, el despojo y la
miseria de quienes sobrevivieron a la derrota. Sin eufemismos, esos
retazos de tierras fueron llamados “reducciones” por la ley chilena. Se
crearon más de 2 mil, bien lo sabe el Ministro del Interior, Edmundo
Pérez Yoma, que por estos días usa aquella cifra ante los medios para
minimizar la cantidad de mapuches movilizados en el sur.
“Son
solo dos o tres comunidades dentro de un grupo de más de dos mil las
que han optado por el camino violentista”, ha repetido hasta el
cansancio. Contarle al taxista que aquello que Pérez Yoma denomina
“comunidades” son precisamente las “reducciones” donde los Pérez Yoma
de la época encerraron a gente como mi bisabuelo y su parentela.
“Comunidades” las llama el ministro y nosotros muchas veces también,
olvidando que fueron (y tal vez siempre serán) grises campos de
refugiados.
Contarle
también que tras la muerte del bisabuelo, mi chedki (abuelo materno)
Alberto asumió como lonko, heredando no solo el cargo, también la
condena de no poder ser más que un campesino pobre. Contarle que el
abuelo pasó gran parte de sus 76 años, sin saber leer ni escribir,
recorriendo juzgados y oficinas públicas, falleciendo de cáncer y de
pena una lluviosa mañana de julio de 1990. Al igual que su padre, el
abuelo Alberto buscaba inútilmente recuperar parte de lo robado y así
proyectar un mejor futuro para sus 13 hijos.
No logró reparación
alguna y en el esfuerzo se le fue la vida. Contarle que Jacinta, la
mayor de sus hijas, era su regalona. Y que sufrió mucho al dejarla
partir, a sus 17 años, a Santiago en busca de trabajo y posibilidades
de estudio. Contarle al taxista que Jacinta, joven culta, brillante y
buenamoza, sería mi madre. La misma que no dudaría en desechar una beca
a Estados Unidos con tal de aportar a la educación de sus hermanos,
trabajando de sol a sol como empleada doméstica.
Y que allí, en
el destierro hostil de la capital, siendo una veinteañera, conoció a mi
padre y que allí, entre días libres ella, días francos del regimiento
él, se acompañaron, se enamoraron y, a la primera oportunidad, no
dudaron en regresar juntos al sur, a su tierra. Y que de esa unión, ya
en los 70′, nacieron María Elena, Alejandra y el pasajero que aquel día
de lluvia recogió en el Aeropuerto. Contarle que Jacinta, aun
enviudando poco después del retorno, se esforzó por transmitir a cada
uno de sus hijos la disciplina del estudio y la ética del trabajo.
También
el amor por su cultura y el respeto hacia su pueblo. No le resultó
fácil y sus manos, atrofiadas hoy tras tanta amanecida cociendo ropas
ajenas, son el testimonio de su sacrificio. Contarle que María Elena,
la mayor, vive en Londres hace 15 años; que Alejandra, la regalona de
papá, destaca hoy en el campo de la medicina. Y que su pasajero
transita por la vida como profesional del periodismo.
O de la
comunicación más bien dicho, pues entre “informar” y “poner en común”
trato siempre de optar por lo segundo. ¿Será posible que usted y yo
hagamos ese ejercicio, el de “poner cosas en común”?, preguntaría al
taxista. ¿Será posible para usted ponerse en mi lugar y en el
reconocimiento de la dolorosa historia que hoy comparto, respetarme y
convivir juntos? ¿Existirá un sueño compartido entre los suyos y los
míos que nos permita tratarnos como iguales en nuestra diferencia?
Tal
vez si exista. Tanto usted como yo adoramos por igual a nuestros hijos.
Tanto usted como yo deseamos por igual una mejor vida para nuestras
familias. Tanto usted como yo quisiéramos vivir en una región en paz.
Tanto usted como yo, incluso, deseamos que Deportes Temuco tenga mejor
suerte esta temporada ¿Será posible entonces poner el acento en lo que
nos une y no en aquello que nos fragmenta? No me responda de inmediato.
Antes
quiero que me hable de usted, de sus padres, sus abuelos, conocer
también retazos de su historia. Atrévase, no tenga miedo. Las próximas
cervezas corren por mi cuenta, le diría.
* Periodista, director de Azkintuwe / www.azkintuwe.org•
|
|