Bolivia:
El rancho indígena
(Por Silvia Rivera Cusicanqui)
La Prensa. Solid/Taria, La Paz.
Otras visiones del Encuentro de Abya Yala en La
Paz.
El artículo se
publicó en La Prensa de La Paz, Bolivia, el 15 de octubre.
El
jueves 12 de octubre (para unos ñanqha uru y para otros
motivo de celebración) concluyó un encuentro continental
indígena de varios días de duración, que
debió establecer una plataforma de lucha conforme con
los nuevos tiempos, es decir, no sólo un nuevo milenio
de crisis y esperanza, sino algo más concreto: La aprobación
por las NNUU de la Declaración sobre Pueblos Indígenas,
después de más de una década de negociaciones
y dilaciones.
Resta ahora la ardua tarea de que los gobiernos
del área la firmen y
ratifiquen, dotándole de mecanismos legales para su efectiva
aplicación. Conversando con algunos participantes, me
sorprendió la
polarización de opiniones que pude percibir. Hubo delegados
que no
daban en sí de alegría, y hasta pisar el cuartel
les pareció una
experiencia inédita. Pero la mayoría de indígenas
participantes,
estuvieron bastante descontentos y descontentas con el evento.
“Mucho baile y poca discusión política”,
me dijo una hermana mexicana.
También me comentó que se sentían decepcionados
por la falta de
contenido del evento, por la ausencia de compromisos claros
con el tema
de la ratificación continental de la Declaración.
A la ausencia del
Canciller y del Presidente se sumó el discurso inaugural
de Alex
Contreras como vocero presidencial.
Al parecer, Alex no tenía una idea clara
del debate indígena pre y post
Declaración de la ONU, y según muchos, condujo
el cónclave por rumbos
equivocados. Lo del baile tuvo que ver también con la
escenificación
costumbrista a la que son tan afectos nuestros políticos
quchalas. Los
discursos fueron mucho ruido y pocas nueces, aunque las y los
intelectuales y líderes indígenas presentes traían
muchas ideas y
propuestas para debatir.
Lo que más reclamaron era la dificultad
de entablar un diálogo serio
con l@s representantes de Bolivia, que forman parte de una coordinadora
indígena recientemente bautizada como COINCABOL. Ell@s
nunca tuvieron
el tiempo ni la paciencia para debatir los asuntos de fondo
con sus
herman@s de otros países.
En un momento político como el que se
vivía, fue sin duda importante el
acto público en la plaza San Francisco (12 de octubre)
con el que se
cerró el evento. El apoyo a la gestión de Evo
Morales por parte de las
delegaciones indígenas del país y del continente
fue oportuno,
espontáneo y contundente. No cabe duda, el impacto simbólico
de un
presidente indígena es un baño de autoestima para
cualquiera que haya
sabido lo que es la discriminación.
No obstante, pude percibir también que
la adhesión otorgada a Evo
Morales no es automática ni carente de elementos críticos.
La adhesión
de los indígenas del continente –y con ello, de
la opinión pública
progresista del mundo- al actual gobierno boliviano es algo
que el sólo
acto electoral de diciembre pasado ha logrado ganar, pero es
también
algo que se puede conservar o perder.
De ahí que los reclamos y las frustraciones
de varias delegaciones
indígenas merezcan ser conocidos, asumidos y enmendados.
La “dirección”
q’ara y estatalista del evento tiene que ver con esas
frustraciones.
Los indígenas se reunieron en el Colegio Militar, donde
inicialmente no
podían circular con libertad y ni siquiera salir sin
escolta. El hecho
de que su afiche tuviera como lema “De la Resistencia
al Poder” es
señal clara de esta huella clasemediera y mestiza que
se le impuso de
entrada.
Es una formulación lineal, que indica
que la época de la resistencia ha
terminado y que estamos en la perspectiva Nevski de la descolonización.
No fue menos el bochorno que sintieron muchos –perseguidos,
torturados
y encarcelados en sus países por las fuerzas del orden-
al tener que
aplaudir a los milicos bolivianos, a instancias de Contreras,
como si
la varita mágica de un indio presidente los hubiera descolonizado
súbitamente.
Y eso sin mencionar los apoyos a otros castrenses
del continente, que a
muchos delegados, y sobre todo delegadas indígenas les
parecieron
superfluos y hasta inconsecuentes. Pero lo peor fue el rancho.
Imbuidos
de una uniformidad cuartelaria, los cocineros del Colegio Militar
se
dedicaron a hacer ingerir arroz, fideo y frituras a los hermanos
y
hermanas indígenas sin que nadie se ocupe de averiguar
sus
preferencias.
Así, tan concreta y comestible, es la
distancia entre las palabras y
los hechos. Y las hermanas y hermanos de Abya-Yala se quedaron
sin
conocer el sabor del ch’uñu o de la tunta, del
ispi y del ch’arkhi, del
cupuazú o el muquchinchi. Felizmente no les faltó
mate de coca y
pijchu, que al menos les ayudaron a digerir el rancho cuartelario
sin
perder el buen humor. Ellas y ellos, para quienes la descolonización
significa el retorno a los propios valores, pensamientos y alimentos.