La esperanza
siempre es gorda, no hace aeróbic ni levanta pesas. No le importa
conservar la línea. Mucho menos va al salón de belleza o de visita
a los desfiles de modas para probarse costosos vestidos y trajes,
porque no tiene imagen que cuidar. Es un poco rara porque no le
importa andar a la moda, ni sonreírle a todos. No cuida la figura,
no usa maquillaje y menos busca que le cepillen los callos y uñas.
A la esperanza le saltan cuarteaduras en los pies de tanto que
anda; le germinan chipotes en la piel y el alma por los azotes;
tiene parchada su calavera y no se duele nunca de nada, ni le
reclama a nadie sus pesares. La esperanza es pese a todo y nunca
da explicaciones, simplemente se sucede y punto.
La esperanza se levanta siempre a la izquierda del pecho ―pero no
es comunista― en el corazón y en ninguna otra parte, pues
esta más allá de los marxismos, troskismos, maoísmos y demás etcéteras;
a lo más, acaso sea un poco anarquista, por eso de querer vivir
en libertad y sin que dictadura alguna la aprisione. La esperanza
es el derechos que tenemos todos y punto, Y aunque a veces cojea,
porque le demuelen sus apoyos, aún rengueando sigue su camino
y nunca lo contamina el odio o la parte oscura de la gente. Ella
no pide cuentas, no juzga, no acusa ni perdona, solo anda como
pedro por su casa y a lo sumo se bate en retirada cuando
de pelear entre hermanos se trata. Es ayuda al otro y por eso
se le piensa masoquista, porque aguanta firme, sin parpadeo alguno,
la mierda que le lanzan, las miserias que le cuelgan para quitarle
del camino por donde anda con sus bolsas llenas de mañanas. La esperanza es motor de vida, poderío
para que el amor llegue sin tropiezos a la próxima parada.
La esperanza no tiene rostro ni puede asirse, solo se sospecha su fuerza
y su presencia. Se huele y se come cuando brilla al fondo de uno,
donde posee su nido de arañas. Allá se baja por ella y salimos
contaminados hasta la medula. Justo ahí, donde nadie pensaba,
donde son todas las derrotas, el triunfo no aparece y los fracasos
coleccionan premios, la esperanza, aunque casi siempre trota a
paso de tortuga, logra suficiente rapidez para llegar primero
que el desaliento. La esperanza no sirve para el culto al martirologio
u oda a los desgraciados, no, para nada, es justo el ímpetu para
los incrédulos, para los que siempre dicen que todo esta perdido
y debemos conformarnos. La esperanza no se vende ni se compra
en supermercado o botica alguna, pero esta en el lugar de siempre,
exactamente donde nadie piensa.
La esperanza es más terca que la mala hierba. Se afirma en lo cotidianamente
humano, se sujeta con cuerpo y alma precisamente ahí donde todo
ha salido mal. De los desengaños y mentiras toma sus remedios,
porque tiene la certeza de que es lo que no debe hacerse nunca.
Vive en los poros de la piel de todos los que se han caído, en
los que se cansan, lloran, fracasan y hacen pendejadas; en los
que alguna vez no pudieron hacer algo y después aprendieron a
hacerlo mejor que muchos, en los que traicionaron y no juntaron
el coraje suficiente para reconocerlo y no volver a repetirlo,
en los que faltaron a los principios por una pasión humana. La
esperanza sienta sus reales exactos donde todos se han cansado,
en el centro de los que renuncian a todo. Va por todo el cuerpo
de los que se sienten y hasta parecen, fracasados. Ahí es religiosamente
el único lugar donde la esperanza prospera, cuando todos suponían
y hasta se habían convencido que solo había nada. En fin, la esperanza
es también, el derecho a existir imperfectos, a ser solamente
humanos.
Pero la esperanza no vive enfrente, ni nos saca la lengua desde la otra
casa. Ella tiene un recinto inquebrantable y un tiempo preciso.
No vive en la piel del otro y de la otra. No mira, para ver, con
los ojos de los restantes, se halla en nosotros mismos cuando
sentimos que el fracaso en el corazón y el alma del otro nos proscribe,
porque al final de cuentas los otros, somos también nosotros.
Es verdad que muchas veces la esperanza anda tuerta, si no es
que de plano ciega, y tal vez por eso cae tantas veces, lo cierto
es que nunca muerde el polvo para siempre, esta siempre en el
aquí y ahora, nutriéndose con los dolores, alegrías y sonrisas
del pasados y del futuro.
La esperanza persiste, testaruda, ahí donde todos dicen que no saldrá
nada, con la seguridad de hay algo. Luce la impertinencia de llegar
a donde se propone mientras desprecia múltiples invitaciones a
desistir y dejar de luchar por desesperación, comodidad o cansancio,
y le aburre lo que esta perfectamente diseñado, programado como
maquinaria de reloj y es seguro. Irrumpe revoltosa cuando todo
ha salido mal, pues es dura piedra a la que no se puede renunciar:
La esperanza es inmortal paciencia, terca resistencia y obstinada
rebeldía, la esperanza no es mansedumbre que agusana esqueletos.
En el amplio pecho de la esperanza han mordido el polvo las traiciones,
el engaño y las mentiras. La esperanza nunca retrocede ante lo
inesperado, porque no hay donde hacerse, a lo mas se toma un receso
y algunos tragos de agua salada, pero sigue, no se para, porque
si frena estará muerta. Los otros pueden malherir a la esperanza
pero nunca matarla. Solo nosotros podemos asesinarla. Agoniza
cuando nos asumimos perfectos, no admitimos equívoco alguno y
llegamos a creer el cuento que no necesitamos nada y a nadie y
solo nuestro corazón existe. Si engañamos y mentimos para salvar
a unos y dañar a otros, si soltamos palabras como puñaladas a
la espalda de los hermanos y compañeros para evadir, disfrazar
o matizar las fallas la volvemos nuestra víctima. Pero a la esperanza
le gusta la mala vida, pues cuando no la queremos hace sus maletas
calladita la boca, sin que la mire nadie y, aunque la echen no
se va, solo se hace a un lado. Invariablemente la esperanza se
resiste a partir, y si la correteamos siempre, al final de cuentas
muere, pero no se va.
La esperanza tiene muchos rostros y a veces trota desarrapada o de gala.
Es dulcinea, noble y hasta hidalga. Habitualmente posa como caballero,
pero también rufián y antihéroe de todas las batallas. No gusta
de estar en los triunfos ni en las glorias, por eso pocos la recuerdan.
Cede el paso a los vencedores, los ayuda, los levanta y cuando
es hora, se hace a un lado, nunca se va pero se aparta y les deja
el camino franco. A la esperanza nunca le cuelgan medallas ni
le hacen monumentos, ni le festejan cumpleaños, ni les llevan
serenatas. La esperanza es un lugar en el corazón de cualquiera
y listo.
La
esperanza es irrespetuosa, no le hace caso al invierno ni a la
primavera. Es calida en tiempos de frío y fresca en los días de
fuego. Es tabla salvadora en el naufragio y oasis en el desierto.
Es promesa de felicidad que llegará para todos: al preso caído
en la tortura, al padre denigrado por el hijo, a la meretriz que
no le falta padrote, a los agitadores contra el extermino. La
esperanza es la certeza de un mundo allende nuestras miserias.
A
la esperanza le crecen ojeras en cada mirada que le falta. Espanta
con los sueños pesadillas. Le nacen ramas por el cuerpo que no
tiene, para que se aferren a ella los desahuciados, los enamorados
que perdieron el amor de su vida, el beso que no llegara nunca
o no se ha dado, la noche sin el orgasmo cotidiano, sin el sexo
desenvainado arrullando una mano inquieta que no duerme. La esperanza
es por excelencia un eterno inconforme, un constante no estarse
quieto, un cotidiano protestar contra lo que nos daña.
La esperanza y el derecho a ella no se andan con sutilezas, son bárbaros,
sin modales y sin finuras: sin dios, sin amo, sin padre y sin
madre. Tienen un vozarrón que profiere malas palabras a quienes
aspiran a sordos o piensan que su existencia se acaba. El derecho
a la esperanza emplea sus tretas para sacudirnos la mollera cuando
queremos derrotarnos con la mentira del hijo, el hermano y el
amigo, o con el abandono del padre que eligió todo antes que a
nosotros, o con los cuernos del hombre o la mujer amado con quien
menos esperamos. El derecho a la esperanza no se anda por las ramas y menos con medias
vueltas, va de frente, con la estocada directa a donde pensamos
que nos han cerrado las puertas. Usa malas palabras y grita ¡puta
madre! ¡Me carga la chingada! ¡Soy un fracaso porque con el desamor
van a doblarme! No importa que diccionario y personas los condenen,
al derecho a la esperaza le importa un pito los formalismos y
lugares comunes de la historia, por eso le lleva la contraria
con sucedidos inexplicables, por ejemplo: cuando un pueblo o persona
derrotada se levanta.
El derecho a la esperanza es siempre pretencioso, orgulloso y hasta fachoso,
por eso se cree lo más grande, indispensables e irrenunciable,
lo único que no puede perderse. El derecho a la esperanza siempre
camina erguido y de frente, quizás por eso le tocan tantas estocadas.
No tiene nada de humilde ni de conformista y no le importa que
le vociferen ¡ególatra! Es tan el que le importa un pito lo que
se diga a sus espaldas. El derecho a la esperanza ha mellado el
filo y la punta de todas las dagas y sus infamias.
Raúl
Gatica
En
algún lugar de la república mexicana, abril 20 de 2005