El
“Sumak Kawsay” (“Buen vivir”) y las cesuras
del desarrollo
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Autor: Pablo Dávalos
Fuente: http://alainet.org/active/23920
Fecha: 2008-05-06
Pablo Dávalos
ALAI
AMLATINA, 06/05/2008, Quito.- De todos los conceptos creados desde
la positividad de la economía neoliberal, el concepto de
crecimiento económico como base del desarrollo social es,
de hecho, uno de los que más connotaciones simbólicas
y políticas posee. Es un concepto hecho a la medida de las
ilusiones y utopías del neoliberalismo y del capitalismo
tardío. Con la misma fuerza que el creyente cree en la epifanía
de la voluntad divina, el economista neoliberal, cree en las atribuciones
y virtudes mágicas que tiene el crecimiento económico.
Es una especie de doximancia en la que la sola enunciación
del crecimiento económico se convertiría en taumaturgo
de la realidad.
Esta noción del crecimiento
económico recupera las necesidades políticas
del neoliberalismo, y, para legitimarse, apela al concepto decimonónico
e iluminista del “progreso”. En efecto, desde esta perspectiva
el
crecimiento económico sería otro símbolo de
progreso y éste, por
definición, no admite discusiones. De esta manera, el neoliberalismo
pretende tejer una solución de continuidad histórica
con el iluminismo y
con las promesas emancipatorias de la modernidad. En la simbólica
moderna, toda persona, o todo pueblo, al menos teóricamente,
quiere
progresar, quiere “salir adelante”; quiere “superarse”.
Para el
neoliberalismo, poner trabas al progreso es ser retardatario. Poner
trabas al crecimiento es una aberración de los pueblos “atrasados”
que,
de forma imperativa, deben modernizarse. Oponerse al desarrollo,
por
tanto, es antihistórico. Estar en contra del crecimiento
económico es
síntoma y signo de oposición al cambio.
Pero el crecimiento económico,
vale decir el desarrollo, por antonomasia
es obra de los mercados y, a su vez, de las empresas privadas. La
empresa privada (y en su forma más moderna: la corporación),
gracias al
discurso neoliberal del crecimiento económico se creen portadoras
de una
misión de trascendencia histórica: asegurar el cumplimiento
de una de
las promesas más caras de la modernidad capitalista: el progreso
económico en condiciones de libertad individual.
En
esta noción de crecimiento y desarrollo económico
el discurso neoliberal crea un fetiche al cual rinde tributos, oraciones,
y penitencias. El crecimiento económico, según la
doctrina neoliberal, resolverá por sí solo los problemas
de la pobreza, iniquidad, desempleo, falta de oportunidades, inversión,
contaminación y degradación ecológica, etc.
El crecimiento económico se
convierte en la parusía del capital. En el
horizonte utópico hacia el cual necesariamente hay que llegar,
a
condición de que, obviamente, se dejen libres los mercados
y que el
Estado respete las reglas de juego del sector privado. En la teología
del neoliberalismo, la parusía del crecimiento económico
solo puede
provenir de la mano invisible de los mercados. Gracias a esta noción
de
crecimiento económico, el neoliberalismo puede deconstruir
aquellos
modelos económicos y sociales que comprendían la intervención
del
Estado; y posicionar su proyecto político como un modelo
de crecimiento
por la vía de los mercados. El crecimiento económico,
en las coordenadas
teóricas y políticas del neoliberalismo, permite desarmar
aquellas
nociones de planificación social, de bienes públicos
y solidaridades
colectivas que formaron parte del debate político latinoamericano
y
mundial, antes de la “larga noche neoliberal”.
Ahora
bien, la teoría del crecimiento económico por la vía
de los mercados y como base del desarrollo, es una invención
reciente. Su formulación como parte de las teorías
del desarrollo y su reformulación como propuesta de mercados
libres y competitivos como único espacio histórico
posible del desarrollo económico, está relacionada
con la contrarrevolución monetarista de Friedman y de la
Escuela de Chicago, producida en los años cincuenta y sesenta
del siglo pasado.
En realidad, el crecimiento como dispositivo
conceptual del desarrollo
neoliberal, es un argumento vacío. En efecto, el crecimiento
económico,
strictu sensu, no existe. Lo que existe es la acumulación
del capital, y
el capital no es ni una cosa ni un conjunto de objetos, es una relación
social mediada por la explotación y la reificación.
La acumulación del
capital implica, por definición, la ampliación de
las fronteras de la
explotación y de la enajenación humana. A más
crecimiento, más
acumulación de capital, y, por tanto, más explotación,
más degradación,
más enajenación.
El desarrollo basado en la noción
neoliberal del crecimiento económico,
es un discurso mentiroso y encubridor de las relaciones de poder
que
genera la acumulación del capital en su momento especulativo.
El
crecimiento económico como teleología (o como finalidad)
social y
fetichismo de la historia es un dispositivo simbólico y epistémico
que
tiene una función política: aquella de generar los
consensos necesarios
para posibilitar la acumulación del capital en su momento
especulativo y
neoliberal.
Tiene
también una función histórica: aquella de cerrar
los espacios de posibles humanos en las coordenadas de la economía
y del mercado. El neoliberalismo es el fin de la historia moderna.
No hay nada más allá del fin de la historia: las utopías
desaparecen y las metanarraciones de la modernidad se fragmentan.
En el mundo neoliberal se han cumplido con las promesas emancipatorias
de libertad y progreso. Sin embargo, esa libertad y progreso son
puestas en las perspectivas del mercado y la libre empresa, y el
ser humano que mide a su condición humana en la reificación
de las cosas, ya fue cuestionado por los filósofos marxistas
de la Escuela de Frankfurt, además, el discurso del crecimiento
económico ha sido objeto de un intenso cuestionamiento, desde
Iván Illich, Arnold Naess, Herbert Marcuse, hasta Arturo
Escobar y Serge Latouche, entre otros.
La colonización epistemológica
producida por el discurso del crecimiento
económico ha neutralizado la capacidad que tendría
la humanidad en
repensar las alternativas al capitalismo. Quizá es más
difícil
desaprender que aprender. Para salir de esta colonización,
quizá sea
necesario un largo trabajo de olvido sobre todo aquello que aprendimos
a
propósito del desarrollo y del crecimiento. Superar esta
cesura
epistémica es una de las tareas más complejas del
presente porque la
razón siempre es autorreferencial, y la analítica
del crecimiento
económico ha hundido sus raíces en la episteme moderna
incluida en sus
propuestas emancipatorias.
Todos
estos procesos no pueden mantenerse sin la utilización estratégica
de la violencia. El libre mercado necesita de la violencia como
la vida necesita del oxígeno. A más libre mercado
más violencia. Todas las reformas neoliberales del crecimiento
económico han sido impuestas y se mantienen desde la violencia.
La violencia asume el formato de la política como una extensión
de la guerra, y ésta como una condición hobbesiana
de existencia. El desarrollo y el crecimiento económico fragmentan
al hombre de su sociedad y lo inscriben en una relación marcada,
precisamente, por la violencia. La libertad de los mercados implica
cárceles, persecución, terrorismo de Estado, torturas,
genocidios, impunidad. El crecimiento económico es violento
por naturaleza. Generar violencia y administrarla políticamente,
bajo una cobertura de democracia, ha sido uno de los desafíos
más importantes del neoliberalismo. El concepto neoliberal
que permitió la domesticación de la política,
incluido el sometimiento de la democracia a las coordenadas del
mercado, ha sido aquel del Estado social de derecho.
Está en juego la pervivencia
del hombre sobre la Tierra. El discurso
neoliberal del desarrollo basado en el crecimiento económico
no puede
tener una segunda oportunidad. Si se la damos quizá sea demasiado
tarde
para nuestro futuro. Su legado de destrucción ambiental,
degradación
humana, violencia social, colonización de las conciencias,
terrorismo de
Estado, genocidios, expulsión de pueblos enteros, guetización,
entre
otros aspectos, hacen imperativo (casi como los imperativos morales
de
Kant), que busquemos alternativas al desarrollo en su conjunto.
El Presidente boliviano Evo Morales,
indígena de procedencia aymara, ha
dicho que hay que pensar en superar al capitalismo como sistema
social e
histórico. Los indígenas del Ecuador, a inicios de
los noventa, y en la
línea de repensar las alternativas al capitalismo como sistema,
produjeron uno de los conceptos políticos más complejos
de la era
presente: el Estado Plurinacional, que obliga a reconsiderar los
contenidos que fundamentan al contrato social y a la sociedad en
su
conjunto. Los zapatistas mexicanos desafiaron a las tradicionales
teorías del poder cuando expresaron su mandato político
como: “mandar
obedeciendo”.
Son los mismos indígenas de
Bolivia, Ecuador, y Perú, los que ahora
proponen un concepto nuevo para entender el relacionamiento del
hombre
con la naturaleza, con la historia, con la sociedad, con la democracia.
Un concepto que propone cerrar las cesuras abiertas por el concepto
neoliberal del desarrollo y el crecimiento económico. Han
propuesto el
“sumak kawsay”, el “buen vivir”.
Es probable que la academia oficial,
sobre todo aquella del norte,
sonría condescendiente, en el caso de que logre visibilizar
al concepto
del buen vivir, y que lo considere como un hecho anecdótico
de la
política latinoamericana. Sin embargo, es al momento la única
alternativa al discurso neoliberal del desarrollo y el crecimiento
económico, porque la noción del sumak kawsay es la
posibilidad de
vincular al hombre con la naturaleza desde una visión de
respeto, porque
es la oportunidad de devolverle la ética a la convivencia
humana, porque
es necesario un nuevo contrato social en el que puedan convivir
la
unidad en la diversidad, porque es la oportunidad de oponerse la
violencia del sistema.
Sumak kawsay es la expresión
de una forma ancestral de ser y estar en el
mundo. El “buen vivir” expresa, refiere y concuerda
con aquellas
demandas de “décroissance” de Latouche, de “convivialidad”
de Iván
Ilich, de “ecología profunda” de Arnold Naes.
El “buen vivir” también
recoge las propuestas de descolonización de Aníbal
Quijano, de
Boaventura de Souza Santos, de Edgardo Lander, entre otros. El “buen
vivir”, es otro de los aportes de los pueblos indígenas
del Abya Yala, a
los pueblos del mundo, y es parte de su largo camino en la lucha
por la
descolonización de la vida, de la historia, y del futuro.
Es probable que el Sumak Kawsay sea
tan invisibilizado (o lo que es
peor, convertido en estudio cultural o estudio de área),
como lo fue (y
es) el concepto del Estado Plurinacional. Mas, en la prosa del mundo,
en
su signatura de colores variados como el arcoiris, en su tejido
con las
hebras de la humana condición, esa palabra, esa noción
del “buen vivir”,
ha empezado su recorrido. En los debates sobre la nueva Constitución
ecuatoriana, junto a los derechos de la naturaleza y el Estado
Plurinacional, ahora se ha propuesto el Sumak Kawsay como nuevo
deber-ser del Estado Plurinacional y la sociedad intercultural.
Es la
primera vez que una noción que expresa una práctica
de convivencia
ancestral respetuosa con la naturaleza, con las sociedades y con
los
seres humanos, cobra carta de naturalización en el debate
político y se
inscribe con fuerza en el horizonte de posibilidades humanas.
- Pablo Dávalos es economista
y profesor universitario ecuatoriano.
Texto completo en: http://alainet.org/active/23920
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