| Impuesto Territorial Rural:
Los latifundistas le agradecen, Presidente
Lula.
João Pedro Stedile
ALAI. El 30 de noviembre de 1964, el entonces régimen militar
promulgó, a través de decreto, la primera ley de reforma
agraria de Brasil. La Ley 4.554 se llamó Estatuto de la Tierra.
Muchos analistas agrarios de la época alabaron su promulgación,
pues en su esencia la ley era progresista. De hecho, traía
aspectos progresistas en su concepción, porque fue resultado
de la propuesta de un grupo de técnicos que venía
preparando la ley desde el gobierno João Goulart y se inspiraba
en las ideas defendidas por la Comisión Económica
para América Latina (CEPAL): utilizar una amplia distribución
de tierras como un mecanismo de distribución de renta, estímulo
al mercado interno y al desarrollo rural.
Entre los aspectos progresistas de la ley, estaba la creación
del mecanismo de desapropiación por el Estado. Acababa, por
lo tanto, con el derecho absoluto de la propiedad de la tierra,
en vigor hasta entonces, y establecía el pago de la tierra
expropiada en títulos del tesoro nacional, pagables en un
período de veinte años.
Con el Estatuto de la Tierra, el gobierno creó el actual
Instituto Nacional de Colonización y Reforma Agraria (INCRA),
en su época llamado Instituto Brasileño de Reforma
Agraria (IBRA). Instituyó también la posibilidad de
que los beneficiarios de la reforma agraria se organicen cooperativas
de producción. Estableció el catastro de todos los
inmuebles rurales del país, hasta entonces inexistente, y
los clasificó, por ley, en minifundios (inmueble con una
área inferior a las necesidades de desarrollo de una familia
campesina); empresas rurales (inmueble con una área y condiciones
de progreso económico); y latifundios (inmueble que era improductivo
en relación a su potencial, o tenía dimensiones que
por sí sólo era nefasto para la sociedad).
Entre otros elementos progresistas, la ley estableció por
primera vez el cobro de Impuesto Territorial Rural (ITR). Y aún
más: determinaba un impuesto progresivo, año a año,
si su propietario no aumentaba la producción. Los recursos
serían recogidos por la Unión y deberían ir
directamente a las arcas del INCRA, para ayudar a financiar los
costos de la reforma agraria.
Pura propaganda de Cardoso
A lo largo de esos cuarenta años, diversos gobiernos
intentaron agilizar el impuesto. Ya el gobierno de Fernando Henrique
Cardoso (FHC) intentó estadualizarlo. El ex ministro Raul
Jungmann cambió los criterios del ITR anunciando que el nuevo
impuesto sería una verdadera revolución agraria, como
instrumento de corrección de la concentración de la
propiedad agraria. ¡Pura propaganda!
En la realidad, durante todos esos años, el ITR nunca fue
usado de forma progresiva. También nunca hubo ningún
mecanismo de sanción para aquellos propietarios que no pagaban
o mentían en sus declaraciones. Así, se unieron dos
factores, todos los gobiernos que pasaron por el Palacio de Planalto,
para mantener sus alianzas electorales, nunca quisieron elevar el
impuesto y penalizar a los grandes propietarios. Y la Reserva Federal
se hacía de la vista gorda en la recaudación de este
impuesto. En todo ese periodo, justicia sea hecha, hubo sólo
un caso ejemplar de la superintendente de la Reserva Federal de
Ceará, durante el gobierno Itamar Franco (1992-94), que usó
la ley y trató de penalizar y recaudar el ITR en su Estado.
Pagó caro su osadía. Pasado el gobierno de Itamar,
sufrió, hasta hoy, el ostracismo en la Reserva Federal.
Entre los mentalizadores del Estatuto de la Tierra, estaba uno de
los mayores especialistas de reforma agraria del país, miembro
de la Secretaría Agraria del Partido de los Trabajadores
(PT), y fundador de la Asociación Brasileña de Reforma
Agraria (ABRA), el viejo José Gomes da Silva, fallecido en
1996. Él siempre defendió el uso riguroso del ITR
como un instrumento que contribuiría para presionar el aumento
de la productividad, penalizar el malo uso de la tierra por parte
de los grandes propietarios y ser una fuente importante de recursos
para financiar la reforma agraria.
Él defendió siempre, en el PT, en la ABRA y en todos
los foros posibles la agilización de ese impuesto. Y se rebeló
siempre, con fuertes argumentos, cuando en diversas ocasiones, los
gobiernos federales intentaron estadualizar o municipalizar el impuesto.
José Gomes defendía lo contrario: era necesario mantenerlo
como impuesto federal, pues eso permitiría a la Reserva Federal
cruzar las informaciones de los declarantes, con su impuesto de
renta y con otros impuestos. Y, así, los latifundistas no
podrían mentir o usar la propiedad de la tierra inclusive
como forma de escabullirse del pago del impuesto a la renta.
José Gomes defendía también que el gobierno
federal debería cumplir la ley a la raya, expropiar los latifundios
y pagar sólo el valor declarado por el propio hacendado al
pagar el ITR. La Reserva Federal actualiza el índice de hectáreas
de tierra por región, pero el propietario es quien dice cuanto
vale cada hectárea. De ese modo, para efecto del impuesto
a la renta, las personas declaran cuanto vale su casa, su terreno,
su apartamento. Las ideas de José Gomes cayeron en el vacío
y ninguno de los gobiernos las utilizó. Murió soñando
que un día Lula llegara al poder, y entonces podría
aplicar lo que siempre defendió en los programas del PT.
Como resultado de esa política de todos los gobiernos, el
gobierno recaudó por concepto del ITR sólo R$ 280
millones durante el 2004. Eso equivale al Impuesto sobre Propiedad
Territorial Urbana (IPTU) de sólo un barrio de la ciudad
de São Paulo.
Según las reglas actuales del ITR, las pequeñas propiedades
están exentas del pago. Entonces, si sumáramos los
inmuebles clasificados como mediana y gran propiedad, tendremos
alrededor de 270 mil propietarios (342 mil inmuebles por encima
de 200 has - según el INCRA - y 272 mil establecimientos
rurales por encima de 200 has, según el Instituto Brasileño
de Geografía y Estadística).
Esos medianos y grandes propietarios controlan 298 millones de hectáreas.
Se estima, entonces, que el actual ITR cobra menos de un real por
hectárea por año. Y cada hacendado paga, como promedio,
mil reales por año por propiedad, lo que es una bagatela
y no representa ninguna presión, penalización y, mucho
menos, mecanismo fiscal correctivo de la concentración de
la propiedad de la tierra.
Al gusto de los latifundistas
La situación es esa. ¿Qué hizo el actual gobierno
con respecto a esta situación? Podía seguir la ley
y las ideas de José Gomes da Silva: aumentar la tasa del
ITR por hectárea; aumentarlo progresivamente, año
a año; pagar las desapropiaciones sólo por el valor
declarado por el latifundista; y destinar esos recursos a la reforma
agraria (una vez que, en los últimos años, era destinado
a la caja común del Tesoro).
El gobierno de Lula se olvidó de los consejos del viejo Zé
Gomes. E hizo lo que ningún otro gobierno se atrevió:
municipalizó el cobro y el destino del ITR. Así, envió
un Proyecto de Ley al Congreso, que fue aprobado en última
instancia por el Senado y de forma casi unánime (¿extraño?)
el día 15 de diciembre pasado. Y, el último día
del año del 2005, para que entre en vigor en el año
fiscal de 2006, el presidente Lula promulgó la nueva ley
del ITR, que deja de ser un impuesto para la reforma agraria. Ahora
pasa a ser un impuesto a ser cobrado, fiscalizado y recaudado por
los Ayuntamientos Municipales, que podrán usar el dinero
como a bien tuvieren.
El ITR fue muerto y sepultado. La Reserva Federal va a perder el
control del catastro y de la oportunidad de cruzarlo con las declaraciones
del impuesto a la renta. Los latifundistas están eufóricos,
ya pagaban poco y, ahora, basta engañar a sus amigos alcaldes
y pagarán aún menos. El INCRA pierde la tasa que le
venía siendo negada, pero que estaba en la ley, y pierde
el poder de expropiar por el valor declarado.
Pierde la reforma agraria. Hace falta el viejo Zé Gomes para
explicar mejor la gravedad de ese cambio a su amigo Luiz Inácio
Lula da Silva.
- João Pedro Stedile es dirigente del Movimiento
de los Trabajadores Rurales Sin tierra (MST) y de la Vía
Campesina - Brasil
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