Transgénicos y crimen organizado
Silvia Ribeiro La Jornada y Rebelion
Todas
las semillas transgénicas en el mundo son controladas por seis
empresas: Monsanto, Syngenta, DuPont, Dow, Bayer y Basf. Son todas
transnacionales químicas que se apropiaron de las compañías de granos
para controlar el mercado agrícola, vendiendo semillas casadas con los
agrotóxicos que ellas producen (herbicidas, insecticidas, etcétera).
Todas
–además de Monsanto que se ha hecho famosa como villano global– tienen
un historial criminal que incluye, entre otros crímenes, graves
desastres ambientales y contra la vida humana. Todas, una vez al
descubierto, intentaron evadir sus culpas, tratando de deformar la
realidad con mentiras y/o corrupción. El hecho de que todos los
transgénicos estén patentados y que la contaminación sea un delito para
las víctimas, significa que cualquier país que autoriza los
transgénicos entrega su soberanía, de manos atadas, a los designios de
unas cuantas trasnacionales que deciden según su afán de lucro. Además,
tratándose de estas empresas, autorizar la siembra de transgénicos es
entregar las semillas, los campesinos y la soberanía alimentaria a un
puñado de criminales en gran escala. Crimen organizado, legal.
Recientemente
un tribunal de la India se pronunció, luego de casi 20 años de demandas
de los afectados, sobre un caso que atañe a una de ellas: Dow. Se trata
de unos de los peores accidentes industriales de la historia: una
enorme fuga accidental de gas tóxico de la fábrica de agroquímicos
Union Carbide, en Bhopal, India, en 1984. Organizaciones de
sobrevivientes (www.bhopal.net)
estiman que han muerto más de 22 mil personas y 500 mil tienen secuelas
permanentes. 50 mil están tan enfermas que no pueden trabajar para
mantenerse a sí mismas. Estudios recientes confirman que los hijos de
los afectados por el gas también sufren daños. El porcentaje de
defectos de nacimiento en Bhopal es 10 veces superior al resto del
país, la frecuencia de cáncer es mucho más alta que el promedio. El
agua de más de 30 mil habitantes de Bhopal sigue contaminada por la
fuga. Las víctimas y familiares han luchado duramente, por décadas,
para que se atienda y paguen los gastos médicos de los afectados, se
limpie el lugar y se juzgue a los responsables.
Dow
compró la transnacional Union Carbide en el año 2001. Fue una jugosa
expansión de su lucrativo negocio de vender tóxicos, y una forma de
seguir las operaciones, zafándose de la mala reputación del accidente.
Según el contrato de compra, Dow se haría cargo de todas las
responsabilidades de Union Carbide. Dow reservó 2 mil 200 millones de
dólares para potenciales demandas relacionadas a asbestos (amianto) en
Estados Unidos, pero nada para atender las indemnizaciones pendientes
en la India, mostrando que para ellos la vida de la gente en los países
de Sur no vale nada. Nunca se presentó a tribunales en la India. Por el
contrario, asumió una actitud agresiva contra las víctimas, demandando
legalmente por miles de dólares a los que se manifestaron frente a la
empresa sobre el desastre de Bhopal.
El
8 de junio 2010, un tribunal falló contra ocho ejecutivos de Union
Carbide. La sentencia por haber provocado la muerte de 22 mil personas
es de un cinismo feroz: dos años de cárcel y cerca de 2 mil dólares de
multa para cada uno, pese a que ninguno de los seis sistemas de
seguridad de la fábrica funcionaba en 1984, solamente para ahorrar
costos a la empresa. Warren Anderson, presidente de Union Carbide en el
momento de la explosión y principal responsable, huyó a Estados Unidos,
donde sigue viviendo en el lujo, defendido de los pedidos de
extradición por los abogados de Dow.
Lejos
de ser un caso aislado, de otra empresa, Dow tenía ya historia con
genocidios. Fabricó el napalm que se usó en Vietnam y comparte con
Monsanto haber producido el Agente Naranja, tóxico que también se usó
en Vietnam y que hasta el día de hoy sigue produciendo deformaciones en
los nietos de las víctimas. También en ese caso, Dow y Monsanto
trataron de evadir cualquier compensación, pagando finalmente minucias.
Más cercano, Dow está en juicio por la venta y promoción –a sabiendas
de sus graves consecuencias– del agrotóxico nemagón (DBCP) en varios
países latinoamericanos, que ha provocado esterilidad en trabajadores
de las plantaciones bananeras y deformaciones congénitas en sus hijos
(ver la página electrónica www.elparquedelashamacas.org).
Estos
horrores no son una excepción, sino moneda corriente de las empresas de
transgénicos, que en forma sistemática desprecian la vida humana, la
naturaleza y el ambiente, para aumentar sus lucros. Recordemos, por
ejemplo, que Syngenta plantó ilegalmente cultivos de maíz transgénico
en áreas naturales protegidas en Brasil, y luego, frente a la ocupación
de protesta que realizó el Movimiento de los Sin Tierra, contrató una
milicia armada que disparó a mansalva, asesinando a Keno, del MST.
Monsanto intenta ahora mismo aprovechar la tragedia que provocó el
terremoto en Haití para imponer allí la contaminación y dependencia a
sus semillas modificadas. DuPont continuó vendiendo agrotóxicos
restringidos en Estados Unidos –como el Lannate (methomyl)– en Ecuador,
Costa Rica, Guatemala, donde provocó el envenenamiento de miles de
campesinos. Basf y Bayer están acusadas de casos similares.
¿Se
podrá creer a estas empresas que los transgénicos no tienen impactos al
ambiente y la salud y que si hubiera contaminación transgénica del maíz
en su centro de origen, ellos lo vigilarán y controlarán?
Silvia Ribeiro. Investigadora del Grupo ETC
Fuente: http://www.jornada.unam.mx/2010/07/03/index.php?section=opinion&article=025a1eco
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