Biografías
y necrografías para la memoria de un país.
De la dimensión
moral de Umaña Mendoza al hedor de Uribe Vélez
En recuerdo de la lucha de Eduardo, a 10 años de su
asesinato
Carlos Alberto Ruiz
I. Hombres e insignias
La
vida de la dialéctica tiene algo que ver con la dialéctica de la
vida, y con la historia. Un ejercicio de homenaje y memoria de quien
fue para muchos de nosotros-as uno de los más aguerridos, inteligentes,
valientes y consecuentes luchadores de la izquierda colombiana desde
su profesión de abogado, profesor e intelectual, defensor de los
derechos humanos y de los pueblos, al lado de los de
abajo, no puede hacerse al margen de impugnar lo que le asesinó
para escalar, es decir, por oposición, lo que está hoy día en la
cumbre de un poder ominoso.
Parte
de las coordenadas sí han cambiado, pero qué duda cabe que las miserias
de ahora son las mismas que fueron combatidas entonces por Eduardo
Umaña, y que sus asesinos estaban organizándose para mayores conquistas,
para lo que requerían purificar de rebeldes una sociedad. Por eso
le mataron. Para entronizar el crimen y sus rentas.
Si
como homenaje a la vida debemos recordar a quien la honró, a Eduardo
Umaña Mendoza, asesinado el 18 de abril de 1998, debemos también
hacer memoria de los victimarios de un país. Y en esa dialéctica
posible, tanto la sombría biografía, como la necrografía escabrosa
de los triunfales. Por eso recabo signos de muy diferente índole,
conjugados forzadamente, que hacen parte de la masa material y moral
de la que podemos derivar una y otra, de Álvaro Uribe Vélez, por
entonces ex gobernador del departamento de Antioquia, proyectado
ya en 1998 para asaltar lo que ostenta diez años después: el cargo
de presidente de Colombia.
La
biografía es el relato de una vida. Y la difícil palabra necrografía
nos sirve para referir desde el retrato de un muerto hasta su lectura
como cuerpo de un crimen, o de muchos crímenes. En este caso el
que vive y simboliza la muerte, goza de muy buena salud, pues además
de estar vivo en el espejo público, este espejo, cuantas veces le
pregunta, le dice que además no es un vivo cualquiera, que no está
vencido, sino que es un triunfador. Que ahora Uribe Vélez no es
un cadáver político.
Mientras,
José Eduardo, yace en la tierra, o indisolublemente su lucha, que
hace parte de esa otra memoria por hacerse, de un pueblo por hacerse
también. Memoria y pueblo como la dignidad por forjar, literalmente
torturada, desplazada, exiliada, supuestamente aniquilada al contar
los registros de miles de asesinatos y desapariciones que él señaló
hasta hacerse uno más; al testimoniar, con su entrega por un ideal,
el compromiso radical de toda una vida.
II. De Uribe Vélez, “nuestro
h?”
En el sentido moral, hay biógrafos publicitados por
días, o mantenidos por años, que no necesitan escribir sobre la
vida de un personaje. Basta con que sus cotizados actos respecto
de aquel, sean concluyentes y recalquen para la galería, fuera de
toda narración explícita, que, de quien se trata, es un ser humano
digno de ser reconocido. De ir a conversar con él y de ser aceptada
su trama. Convalidan de ese modo implícito no sólo el valor de una
vida, sino, en este caso, su obra, por ejemplo de quien se nos enseña
como presidente de un país de muertos, y con él su triunfo, de quien
se exhibe bravuconamente como un hombre por ahora no interfecto,
sino victorioso, que se deleita con mutilaciones y arrepentimientos,
de otros. Su curso vital y su cometido histórico quedan aprobados
como valores en sí. De ese cuño son tanto la visita que un ex comandante
insurgente hace a Uribe, para reconocer días después su renuncia
a la lucha armada, según informa la prensa, como las propias palabras
de George W. Bush sobre Uribe: “valiente aliado? ha hecho
todo lo que le hemos pedido” (7-04-08).
Sobre
Uribe, este hombre con historia que merece esos espaldarazos, debe
hablarse cuando resulte imperiosa la memoria de un país descompuesto
en un mundo no menos pútrido, que los dispensa. Es decir, ahora
mismo. Por eso, en este mes de abril de 2008, fue presentado en
Madrid y París un libro. Su autor se llama Sergio Camargo. Su título:
“El Narcotraficante Nº 82 Álvaro Uribe Vélez, Presidente
de Colombia” (Ed. Universo Latino, París/Madrid, 2008). Estamos
ante un nuevo documento sobre Uribe, sobre el narcotráfico, sobre
Colombia, sobre lo que somos. Pero no es cualquier libro. Salta
a la vista su naturaleza. El mismo autor explicaba que es una recopilación,
de lo que miles de personas han señalado sobre quién es el que alardea
como presidente de aquel país suramericano. La modestia del periodista
Camargo también salta a la vista. Habla con sinceridad y humildad.
De cómo hizo este libro porque tiene que ver con los fundamentos
éticos que sus padres cultivaron en su persona y hacer. Dice que
le ha costado. Durante semanas debió suspender lo que estaba escribiendo.
Y se sobrepuso a la parálisis del dolor. Ha habido llanto, desgarramiento,
repugnancia, miedo, decisión. Con determinación hizo un trabajo
de campo en Colombia. Como profesional del periodismo en Europa
ha podido acceder a información inconmensurable, ha entrevistado
a muchos personajes, ha visto desde adentro qué se esconde, qué
se calla, qué se teje.
El
libro biografía-necrografía se podrá leer en Europa. Es legal. No
será sometido a censura, ni secuestrado. Por lo tanto, puede ser
apenas una obligación ética procurar que no se cierre la puerta
tan pesada que Sergio Camargo empuja para que entre algo de luz,
no siendo el poseedor de una verdad absoluta, ni juez, pero tampoco
un espectador ni menos un periodista cualquiera. Además del reflejo
militante de su trabajo sindical de hace dos décadas, y de la importancia
de su oficio, es un hombre que, consciente de su responsabilidad,
ha entendido que entre la opresión de dos posibles errores, escoge
dar un paso. Un error, desde un determinado punto de vista, es hacer
lo que acaba de realizar: desafiar con una especie de querella la
lógica gansteril. Eso sabemos qué puede acarrear. Él lo sabe. Lo
ha reconocido. Y el otro y más grave error: quedarse inmóvil. Traicionar
sus principios. Sale avante. Documenta y suscribe lo que escribe.
Y vive ahora un libro libre, abierto, como una pregunta que retumba
entre tanto silencio.
Para
hablar del libro-texto, se debe de alguna manera desentrañar el
contexto. Es necesario saber los códigos revelados que ahí existen,
y las claves, lo no visible, lo que está cifrado. Por eso vale otra
vez desmontar y rearmar el puzzle sobre el narcotráfico, tan socorrido
arsenal a la hora de explicar lo que pasa en Colombia, como si todo,
y lo fundamental, pudiera ser explicado desde ahí. Para lo cual
debe recordarse que en esencia no es distinto ni antagónico a la
mercantilización capitalista, a la acumulación de ganancias, que,
basada en la manipulación de necesidades/demandas creadas, a diario
somete y ocupa, para un poderoso negocio -ilegal, sí- cuyo profundo
foso corresponde al mismo de la destrucción humana. Una industria,
un comercio, una cadena, un perverso circuito que explota la (falta
de) salud física y mental, la dependencia, verdaderos y terribles
dramas, del espíritu cosificado, que mengua las potencialidades
y libertades de los sujetos. Mercado puro e impuro, duro o implacable,
de miserias producidas por modelos sociales de consumo contra vacíos,
de status, de reconocimiento, de escape, de acceso, de relaciones
hueras. Lo dicho no es una dosis de moralina. Es
apenas básico indicarlo, para comprender la racionalidad de concentración
de un problema global, internacional primero que nacional. Más que
una columna vertebral, un conjunto de negocios surtidores de miles
de millones de dólares o euros en todo el mundo, que conforman más
bien un sistema nervioso, con redes intensas, en las que es primordial
distinguir los eslabones débiles (el campesino cocalero del Caquetá,
en Colombia, o el consumidor pobre en New York o Barcelona, y sus
respectivos dolientes). Distinguirlos de los grandes señores muy
blindados y pujantes, por lo general personajes en la sombra, hasta
cuando algo pasa y cae entonces el nombre del alto ejecutivo, del
famoso de turno, del político, o cuando algo se escapa, sobre el
uso sistemático de drogas en ejércitos como el estadounidense o
acerca de las alianzas de este país que financia guerras con aquellas,
como ha sido probado en casos que se nos olvidan con la aplicada
lobotomía mediática.
Debemos
entonces descodificar, desarmar el rompecabezas que una perversa
e hipócrita lógica global nos ha dado, y volverlo a armar, tanto
para desestigmatizar el asunto complejo del narcotráfico, en general,
y en especial su papel en la situación colombiana, a fin de reubicar
con pruebas las responsabilidades, refutando lo que nos han querido
vender en sintonía con esa narcotización, sin tragar entero todo
lo que se nos explica a partir de ese negocio, supuesto origen y
motivación de la guerra en aquel país. Deconstruir y volver a ensamblar
desde la propia realidad, no desde su manipulación informativa y
formativa por los poderes, no desde las mentiras, para resituarnos,
recobrando comprensión de lo que son los terribles volúmenes de
ese negocio, que fluye y revigoriza al capitalismo, en el orden
planetario, y dentro de Colombia, donde vive un protagonista excepcional.
El
libro de Camargo trata de Álvaro Uribe Vélez, quien fue reseñado
por agencias de inteligencia de los Estados Unidos en 1991 como
colaborador directo del Cartel de Medellín, en el puesto 82, siendo
el 79 el ya retirado de escena Pablo Escobar Gaviria. De Uribe se
dice que se ha involucrado en negocios vinculados al narcotráfico,
que su padre fue asesinado por sus conexiones con narcotraficantes,
etc., etc. Camargo nos recuerda esto y muchísimo más, en relación
con el prontuario de una carrera política, que trasluce una carrera
de muerte. No la del protagonista, sino la de miles de personas,
auténticos sacrificios humanos, en la historia de un país que está
en titulares de diarios y medios poderosos, no para explicar lo
que en realidad allí pasa, sino para esconder.
Como
dice Sergio Camargo, no se trata de un país que tiene narcotráfico.
Se trata de una estructura del narcotráfico que tiene en sus manos
un país. El libro es por eso un mazazo sobre nuestras cabezas. Nos
pone de presente lo que está ahí, desde hace mucho tiempo, y no
vemos. No porque siempre se nos enmascare lo que pasa, sino porque
se nos ha convertido en banal. El libro grita. No es un alegato
frívolo desprovisto de indignación y pensamiento en obra. Gravita
sobre Uribe, y sobre aquella reseña, para lanzarnos un interrogante
certero, acerca de un asunto diferido, que para comprender suficientemente
deberíamos recordar otro, pues Uribe no es el único marcado en algún
momento por Estados Unidos. Viene a la mente entre muchos ejemplos,
el del panameño Manuel Antonio Noriega, quien trabajó para el gobierno
de los Estados Unidos, y fue luego procesado y condenado por narcotráfico.
El pragmatismo de estos giros, se sintetiza en lo que el presidente
Roosevelt o Cordell Hull (uno de los creadores de las Naciones Unidas,
Premio Nobel de la Paz en 1945), uno de los dos, expresó para explicar
la política internacional estadounidense, cuando dijo sobre “Tacho”
Somoza, de Nicaragua, a quien la prensa calificaba como hombre sangriento:
“sí, es un hijo de puta, pero es nuestro
hijo de puta”. Otro comprometido investigador y periodista,
Hernando Calvo Ospina, en su último libro, también sobre el terrorismo
de Estado en Colombia (Colombia, laboratorio de embrujos,
Foca, Madrid, 2008), en la última página cita a Kissinger: “es
peligroso ser nuestro amigo. Es fatal ser nuestro aliado”. También
se dice que no hay amigos, sino intereses.
Jugando
a ser abogado del diablo, o de ciertas causas perdidas por lo confusas,
pero en este caso triunfantes por lo turbias, puede uno contradecir
a Camargo, viendo que lo que se dice, de lo que se acusa a Uribe,
quien tiene en principio derecho a ser tomado como inocente, hasta
que se compruebe lo contrario (tanto como cada uno tiene derecho
a ser estúpido), no es nuevo respecto de una persona para asombrarnos
tanto, y además no está totalmente probado. Evidentemente la réplica
es obvia tanto como insuficiente: si estuviera probado y juzgado,
sobraría ese libro. Para comenzar, no sería el primer político mafioso
o viceversa (en Europa hay ejemplos, como la hoy Italia de Berlusconi);
no sería el primer presidente de un gobierno que ha desplegado una
estrategia paramilitar (del tamaño que sea. También en Europa hay
ejemplos); ni el primero que desde la jefatura del gobierno o en
la cabeza del Estado, promueve y encubre acciones de guerra sucia
o crímenes de lesa humanidad (abundan los ejemplos, uno de ellos
Fujimori, como Franco o Pinochet); no sería Uribe el primer hombre
que despliega toda esa violencia para limpiar la sociedad a fin
de cumplir su otro papel: ser un neoliberal consumado, que subasta
lo público y al país entero, que crea verdaderas condiciones de
miseria y hambre; no es tampoco el primer pro imperial, sátrapa,
gobernador de provincia, que apoya la guerra en Irak y que da muestra
de haber aprendido bien la lección cuando ordena invadir suelo de
otro país y cometer una masacre; tampoco es el primero que se reviste
de modos e ideas fascistas, ni el primer católico, machista y figurón
de padre de todo un país que posa de tutor, ganadero, terrateniente
y “patrón”, que da consejos a los jóvenes de no tener relaciones
sexuales antes del matrimonio, mientras hay quien muere por sus
políticas. La cuestión no está en que sea uno o dos de esos tipos.
La cuestión está en ser todo eso al tiempo, y seguir siendo considerado
un demócrata. Es ser todo eso al tiempo, y que nada (le) pase, un
asunto judicial por ejemplo. Acaso lo más grave en su vida, que
sigue ahí pendiente, y por eso busca sostenerse como sea, es ser
el Nº 82.
No
es sólo que sea todo eso, sino que comenzando a ser demostrado objetivamente
que lo es, porque ha hecho agua, porque ha reventado desde hace
tiempo por varias partes ¡no pase nada consecuente y decente! No
por invención de un periodista (hay que conocer lo escrito o documentado
por al menos diez periodistas en estos años, entre los que están
J. Contreras, de Newsweek, o el escritor F. Garavito, y más gente
proba, y por lo menos lo que hierve en la aproximación de unos cinco
libros). Hay vídeos con sólidos indicios (pueden verse en YouTube,
de Uribe candidato con paramilitares que lo candidatizaban), hay
muertos, de estos años y de antes (Camargo sostiene que existiría
responsabilidad directa de Uribe en algunos asesinatos); más del
90 % de los para-políticos en la cárcel son sus hombres: lo que
tejieron con grupos enlazados, las plataformas de alianzas para
Uribe y su programa de exterminio, ya basado previamente en el genocidio,
y apuntando a asegurar éste, quedando muchos sin investigar siquiera,
aunque decenas y decenas de políticos-paramilitares no son en conjunto
una evidencia despreciable o de segundo orden, como no lo es que
el jefe de la inteligencia política o de la principal agencia de
seguridad que salvaguarda al presidente (el caso DAS/Noriega) haya
entregado información a paramilitares para asesinar defensores de
derechos humanos, o haya desparecido registros de los prontuarios
de sus socios, como está probado, o que en el elenco de colaboradores
directos de Uribe, en preeminente lugar, esté José Obdulio Gaviria
(primo de Pablo Escobar) y otros. Con todo ello, sigue sin pasar
nada ¿Qué esperamos? ¿La prueba imposible? ¿Qué falta? No para juzgarlo,
sino al menos para abrir una investigación, si no de una instancia
judicial, al menos de un organismo ético internacional conformado
ex profeso. El libro de Camargo pide por ahora una cosa: abandonar
la desidia, investigarlo, y para averiguar hay que tomar distancia.
Al menos por un sentido de profilaxis política. Lo que aparece en
el texto, con una extensa lista de personas comprometidas en el
narcotráfico y el paramilitarismo, lo lleva a uno a preguntarse,
tras ese proceso de asalto al poder que lo uno y lo otro en una
misma inmanencia representan, ¿qué es lo que hace posible ya no
sólo la penetración material sino la aceptación y la simpatía/empatía
hacia este fenómeno?
Podemos
avanzar una hipótesis que me parece tiene fundamento, de lo que
apenas Colombia es un paradigma dentro de otro mayor, materia ya
estudiada por quienes han revelado claves de las condiciones psico-sociales
de aceptación del fascismo (Fromm, por ejemplo, o recientemente
en un libro sobre Derechos Humanos y Cristianismo,
el sacerdote jesuita Javier Giraldo, también contradictor del régimen
de Uribe, quien ha propuesto mirar el tema de la esquizofrenia como
imagen que manifiesta ese desdoblamiento entre enunciados y hechos).
Diríamos entonces que pasa todo eso, por una serie de anclajes,
amarres o resortes: políticos, jurídicos, mediáticos, económicos,
culturales. Todos a su vez con su doble cara. Por ejemplo los mecanismos
políticos hoy en Colombia frente al fenómeno de la parapolítica,
precisamente, para urdir una depuración funcional que refuerce la
trampa, reciclando la institucionalidad ya perversa por su orientación
e intereses, que está podrida por dentro. O como los económicos,
sosteniendo el lavado de millonarios recursos del narcotráfico en
el repunte que se justifica como crecimiento y expectativa con el
padrón de actividades legales. O judiciales, con la jugada de procesos
y extradiciones selectas trenzadas como componendas y vendettas
legales. Una esquizofrenia cuyos dispositivos mediáticos irradian
en aparente contradicción habitus culturales compartidos
por diversos sectores sociales en la estratificación y su articulación.
Ciertamente,
un anclaje mayor de orden psicológico se traduce y multiplica socialmente,
afanado y fino, más que el mismo contorno de la coacción, por cuanto
el país tiene parte de su alma conquistada por el imaginario del
paramilitar, del narcotraficante, del corrupto y del clientelista,
bien abonados por la tradición de un poder oligárquico y su tránsito
neoliberal, y por lo tanto necesitado de crimen e impunidad. Giran
como engranajes de reproducción del poder político y económico,
para el ascenso y acceso social y, sin la menor duda,
para el enquistamiento de una identidad que, por más trazos de “Estado
comunitario”, como lo postula Uribe, no supera el plano individual-lista,
indispensable en la competencia descarnada, sin importar lo que
cueste llegar, cuántos haya que matar y cómo. Fenómenos que en parte
se explican mediante procesos de establecimiento y revalidación
conductual del arribismo que el uribismo logra representar
con estima social, siendo así efectivamente una parte del país,
en la que fuera de todas las encuestas amañadas y las conjuras mediáticas,
Uribe sí ha calado con éxito, porque encarna, simboliza, interpreta,
ilustra y ejemplifica al macarra exitoso.
Esa
es una parte del país, sin idealizaciones. El mismo que felicita
al señor ganadero, que es patrón, uno de los cientos de terratenientes
que aseguran con látigo la tierra poseída, y usurpada. El mismo
que esconde lo hecho y acumulado como matón, bajo el sofisma del
trabajo, muy de la imagen de una idiosincrasia regional
cruzada entre el tipo señorial o feudal y el equivalente empresarial
de hoy, de donde proviene y hacia donde va, alardeando con su precepto
que manda trabajar, trabajar y trabajar (“Arbeit
macht frei”: “el trabajo os hará libres”. Es
la frase con la que te recibe la puerta de entrada en Auschwitz),
pero que favorece y aplica la explotación más salvaje, los asaltos
leoninos suyos y de sus socios, como el de su ex ministro Londoño,
de quienes en el 2000 le recibieron con el saludo fascista en el
congreso del gremio ganadero, o con quienes compartió mesa en el
acto de desagravio a Rito Alejo del Río, criminal de guerra. Cúpulas
crápulas, por definición ociosas y expoliadoras.
Un
gestor así que hizo puentes mafiosos, siendo él mismo un soporte
en una historia gansteril de tres décadas, patenta muy bien algo
que durante muchos años algunos negamos como tesis con la que se
pudiera explicar en gran medida la violencia política. Se decía
de Colombia que había una cultura de violencia allí, como inoculada,
y contestábamos que no era así. Hoy día debemos rectificar. Sí existe
una cultura de violencia, de arriba hacia abajo. Si no, no habría
un continuum de eficacia, una continuidad de métodos.
Se desintegrarían sus objetivos estratégicos, en gran parte cumplidos:
liquidar la lucha revolucionaria y sembrar de desolación el futuro
de un país esquilmado, como lo han hecho con aplauso. Y no hay antídotos
de una buena educación que impidan esa cultura,
ni en Oxford, donde estuvo Uribe, ni en Harvard. Más bien la recargan
algunos nexos y legados que pueden sofisticar y enmascarar las racionalidades
violentas que el sistema capitalista requiere. Si no existiera tal
cultura como sistema, no de otra manera sería viable la rutina de
la muerte selectiva, cada hora a cuenta gotas, desde la concepción
de la necesidad de matar para asegurar intereses, hasta la enseñanza,
planificación, preparación, inducción, ejecución, recompensa e impunidad
de los crímenes. Eso explica el éxito hasta cierto punto, del genocidio
político contra la Unión Patriótica, y la selectiva eliminación
de cientos y cientos de dirigentes, activistas y luchadores sociales
de otras formaciones. Explica por qué los mejores hombres y las
mejores mujeres del pueblo, y no es demagogia, quienes tenían anticuerpos
éticos y bregaban por condiciones políticas de libertad para animar
la utopía, fueron cayendo asesinados o inmovilizados bajo diferentes
formas que sólo el terrorismo de Estado es capaz de ordenar y encubrir.
En
otro momento debemos proseguir con el análisis de lo que hace posible
que estas consecuencias se trasvasen al olvido, con impunidad, bajo
el pleno respaldo o consentimiento internacional, de un sistema
global y de naciones con demostradas complicidades. A Uribe se le
sostiene sabiendo la podredumbre. Se le salva para que no salpique,
porque al caer hoy en su plenitud, sería costosa la foto de ayer.
Se le ayuda, para no tener que repudiarlo. Son anclajes planetarios,
por paradigmas de relaciones, por intereses y modelos de asociaciones
o alianzas, desde el realismo hasta el cinismo, que hacen parte
de la esquizofrenia compartida, de la misma comunidad transnacional
que pone hoy día cientos y miles de micrófonos tratándose del penoso
cautiverio de Ingrid Betancourt, pero calla y mira para otro lado
frente a los miles de detenidos-desaparecidos y asesinados por el
régimen colombiano, hoy encabezado por Uribe Vélez, el Nº 82. Hace
falta tener mucho sentido de la higiene para poder intervenir en
la política, y en la internacional no menos, por supuesto.
Que
esa cultura de muerte es reversible, que es combatible, que es posible
que algún día y muchos días sea vencida, es cierto, no por lo que
vendrá con la posibilidad de lucidez de las rebeliones materiales
y morales, sino por lo que hoy ya muchas personas testimonian con
su trabajo, entre muchas soledades. Así, entre pocos periodistas,
Sergio Camargo, Hernando Calvo, con sus recientes libros, y quienes
investigan fuera y dentro del país con compromiso, para develar
el terrorismo de un Estado hoy además secuestrado, literalmente,
por mafias, sin metáforas ni más adjetivos. Hemos dicho otras veces
que frente a la impunidad y el olvido, debe romperse con la lógica
de “los monos sabios”, con el no ver, el no oír y
el no hablar. Y hoy hay un libro testimonio más, que no es cualquiera:
“Las altisonancias del silencio”, de Camilo Eduardo
Umaña Hernández, abogado y joven intelectual, hijo de José Eduardo.
Un texto diáfano del que hay que aprender dignidad, que reafirma
de modo insobornable el derecho a la memoria, en cuyas líneas vuelve
y asoma la sonrisa y la mirada de quien confirmó con su vida-muerte,
como reza su epitafio: “Más vale morir por algo, que
vivir por nada”, despuntando la respuesta dolorosa que él traspasó.
III. De un luchador social
Eduardo Umaña Mendoza lo hizo. Si hoy estuviera vivo
entre nosotros, no cabe duda que estaría demostrando que la violencia
política, social, económica y cultural, la violencia contra los
pobres y los pueblos, sí tienen responsables; que no son leyes hechas
por manos invisibles. Estaría, como Eduardo Umaña Luna, su padre,
realizando la impugnación inteligente de los poderosos y la defensa
de los de abajo, asumiendo riesgos, como siempre, hasta las últimas
consecuencias, como lo aprendió de su familiar y faro, Camilo Torres
Restrepo.
Eduardo
sí que invirtió y enriqueció, no sin desgarro, no sin dilemas, el
valor moral de aquella máxima: “Somos dueños de nuestros
silencios y esclavos de nuestras palabras”. Aunque la aplicara,
aunque en el sigilo y el desierto reservara para sí muchas claves
que su conocimiento del país le ofreció, fue capaz de denunciar
sin mezquindades a los que transigieron y agraciaron crímenes contra
el pueblo, desde el Estado, desde el imperio, desde la oligarquía,
desde las mafias, desde sus comunes engendros paramilitares, señalando
militares y “civiles”, políticos y fiscales, periodistas alcahuetes
y demás cómplices. A los que hoy día son esclavos de silencios partidarios
o permisivos, por lo tanto responsables, como los que ejecutaron
de otros modos los crímenes de Estado. Bertrand Russell, quien creó
el Tribunal ético luego continuado como Tribunal Permanente de los
Pueblos, del que Eduardo también hizo parte, se refirió a los “criminalmente
ignorantes de las cosas que tienen el deber de saber”. Y también
que “es imposible mantener la dignidad sin el coraje
para examinar esta perversidad y oponerse a ella”.
Eduardo
estaría haciendo la biografía y necrografía de los victimarios,
de los responsables de carne y hueso del hambre de millones, de
quienes no invisibles ni invencibles siempre, toman decisiones letales,
de los que indican dónde apuntar, como alcanzó a narrarlo mes y
medio antes de su asesinato, señalando con nombre propio a algunos
de los sicarios que preparaban su ejecución. Nadie como él llegó
a investigar su propia muerte, como él lo hizo, dejando por escrito
su constancia, su manifiesto, entregando un relato a la corrompida
justicia de un país. La Fiscalía de lo que se llama
Colombia, algunos de cuyos funcionarios de corbata estaban implicados
en el asesinato, abrió un expediente, dejó libres a los matones
indiciados, uno de ellos detenido en Madrid y extraditado, al parecer
miembro de un grupo tapadera. Luego de cientos de folios vacuos,
ese ente huero cerró el proceso, instituyendo así un monumento de
impunidad espeluznante.
En
abril de 1999 y en 2001, algunas palabras de homenaje a Eduardo
fueron apuntadas. Las siguientes reflexiones que hoy trasplanto
sin alterar, basadas en discernimientos de él mismo, son la lectura
que hago como un tercero cercano, reflejando lo de entonces, aunque
quisiera para reforzar aquellas y apuntalar humildemente éstos,
reescribirlas con la terrible actualidad del parcial triunfo fascista,
y para poder glosar muchos sentimientos y muchas conclusiones, sin
dejar el grito como fue dicho, sin exponerlo a cambio de una sensatez
hipotecada, arrepentida y reconciliada. Sólo retiro la poética y
lo más personal. Me remito a las notas sobre la interpelación que
fue, es y será Eduardo Umaña Mendoza como ser político que optó
por una senda, cuya cualidad y trascendencia queda demostrada en
el libro altamente esclarecedor que elaboró su hijo Camilo Eduardo.
Quiero
referirme a la presencia de su pensamiento, es decir a su obra,
porque los impulsos de días y años como ideas maduradas y conciencia
florecida fueron acciones con sentido, que conectaban la realidad,
que la sacudían, interfiriendo él con pasión en las versiones oficiales;
las contradecía, para ser, como lo fue, voz de muchos, de miles
en diferentes escenarios de la vida de un país expoliado, en la
miseria, con un futuro negado? Eduardo Umaña nombraba auténticamente
como Pueblo, “nuestro Pueblo” decía, ese sujeto que
encontraba encarnado por ejemplo en los trabajadores, en los sectores
que se abrazaban en el concepto de las clases populares, como Camilo
Torres, su pariente y amigo, o su padre, el maestro Eduardo Umaña
Luna, lo enseñaron en una práxis volcánica, que giró en torno al
honesto reconocimiento de los orígenes de la violencia política
en esa violencia estructural, histórica. Por eso el compromiso de
Eduardo se ancló llamando a las cosas por su nombre, hasta el final.
Su exposición coherente daba cuenta de la dependencia, del imperialismo,
de las elites o la oligarquía y de sus voraces estrategias. Por
eso su acompañamiento y desarrollo no se vinculó con opresores,
sino desde muy joven al lado de los otros, comenzando en los espacios
políticos y de una Universidad en ese entonces crítica, en los sesenta,
con una cierta inserción en el devenir transformador.
Antes
de mencionar los setenta, debe recordarse su comprensión integral
de los derechos humanos como derechos de los pueblos a una vida
digna, como el derecho a la libertad, a la liberación, a construir
patrias y matrias en las que no muera la gente de hambre, sino de
vieja, en condiciones decentes, humanas. Y que debían defenderse
esos humanos derechos como él consideraba debía defenderse, abogando,
defendiendo, a quienes abrían el campo histórico para su auténtica
vigencia, a los que eran perseguidos y castigados por su lucha,
a los presos políticos que abogaban y actuaban por romper la opresión,
la antidemocracia. Por eso se formó como su padre, como el más esclarecido
defensor de los rebeldes en esa década, como en los ochenta y hasta
el día de su muerte. Y por esa misma razón, para ir tras la verdad,
tras la justicia, tras la denuncia del terrorismo de Estado y la
reconstrucción de los sueños, asumió representar como abogado y
portavoz -y lo fue siempre brillantemente- a las madres de los desaparecidos,
de los torturados; a las organizaciones de los día a día asesinados
o masacrados; campesinos, obreros, sindicalistas, activistas, dirigentes
políticos y sociales.
En
junio de 1987 Eduardo Umaña Mendoza realizó una intensa actividad
de sensibilización y denuncia en Europa sobre la situación de violación
sistemática a los derechos humanos en Colombia. Sus análisis se
escucharon en numerosos recintos; fueron muchos sus auditorios,
y diversos los frutos de ese trabajo. Uno, poner de relieve algo
que estaba escondido: la estructuración de los grupos paramilitares,
la responsabilidad del Estado y el terrorismo que las clases dominantes
imponen como lógica de supuesta solución a través de la barbarie,
salida de sangre a lo que han sido incapaces de resolver. La muerte
como respuesta frente a los problemas del país. Puso en conocimiento
de diferentes públicos, cómo estaba dada una legislación de guerra
en tiempos de paz aparente. Las mismas normas que hoy se reeditan
y que posibilitaban entonces la acción de juntas de autodefensa
que al cabo de los años se nos presentan con siglas confeccionadas
en los batallones y en los medios de comunicación que se han puesto
como altavoces de sus gritos de guerra sucia.
En
una ficha de los organismos de inteligencia se observa el seguimiento
que desde muy joven (1966) se le hizo a Eduardo, hasta matarlo.
De él se dijo, a la par de sus estudios de Filosofía, de Derecho,
entre muchas líneas y sentencias, que era “agitador estudiantil
del movimiento CAMILISTA P.C.C. y J.C.C. modus operandi agitación
y saboteo”; que “integra el movimiento camilista
frente unido... (1968) fue organizador de la marcha a pie de la
Universidad a la plaza de Bolívar...(que) integra
organización FES frente de estudios sociales organismo de fachada
de partido comunista, para llevar campañas de agitación... (1969)
es uno de los encargados de dirigir saboteo estudiantil por la llegada
al País del señor ROCKEFELLER (...) (1971) miembro de la red urbana
de apoyo al ELN... (...) (1978) hijo del líder comunista de la Línea
Pekín EDUARDO UMAÑA LUNA, profesor Universitario izquierdista (...)
Se transcribió textualmente las anotaciones registradas en las tarjetas
de los señores CARLOS REYES NIÑO y JOSE EDUARDO UMAÑA MENDOZA, las
cuales reposan en los archivos del Grupo de Inteligencia de...”.
Quien firma esta ficha, entre muchas otras, es un alto mando policial,
quien participó en las torturas a Reyes Niño en 1977. Reyes Niño
fue ejecutado con otro comandante del ELN en las calles de Bogotá
el 28 de marzo de 1995. Sus asesinos fueron miembros de la Inteligencia
Militar. Impunes, condecorados, premiados, en servicio. ?mucho más
arriba, en escritorios civiles, se alistaron las fichas desde las
que veían crecer a Eduardo. De donde se dieron las órdenes de asesinar.
Queremos
hoy recordar a Eduardo como en otras ocasiones, no sólo a partir
de sus palabras, sino de lo que hizo. Así, cuando sin ceder un milímetro
en lo irrenunciable, dijo qué estaba pasando en Colombia con la
acción de los paramilitares como recurso del terrorismo de Estado
y del Establecimiento; sin consultar o sopesar tras masacres o asesinatos
si la denuncia a fondo gustaba o no a algunas agencias de financiación
de Ongs o fundaciones que piensan primero cómo apagar insumisiones
y domesticar bajo el ala de sus egoístas términos; sin escuchar
sórdidos y escabrosos argumentillos de conversos aliados con la
podredumbre del poder; sin pagar por interpretar con ardor la verdad
de un pueblo sufriente; sin desdecirse de la defensa de los presos
políticos y del derecho a la rebelión, como lo hizo en su brillante
trayectoria profesional, académica y vital como luchador social.
Contando al mundo de los humanos cómo el engendro del paramilitarismo
y la impunidad, estaba siendo extendido a lo largo y ancho del país,
como hoy está; y que no había ninguna justicia posible nacida de
los verdugos para perseguirse ellos mismos, a salvo la pantomima
de los responsables materiales de tantos crímenes y dolor, y sobre
todo el cinismo de sus beneficiarios y benefactores.
A su compromiso por los derechos humanos unió las
soledades de los derechos de los pueblos a su autodeterminación
y liberación, señalando los intereses de imperialistas y siervos,
así como elevó un pensamiento sobre las luchas sociales dentro del
legado de ideas de emancipación que cultivó con cerebro, corazón
y abrazos, por que las asumió desde sus amores primeros hasta su
último segundo de humano y humanista.
Cuando
hoy se negocia por algunos en la rutina de los discursos y sus cálculos,
a espaldas de la cruda realidad que nos recuerda que nada de ese
salvajismo contra nuestro pueblo ha cambiado para bien; cuando se
trafica con los padecimientos de miles, con los derechos humanos
imposibles de hacerse vigentes en estructuras de opresión, gran
falta nos hace recordarle como ser insobornable, que demostró la
inmensa corrupción de un sistema, el que en fichas y amenazas lo
fue declarando su enemigo, como con otros miles de forjadores y
forjadoras de esto que hoy queda entre los dedos, escasos hilos
de agua que tenemos como posibilidad de matria y patria. Haces mucha
falta, para esclarecer que la defensa de los derechos humanos implica
cavar la tumba de los privilegios inhumanos, como lo enseñaste.
Así pasó hace más de 25 años a fundar y potenciar
la defensa de los derechos humanos a través de asociaciones de profesionales,
de víctimas de la guerra sucia. Analizaba el país, su política,
su economía; se había formado en la Sociología, en la Administración,
en el Derecho, para estudiar como profesor en su cátedra en varias
universidades la sucesión de instituciones y procesos. Sin hacer
más nudos y sin ingenuidad iba al núcleo de la aplicación del Derecho
y su dirección política en estructuras de injusticia social: "la
ley es como un abanico; se puede cerrar, o abrir apenas un poco,
o desplegarlo totalmente, a condición de que no se rompa"[1].
Y la confrontaba como un jurista que está al servicio de la vida,
y no ciegamente al servicio de la ley en una nación policlasista,
sometida, optando él por los Derechos de los Pueblos, por la lucha
anti-imperialista, por los Derechos Humanos "para los
de abajo"[2].
Horas
de trabajo intenso en su oficina, de enfrentar enérgicamente funcionarios
de la ignominia e inteligentemente causas en los estrados, cuando
había posibilidad de conocer rostros y más rastros de los victimarios,
antes de que optaran por encubrirse en el paramilitarismo, en los
"sin rostro" y la degradación del conflicto.
Estaba
Eduardo Umaña visitando a los presos; en reuniones con los familiares
de las víctimas, de los desaparecidos del Palacio de Justicia por
ejemplo, o de los hombres y mujeres que asesoraba, detenidos, agredidos,
objeto de persecución, piezas y tejidos de organización social que
él apoyaba, resistencia en la que creía sin pecar de iluso, venciendo
con su experiencia al optimismo de moda, al febril grito y a la
mirada corta e individualista de algunos que posaban a veces como
baratos protagonistas. Sin dejarse llevar por coyunturas su convicción
profunda la tradujo y planteó al lenguaje de la política inmediata
con unas tesis sobre un programa mínimo (lideró entre 1990 y 1992
un pequeño núcleo político: Movimiento Vida y Dignidad,
con activistas sociales), dialogando desde la realidad de su entorno
con la autoridad moral que le dio trabajar siempre del lado de la
esperanza y la transparencia para un Pueblo, lo que no ocultó en
los ámbitos formales o convencionales que no obstante usó, como
cuando acudía a las Naciones Unidas, por ejemplo, para acusar al
Estado colombiano y su práctica de muerte e impunidad, sin dejarse
perder en la frialdad de la letra de códigos escritos por poderosos,
y tampoco, nunca, se puso en venta ni en moldes. Fue claro para
los que en él buscaron luces y convocó para andar en la noche, en
la niebla, con el riesgo de perecer con la cabeza en alto. Contradictoriamente
es lo que ha movido a la humanización de la vida. Y él se movía
todos los días. Terminó diciendo: "Seguiré hasta que
me dejen. Porque yo sé que si la vida no se entrega por algo, uno
acaba dándola por nada"[3].
En
ese horizonte luchó en concreto como apoderado en cientos de procesos
contra el terrorismo de Estado cuyos ejecutores se orientaron en
la concepción de guerras de baja intensidad y se protegieron en
mecanismos de impunidad como el fuero penal militar[4], señalando
Eduardo la responsabilidad del gobierno de los Estados Unidos en
el crimen institucionalizado y el origen de los grupos paramilitares[5].
Impugnó un orden de ideas y necesidades del poder político, de su
brutal ejercicio de la fuerza acabando el sistema como sea con el
llamado "enemigo interno" para la defensa del statu
quo[6]. Eduardo alimentó su conocimiento, que desdoblaba en horas
de conversación, de clase o en exposiciones en seminarios regulares
como un gran educador que era, leyendo y releyendo expedientes,
cuadernos y libros, enseñando ante todo con su ejemplo, y creció
en el diálogo de saberes, intercambiando desde la tragedia y la
tristeza, pues vio caer también a miles de compañeros y amigos,
sufrió por ello con otros. Aconsejó a desplazados internos refiriéndose
a las estrategias tras el éxodo, al tener que abandonar el "terruño",
igual que a refugiados (fue asesor jurídico de la oficina del ACNUR),
y ayudó a que muchos salvaran sus vidas saliendo del país.
Hubo
desconcierto, respuestas duras y rabia al comprobar incoherencias,
traiciones y falsedades, y por ello estableció distancias y cuestionamientos.
Personalmente creo: antes que afectar a algunas ONG de derechos
humanos, su asesinato conmovió más allá de ellas y de algunos que
en su oportunidad diluyeron lealtades y no podían tenerlo al frente;
las huellas y consecuencias de su desaparición física y de no contar
ahora con su valiente y alta opinión, hieren de verdad a quienes
Eduardo se entregó en una fuerte lucha en esta década de grises
y sombras, alentando para confrontar, por ejemplo, el aparato penal
articulado como otro motor en el terrorismo de Estado, herramienta
de represión que seguramente está en el círculo que decidió su asesinato,
porque Eduardo Umaña como ningún otro jurista demostró la complementariedad
de la “justicia sin rostro, sin rostro de Justicia”[7]
en esa lógica de terrorismo y sojuzgamiento. Pidió,
incluso minutos antes de ser asesinado y habiendo denunciado él
de ese evento a funcionarios de esa “justicia”[8],
que sea derogada “totalmente la justicia sin rostro”[9].
Hoy algunas ONG y por ahí algunos comodines respaldan unidades o
partes de su estructura, admiten graves matices con letales alcances
y se ubican como fin en sí mismos. En esa apreciación fue contundente,
como radical al denunciar la corrupción, a los mercenarios ideológicos,
como él los llamó, que actúan por ejemplo como testigos sin rostro,
a los reinsertados en ese papel; no consintió la mediocridad; tampoco
le pedía "peras al olmo".
Estuvo
una y otra vez analizando los anuncios y los discursos, las medidas
y los cientos de normas; cómo se perfeccionaba un lenguaje, un discurso,
en torno a la exculpación del Estado colombiano y a las clases y
el imperio que lo manejan, y de eso se separó, volviendo a lo que
nunca dejó de valorar sobre el panorama de los derechos de los humanos
y de los derechos de los pueblos, recordando entre otras miles de
citas que constituyeron un pensamiento sólido, el Preámbulo de la
Declaración Universal de los Derechos Humanos y por eso expresó
sobre principios que hay "un cierto acumulado cualitativamente
representativo de lo más alto que ha conquistado la humanidad",
y que entre esos derechos, o ese derecho, "que puede
pasar a ser positivo, o sea un derecho escrito, sentado en textos,
están consideraciones sobre el trato humanitario, sobre la dignidad
del ser humano merecedora de respeto, a pesar de las guerras, en
medio de ellas, aunque éstas sean en sí dolorosas y trágicas, como
quizá necesarias en determinadas condiciones"; que uno de esos
pilares, "sobre los cuales se desarrollan tensiones mayores,
ha tenido que ver con el reconocimiento de uno de los más sagrados
derechos de los pueblos: el derecho a la rebelión"[10].
"Para
que sea ejercido en beneficio de los pueblos, para lograr estructuras
de justicia social. Y ese derecho, al que se refirieron tanto pensadores
de la Iglesia, del Cristianismo, como Tomás de Aquino, o filósofos
del liberalismo, supone al tiempo inmensas y cruciales responsabilidades.
Porque no se puede ejercer la fuerza de cualquier manera, porque
la guerra también tiene límites... obligaciones que podríamos pensar
en dos sentidos: no hacer lo que no es necesario y lo que además
está prohibido en el derecho internacional, y hacer lo que en esa
normatividad es permitido y que corresponde hacer en el contexto
de los antagonismos"[11].
Y
se preguntaba: "¿Cómo se obliga a una institucionalidad
que crea estructuras paramilitares, que profundiza la impunidad
de crímenes de lesa humanidad, que desplaza a miles de familias
y comunidades, que victimiza a opositores políticos, que enseña
en los manuales militares a odiarlos y motiva a exterminarlos?[12]".
"Lo único que está al alcance del Estado, de sus fuerzas
armadas o de sus estructuras paramilitares, es la degradación, intencional,
de la guerra, en cuyo contexto la guerrilla se mantiene actuando
cometiendo también atropellos, incurriendo en serias arbitrariedades"[13].
Y
agregaba Eduardo Umaña al lado del requerimiento para que se desmonten
los grupos paramilitares y la "justicia sin rostro",
para que se salve a la niñez del horror de la guerra, por ejemplo,
que "se precisa que las organizaciones guerrilleras den
a conocer sus códigos, normas sustantivas, procedimientos y tribunales
bajo los cuales actúan o establecen relación con las comunidades
en el contexto del enfrentamiento armado a fin de que constituyan
un referente público sobre el cual se pronuncien terceros veedores
y por supuesto la población"[14].
Eduardo
no podía aprobar el dolor, más dolor para los más pobres y abogó
por humanizar la guerra, por recomponer el conflicto.
Días
antes de morir escribió: "Negar la necesidad de la Paz
es ubicarse en una posición absurda que ningún honor hace a mente
alguna. El problema no es hablar del beneficio de la paz. No es
apoyar unos planes plenos de promesas pero sin asidero alguno en
la escueta realidad Socio-Económica del país... Hoy: mucho discurso
y ajena la acción real de nuestro problema vital: la miseria económica
de la mayor parte de Colombia (...) Hablar de paz sin Democracia
Real y Justicia Social es una entelequia. Como lógica consecuencia
cualquier planteamiento que no asuma el problema real no pasa de
ser una gran mentira"[15].
Concluyó
José Eduardo Umaña Mendoza: "Se hace necesario por lo
menos hablar de la humanización de la guerra, para que la paz de
mentiras se derrumbe, para superar esta pantomima de sobrevivencia
cómplice y pueda hablarse con dignidad, con la voz y las manos de
todos, de la humanización de la vida"[16].
Eduardo
Galeano, amigo de Eduardo, escribió alguna vez que "somos
lo que hacemos y sobre todo lo que hacemos para cambiar lo que somos".
Umaña Mendoza hizo hasta sus 51 años lo que realizó una opción ética
de amor a la humanidad, que verbalizó y talló día a día, hora a
hora, no sin vacíos y defectos, hasta cuando negó irse de la mano
del terror y el chantaje -no quería ser un desaparecido- y cumplió
como pocos seres humanos lo hacen hoy (alguna vez hablamos de esos
hombres como Camilo, como Guevara, como tantos que conoció, que
“no se encuentran a la vuelta de la esquina”. Por
esa razón, con su eliminación se fueron tantas fuerzas no fácilmente
recuperables de nuestro pueblo, y nos da también por lo mismo rabia
que se haya dejado matar si es que le cabe a Usted alguna culpa?).
Temas como la paz, la guerra, la impunidad, salen a borbotones de
bocas-cuerpos-mentes que reposan en la tibieza del decir sin hacer,
o del hacer-decir funcional en la dialéctica guerra-paz conveniente
para "los de arriba".
Hacen
falta inmensa sus reflexiones abiertas. Las tenemos como constancias,
citas de textos y pretextos del encuentro, algunas escritas, grabadas,
archivadas en rincones de memorias dispersas, la memoria de la Unidad,
que nos hace falta recuperar?
Un
homenaje no puede ser sin imaginar con fundamento qué diría; que
actitud tomaría en la fraterna e inteligente entrega de quien sospecha
y espera de los actos, aunque al final haya abandonado un momento
esa trinchera, para quedarse solo y decidir dejarnos un tanto, enormemente,
solos; qué puntos de una mirada siempre limpia y resuelta trazaría
con sonrisa y seriedad. Al hablar hoy de los planes que fumigan
los de arriba y los del norte; de la explotación que no cesa; de
la justicia verdadera que no llega; del terruño dejado con llanto
causado por las balas asesinas; de que la paz sólo es la lucha de
un pueblo por la libertad y su dignidad? Enseñaste que los derechos
humanos y de los pueblos se defienden si se luchan? Hoy nos hablaría
del tirano, del régimen, de las inquietudes, de estar siempre alerta,
primero y al final con las propias dialécticas, casadas con las
del enemigo. Para no ser como ellos, ni su botín. Falta mirar las
bregas y los frutos, la alegría que nos dejó, dibujada también con
poesía de madrugada.
Ante
el féretro, el día 20 de abril, en la Plaza Ché, en la Universidad
Nacional, con la familia de Eduardo, tan depositaria y tan fuente
de su amor, Javier Giraldo lo despidió afirmando: "Creer
en un profeta derrotado y creerlo vencedor, no por ingenuidad o
autoengaño consolador, sino porque ha sido posible, en algún momento,
asomarse a los valores últimos y absolutos de la existencia y de
la historia, y hacer, desde allí, una apuesta existencial (...)
muy honda, en cuya lógica, aquellos que arrastran en su muerte ciertos
rehenes, arrebatados a los valores más hondos del sentido, son vencedores
indiscutibles en su misma muerte (...) no podemos ocultarnos que
el camino restante será más duro recorrerlo sin ti... Tu memoria
será imprescindible en el momento de construir un mundo sin esclavitudes".
IV. El derrumbamiento frente a la esperanza
Mientras, el exánime esbirro Uribe vive, sin quién
le investigue. La verdad, no porque se tenga ya, sino porque debe
buscarse y encontrarse para sancionar y reparar, está en parte expuesta.
Hace falta valor para verla, como hace falta gente con coraje y
ética que en el periodismo y en esferas judiciales, o en la academia
y en colectivos de lucha social, plante querellas y documente hacia
un proceso que desvele la criminalidad organizada que ha empotrado
a Uribe como presidente. El mismo que está asociado con narcos y
paramilitares, con operaciones de rehegemonización estadounidense,
con inversiones de las transnacionales más saqueadoras y con proyectos
de rapiña de los recursos de un país deshecho. Para ello quiere
vender que el país está superando la violencia, que no hay conflicto,
que va ganando, como él, para acaudalar méritos que limpien su biografía
falseándola, la cual desea transparente, inmaculada. Rivaliza por
ello contra la memoria, para que su necrografía no sea pensable,
para que en ella no resulte descendido, ni desmerecido, ni implicado.
Primo
Levi, quien presenció y sufrió los crímenes nazis, escribió en su
valioso libro “Los hundidos y los salvados”, refiriéndose
a Hitler: “toda la historia del breve ‘Reich Milenario’
puede ser releída como una guerra contra la memoria, una falsificación
orwelliana de la memoria, una falsificación de la realidad, una
negación de la realidad, hasta la huida definitiva de la misma realidad.
Todas las biografías de Hitler, los desacuerdos sobre la interpretación
que debe darse a la vida de este hombre tan difícil de catalogar,
están de acuerdo en que la huida de la realidad es lo que marcó
sus últimos años? Había prohibido y negado a sus súbditos el acceso
a la verdad, envenenando su moral y su memoria; pero, de manera
cada vez más creciente hasta la paranoia del Bunker, había ido levantando
barreras al camino de la verdad incluso a sí mismo. Como todos los
jugadores de azar se había armado un decorado hecho de mentiras
supersticiosas, en el que había terminado de creer con la misma
fe fanática que pretendía de todo alemán. Su derrumbamiento no sólo
fue la salvación del género humano sino también una demostración
del precio que se paga cuando se manipula la verdad”.
Este
escrito no ha tenido la más mínima intención de comparar lo incomparable.
No se puede equiparar un luchador social ausente físicamente, por
el crimen de Estado, con quien al mando de la barbarie ha triunfado
y se erige como supremo temporal entre los victimarios. Sólo se
ha estimado necesario y correcto reconstruir referencias, entre
las grandezas y las miserias humanas, y específicamente las de un
país, sin ocultar más el rastro que ha representado valores humanistas,
ni el rostro de quien los despelleja y destruye así posibilidades
de paz y justicia para todos.
Una
lucha contra el olvido, contra la impunidad, obliga a no hacer abstracción
de las memorias concretas, por lo tanto de las opciones vitales
y desgarradoras de quienes han encarnado de un lado la esperanza,
como José Eduardo Umaña Mendoza, frente a los sumarios de quienes
han trasgredido y violado derechos desde el poder público, convirtiéndose
en carceleros, como Uribe Vélez lo es de un país quebrado. La honesta
memoria de Eduardo habla del crimen del que se cree siempre vencedor.
El derrotado no es el que parece serlo. De uno se eleva su biografía,
y debe honrarse porque honrado fue. De ahí que la dimensión moral
de un hombre asesinado por buscar un mundo mejor, no pueda cotejarse
con el hedor de quien, como Uribe Vélez, vivo e invicto tras el
crimen, ha sido necrografiado por sus propios hechos de codicia
y vileza, institucionalizadas y fortificadas hoy más que ayer, desde
un palacio que es su guarida.
A
José Eduardo, una rosa roja en su tumba.
[1]
El
papel de los abogados frente al fenómeno de las Desapariciones
Forzadas en Colombia. Bogotá, diciembre de 1986, pág. 9. Ponencia
en el Primer Coloquio Internacional sobre Desapariciones
Forzadas en Colombia. Eduardo terminó esta ponencia expresando
(pág. 25): "el profesional del derecho en Colombia,
conciente de la realidad de nuestro país y en particular del fenómeno
de la “desaparición forzada” debe actuar en representación de
las víctimas, de sus familiares y de la sociedad como hombres
que “hacen del Derecho sólo un medio para realizar la justicia”".
[2]
Fue
en este carril de un pensamiento de emancipación en el que situó
su quehacer, en Consejos Verbales de Guerra o bajo otras formas
defendiendo a centenares de presos políticos, guerrilleros o no
guerrilleros; en cientos y cientos de conferencias en universidades,
colegios, centros populares, foros internacionales. Fundó con
otros destacados defensores de derechos humanos la Sección Colombia
de la Liga Internacional por los Derechos y la Liberación de los
Pueblos, siendo también su paradigma el humanismo social: los
derechos humanos en el cumplimiento de los Derechos de los Pueblos
(Declaración de Argel del 4 de julio de 1976).
[3]
Fragmentos
de un diálogo con Umaña. Frente al cadalzo (veinte
días antes de ser asesinado). En Revista Alternativa,
No. 19, Mayo-Junio 1998, Bogotá, pág. 21.
[4]
Tribunal
Permanente de los Pueblos. Proceso a la impunidad de
crímenes de lesa humanidad en América Latina. Sesión
de Instrucción en Colombia. Noviembre 4 a 6 de 1989. Eduardo
Umaña actuó en ese momento como portavoz de la acusación contra
el Estado colombiano. Se desempeñó en ese proceso como Fiscal
y sería luego nombrado Juez del Tribunal para otros casos. Ver
por ejemplo: Sentencia sobre La Conquista de América
y el Derecho Internacional. Sesión especial. Padua - Venecia
5-9 de octubre de 1992. Eduardo Umaña fue también miembro del
Comité Ejecutivo de la Organización Mundial contra la Tortura.
[5]
Ver
su serie: Informe Analítico de la Situación de Derechos
Humanos en Colombia, Corporación Colectivo de Abogados "José
Alvear Restrepo", sobre este tema el correspondiente a julio-diciembre
de 1988. Bogotá, págs. 229 y 230.
[6]
Véase
su ponencia MECANISMOS INSTITUCIONALES DE IMPUNIDAD,
en PROCESO A LA IMPUNIDAD DE CRÍMENES DE LESA HUMANIDAD EN AMÉRICA
LATINA. Tribunal Permanente de los Pueblos. Edit. Liga Internacional
por los Derechos y la Liberación de los Pueblos. Sección colombiana.
Bogotá, junio de 1991, pág. 375 y ss.
[7]
A
LOS TRABAJADORES DEL MUNDO! Represión a los trabajadores
de la USO... (cfr. Bogotá, 27 de febrero de 1998), con este
título denunció el caso U.S.O. (Unión Sindical Obrera) y cómo
se estaba planeando su asesinato por diferentes instancias (pág.
20) comprometidas en esa guerra sucia, donde prevalece la apariencia
jurídica o de legalidad. Cfr. Revista Alternativa,
cit. (págs. 18 a 21), entre muchos otros documentos, o para el
caso Telecom: La lucha contra la privatización de las
telecomunicaciones en Colombia. Estado actual de los procesos
judiciales contra los trabajadores. Entrevista con Eduardo
Umaña. En Boletín Alerta a la Apertura, No. 15,
mayo de 1997, ILSA, Bogotá, págs. 11 y 12.
[9]
A
LOS TRABAJADORES DEL MUNDO!..., cit., pág. 21, entre muchos
otros textos donde se mantuvo crítico frente a su utilización.
[10]
Entre
la degradación y la regulación de la guerra. En Memorias
de la Asamblea por la Paz. Oficina del
Alto Comisionado para la Paz, de la Presidencia de la República,
Empresa Colombiana de Petróleos y Unión Sindical Obrera, agosto
de 1996, Santafé de Bogotá (1, en adelante), pág. 82. Aparece
también publicada esta ponencia en la Revista de Derechos Humanos,
JUSTICIA Y PAZ, (2, en adelante) de la Comisión Intercongregacional
(hoy, 2005, Intereclesial) de Justicia y Paz, Abril-Junio de 1998,
No. 8, Bogotá, pág. 66.
[11]
De
la nota anterior, (1; pág. 82), (2; 66).
[12]
Citaba
el texto CONOZCAMOS A NUESTRO ENEMIGO, editado
por la Escuela Militar de Cadetes General
José María Córdova, Oficina de Relaciones Públicas, Editorial
Blanco, 1ª edición, diciembre de 1985. (1; 85), (2; 70).
[13]
Ibid,
(1 ; 87), (2 ; 71).
[14]
Ibid,
(1; 87-88), (2; 74-75).
[15]
¿Hacia
la Paz?, en Voz Posadista, marzo de 1998, Bogotá,
pág. 4.
[16]
Entre
la degradación y la regulación de la guerra (1; 90), (2; 77).

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