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Palma de Muerte, silencio
y complicidad institucional por Comisión Intereclesial de Justicia
y Paz Bogotá, 20 de abril de 2005
Mientras persiste el avance de la deforestación en el Territorio
Colectivo del Curvaradó y Jiguamiandó y el Cacarica, preludio
de la
extensión ilegal de la siembra de palma aceitera y de un modelo
de
desarrollo de exclusión, sustentado en violaciones de derechos
humanos, asesinatos, torturas, desapariciones forzadas,
desplazamientos masivos, familiares e individuales, en bloqueos y
sitiamiento, amenazas de muerte, a través de estrategias militares
abiertas y encubiertas de la Brigada XVII, de procesos de pacificación
o desmovilización sustentados en la impunidad, la opinión
nacional ha
tenido la posibilidad de acceder a una versión institucional y
de la
prensa sobre la contrarreforma agraria que se está implementando
e
institucionalizando en el Bajo Atrato.
A pesar de que el informe del Incoder reconoce la siembra ilegal de
palma dentro del Territorio Colectivo del Curvaradó y del Jiguamiandó,
de las recomendaciones específicas de actuación frente a
la imposición
de proyectos agroindustriales y la destrucción ambiental que afecta
a
los afrodescendientes y la humanidad, y de los requerimientos de la
Comisión y del Corte Interamericana de Derechos Humanos frente
a la
situación, las empresas privadas continúan avanzando en
la imposición
de un modelo de "desarrollo" y de sociedad protegido en la destrucción
de millares de vidas humanas, en prácticas de seguridad privadas
fortalecidas por estructuras de las fuerzas regulares.
Los mecanismos de protección de propiedad para nueve empresas
se han
amparado en la represión - control a través de 12 desplazamientos
en
el Jiguamiandó y el Curvaradó desde el 2001, 16 comunidades
desplazadas del Curvaradó. Coincide el actual proceso de deforestación
en el Jiguamiandó y Curvaradó con los circuitos de protección
de la
Brigada XVII y la movilidad de estructuras encubiertas. En el
Cacarica, la deforestación actual se desarrolla en los caseríos
de
absoluto control paramilitar, unido al transplante poblacional
--adjudicación de tierras-- a campesinos de otras regiones, con
siembra de coca y las omisiones evidentes de la Brigada XVII para
combatir las estructuras paramilitares y afrontar las siembras de la
hoja de coca. Dentro de estos mecanismos de protección de la
apropiación ilegal se plantea a través del Plan Alternativo
Social
(PASO), del Bloque "Elmer Cárdenas", de agresiones armadas
en el
entorno de las Zonas Humanitarias del Jiguamiandó y actuaciones
confusas con estructuras criminales parainstitucionales que se han
desmovilizado del Bloque Bananeros o a través de actuaciones en
el
entorno de las Zonas Humanitarias del Cacarica.
Simultáneamente se han desarrollado medios y técnicas de
legalización
de la ilegalidad. Notarías y oficinas de Registro Público
se han
convertido en instancias del "lavado" de tierras; comandantes
de la
Brigada XVII se han convertido en intermediarios de soluciones
económicas --falsas e ilegales-- entre las víctimas y los
responsables
de la apropiación ilegales de tierras; a través del proceso
de
desmovilización o institucionalización paramilitar programas
como
"Empresarios por la paz" se proyectan como el mecanismo de
reconciliación entre las víctimas y los victimarios y quiénes
se
ocultan tras de ellos; constitución de cooperativas y de asociaciones
campesinas se usan como formalidades de participación y de ética
empresarial como espejismo de concertación.
El pronunciamiento de la Defensoría del Pueblo, de hace dos días,
logra insinuar la relación entre violaciones de derechos humanos
y la
siembra ilegal de la palma aceitera, y los dos artículos de la
revista
Semana dejan entrever lo que existe detrás de la palma y su relación
con la contrarreforma agraria desarrollada en una nueva fase a través
del proceso de desmovilización parainstitucional.
Hoy la grave situación del Bajo Atrato se continúa invisibilizando.
Las amenazas, las persecuciones, las presiones para institucionales
sobre las comunidades continúan, al lado de la deforestación
y la
extensión de siembra de palma aceitera. El gobierno colombiano
continúa desconociendo las resoluciones de la Corte Interamericana
de
Derechos Humanos y las solicitudes específicas de la Comisión
Interamericana de Derechos Humanos. El Estado de Derecho es de Hecho,
proyecto de país y de sociedad que se proyecta en toda Colombia,
en el
Bajo Atrato una experimentación cualificada.
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Denuncia la Defensoría
del Pueblo Violación de derechos humanos por siembra de palma africana
en los territorios colectivos de Jiguamandó y Curvaradó
Comunicado de prensa
El Defensor del Pueblo, Vólmar Pérez Ortiz, manifestó
que con el
establecimiento de los cultivos de palma aceitera dentro de los
territorios colectivos de Jiguamiandó y Curvaradó, se están
violando
los derechos de las comunidades negras al disfrute del territorio, a
la identidad e integridad cultural, al goce de un ambiente sano, a la
seguridad alimentaria, a la salubridad pública, al acceso a la
vivienda, al trabajo, a la libertad de locomoción y residencia
y a la
igualdad. Igualmente, se están amenazando derechos fundamentales
como
el derecho a la vida digna, a la salud, a la libertad y a la vida,
entre otros.
De acuerdo con el informe del Instituto Colombiano de Desarrollo Rural
- INCODER, resultado de una comisión de verificación celebrada
entre
el 25 de octubre y el 1° de noviembre del 2004, en la cual participó
la Defensoría del Pueblo, 21.142 hectáreas de los territorios
colectivos de las comunidades de Jiguamiandó y Curvaradó
están
afectadas por los cultivos de palma aceitera y en menor grado por la
ganadería.
Para noviembre de 2004, se encontraban sembradas 4.183 hectáreas
con
palma, otras 810 estaban siendo utilizadas para ganadería (Empresa
La
Tukeka), y cerca de 16 mil estaban proyectadas para el establecimiento
de nuevos cultivos de palma de aceite y ganadería.
En el territorio colectivo de Jiguamiandó existían para
la fecha de la
visita 198 hectáreas recién sembradas por la empresa Palmas
de
Curvaradó y, además, se encontraban otras áreas ya
adecuadas para el
mismo tipo de siembra.
Por su parte, en el territorio de Curvaradó, había 3.636
hectáreas con
palma africana (Urapalma 2.723 has, Promotora Palmera del Curvaradó
"Palmado" 80, Palmas de Curvaradó 200, Palmas S.A. 633),
mientras 349
hectáreas de la empresa Inversiones Fregni Ochoa estaban listas
para
sembrar. Así mismo la empresa La Tukeka utilizaba 810 has para
ganadería.
Las compraventas
La estrategia utilizada por las empresas para acceder a la tierra ha
sido la compraventa de mejoras a personas particulares que dicen tener
ocupación de los territorios antes de ser declarados como colectivos
o
a miembros individuales de los Consejos Comunitarios.
A la fecha de la comisión, se habían celebrado 203 contratos
(14.881
has), a pesar de carecer de toda validez jurídica de acuerdo a
la Ley
70 (art. 7 y 15). Al respecto, el artículo 15 dice: "Las ocupaciones
que se adelanten por personas no pertenecientes al grupo étnico
negro,
sobre las tierras adjudicadas en propiedad colectiva a las comunidades
negras de que trata esta ley, no darán derecho al interesado para
obtener la titulación ni el reconocimiento de mejoras y para todos
los
efectos legales se considerarán como poseedores de mala fe".
El establecimiento de los cultivos de palma en esa región,
principalmente en el territorio colectivo de Curvaradó, ha generado
grandes impactos ambientales, culturales y sociales derivados de las
obras de infraestructura que se han construido: red vial de
carreteras, canales de drenaje, puentes y cables (garruchas). Así
mismo, se han efectuado cambios en el uso del suelo, tala de árboles,
secado y desviación de fuentes de agua.
En general, se ha intervenido el bosque nativo de la selva húmeda
tropical del Chocó biogeográfico considerado como uno de
los
ecosistemas con mayor biodiversidad del planeta.
El informe del Incoder determinó además que el establecimiento
y
avance de los cultivos está causando la destrucción y desaparición
de
caminos, interrupción de las comunicaciones, destrucción
de viviendas
y cultivos, desaparición de poblados de las comunidades asentadas
ancestralmente y ha generado el desplazamiento forzado de estos.
Disputa territorial
La Defensoría del Pueblo constató que el desplazamiento
es causado
principalmente por la disputa territorial entre los actores del
conflicto armado. La situación es aprovechada para la siembra de
palma
en los territorios de las comunidades desplazadas. Igualmente, se supo
que las ventas referidas se hicieron en la etapa inicial del
desplazamiento y, en muchos casos, sin consentimiento de los
beneficiarios.
En enero del 2003, las comunidades desplazadas e internas en la selva
denunciaron la incursión de grupos de autodefensa, quienes amenazaron
con su presencia constante en la zona y anunciaron que "el territorio
les pertenecía y que allí establecerían cultivos
de palma aceitera".
La situación señalada generó el resquebrajamiento
del tejido social,
debilitando la representatividad de las comunidades y su capacidad de
interlocución.
El Defensor del Pueblo, Vólmar Pérez Ortiz, condena estos
hechos que
violan los derechos de estas comunidades y solicita a los Ministerios
de Agricultura y Desarrollo Rural, Interior y de Justicia y Ambiente,
Vivienda y Desarrollo Territorial, adelantar las acciones necesarias
para suspender de manera inmediata cualquier actividad de siembra de
palma africana y ganadería, al igual que ordenar la restitución
material del territorio colectivo por parte de las empresas señaladas
en el informe del Incoder.
Igualmente, exhorta a la Red de Solidaridad Social a propiciar de
manera inmediata un Plan Integral de Retorno de las comunidades
desplazadas de estos dos territorios bajo condiciones dignas y de
seguridad.
El Defensor reitera lo manifestado en el informe del Inconder, en
cuanto a la conveniencia de que las entidades financieras oficiales
como Finagro y el Banco Agrario, suspendan los desembolsos y nuevos
créditos para actividades relacionadas con la palma africana y
la
ganadería en los citados territorios.
Defensoría del Pueblo - Oficina de Prensa - Calle 55 10-32 - Tel.
3147300 (2229) - Fax. 6915100
Internet: http://www.defensoria.org.co - E Mail:
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Revista Semana / 310305
Denuncia La palma maldita
Un informe del Incoder revela cómo las comunidades negras del
Chocó
están perdiendo sus tierras ancestrales
Un grupo de empresarios, aprovechándose del desplazamiento por
la
guerra de algunas comunidades negras del Chocó, está ocupando
sus
tierras. Son más de 26.000 hectáreas, un área equivalente
al perímetro
urbano de Bogotá, que están utilizándose principalmente
para
agroindustrias de palma africana. La explosiva revelación está
contenida en un informe técnico del Grupo de Asuntos Étnicos
del
Incoder (Instituto Colombiano de Desarrollo Rural -antiguo Incora-)
que detalla cuál es la situación de los territorios colectivos
que la
Nación les dio a las comunidades de los ríos Curvaradó
y Jiguamiandó.
Estos territorios hacen parte del programa de reforma agraria más
grande que ha habido en el país en los últimos tiempos,
y que a
diciembre del año pasado había titulado cerca de cinco millones
de
hectáreas. Por ley, el país inició en 1996 la titulación
de grandes
extensiones a comunidades negras e indígenas al considerar que
históricamente estas tierras, antes consideradas baldías,
les
pertenecen. La característica fundamental de estos títulos
es que son
inembargables, imprescriptibles e inajenables, con el fin de
garantizar que siempre estén en manos de las comunidades. Es decir,
son legalmente intocables.
Sin embargo, según el informe, desde 2001 en el nororiente chocoano
un
grupo de empresarios ha utilizado algunas "estrategias" para
ocupar
"indebidamente" estos territorios de propiedad colectiva. El
alcance
de la ocupación es tal, que por ejemplo los caseríos de
Brisas en
Curvaradó y Nueva Esperanza, en Jiguamiandó, no pueden utilizar
el
camino tradicional que empleaban para abastecerse de alimentos,
combustibles y medicinas y al mismo tiempo comercializar sus
productos, pues estas tierras fueron ocupadas por los cultivos
privados. En otros casos los caminos fueron sustituidos por carreteras
a las que no pueden acceder las comunidades.
También poblaciones enteras que fueron desalojadas por la violencia
desa-parecieron bajo los cultivos de palma, sus construcciones fueron
destruidas y abandonadas, o se están repoblando con personas que
no
son de las comunidades negras. Según el documento, este es el caso
de
Costa de Oro, San José de Gegandó, No Hay Como Dios, Corobazal
y La
Laguna, entre otras poblaciones.
Del total de las tierras afectadas, cerca de 5.000 hectáreas ya
han
sido ocupadas por los empresarios y el resto está proyectado para
el
establecimiento de nuevos cultivos y para la ganadería. El informe
menciona a la empresa Urapalma, que a su vez es socia de Palmas S.A. y
Palmadó, como las que tienen el mayor volumen de este tipo de tierras.
También están Palmas de Curvaradó, Fregni Ochoa,
Selva Húmeda,
Asibicon, Palmas del Atrato y la empresa ganadera La Tukeka.
Las estrategias
En el documento se asegura que una modalidad para darle "visos de
legalidad a la indebida ocupación" ha sido la compraventa
de mejoras a
personas de la comunidad de manera individual. Para el Incoder, estos
contratos carecen de "validez jurídica" y "no dan
derecho al
adquiriente para ocupar y explotar las tierras" pues por ley las
áreas
que ocupe una familia sólo podrán cederse a otra de la misma
comunidad.
Una estrategia adicional con la que las empresas se han ido haciendo
a
las tierras es comprando los títulos de algunas familias que antes
de
la titulación colectiva habían logrado que se las adjudicaran.
Para la
entidad oficial esto representa una "contrarreforma agraria",
pues las
tierras que se habían dado a las familias más pobres quedan
en manos
de grandes terratenientes, algo que, asegura, "deja serias dudas
sobre
su validez jurídica".
También el Incoder pone reparos a los "contratos de usufructo"
que
algunas empresas dicen que han firmado con los consejos comunitarios
de estas comunidades. El informe dice que estos serían a 30, 40,
50 y
más años. Además no pudieron ser evaluados jurídicamente
pues los
empresarios que dijeron haberlos firmado no los mostraron. Sin
embargo, alerta a los organismos de control pues "en la práctica
podrían significar la legalización del despojo de las tierras
colectivas adjudicadas a estas comunidades".
Según lo han denunciado miembros de estas poblaciones, tras la
ocupación de algunas de estas tierras han estado grupos paramilitares
(ver Semana edición 1.152). Esta versión motivó a
la Comisión
Interamericana de Derechos Humanos de la Organización de Estados
Americanos a exigirle al gobierno que tome medidas de protección
para
sus miembros (ver recuadro).
Arturo Vega, director del Incoder, dijo a Semana que se tomarán
las
medidas policivas necesarias para devolver las tierras a sus reales
propietarios. Según él, más allá del informe,
lo que busca el gobierno
"es ser propositivo y darles sostenibilidad a estos territorios,
para
que haya progreso", y que una de esas alternativas es buscar alianzas
estratégicas entre los empresarios y las comunidades, con proyectos
productivos como los de palma, para lograr la pacificación del
país.
Los beneficios económicos que el capital pueda traer a una región
no
son el único objetivo que buscan las comunidades negras del Chocó.
Lo
que quieren es justicia. De ahí que no sólo la Fiscalía
tendrá que
evaluar si hay lugar o no a sanciones legales en los hechos que
denuncia el Incoder, sino que también entidades como la Procuraduría
y
la Superintendencia de Notariado y Registro deberán hacer su trabajo
y
explicarle al país cómo estas tierras han cambiado de dueños.
http://www.semana.com.co/
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Revista Semana / 070405
Los señores de las
tierras
Grupos paramilitares se están apoderando, a sangre y fuego, de
las
tierras más valiosas del país.Las víctimas están
desesperadas y no
tienen quien les devuelva su patrimonio.
Un hacendado de Zapayán, al sur del departamento del Magdalena,
le
pagó durante años al Bloque Norte de las Autodefensas Unidas
de
Colombia para que sus tres fincas fueran un lugar seguro para él
y su
familia. Técnicamente estaba siendo boleteado. Pero el hacendado
no
veía las cosas así. Para él, el dinero que entregaba
era una
contribución extralegal para asegurar su tranquilidad. Nada de
esto
contó en el momento en que uno de los comandantes de las autodefensas
se enamoró de las 1.000 hectáreas que tenían las
tres fincas juntas.
Presionó al hacendado para que se las escriturara. Éste
se negó a
hacerlo. Sus antiguos protectores lo mataron.
Este no es un caso aislado. Miembros de las autodefensas se han
adueñado a la fuerza o por medio de estrategias solapadas de miles
de
hectáreas de tierra en todo el país. Las víctimas
de esta práctica han
sido desde antiguos aliados hasta narcotraficantes, pasando por
campesinos que fueron beneficiados con tierras de la reforma agraria y
pequeños y medianos parceleros atrapados en medio del conflicto.
Campesinos desplazados del Cesar dicen que las autodefensas les dieron
entre uno y dos días para abandonar sus parcelas. Está documentado
el
caso de 961 familias a las que el Instituto Colombiano de Reforma
Agraria (Incora) les asignó fincas de 40 hectáreas en promedio.
Todas
fueron cedidas o vendidas bajo presión. En la Jagua de Ibirico,
al sur
del Cesar, varios campesinos fueron amenazados de muerte por miembros
del Bloque Central Bolívar. Asustados, no dudaron un segundo en
venderle sus tierras a un finquero de la zona, hermano de una
funcionaria de la administración local de ese momento, quien ante
su
drama muy comedidamente las compró."Nos tocó venderla
a precio de
huevo por el miedo que teníamos" dijo a Semana uno de los
campesinos
afectados. Luego se enteraron de que en sus tierras existían
yacimientos de carbón. En este departamento más de 38.000
hectáreas de
tierra cambiaron de manos en forma dudosa.
En el Chocó las comunidades negras que tenían títulos
colectivos en
Jiguamiandó y Curvaradó fueron desplazadas de sus propiedades
por
hombres del Bloque Élmer Cárdenas. Los que pudieron volver
encontraron
que en sus tierras se habían asentado empresas que estaban
desarrollando megaproyectos agrícolas. Los antiguos dueños
tuvieron
que emplearse como jornaleros para poder quedarse en lo que es suyo.
Hoy temen que los cultivadores les reclamen las mejoras que han hecho
en las tierras y los obliguen a cederles sus títulos. Estos son
algunos ejemplos de un fenómeno que no es nuevo y que se ha
incrementado en los últimos dos años en departamentos como
Antioquia,
Bolívar y en la zona de los Llanos Orientales. En el primero, aseguran
algunos propietarios, los paramilitares llegan en helicóptero con
un
mensaje perentorio: "Si no venden se mueren". En el oriente
la
situación ha llegado al extremo que unas autodefensas luchan con
otras
por este motivo. La familia Feliciano, por ejemplo, tuvo que recurrir
a un comandante paramilitar (ver recuadro de la página 228) para
protegerse de la expropiación a la que los sometió alias
'Martín
Llanos', comandante de las Autodefensas Campesinas del Casanare.
Lo paradójico es que, pese a ser una práctica reiterada,
no existe
casi información en registros oficiales sobre este tema. El problema
es que la gente no lleva estos casos ante la justicia por el temor que
produce el control paramilitar. Esto hace muy difícil cuantificar
este
delito. "Existe mucho miedo en la gente; por eso no existen denuncias,
pero no cabe duda de que eso está sucediendo", dice José
Félix
Lafaurie, superintendente de Notariado y Registro. Este funcionario
asegura que su despacho ha hecho un gran esfuerzo para modernizar los
190 círculos registrales y así superar la desarticulación
en la
información existente. Sin embargo el problema va más allá
de la
modernización. Según funcionarios de las Oficina de Notariado
y
Registro de los departamentos donde hay denuncias de usurpación
de
títulos, los jefes paramilitares hacen escrituras pero no las
registran para evitar que en un seguimiento judicial aparezcan sus
nombres o los de sus testaferros, porque en Notariado y Registro sigue
figurando el propietario original.
Semana consultó archivos del Incoder (Instituto Colombiano de
Desarrollo Rural), donde también se guarda la memoria del antiguo
Incora; los de la Red de Solidaridad, los del Instituto Geográfico
Agustín Codazzi (Igac), los de las oficinas de Notariado y Registro,
y
los de la Fiscalía. La información conjunta que hay en todos
estos no
permite elaborar un mapa nacional o una estadística general sobre
la
cantidad de hectáreas de tierra que han sido expropiadas a la fuerza
en los últimos años.
Nadie está a salvo
Durante años las autodefensas desplazaron a campesinos y pequeños
propietarios de sus tierras, y en su lugar establecieron personas que
fueran afectas a su causa. Esta estrategia les permitió crear extensos
cordones de seguridad y retaguardias en las que podían moverse
como
pez en el agua. De un tiempo para acá los grandes hacendados y
latifundistas, que en el pasado no dijeron nada ante estos excesos, se
han convertido también en víctimas de esta práctica.
Sus propiedades
pueden cumplir la misma función, pero en muchos casos la expropiación
armada se hace sólo por satisfacer la codicia y los caprichos de
algún
jefe paramilitar local envalentonado.
El abogado Antonio María Rivera Movilla tenía tres fincas,
con una
extensión total de 1.010 hectáreas, en Heredia, Magdalena;
Las
Mercedes, Tocaima y San José. Estas eran la envidia de la región.
Como
estaban rodeadas por dos ciénagas y dos caños, aun en tiempo
de sequía
disponían de suficiente pasto y agua para mantener las 1.810 reses
de
la familia. A las autodefensas les pagaban ocho millones de pesos
anuales por protección. En un comienzo les habían pedido
más, pero
habían regateado y llegado a un acuerdo: pagarían 8.000
pesos por
hectárea. En febrero del año pasado, alias 'Codazzi', quien
está al
frente de las autodefensas de la zona, quedó encantado con las
haciendas. Por medio de recados citó a Rivera con insistencia a
una
reunión. El abogado pensó que le iban a subir la cuota de
protección.
El 23 de febrero Rivera salió a encontrarse con 'Codazzi' y nunca
regresó. Algunos vecinos de la región dijeron que esa noche
vieron al
abogado, bastante golpeado, acompañado por un grupo de paramilitares
que pasó por una población. Versiones recogidas por la Fiscalía
revelaron que el abogado fue torturado hasta el amanecer. De esta
forma intentaron ablandarlo para que firmara la venta de sus
propiedades. Como no cedió a las pretensiones de sus captores fue
asesinado.
Dos semanas después del sepelio los herederos de las fincas comenzaron
a recibir mensajes de los paras en los que les decían: "Tienen
que
vender a quienes nosotros digamos y por el precio que nosotros
paguemos". Atemorizados solicitaron ayuda y protección al
Ejército. El
comandante del batallón que tiene a su cargo esa jurisdicción
dijo que
no podía hacer nada. No tenía personal ni recursos suficientes,
y "por
disposición del gobierno nacional la prioridad actual son las
operaciones tendientes a restablecer el control del orden público
en
la Sierra Nevada de Santa Marta" (ver facsímil). Los uniformados
les
recomendaron acudir a la Policía, que tampoco hizo nada. Los
paramilitares comenzaron a buscarlos. Los Rivera sobrevivientes se
escondieron, mientras que las fincas fueron saqueadas durante varios
días. Las reses y maquinaria agrícola desaparecieron como
por arte de
magia, como si se las hubieran tragado las ciénagas. Y pese a las
evidencias la investigación aún se encuentra en etapa preliminar
en la
Fiscalía. Es decir, que formalmente no se ha abierto un caso.
Los narcotraficantes, que por momentos han actuado como aliados de los
paramilitares, tampoco se han salvado de la expropiación. Semana
se
enteró de la pelea que hay entre los herederos de un importante
narco
antioqueño asesinado y el testaferro a quien le habían escriturado
una
finca de 2.500 hectáreas en el Magdalena Medio. Este se alió
con un
comandante del Bloque Centauros, que opera en la zona, quien a cambio
de la mitad de la propiedad le garantizó que los herederos del
narcotraficante no lo sacarían. En casos como este, con tanto en
juego, la violencia no es un recurso extremo sino el medio usual de
lograr sus propósitos. Un campesino antioqueño, por ejemplo,
huyó a
Medellín para evitar que lo forzaran a vender. Los paramilitares
lo
localizaron allá y le cortaron el dedo índice para imprimir
la huella
en los documentos de propiedad falsificados con los que hicieron el
traspaso.
Lo sorprendente es que el propio Estado ha sido víctima de los
paramilitares. La Dirección Nacional de Estupefacientes (DNE) logró
que se adelantara un proceso de extinción de dominio de la finca
Casa
Verde, una hacienda de 1.800 hectáreas en el Urabá antioqueño,
perteneciente al narcotraficante hondureño Raúl Matta Ballesteros.
La
propiedad quedó en manos de la DNE y al poco tiempo fue invadida
por
2.500 personas. Las autoridades creen que este grupo fue impulsado por
paramilitares bajo el mando de 'el Alemán'. Este, en opinión
de los
organismos de seguridad, quiere controlar la finca para aprovechar los
siete kilómetros de costa que tiene sobre el golfo de Morrosquillo
para el tráfico ilegal de armas y de drogas. Este es el típico
ejemplo
de cómo la usurpación de tierras en ocasiones sigue intereses
que no
son exclusivamente militares (ver recuadro).
Solapados y sutiles
Como la violencia genera tanto ruido y puede causarles molestias
futuras, los paramilitares se han ingeniado formas más sutiles
de
expropiar las tierras que les interesan. Una es intimidando al
propietario para convencerlo de la conveniencia de recibir un precio
inferior al comercial. En Curumaní, Cesar, a un ganadero le dieron
sólo 10 millones de pesos por una finca de 180 hectáreas
y 200 cabezas
de ganado. Otra forma es coaccionar a los dueños para que nombren
como
mayordomos a hombres de confianza de los paramilitares. El paso
siguiente es advertirles que han desmejorado las condiciones de
seguridad en la zona y que ellos se tomarán la molestia y el riesgo
de
administrarla bajo sus propias condiciones.
Hace tres años en la finca El Picacho, ubicada en el corregimiento
de
El Calabazo, en la falda de la Sierra Nevada de Santa Marta, se estaba
llevando a cabo un proyecto de reforestación y siembra de cacao.
El administrador de la hacienda de entonces, según las denuncias
que
se presentaron ante las autoridades, permitió que paramilitares,
supuestamente al servicio de Hernán Giraldo y Pacho Musso, la
invadieran y sembraran coca. Cuando la Fiscalía fue a verificar
la
existencia de cultivos ilícitos, el administrador los llevó
a otra
zona que estaba limpia. A los pocos días, el 6 de febrero de 2001,
Julio Enríquez, el dueño de la propiedad, fue secuestrado
cuando
estaba reunido en la región con varios líderes comunitarios.
Hasta hoy
se desconoce su paradero.
Con los propietarios de tierras entregadas por el Incora el raponazo
es más sofisticado. Como estas parcelas no pueden ser vendidas,
porque
un 70 por ciento de ellas fue comprado con aportes de la Nación,
los
paramilitares obligan a los campesinos a firmar hipotecas ficticias y
como los créditos nunca logran ser pagados a tiempo, estos se ven
obligados a entregar sus escrituras. Para esto los miembros de las
autodefensas cuentan en ocasiones con la complicidad de autoridades
locales o funcionarios notariales.
En el municipio de El Difícil, Magdalena, es un secreto a voces
que el
paramilitar conocido con el alias de 'El Grillo' ordenó el asesinato
de varios campesinos que se negaron a venderle sus tierras. Testigos
de sus actividades le contaron a Semana que funcionarios de la zona le
colaboraron para hacer escrituras falsas de las propiedades de los
muertos. Aseguran que incluso algunos de estos le sirvieron de
testaferros, lo mismo que el hermano de un congresista costeño
a quien
nadie se atreve a identificar. El 7 de diciembre pasado, cuando 'El
Grillo' intentó expropiar las tierras de un importante ganadero
de la
zona, el tiro le salió por la culata y fue asesinado.
El Incoder ha intentado proteger a los parceleros beneficiarios del
antiguo Incora. El Instituto, con la denuncia de quien haya sido
expropiado, puede advertir a la oficina de registro para que invalide
o impida cualquier transacción sobre este predio. Arturo Vega,
director del Incoder, se muestra confiado al respecto porque las
tierras que entregó el Incora están protegidas hasta 12
años después
de su adjudicación y porque no conoce denuncias sobre usurpación
de
títulos. Eso es, en su opinión, un tema policivo que no
les compete a
ellos. No conoce denuncias porque los campesinos no las hacen por
miedo a los paramilitares y así pierden sus tierras.
En algunos casos la justicia ha podido vincular alcaldes al delito de
robo de tierra. En enero de 2003 la jueza Marilis Hinojosa Suárez,
de
Becerril, Cesar, fue asesinada por cuatro hombres que la esperaban en
un paraje rural de este municipio. La Fiscalía cree que algunas
decisiones de la jueza estaban impidiéndoles a los paramilitares
apropiarse de unos terrenos donde hay unas minas de carbón. A la
investigación por este caso fueron vinculados, por asesinato y
concierto para delinquir, dos alcaldes de municipios cercanos y varios
comandantes paramilitares: 'Papá Tovar', 'Cebolla', 'Chitiva',
'Gaby',
'Roque' y 'Samario'. En julio de 2003 más de 20 personas fueron
capturadas por estos hechos.
Mención aparte merece el caso de Chocó. En la costa Pacífica
hay
2.915.000 hectáreas de tierra que por ley le pertenecen a las
comunidades afroamericanas. Estas propiedades tienen títulos
colectivos que son inembargables, inalienables e imprescriptibles. Es
decir que, legalmente, son intocables. De este total, 79.973 hectáreas
le pertenecen a las 515 familias que viven en Curbaradó o integran
el
Consejo Comunitario de Jiguamiandó. Pero una cosa es lo que dice
el
papel y otra muy distinta lo que sucede en la realidad. Las
comunidades han denunciado que los paramilitares los desplazaron de
sus territorios y que al regresar los han colocado en la disyuntiva de
jornalear para ellos o volverse a ir. La situación es tan delicada
que
ameritó un pronunciamiento de la Comisión Interamericana
de Derechos
Humanos (Cidh) de la Organización de Estados Americanos (OEA).
Esta le
exige al gobierno que tome cartas en el asunto a la mayor brevedad.
En marzo del año pasado, la Cidh reportó testimonios de
miembros de la
comunidad de Urabá según los cuales fueron cercados por
unos 160
paramilitares, quienes les advirtieron que "se dedicaran al cultivo
de
palma y coca o que salieran de sus tierras". La Comisión también
registró el caso de una familia que al regresar a su tierra, a
inicios
del año pasado, "fueron detenidos y golpeados por hombres
armados
vestidos de camuflado", aseguran sus miembros. Al liberarlos les
dijeron: "Necesitamos gente para trabajar en el proyecto de palma
(.)
Ustedes han tomado la decisión de regresar, ustedes ya saben que
tienen riesgo". Como en este caso existe un pleito entre las
comunidades y los industriales para definir si efectivamente hubo o
hay tierras colectivas invadidas, o si estas fueron compradas
legalmente con anterioridad, Semana se reserva el nombre de las
empresas palmicultoras denunciadas para no afectar las investigaciones.
Desamparo y no futuro
La reacción del Estado para evitar que miembros de grupos armados
usurpen los títulos de las tierras ha sido tímida. Existe
una ley de
1997 que permite que se congelen las transacciones sobre los predios
que están en zona de conflicto y que en caso de que las tierras
hayan
sido usurpadas o vendidas bajo presión, así se hayan firmado
escrituras, los títulos puedan volver a sus originales propietarios.
Este gobierno emitió además una nueva ley de extinción
de dominio,
aplicada a todos los bienes adquiridos ilegalmente, que aún no
ha sido
aplicada a ninguna propiedad usurpada por los grupos armados. Carlos
Gustavo Cano, ministro de Agricultura, confía en que esta ley dé
resultados: "Para este cuatrienio proyectamos entregarle a los
campesinos 150.000 hectáreas de tierras expropiadas". Pero
el proceso
ha sufrido retrasos y es probable que esta meta no se cumpla. Sólo
hasta la semana pasada comenzó a operar este mecanismo con la entrega
a 61 familias campesinas de 600 hectáreas de la finca El Japón,
ubicada en el Magdalena Medio, y cuyo propietario era el
narcotraficante Jairo Correa Alzate.
En la práctica para poner en marcha los mecanismos de protección
de
los títulos de las tierras, es necesario que el Comité Departamental
de Atención a la Población Desplazada, del que hacen parte
las
autoridades locales, dicte una 'declaratoria de riesgo' o de
'desplazamiento'. Ésta se presenta ante las oficinas de Notariado
y
Registro, y con este documento queda prohibido hacer transacciones con
las tierras en los municipios que ella determine. Este mecanismo se ha
tratado de utilizar en la zona del Catatumbo (Norte de Santander), en
San Carlos (nororiente de Antioquia) y en Landázuri (Santander)
ante
la posibilidad de que fueran robados los títulos de propiedad.
Sin
embargo, la ausencia de claridad sobre cómo desarrollar estas medidas
ha provocado inconvenientes a otros predios que van a ser vendidos sin
ningún tipo de coacción de por medio. Quienes han conocido
de cerca
estos procesos dicen que sólo en Landazuri la declaratoria ha servido,
mientras que en los otros dos sitios el proceso ha quedado a medias.
Las instituciones que tienen que ver con el problema, como el
Ministerio de Agricultura, el Incoder, el Catastro, la
Superintendencia de Notariado y Registro y la Procuraduría, muchas
veces no tienen los recursos adecuados para ejercer el control que
deberían. Otras no tienen dientes y, en algunas ocasiones, a pesar
de
que existen funcionarios dispuestos a cumplir con su deber, el riesgo
que corren es demasiado alto. No obstante, en algunos casos, la
autoridades algo han podido hacer.
Adriana Guillén, procuradora para Asuntos Agrarios, dice que su
oficina ha desempeñado un papel fundamental en el caso chocoano
porque
han logrado dejar sin valor documentos de venta sobre tierras
colectivas que algunos nativos les firmaron a empresarios. La Red de
Solidaridad, por su parte, adelanta con la ayuda de organismos
multilaterales un proyecto para diseñar metodologías más
precisas para
inventariar las tierras que están en medio del conflicto. Es posible
que algunos de los esfuerzos institucionales aquí mencionados estén
impidiendo un robo de tierras aún más descarado, e incluso
puede que
logren que ciertas víctimas puedan recuperar las suyas. Pero el
grueso
de los abusos y las expropiaciones ilegales continúa, y todo parece
indicar que continuará, en la impunidad. La última posibilidad
para
frenar y echar para atrás esta pararreforma agraria es la mesa
de
diálogo entre estos grupos y el gobierno.
En teoría Luis Carlos Restrepo, alto comisionado para la Paz,
tiene
clara su posición respecto a este tema: "No estamos dispuestos
a
negociar en la mesa sobre tierras mal habidas. Todas ellas serán
expropiadas y destinadas a programas sociales". Sin embargo en las
propuestas de la ley de alternatividad penal esta idea no tiene la
misma fuerza de los pronunciamientos. "Son demasiado débiles",
dice al
respecto Michael Frühling, Alto Comisionado para los Derechos Humanos
de las Naciones Unidas.
En la práctica es muy factible que la restitución de las
tierras no
ocurra y que los jefes paramilitares, después de resolver su situación
jurídica, registren las escrituras que tenían guardadas
debajo del
colchón, paguen una multa y de esta forma logren legalizar títulos
a
su nombre, usurpados a otros por medio de la fuerza de las armas. Esto
ya sucedió una vez y la historia ha demostrado que se repite porque
no
se conoce a fondo. En la época de la Violencia, a mediados del
siglo
XX, se calcula que cambiaron de dueño más de dos millones
de hectáreas
en formas no muy claras. Así las cosas, la comisión de la
verdad que
contempla el proyecto de ley de alternatividad penal debería escuchar
a los cientos de víctimas de todo el país y, si algún
día se logra
hacer un listado de todos los robos, exigir en la mesa de negociación
que se devuelvan las tierras robadas a sus legítimos propietarios
como
un paso obligado para que la sociedad los perdone".
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