Plegaria muda
basada en articulo de Guillermo González Uribe-El Espectador.
Doris Salcedo Tras la memoria de los vencidos. El
14 de junio recibió el Premio Velázquez en el Museo del Prado de
Madrid. Salcedo destacó que el galardón era un reconocimiento a las
víctimas de la violencia política en Colombia.
Huele
a tierra. Al entrar en su estudio, huele a tierra. Avanzo y veo
recipientes rectangulares sobre los que trabajan varias personas. Algo
me inquieta. Husmeo. La grúa levanta una de esas extrañas cajas
rodeadas de tierra. Me recorre un escalofrío. Me acerco más. Parecen
ataúdes. Encima y debajo de cada uno de los que están terminados hay
mesas de madera, y de ellas afloran nacimientos de pasto vivo. Todo
está marcado, señalizado. Allí, una máquina mezcla cemento con tierra.
Otro operario está concentrado sobre el complejo mecanismo interno de
cada ataúd. Esto parece más una obra de construcción que el estudio de
una artista. Ayudada por otro de los trabajadores, Doris se sube en una
tarima y de un juego de largas palas va escogiendo la más apropiada
para recortar desde lo alto la tierra que recubre uno de los
rectángulos. Son 164 piezas, semejantes pero diferentes, las que
conforman Plegaria muda, la nueva obra de Doris Salcedo.
¿Qué significa para una madre abrir una fosa y ver que en la imagen terrible de la muerte debe tratar de reconocer a su hijo?,
reflexiona la artista. Pese a todo, la vida prevalece. Por entre las
tablas de las casas abandonadas en los pueblos desalojados y saqueados
por los paramilitares, crece vegetación; de todas formas la vida se
abre paso de nuevo.
Es la obra con apariencia más natural pero
la más compleja —aunque todo es artificial, debe parecer verdadero;
cada pieza tiene un plano específico y cada elemento, cálculos
milimétricos— construida por esta colombiana, reconocida como una de
las más importantes artistas plásticas del mundo, quien hace cinco
meses ganó el Premio Velázquez en España, y viene de exponer sus
trabajos en prestigiosas salas: el Moma de Nueva York, la Tate Modern
de Londres, el Instituto de Arte de Chicago y el Reina Sofía de Madrid.
Al recibir el premio, en el Museo del Prado de Madrid, parada debajo de Las meninas de Velázquez, dijo que ese galardón es un reconocimiento a las víctimas de la violencia política.
Frente a ella, los príncipes de España, artistas e invitados
especiales. Ningún representante del gobierno colombiano, por petición
de la propia Doris, la primera mujer y el primer colombiano que obtiene
este galardón, concedido antes a artistas como los españoles Antoni
Tàpies, Antoni Muntadas y Antonio López, el mexicano Juan Soriano y el
brasileño Cildo Meireles.
Plegaria muda
se presentará por primera vez en el Muac de México el 8 de abril de
2011. De allí, irá al Museo de Arte Moderno de Suecia y a la Fundación
Gulbenkian de Lisboa. Pasa luego al Maxxi de Roma, al White Cube de
Londres y a la Pinacoteca de São Paulo. Posteriormente estará en el
Museo de Arte Contemporáneo de Chicago y en el Museo de Arte Moderno de
San Francisco. Estará viajando cerca de cuatro años. ¿Y en Colombia? A
ella le habría encantado mostrarla, pero una importante institución
cultural la rechazó; canceló la exposición.
La obra
Doris
Salcedo se toma entre dos y tres años para dar vida a una nueva obra.
Luego de su polémico trabajo en la Tate de Londres, esa grieta que
abrió en el corazón de Europa, se dedicó de lleno a investigar sobre los desaparecidos.
Comenzó en octubre de 2008. Posteriormente trabajó sola hasta tener la
idea clara; ella concibe la obra y la dibuja. Luego inició la labor con
su equipo, al que considera extraordinario —algunos llevan con ella más
de trece años—, y empezaron a hacer experimentos con los materiales. Se
trata de encontrar la forma de llevar a la práctica lo que ella
imagina. Su equipo es interdisciplinario, aunque la mayoría son
arquitectos, y en esta ocasión buscaron asesores en el campo de la
biología y la agronomía, puesto que es la primera vez que trabaja con
materiales orgánicos. En la zona del estudio, en Bogotá, hay cinco
bodegas que guardan las piezas, de tamaño natural —humano—, que van
saliendo del estudio de la escultora. El pasto que crece dentro de la
obra no puede cruzar fronteras, así que hay que sembrarlo en cada país,
en cada exposición, entonces el equipo viajará con el fin de adelantar
el mismo proceso para cada muestra. Es una especie de ritual funerario
—dice la artista, mientras su vista se fija en el vacío—, el que le ha
sido negado a tanta gente, a todos los desaparecidos.
Es importante mostrar la fosa, afirma. Si pensamos en los muchachos de Soacha, por ejemplo, los jóvenes de las ejecuciones extrajudiciales,
son personas que no tuvieron espacio cuando estaban vivos y tampoco
cuando estaban muertos. Ella quiere mostrar esa falta de espacio y el
hecho de que para sus familiares el tiempo no pasa. El tiempo del
suplicio, el tiempo de la tortura, el tiempo del dolor es un tiempo
suspendido.
Las heridas y el tiempo
Doris
no cree en la idea de que el tiempo pasa y cierra las heridas: la
herida está ahí, la fosa está ahí, el dolor está ahí. Eventualmente,
podría empezar a cerrarse una herida si hubiera justicia, pero frente a la impunidad, ¿cómo puede cerrarse la herida? La sociedad no puede ofender a la víctima dos veces; primero se permite que la asesinen y luego se les exige a los familiares que olviden.
Hay una historia reprimida que nadie quiere oír; hay que volver al
pasado y replantear la historia, no en los términos que le convengan a
una determinada sociedad, sino en los términos de las víctimas, y
escucharlas.
Su análisis se adentra en la soledad. Lo que
caracteriza a las víctimas es que están solas. Nadie las acompañó
mientras las asesinaban; es su soledad la que los determina como
víctimas, y en este momento sus familiares siguen solos. El deber es
acompañarlos en ese momento, en el momento suspendido del dolor, en el
momento suspendido del suplicio, porque en muchísimos casos de
desaparición existe el suplicio. Recuperar su historia, que de paso es
la de una generación que durante toda su existencia ha presenciado que
ha ocurrido esto, y sigue ocurriendo; es que también es nuestra vida;
no nos podemos hacer los locos. Tenemos que conocer la historia para
acompañar a las víctimas; tener una mirada menos egoísta: es para estar
con ellos en ese tiempo suspendido. Doris mira fijamente a los ojos y
refleja el dramatismo de sus ideas.
Lo sagrado
Un
esbozo de esperanza se le dibuja en el rostro cuando hablamos de lo
sagrado. Piensa que es lo que nos hace falta, y donde el arte puede
entrar a actuar. Todas estas personas han sido asesinadas, no como
seres humanos, sino que se ha tratado de bestializarlos. De
hecho en Colombia, en particular en los últimos veinte años, vemos cómo
se han utilizado técnicas que en otra época estarían para el manejo de
animales, y los paramilitares se apropian de ellas para tratar los
cuerpos de los seres humanos. Por eso Doris considera que la
tarea de un artista es devolver a la esfera de lo sagrado esos seres
que han sido bestializados.
Las obras deben tener esas
características sagradas en el sentido de recuperar lo humano. No habla
de lo sagrado necesariamente desde lo convencional religioso o
católico, pero sí desde devolverle esa dimensión enorme de la totalidad
del esplendor de una vida: deberíamos devolverlo en la obra de arte,
debería quedar ahí.
|  Doris Salcedo recibiendo el premio





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