TRES
AÑOS SIN LUCIANO.
Esa
tarde del 11 de septiembre del 2005 el sol se prodigaba sobre el
gentío chiringuero de las fiestas de San Mateo y Oviedo apuraba
los últimos días del verano convidando con sidra a
un pequeño grupo de refugiados colombianos que recordaban
su tierra en los sones cubanos y en uno que otro aire vallenato
que llegaba revuelto con los pitos de las gaitas acezantes.
La noticia de que esa mañana en Valledupar habían
asesinado a Luciano Romero Molina, cayó de repente como una
nube negra sobre los amigos del sindicalista que había regresado
desde Asturias a su tierra caribe medio año antes. En la
memoria cada quién buscó imágenes del compañero,
su risa, los momentos compartidos y alguna cosa que presagiase la
tormenta. “Sólo temo que mis mujeres queden solas”,
me dijo Luciano al oído en el aeropuerto del Ranón,
refiriéndose a su esposa, a su madre y sus tres hijas.
El crimen destrozó a su familia y desató la indignación
de muchas personas de la Asturias solidaria. Dos veranos más
pasaron por Oviedo, tres años después, en las tierras
de El Dorado, sigue el baile de la muerte.
Los
planes de exterminio contra el movimiento sindical se cumplen con
trágico rigor en la “democracia más estable
de América”. En ese breve lapso 222 sindicalistas más
de nuestra Central Unitaria de Trabajadores, CUT, han sido asesinados,
40 sólo en los primeros ocho meses de este año, algunos,
como hicieron con Luciano, fueron amarrados, literalmente convertidos
en un colador -pasados a cuchillo-, para ocultar que son crímenes
políticos, para desviar las investigaciones y que sean sumados
a las estadísticas de los homicidios cometidos por la delincuencia
común.
Es que a veces las cifras de asesinados, los ríos de sangre
de los sindicalistas colombianos alarman fugazmente a las sociedades
y gobiernos de un mundo indolente, en el que pesan más los
negocios que los derechos humanos. Así, el Congreso de los
Estados Unidos –país que vende las armas con que los
paramilitares y sus aliados en la fuerza pública asesinan
sindicalistas- ordena detener la firma del tratado de libre comercio
hasta que el gobierno Colombiano resuelva el problema de la violencia
contra los sindicalistas. Y esta Unión Europea, tan políticamente
correcta y que pretende otro tratado comercial con Colombia, aún
no hace lo propio, a pesar de que no le queda bien firmar negocios
sobre sangre fresca.
La OIT se cansó decir que Colombia es el país más
peligroso del mundo para los sindicalistas y montó una oficina
de observación permanente en Bogotá. La ONU repite
cada año sus recomendaciones al gobierno colombiano para
que proteja a los sindicalistas, como una letanía inútil.
La gente marcada sigue cayendo y Asturias recibiendo perseguidos.
Van 51 y la noche… no acaba.
¿Quién mató a Luciano, quiénes ordenan
estas muertes? Esas fueron las preguntas que Rafael Palacios, entonces
director de la Agencia Asturiana de Cooperación, le formuló
durante la segunda visita de verificación del estado de los
derechos humanos al Fiscal General de Colombia.
La
respuesta del alto funcionario fue que era un crimen pasional; un
tiempo después dijeron que fue por ser guerrillero y para
“probarlo” la policía secreta consiguió
un testimonio sometiendo a torturas a una persona allegada a Luciano.
Pero el montaje se les cayó completo. La solidaridad internacional
obligó a investigar, un poco. Luciano era sindicalista, defensor
de los derechos de los presos políticos, denunciaba con valor
los abusos cometidos contra los obreros de su región por
las empresas multinacionales, especialmente las del sector de alimentos.
Luciano no era combatiente, nunca lo fue. La Justicia tuvo que detener
a algunos de los autores materiales quienes confesaron el crimen
y el burdo montaje oficial para ocultarlo. Los asesinos resultaron
ser miembros de los grupos paramilitares comandados por alias Jorge
40, narcotraficante extraditado hace pocos días por el gobierno
colombiano a Estados Unidos, país donde sólo responderá
por cargos de tráfico de drogas, no por el crimen de Luciano…
de centenares de Lucianos.
Pero ¿quiénes están detrás de Jorge
40 y de los demás jefes narcoparamilitares tan especialmente
protegidos, tan benévolamente tratados por la justicia colomboestadinense
y por el gobierno de Álvaro Uribe Vélez?, ¿Quiénes
se benefician con la muerte de tantos sindicalistas?. Esas preguntas
acechan, como la muerte, como la impunidad. Esas y otras preguntas
las compartimos con los lectores y con nuestros amigos astures que
se niegan a mirar para otro lado ante el horror, a pesar de las
fiestas en este verano que se acaba, para que algún día
en nuestra tierra cese la larga noche que hoy parece no tener final.
COLECTIVO DE COLOMBIANOS REFUGIADOS EN ASTURIAS “Luciano Romero
Molina”
http://www.pachakuti.org/textos/hemeroteca/2007_2/luciano_07.html
http://www.pachakuti.org/textos/hemeroteca/2007_2/luciano_inmemorian.html
http://www.pachakuti.org/textos/hemeroteca/2006_2/video_luciano.html
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