complementando el libro Nos Matan y No es Noticia
http://www.semana.com/noticias-on-line/aquel-1997-ano-paramilitar-salvatore-mancuso-entro-brigada-militar/100470.aspx
Fue
un año duro. Cientos de víctimas de la violencia recuerdan 1997 como un
año doloroso. Las masacres y asesinatos selectivos ocurrían en las
calles de Medellín, a plena luz del día, o en apartadas regiones
rurales, en la oscuridad de la noche. ¿Quién estuvo detrás de aquellos
crímenes? Parte de la verdad empezó a ser revelada esta semana por el
comandante desmovilizado de las Autodefensas Unidas de Colombia, AUC,
Salvatore Mancuso, ante un fiscal de la unidad de Justicia y Paz.
Aquel 1997, año en que el paramilitar Salvatore Mancuso entró a una brigada militar Por Juan Esteban Mejía Upegui
El
general Alfonso Manosalva, señalado por Salvatore Mancuso como el
oficial del Ejército Nacional que ideó la masacre de El Aro. (Foto:
Archivo SEMANA)
JUDICIAL Según la confesión del ex jefe
paramilitar, él estuvo en la sede de la IV Brigada planeando con el
general Alfonso Manosalva la ejecución de la masacre de El Aro. ¿Qué
pasaba en Medellín y en Antioquia durante aquel año? Jueves 18 Enero 2007
Según
su testimonio, él mismo estuvo en la sede de la IV Brigada planeando
con el general Alfonso Manosalva las masacres que llenaron de dolor al
país. El oficial del Ejército Nacional, por aquella época, era el
máximo comandante de esta unidad militar. Mancuso contó que en concreto
ideó con él el asesinato colectivo de El Aro, y que la identidad de
otras víctimas en otras regiones del departamento también fue
suministrada por el general ya fallecido. Algunos de los
personajes de la vida política y militar de la ciudad y del
departamento de aquel año alcanzaron luego papeles protagónicos a
escala nacional. El gobernador de Antioquia en ese momento era Álvaro
Uribe Vélez, hoy Presidente de la República. El secretario de Gobierno
era Pedro Juan Moreno, una figura polémica sobre la que gravitó siempre
una imagen de hombre duro. Precisamente, en una entrevista
con María Isabel Rueda en SEMANA sorprendió cuando esta le preguntó a
Moreno por qué tenía “una imagen como de mano negra de extrema
derecha”, a lo que respondió que era por los inventos de los
periodistas. Luego, cuando la entrevistadora le dice que si no se
siente mal de que Uribe no lo hubiera tenido en cuenta para la campaña
presidencial, dijo: “Hablé con Uribe y le dije que no quería meterme en
su campaña, porque tengo fama de matón, de loco, de atravesado”. La
periodista le contrapregunta: “¿Y sí la tiene?”. Y él responde: “Me
importa un pito. Ni me choca. Me la han construido. Y le dije: Vos con
esa fama de paraco, ¿y otro paraco ahí metido? ¡Quedamos jodidos! Dos
paracos no riman”. Sin embargo, el ex secretario de
Gobierno falleció en un accidente aéreo, por lo que tampoco puede
declarar cómo era el comportamiento del general Manosalva en aquel 1997
ni que relación trabó con él. Generales en la mira
El
oficial no era el único cuestionado por diversas organizaciones de la
época. En la conflictiva región de Urabá, el responsable militar era el
general Rito Alejo del Río, que posteriormente también fue señalado
tanto nacional como internacionalmente de claro violador de los
derechos humanos. Del Río se desempeñó como comandante de
la Brigada XVII desde diciembre de 1995 hasta diciembre de 1997. La
unidad dirigida por Del Río tiene sede en Carepa. En este
y otros municipios empezaron por aquel año a impulsarse las Convivir,
que dirigía el gobernador Álvaro Uribe. La idea del entonces joven
político era la de que la población civil armada –en colaboración con
la Fuerza Pública– hiciera rondas para protegerse de los azotes de la
guerrilla. Mancuso ha dicho en otras ocasiones que en
realidad su primer vínculo con las armas lo tuvo con las Convivir, a
las que él ingresó para defenderse, según él, de las agresiones de que
era víctima por parte de la guerrilla. Las Convivir, que luego fueron
declaradas ilegales, ocasionaron en su momento gran polémica. La
entonces alcaldesa de Apartadó, Gloria Cuartas, se mostró en contra
pero recibió un llamado de atención del entonces mano derecha de Uribe,
Pedro Juan Moreno, quien públicamente la acusó de “albergar ideas pro
guerrilla”, según la organización Human Rights Watch. Por
la masacre de El Aro, Mancuso ya fue condenado. El hecho sangriento
ocurrió en este lugar del municipio antioqueño de Ituango entre el 22 y
el 26 de octubre de 1997. A esa zona llegó un grupo de paramilitares
con una lista de 15 personas que fueron matando una a una delante de
todo el pueblo. En otras zonas de Antioquia, ese año hubo
150 hechos violentos en diferentes municipios que se les atribuyen a
los paramilitares. Sus víctimas solían ser personas que ellos
sindicaban de guerrilleros y personas que consideraban supuestos
auxiliadores de las Farc y el ELN, sindicalistas, líderes de izquierda
y candidatos a puestos de elección pública que no estuvieran vinculados
a los partidos tradicionales. Las maneras de deshacerse de
ellos eran muy variadas. Solían asesinarlos a bala, con decapitaciones
y torturas. Para ello contaban con facilidades de transporte. Se les
veía por zonas urbanas y rurales en automóviles, vehículos de carga
pesada, motocicletas y hasta a pie. Se movían como dueños y señores por
diversos municipios antioqueños. Y no era para menos. Todo estaba a
merced de sus crímenes. Información Relacionada Artículos
* Texto del 'acuerdo de Ralito' * Estas son las 336 víctimas del ex paramilitar * Monumental escándalo por revelaciones de Salvatore Mancuso sobre masacres planeadas con militares de alto rango
Expansión del miedo
Esa
condición la lograron por el temor que infundieron. Cada muerte en sus
manos era la oportunidad para expandir el temor que querían provocar.
Aquel
año de 1997 el departamento, por ejemplo, conoció el horror en las
formas de matar. Ese fue el caso con la muerte de José Jairo Blandón,
Darío de Jesús Londoño y Luis Fernando Rodríguez, cuatro campesinos que
mataron en el municipio de Betulia, en Antioquia.
Luego de
acabar con sus vidas, los paramilitares le echaron un químico que les
desprendió la piel. Cuando los encontraron, los cuerpos estaban en
condiciones temibles.
Los crímenes eran cometidos en cualquier
parte. Solían matar gente en establecimientos públicos, inspecciones de
policía, fincas, parques y carreteras. Para cometer sus acciones
sangrientas, no había límites. Ni siquiera se salvaban los despachos
públicos. La muerte de Margarita Guzmán, secretaria de la inspección de
policía de Segovia, se produjo precisamente en su oficina en el Palacio
Municipal.
Todo eso hablaba de que su ley era la del terror.
Nadie decía nada mientras su organización cada vez se hacía más
completa y les permitía estar en todas partes al mismo tiempo. Nada se
les podía escapar.
Así lo evidencia lo que le ocurrió a un
indígena, precisamente en 1997. El nativo había resultado herido en un
tiroteo que hicieron los paramilitares en el municipio de Yondó. Lo
llevaron al hospital de Puerto Berrío, pero no lo atendieron. Así que
lo iban a trasladar en ambulancia hasta Medellín.
Su vida pudo
salvarse de no haber sido porque la ambulancia fue interceptada más
adelante por otro grupo de paramilitares, quienes ya sabían que allí
viajaba el indígena con su hermano. Los hicieron bajar a ambos y los
mataron.
Quizá parte del éxito de sus operaciones y de la
coordinación para desarrollarlas se debe al equipo que solían hacer con
la fuerza pública y los organismos judiciales, tal y como lo declaró
Mancuso.
Fosas en la carretera
Fuera
de él, el libro Deuda con la humanidad, que recopila los crímenes
hechos por los paramilitares desde 1988 hasta 2003, da cuenta de esa
cercanía. Según el texto, en el municipio de Apartadó, Antioquia, los
paramilitares mataron a cuatro personas el 28 de febrero de 1997. Los
cuerpos fueron enterrados en una fosa común al borde de una carretera.
La
Fiscalía y la fuerza pública se negaron a hacer el levantamiento
respectivo, a pesar de que la alcaldesa Gloria Cuartas rogó para que se
hiciera la diligencia.
Sólo cuando ella amenazó con
denunciarlos, un grupo de miembros de la fuerza pública y miembros de
la Fiscalía se desplazó hasta la fosa, “donde había un gran número de
paramilitares con quienes se saludaron efusivamente dándose el trato de
‘primos’ ”.
Así las cosas, los paramilitares no tenían por qué
ocultar sus actos delictivos. Al contrario, hacían lo posible por dar
cuenta de sus escalofriantes crímenes. Por eso les pintaron las letras
Accu (que significan Autodefensas Campesinas de Córdoba y Urabá) a
cuatro cadáveres que habían dejado en la vía que de Medellín conduce al
municipio de San Pedro.
Todas esas muertes ocurrieron en 1997, el mismo año en que el general Alfonso Manosalva era comandante de la Cuarta Brigada.
Con
sus declaraciones, el jefe paramilitar Salvatore Mancuso puso el dedo
en la llaga. El actual comandante de las Fuerzas Militares, general
Fredy Padilla, ha insistido en que jamás ha habido una directriz
institucional para trabajar en conjunto con los grupos paramilitares. Si
es cierto que la Ley de Justicia y Paz funciona, vendrán sin duda una
serie de revelaciones que darán cuenta de que el paramilitarismo está
lleno de amistades peligrosas.
/// VERDADABIERTA.COM
'Paras'
contaron cómo infiltraron la Universidad Popular del CesarDe acuerdo
con versiones de ex paramilitares, los tentáculos de 'Jorge 40'
llegaron hasta la Rectoría de la Universidad Popular del Cesar. Varios
desmovilizados de un frente del Bloque Norte de las Auc, le contaron a
la Fiscalía cómo supuestamente infiltraron entidades estatales en
Cesar, entre ellas la fuerza pública y la Universidad Popular de ese
departamento.
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