El rostro y la voz de la violencia antisindical en Colombia
Los días 4 y 5 de febrero se realizó en Medellín el II Encuentro Nacional de Víctimas de la Violencia Antisindical en Colombia,
organizado por la CUT y la ENS. Asistieron unas 60 víctimas (padres,
conyugues, hermanos, hijos) provenientes de 14 departamentos del país.
Una de las sesiones del encuentro se dedicó a escuchar los testimonios
de estas personas, la expresión desgarrada de un fenómeno que ha
enlutado a miles de familias colombianas; con el agravante de que la
mayoría de los crímenes y atentados siguen en la impunidad. Pachakuti estaba presente.
Se
anexa un conmpendio de los relatos de nueve de estas víctimas, que
constituye apenas una muestra de la violencia que en los últimos 23
años ha cobrado la vida de 2.731 hombres y mujeres dedicados a la
actividad sindical. Es el rostro y la voz en primera persona de un
drama humano que todavía no termina, y a la vez la denuncia de una
justicia que todavía no llega. -- Agencia de Información Laboral ENS Tel. (57 4) 5133100 Ext. 129 Fax. (57 4) 5122330 informacionlaboral@ens.org.co http://www.ens.org.co
 Agencia de Información Laboral
Voces y rostros de la violencia Antisindical en Colombia —Nueve testimonios de víctimas—-
Presentamos
a continuación los testimonios de nueve de las víctimas que en los
últimos años ha dejado la violencia contra sindicalistas en nuestro
país, los cuales fueron escuchados en una de las sesiones del II
Encuentro Nacional de Víctimas de la Violencia Antisindical en
Colombia, organizado por la CUT y la ENS en Medellín los días 4 y 5 de
febrero pasado. Es el rostro y la voz en primera persona de un
desgarrador drama humano que no termina.
Aidé Moreno
En
los últimos 16 años vio caer asesinados a manos de sicarios
paramilitares a su esposo (Evaristo Amaya), a su madre y a un hermano.
Los tres eran miembros del Sindicato Agrario del Meta.
“Yo
nací y me crié en el campo, lo mismo que mi esposo Evaristo Amaya, un
hombre que fue ejemplar durante toda su vida, pero desafortunadamente
los enemigos de la paz lo asesinaron. Yo quedé viuda con un hijo de 5
años y con 4 meses de embarazo. Cuando empezaron los asesinatos de
dirigentes sindicales en el Meta yo pensé que no nos iba a tocar a
nosotros, pero cuando empezamos a ver motos rodeando la casa con
hombres armados, ya sí vimos la muerte cercana. Mi esposo tuvo la
valentía de decirme un día: Negra, a mi me van a matar, tiene que ser
conciente de eso porque sino a usted también la matan. Cuando lo
asesinaron, en 1994, yo pensé que de ese golpe no iba a levantarme,
pero me levanté y ahí empezó mi pelea con la Fiscalía y el DAS para que
esclarecieran el crimen. Fue inútil. No sólo no lo investigaron sino
que se nos vino otra tragedia encima: el 30 de septiembre del 2000
asesinan a mi mamá, que era líder en la vereda, defensora de los
campesinos, miembro de la Unidad de Mujeres Demócratas y militante del
Partido Comunista y del Sindicato Agrario. La mataron por denunciar los
atropellos que nos hizo la Fuerza de Despliegue Rápido del Ejército,
que nos mataron un cerdo, tirotearon la casa y se llevaron unas
motosierras. La mataron dos paramilitares en la sala de su casa, en
presencia de mi hijo de 4 años, hecho en el que también murió el esposo
de una sobrina mía. Por eso el Gobierno no puede decir, como lo ha
dicho, que el crimen fue una equivocación, que no iban por ella. Cuatro
años después, todavía sin reponernos de la muerte de mamá, asesinan a
mi hermano Oscar, estudiante universitario y también miembro del
sindicato agrario del Meta. Dos hombres llegaron a su casa y lo
asesinan frente a su esposa, que por eso quedó afectada
sicológicamente. Este crimen lo denunciamos a la OIT, pero perdimos el
caso porque, según la justicia, mi hermano nunca denunció que lo iban a
matar y por tanto no había cómo adelantar el proceso. Sin embargo
nosotros seguimos en la lucha por esclarecer los crímenes contra mi
familia, por lo que fuimos amenazados tuvimos que salir desplazados
para Bogotá. Pero allá también recibimos amenazas y nos tocó cambiar
varias veces de casa. Esta lucha mía por tratar de que estos crímenes
no queden impunes, me ha llevado a denunciar los hechos en muchos
estrados nacionales e internacionales, e incluso en el Senado de la
República. Porque no nos podemos callar, ya que somos muchos los que
vivimos la misma tragedia”.
Margarita Escobar:
Esposa
de Eliécer Valencia Oviedo, docente y presidente del Sindicato Único de
Trabajadores de la Educación del Valle, asesinado en Tulúa el 21 de
agosto de 2004. Le sobreviven 3 hijos.
“Mi esposo era un
hombre de prestigio y muy querido por la gente, porque le ayudaba mucho
a la comunidad. Tenía 47 años cuando lo asesinaron, 26 de ellos como
educador en el Gimnasio del Pacífico de Tulúa. También era profesor de
cátedra en la Universidad del Valle. Había sido declarado objetivo
militar por los paramilitares por no comulgar ni estar de acuerdo con
los atropellos y las injusticias, por luchas que había liderado en el
pueblo por mejores servicios públicos, salud y en el tema de los
desplazados, y por las denuncias que hacía en los medios locales por
hechos de corrupción en el municipio. Justo el día en que lo asesinaron
había hecho su última denuncia. Fue acribillado por sicarios en la
puerta del apartamento donde vivíamos. El caso lo investigó un fiscal
de Derechos Humanos y pasó luego al Juzgado 56 de Bogotá, que a
mediados del año pasado dicto sentencia condenatoria contra los
paramilitares Elkin Casarrubio y Ever Velosa, que confesaron el crimen.
También obligó a indemnizar a la familia, pero hasta ahora yo no he
reclamado nada porque no sé cómo es el proceso de indemnización, por
eso busqué la ayuda de la CUT. Yo sé que no hay plata en el mundo con
que reparar el dolor y el daño que nos causaron, pero me parece injusto
que si ya se esclareció el crimen el gobierno lo repare, aunque sea con
plata. También estoy promoviendo un acto por la memoria de mi esposo en
la plaza de Tulúa, para reivindicar y limpiar su nombre, porque por
mucho tiempo se mantuvo la versión de que fue asesinado por lío de
faldas, y ya se sabe que lo mataron los paramilitares por ser
sindicalista y líder social”.
Ulises Rengifo
Miembro
de Sintraestatales en el departamento de Cauca. Fue víctima de
secuestro con fines homicidas por parte de un grupo paramilitar. La
movilización de sus compañeros le salvó la vida.
“El 24
de noviembre de 2004, siendo funcionario en los talleres editoriales de
la Gobernación del Cauca, fui abordado por tres hombres con distintivos
del CTI. Llegaron a mi oficina y me dijeron que necesitaban aclarar una
querella que había contra mí. Ya dentro del carro en el que me
llevaron, un auto rojo con vidrios polarizados, se quitaron los
distintivos y me dijeron que no eran del CTI sino paramilitares. Usted
es un jefe guerrillero y lo vamos a matar, me dijeron. Mi intención
inmediata fue volarme, pero me doblegaron, me esposaron y me taparon la
cabeza con un trapo. No había avanzado el carro tres cuadras cuando, no
sé por qué, se devolvió en contravía, paró un momento y uno de los
hombres salió. Eso me salvó la vida porque un compañero de la oficina
me alcanzó a ver adentro con la cabeza tapada, y de inmediato lanzó la
alerta. Los hombres me llevaron a una casa en las afueras de Popayán y
durante cuatro horas me torturaron dizque para que confesara, mientras
por un radio hablaban con un jefe. Como yo no les respondía nada porque
no tenía idea de lo que me preguntaban, escuché que le reportaron al
jefe que yo era un guerrillero de verdad, que prefería morirme antes
que soltar la lengua. Al rato el jefe llamó por el radio y ordenó que
no me hicieran nada, que me soltaran, porque me habían reclamado. De no
ser por la bulla que hicieron mis compañeros de oficina, que me
buscaron por todas partes, hoy exactamente hubiera cumplido 64 meses de
muerto. Sin embargo, a los pocos días me detuvo la Fiscalía
arbitrariamente, y para justificar mi detención los agentes pusieron
balas de fusil en mi casa, y por ese montaje me vincularon y
procesaron. Estuve detenido más de 3 años. Perdí mi trabajo en la
Gobernación y ahora estoy desempleado”.
Marta Cecilia Socha Quiroga
Esposa
de Benjamín Ramos Rangel, profesor del colegio de Guamal, en el
departamento de Magdalena, y presidente del sindicato del municipio.
Fue asesinado 19 de febrero de 2005.
“Un
antecedente fue que al hermano de mi esposo le asesinaron a su
compañera, y a mi esposo lo amenazaron. El tomó muy en serio esas
amenazas y por eso le solicitó al rector del colegio de Guamal un
permiso especial para no asistir a dictar clases mientras se calmaba el
asunto. El rector no aceptó y lo obligó a seguir dictando sus clases.
En vista de esto mi esposo puso un denuncio en la Fiscalía 16 del Banco
Magdalena, que se demoró 3 meses para responderle que ese delito no era
de su competencia, y reenvió el denuncio a la policía de Guamal, que
era la competente para atender el caso. Entre los municipios del Banco
y Guamal hay apenas una hora por carretera, pero Adpostal se demoró un
mes para entregar ese correo. Cuando la denuncia llegó al comando de
policía de Guamal, éste la desapareció, o al parecer se la entregaron a
los paramilitares, porque 8 días después lo asesinaron. La Fiscalía se
sacó en limpio diciendo que mi esposo había tenido la culpa de su
muerte, porque cuando presentó la denuncia por las amenazas que le
habían hecho debió haber llenado un formulario en el que solicitara
protección. Él no lo llenó porque el funcionario que lo atendió no se
lo dio a llenar. Posteriormente la Procuraduría Regional dio un fallo
diciendo que la Fiscalía sí tenía la culpa, pero el juez no fue de esa
opinión y fallo desfavorable contra la denuncia. Así que el crimen
sigue en la impunidad”.
Ana Cecilia Pineda:
Hija
de José Rogelio Pineda, directivo de Sintraelecol de Caldas, asesinado
el 12 de abril de 2002 en el interior de un hotel del municipio de
Aranzazu, hecho en el que también fue acribillado Hernán de Jesús
Ortiz, vicepresidente del sindicato de educadores de Caldas, Educal.
“Mi
papá tenía 42 años cuando lo mataron. No tengo palabras para describir
cómo era él, pero sí sé que fue una persona que luchó incansablemente
por la causa sindical y supo formar a sus tres hijos. Fue un ejemplo
para todos nosotros, y más que padre fue mi amigo. Él había viajado a
Aranzazu para participar en un encuentro sindical y se alojó en un
hotel, en una pieza vecina a la de Hernán de Jesús Ortiz. Y hasta ese
hotel, a bordo de una camioneta y dos motos, llegaron los sicarios que
los mataron a los dos. El proceso judicial en Manizales prácticamente
se cerró, porque la Fiscalía dijo que no había pruebas. Hay sí un
detenido, una persona que algunos testigos vieron acompañando a los
sicarios que cometieron el crimen. Pero el hombre, que está detenido
por otros crímenes que ha cometido, no quiere hablar del caso de mi
papá, dice que fue obra de los paramilitares y que él nada tuvo que
ver. Por eso pusimos una demanda internacionalmente, asesorados por
abogados de Derechos Humanos. Quiero decir que con la muerte de mi papá
la familia se traumatizó por completo. Mi hermano mayor cayó un tiempo
en las drogas, pero gracias a Dios se recuperó y ahora estudia en la
Universidad de Caldas. Somos tres hermanos y yo soy la mayor, la mano
derecha de mi mamá, y soy la que está al frente del proceso judicial y
a la espera de que por fin se haga justicia. Porque yo digo que uno
tiene un día para nacer y otro para morir, pero no de la forma como me
arrebataron a mi papá”.
John Hernán Calderón
Hijo de Dionisio Hernán Calderón, presidente del Sindicato de Trabajadores del Municipio de Yumbo, asesinado en 1985.
“El
mayor pecado que cometió mi papá fue haber defendido a su pueblo, a la
clase obrera, ya que en esa época, por acción de los políticos de
turno, reinaba la incertidumbre por todas partes, tanto en el pueblo
como en la organización sindical. Mi padre libró una dura batallas al
interior del sindicato para poder quitar el dominio patronal y
convertirlo en un sindicato de clase, independiente. Eso se consiguió
porque contaba con una base de trabajadores beligerantes, y de ahí en
adelante se convirtió en la piedra en el zapato para las
administraciones municipales de Yumbo, y logró conquistas importantes.
La ola de violencia y terror que se dio entre los años 1982 y 1985 fue
impresionante: asesinatos selectivos de líderes sociales, en algunos de
los cuales se comprobó la mano de la policía. A raíz de esto mi padre,
como presidente del sindicato del Municipio, en asocio de las juntas de
acción comunal de Yumbo, convocó a un cabildo abierto, donde
denunciaron con nombre propio a los agentes del Estado involucrados en
los asesinatos. Eso le costó la vida: a las siete de la noche del 28 de
septiembre de 1985, dentro de nuestra propia casa y en presencia de sus
hijos, varios hombres entraron y le propinaron 9 balazos. Nosotros
quedamos consternados, no sabíamos qué hacer en ese momento, pues todos
estábamos muy pequeños. No pudimos poner demanda por el crimen porque
nos amenazaron y nos hicieron seguimientos, tanto que nos vimos
forzados a irnos de Yumbo y a estar lejos durante dos años. Volvimos a
intentar poner la demanda pero otra vez nos volvieron a amenazar. Ahora
el caso está en manos de la Fiscalía y de la justicia internacional,
pues hace 6 años lo denunciamos asesorados por Reiniciar, que es una
organización de Derechos Humanos”.
Rosa Elena Bernal
Hermana
de Olga Ester Bernal, educadora sindicalista desaparecida hace 22 años
en el Valle del Cauca, donde en los últimos 10 años han sido asesinados
otros 38 educadores. Su cadáver no ha sido encontrado.
“Mi
hermana era una mujer íntegra, valiente, comprometida con la lucha
sindical, y por eso fue detenida y desaparecida en enero de 1988.
Muchos dirán que eso fue hace mucho tiempo, pero es que la memoria no
la podemos dejar quieta. Es necesario que nos llenemos de motivos para
seguir luchando. Lo que busca el gobierno y este sistema asesino es que
nos volvamos insensibles frente a lo que le pasa a cada uno de los
seres humanos que luchamos y nos comprometemos con la vida. Si tenemos
la piel arrozuda y las lágrimas al borde, es porque todavía tenemos la
capacidad de movernos y seguir luchando. Por la connotación que tiene
el caso de mi hermana, después de 10 años de lucha a nivel nacional e
internacional logramos que la Corte Interamericana sacara una
resolución condenando al Estado Colombiano por este crimen. Producto de
esta denuncia, del caso se ocupó un fiscal sin rostro que logró
demostrar que los autores materiales de la detención y desaparición de
mi hermana fueron tres agentes del F-2, e implicó también a Guillermo
Julio Chávez Ocaña, comandante en ese momento de la policía de
Buenaventura, un personaje que por donde pasó dejó estelas de sangre,
como la masacre de Trujillo, Valle. Y aún así llegó a ser el director
de inteligencia de la Policía Nacional, responsable de las chuzadas a
dirigentes populares y defensores de Derechos humanos. El fiscal sin
rostro que investigó el caso logró convencer a uno de los autores
materiales del crimen para que denunciara a los autores intelectuales.
¿Pero qué pasó? Le pusieron una bomba en al cárcel de Palmira donde
estaba detenido, para que no denunciara. El año pasado se volvió a
retomar la investigación del caso, buscando que los autores
intelectuales paguen por el crimen, y a raíz de eso en noviembre del
año pasado allanaron la casa de mi hermana y la acusaron de ser
subversiva. Es lo mismo de siempre: cada vez que se hace una denuncia,
inmediatamente dicen que es porque es guerrillero, o auxiliar o por lío
de faldas”.
María Victoria Jiménez Salazar
Bacterióloga
del Hospital de Santafé de Antioquia, dirigente del sindicato Anthoc en
este municipio, y también integrante de la Junta Directiva del hospital
en representación del cuerpo médico. Sobrevivió a un ataque de dos
hombres que la apuñalearon.
“Yo nunca he tenido
enemigos, en el pueblo me quieren igual que los compañeros del trabajo.
Pero empecé a padecer acosos laborales en mi contra a raíz de una
denuncia que hice sobre irregularidades que encontré en la compra de
algunos insumos para el hospital que fueron a parar a manos de
funcionarios de la dirección del hospital. Un día, cerca de mi casa que
queda en una finca cercana al pueblo, vi a dos hombres sospechosos en
una moto. Al día siguiente, a eso de la una y media de la tarde, cuando
regresaba del hospital y pesé por un parque cercano a mi casa, volví a
ver la misma moto con los dos hombres, y esta vez sí alcancé a verles
la cara, por lo que arrancaron a toda velocidad. Esa misma tarde me
tocó volver al hospital porque me llamaron para que revisara unas
pruebas de laboratorio, y eso me ocupó hasta las siete y meda de la
noche, hora en que salí y me dirigí hacia mi casa. Pero cuando estaba
abriendo el portón de la finca inmediatamente dos tipos se me
abalanzaron, seguramente los mismos de la moto porque no alcancé a
reconocerlos. Uno me tapó la boca mientras el otro me propinaba lo que
yo pensaba que eran golpes. Yo medio me les zafé y empecé a gritar y
entonces en la casa, que queda a una media cuadra del portón, los
perros ladraron y de la finca vecina también salió gente. Eso me salvó,
pero quedé muy herida porque lo que yo creí que eran golpes eran
puñaladas que me estaban dando, y además me golpearon muy duro en la
cara. Me llevaron de urgencia al hospital, me revisaron y vieron que
tenía 7 puñaladas y fracturas en la nariz y en una costilla. Después me
mandaron a Medellín a un cirujano plástico porque quedé muy mal.
Afortunadamente diez días antes de este suceso había puesto una demanda
de acoso laboral en la oficina del trabajo, y eso quedó como
antecedente, porque la idea es que eso que me hicieron no quede
impune”.
Jorge Sará Marrugo
Hijo
de Aury Sará, presidente de la USO en Cartagena, secuestrado, torturado
y asesinado en diciembre de 2001 por sicarios de las Autodefensas
Unidad de Colombia. Públicamente Salvatore Mancuso y Jorge “40”
reconocieron ser los autores materiales e intelectuales del crimen.
“Mi
padre era una persona muy querida entre la familia y la gente del
barrio en Cartagena, donde, en el momento en el que lo mataron, era
presidente del sindicato de ECOPETROL. Era un hombre muy amable y
bastante trabajador. Tenía la capacidad de estar metido en muchas
actividades a la vez, sin descuidar sus obligaciones con la familia ni
en su trabajo ni con el sindicato. Él sabía que lo iban a matar, según
se lo contó a mi abuela, o sea la mamá de él, pero trataba de
tranquilizarnos a todos. En una ocasión le dijo a mi abuela que él ya
se había retirado del sindicato, para que no se preocupara, pero no era
verdad. Quizá lo pensó, pero nunca dejó el sindicato, porque él nació
para eso, para luchar por los trabajadores. Incluso le molestaba la
diferencia de clase que hay en nuestra propia familia, donde los
parientes que tienen buenos recursos no ayudan para nada a los que
están mal económicamente. Su muerte nos afectó muchísimo a sus hijos,
que somos tres: mi persona, que en ese momento tenía 13 años; Catalina,
que tenía 8 años y Estefanía, la más pequeña. Por eso sé que un
asesinato no sólo puede destrozar una persona sino también una familia,
porque después de que a él lo asesinan la familia se dividió más. Por
el crimen de mi padre en Cartagena se les abrió juicio a los
paramilitares Mancuso y Jorge “40”, pero con la extradición de ellos a
Estados Unidos ese crimen va camino de quedar en la impunidad”.
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