| Con la muerte del rey de Arabia
Saudí, el despliegue informativo, las lágrimas del
Borbón y el luto decretado por el gobierno "socialista",
recordé esta fábula.
(Quintín Cabrera).
Un día murió un hombre reconocido
por todos como muy bueno y caritativo y, como era de esperar, fue
al Cielo, a disfrutar de la Eternidad.
Al tiempo, cansado de compartir nubes y
solos de arpa con los angelitos y querubines, aburrido de tanta
serenidad, fue a ver al Creador y le propuso:
- Dios mío, quisiera que me permitieras
conocer el infierno por una noche, quiera saber por mí mismo
como es.
Dios, en su infinita bondad, le dijo:
-Si es tu voluntad, así sea.
Hechos los trámites burocráticos
correspondientes, nuestro hombre, esa noche fue de turista a conocer
el Infierno.
Conducían a la entrada unas escaleras
de mármol de Carrara. Vio por doquier luces de neón
y la puerta se abrió de manera espectacular, dando paso a
un salón donde, en mesas con finísimos manteles y
delicada cristalería, los más refinados manjares y
los caldos más cotizados, lo esperaban despampanantes mujeres
que bebían whisky añejo de 18 años.
No se lo podía creer: pasó
la mejor noche de su eterna existencia y regresó de madrugada
al Cielo.
A la mañana siguiente, habló
con Dios y le manifestó su deseo de mudarse definitivamente
al Infierno. El Altísimo nuevamente aceptó. Arreglados
sus asuntos y los papeleos correspondientes, a la semana estaba
camino del Infierno. Subió las mismas escaleras y se abrió
nuevamente la puerta, pero esta vez cayó a una sartén
gigantesca de azufre hirviente. Se hundió en ella mientras
el diablo lo punzaba con su tridente, pero con esfuerzo logró
colgarse del borde. Sacó la cabeza y miró al Diablo
sentado en su trono y le dijo:
-Diablo, ¿A qué se debe esto?
¡Yo estuve aquí la semana pasada y todo era maravilloso...!
El Diablo respondió:- Es que una
cosa es el turismo y otra la inmigración.
19 de agosto de 2005
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