más temprano que tarde - Belén Gopegui

Más temprano que tarde.

Voy a tratar de imaginar un futuro concreto y razonable, acaso dentro de cincuenta años, acaso después de que una o dos catástrofes hayan hecho reaccionar a la humanidad y se haya puesto freno a la vorágine capitalista. Imaginaré que al fin se ha comprendido que los recursos naturales son limitados, que el mercado es irracional, que no se trata de vivir para producir sino de producir para vivir. Imaginaré que se ha entrado en un nuevo ciclo pero ya no de acumulación capitalista sino de auténtica democracia donde no es, por tanto, el mercado sino la búsqueda del bien común lo que decide las prioridades, cosas como qué hay que producir y para qué y para quiénes, cosas como qué es más importante: invertir en curar enfermedades o en diecisiete nuevas marcas de patatas fritas. Voy a imaginar que eso ha pasado y ya no voy a imaginar sino a saber que Cuba es el principio de ese futuro, aquello que en cierto modo lo ha hecho posible al ensayarlo, al realizarlo, al no darlo por perdido.

Pero el futuro no ha llegado todavía y cuando se discute sobre Cuba estas cosas no se oyen, porque no importan a quien discute, porque no se discute desde lo alcanzado ni desde lo posible sino que se discute desde el mal y Cuba, según el reflejo condicionado que han creado las empresas privadas de emisión de noticias, es el mal, Cuba es la dictadura y es el miedo. De manera que voy a hablar del miedo. El miedo es real y universal, al miedo se le escucha y se le oye. El miedo no está por venir, hace mucho que llegó, el miedo es caliente y una vez que se graba no se borra sino que deja huella.

Contaré una historia sobre el miedo. Comienza con el fragmento de un discurso: “Seguramente, ésta será la última oportunidad en que pueda dirigirme a ustedes. La Fuerza Aérea ha bombardeado las antenas de Radio Magallanes. Mis palabras no tienen amargura sino decepción. Que sean ellas un castigo moral para quienes han traicionado su juramento: soldados de Chile, comandantes en jefe titulares, el almirante Merino, que se ha autodesignado comandante de la Armada, más el señor Mendoza, general rastrero que sólo ayer manifestara su fidelidad y lealtad al Gobierno, y que también se ha autodenominado Director General de carabineros. Ante estos hechos sólo me cabe decir a los trabajadores: ¡No voy a renunciar! Colocado en un tránsito histórico pagaré con mi vida la lealtad al pueblo”.

Minutos después se produce el asalto final al palacio de la Moneda y Allende se quita la vida. Allende no quiere una guerra civil. El año anterior dijo en las Naciones Unidas: “Yo acuso ante la conciencia del mundo a la ITT de pretender provocar en mi Patria una guerra civil. Esto es lo que nosotros calificamos de acción imperialista”. Han pasado veintinueve años cuando el presidente de Venezuela Hugo Chávez es detenido, el 12 de abril de 2002, y llevado fuera de Caracas. Ése mismo día Pedro Carmona, líder de la patronal y jefe político de los golpistas, asume la presidencia interina del país. Se difunde el rumor de que Hugo Chávez ha renunciado para intentar, con ese rumor, desmovilizar al pueblo. Sin embargo, la hija de Chávez tiene oportunidad de hablar con él y a continuación llama a Cuba para comunicar que su padre no ha renunciado. Sus palabras se graban para la televisión y son retransmitidas a todo el mundo: “Estoy preso, soy un presidente preso”, ha dicho Chávez. “Nos pidió que comuniquemos al mundo entero que en ningún momento ha renunciado ni firmado decreto presidencial alguno destituyéndose”, dice su hija en la cadena de televisión cubana mientras en el resto del mundo y en concreto en España, están apareciendo titulares tales como “Venezuela fuerza la renuncia de Chávez” (El País) o “La comunidad internacional solidaria con Venezuela” (La Vanguardia). Donde los titulares dicen Venezuela hay que leer golpistas, esto es, “los golpistas fuerzan la renuncia de Chávez” o “la comunidad internacional solidaria con los golpistas”.

La gran mayoría de la prensa privada española y latinoamericana apoya el golpe. Sin embargo, una parte del ejército se mantiene leal y al tener conocimiento de que el presidente no ha renunciado lo rescata de la prisión de Orchila. Entretanto decenas de miles de personas han acudido a las cercanías del palacio de Miraflores reclamando el regreso de Chávez y oponiéndose a la maniobra golpista. Los golpistas no logran su objetivo. Los dueños de los intereses económicos que respaldan a los golpistas no lo logran. “Sigan ustedes sabiendo que, mucho más temprano que tarde, de nuevo se abrirán las grandes alamedas por donde pase el hombre libre para construir una sociedad mejor”, son las conocidas últimas palabras de Salvador Allende. Veintinueve años tardaron en abrirse, y no con la elección de Bachelet como algunos han dicho, no por el momento, al menos, sino con el golpe frustrado en Venezuela.

Allende no quería una guerra civil pero tampoco el futuro de torturas, muertes y desaparecidos, que se produjo. Allende transitó un camino y veintinueve años después ese camino contribuyó a que otros impidieran el triunfo de un nuevo golpe. Todo fue importante, las personas que perdieron el miedo y salieron a la calle, los militares que se mantuvieron leales, la resistencia del presidente legítimo. Y en ese todo estuvo el hecho de que hubiera un sitio a donde llamar. ¿Qué habría ocurrido si la hija de Chávez hubiese telefoneado al director de El País, o del Mundo, para comunicar que ese “caudillo”, ese “estrafalario”, ese “gorila”, ese “populista”, como en estos periódicos le calificaban, no había renunciado?

Un sitio a donde llamar, un lugar en donde quienes han perdido el miedo puedan ver algo que no sea sólo la inmolación y la muerte. “No tengo condiciones de mártir, soy un luchador social que cumple una tarea que el pueblo me ha dado”, dijo Allende. Nadie tiene condiciones de mártir, ninguna persona y ningún pueblo. Y muchos mueren injustamente, y muchos son mártires, y muchas personas se juegan la vida pero es fundamental saber que se la juegan por algo posible, por algo que ha de ocurrir “más temprano que tarde”, es fundamental que las alamedas estén cerca y Allende lo sabía y lo señaló con sus palabras.

“En España”, ha escrito Carlos Fernández Liria, “como en Chile, se llamó “transición” y “regreso a la normalidad democrática” al proceso por el cual se podían convocar elecciones con la garantía de que ya las ganarían los que, cuando las perdieron, no dudaron en financiar una guerra civil y un golpe de Estado”. Los organizadores de los golpes y de las guerras utilizan el miedo para obtener el voto deseado, esto es, para que no gane ninguna opción verdaderamente de izquierdas. Es útil recordar, como también ha señalado Fernández Liria, que “el Estado de Derecho, el orden constitucional y la democracia sólo se sostienen mientras las grandes corporaciones económicas que pueden violentamente suspenderlos no se sienten amenazadas ni perjudicadas por ello” . Pues bien, y entrando ahora en la pregunta sobre si la unidad latinoamericana hoy es posible, diré que hay una unidad que se construye más allá de los intereses de las grandes corporaciones, una unidad que choca con estas corporaciones por cuanto su modo de producción atenta contra los derechos de los pueblos, el bien común y la libertad de todas las personas. Es la unidad que están construyendo Cuba y Venezuela y la que va a tratar de construir Bolivia. Una unidad que tiene un proyecto de izquierdas común aun cuando respete las particularidades de cada país.

Hay también otra unidad estratégica, económica, que consiste en hacer un frente de toda Latinoamérica a la hora de negociar con Estados Unidos, unidad ésta de la que formarían parte muchos más países y que tal vez sea posible. No obstante, la unidad que nos convoca pienso, la unidad por la que militamos, cada persona a su modo, es la primera de las dos a que me he referido. Si estamos aquí es, también, porque pensamos que nuestro país podría llegar a formar parte de ella. En esa unidad, Cuba es un punto de referencia, un sitio a donde llamar, y un sitio en donde aprender que la unidad se construye, precisamente, con unidad. No con coaliciones que ponen a un lado sus principios para lograr unas mismas ventajas, sino con proyectos que comparten principios y objetivos comunes y dejan a un lado lo que es secundario. En la izquierda española, creo, necesitaríamos que, como ya empieza a ocurrir en algunos ámbitos, el comunismo y el anarquismo estuvieran dispuestos a luchar unidos. Necesitaríamos numerarnos, tranquilamente, colectivo a colectivo, grupo a grupo, militante a militante, numerarnos porque somos más cada vez y el día nos espera.

Muchas gracias.