Muros
Eduardo Galeano
25 de abril de 2006
El Muro de Berlín era la noticia de cada día.
De la mañana a la noche leíamos, veíamos,
escuchábamos: el Muro de la Vergüenza, el Muro
de la Infamia, la Cortina de Hierro...
Por fin, ese muro, que merecía caer, cayó. Pero
otros muros han brotado, siguen brotando, en el mundo, y aunque
son mucho más grandes que el de Berlín, de ellos
se habla poco o nada.
Poco se habla del muro que los Estados Unidos están
alzando en la frontera mexicana, y poco se habla de las alambradas
de Ceuta y Melilla.
Casi nada se habla del Muro de Cisjordania, que perpetúa
la ocupación israelí de tierras palestinas y
de aquí a poco será quince veces más
largo que el Muro de Berlín.
Y nada, nada de nada, se habla del Muro de Marruecos,
que desde hace veinte años perpetúa la ocupación
marroquí del Sahara occidental. Este muro,
minado de punta a punta y de punta a punta vigilado por miles
de soldados, mide sesenta veces más que el Muro de
Berlín.
¿Por qué será que hay muros tan altisonantes
y muros tan mudos?
¿Será por los muros de la incomunicación,
que los grandes medios de comunicación construyen cada
día?
En julio del 2004, la Corte Internacional de Justicia
de La Haya sentenció que el Muro de Cisjordania violaba
el derecho internacional y mandó que se demoliera.
Hasta ahora, Israel no se ha enterado.
En octubre de 1975, la misma Corte había dictaminado:
«No se establece la existencia de vínculo alguno
de soberanía entre el Sahara Occidental y Marruecos».
Nos quedamos cortos si decimos que Marruecos fue sordo.
Fue peor: al día siguiente de esta resolución,
desató la invasión, la llamada Marcha Verde,
y poco después se apoderó a sangre y fuego de
esas vastas tierras ajenas y expulsó a la mayoría
de la población.
Y ahí sigue.
Mil y una resoluciones de las Naciones Unidas han
confirmado el derecho a la autodeterminación del pueblo
saharaui.
¿De qué han servido esas resoluciones? Se iba
a hacer un plebiscito, para que la población decidiera
su destino. Para asegurarse la victoria, el monarca de Marruecos
llenó de marroquíes el territorio invadido.
Pero al poco tiempo, ni siquiera los marroquíes fueron
dignos de su confianza. Y el rey, que había dicho sí,
dijo que quién sabe. Y después dijo no, y ahora
su hijo, heredero del trono, también dice no. La negativa
equivale a una confesión. Negando el derecho de voto,
Marruecos confiesa que ha robado un país.
¿Lo seguiremos aceptando, como si tal cosa? ¿Aceptando
que en la democracia universal los súbditos sólo
podemos ejercer el derecho de obediencia?
¿De qué han servido las mil y una resoluciones
de las Naciones Unidas contra la ocupación israelí
de los territorios palestinos? ¿Y las mil y una resoluciones
contra el bloqueo de Cuba?
El viejo proverbio enseña:
La hipocresía es el impuesto que el vicio
paga a la virtud .
El patriotismo es, hoy por hoy, un privilegio de las
naciones dominantes. Cuando lo practican las naciones dominadas,
el patriotismo se hace sospechoso de populismo o terrorismo,
o simplemente no merece la menor atención.
Los patriotas saharauis, que desde hace treinta años
luchan por recuperar su lugar en el mundo, han logrado el
reconocimiento diplomático de ochenta y dos países.
Entre ellos, mi país, el Uruguay, que recientemente
se ha sumado a la gran mayoría de los países
latinoamericanos y africanos.
Pero Europa, no. Ningún país europeo ha reconocido
a la República Saharaui. España, tampoco. Este
es un grave caso de irresponsabilidad, o quizá de amnesia,
o al menos de desamor. Hasta hace treinta años el Sahara
era colonia de España, y España tenía
el deber legal y moral de amparar su independencia.
¿Qué dejó allí el dominio imperial?
Al cabo de un siglo, ¿a cuántos universitarios
formó? En total, tres: un médico, un abogado
y un perito mercantil. Eso dejó. Y dejó una
traición. España sirvió en bandeja esa
tierra y esas gentes para que fueran devoradas por el reino
de Marruecos. Desde entonces, el Sahara es la última
colonia del Africa. Le han usurpado la independencia.
¿Por qué será que los ojos se niegan
a ver lo que rompe los ojos?
¿Será porque los saharauis han sido una moneda
de cambio, ofrecida por empresas y países que compran
a Marruecos lo que Marruecos vende aunque no sea suyo?
Hace un par de años, Javier Corcuera entrevistó,
en un hospital de Bagdad, a una víctima de los bombardeos
contra Irak. Una bomba le había destrozado un brazo.
Y ella, que tenía ocho años de edad y había
sufrido once operaciones, dijo:
Ojalá no tuviéramos petróleo.
Quizás el pueblo del Sahara es culpable porque en sus
largas costas reside el mayor tesoro pesquero del océano
Atlántico y porque bajo las inmensidades de arena,
que tan vacías parecen, yace la mayor reserva mundial
de fosfatos y quizá también hay petróleo,
gas y uranio.
En el Corán podría estar, aunque no
esté, esta profecía:
Las riquezas naturales serán la maldición
de las gentes.
Los campamentos de refugiados, al sur de Argelia, están
en el más desierto de los desiertos. Es una vastísima
nada, rodeada de nada, donde sólo crecen las piedras.
Y sin embargo, en esas arideces, y en las zonas liberadas,
que no son mucho mejores, los saharauis han sido capaces de
crear la sociedad más abierta, y la menos machista,
de todo el mundo musulmán.
Este milagro de los saharauis, que son muy pobres y muy pocos,
no sólo se explica por su porfiada voluntad de ser
libres, que eso sí que sobra en esos lugares donde
todo falta: también se explica, en gran medida, por
la solidaridad internacional.
Y la mayor parte de la ayuda proviene de los pueblos de España.
Su energía solidaria, memoria y fuente de dignidad,
es mucho más poderosa que los vaivenes de los gobiernos
y los mezquinos cálculos de las empresas.
Digo solidaridad, no caridad. La caridad humilla. No se equivoca
el proverbio africano que dice:
La mano que recibe está siempre debajo de la mano que
da.
Los saharauis esperan. Están condenados a pena
de angustia perpetua y de perpetua nostalgia. Los campamentos
de refugiados llevan los nombres de sus ciudades secuestradas,
sus perdidos lugares de encuentro, sus querencias: El Aaiún,
Smara...
Ellos se llaman hijos de las nubes, porque desde siempre persiguen
la lluvia.
Desde hace más de treinta años persiguen, también,
la justicia, que en el mundo de nuestro tiempo parece más
esquiva que el agua en el desierto.