Traducido para Rebelión y Tlaxcala por Manuel Talens y Paloma Valverde
y revisado por Juan Vivanco
El 9 de noviembre de 2006, las Fuerzas
Armadas Revolucionarias de Colombia - Ejército del Pueblo (FARC-EP)
enviaron una “Carta abierta al pueblo de Estados Unidos". La
dirigieron específicamente a algunos productores y actores de
Hollywood (Michael Moore, Denzel Washington y Oliver Stone),
así como a tres universitarios izquierdistas (James Petras,
Noam Chomsky y Angela Davis) y a un político progresista (Jessie
Jackson). Dicha carta abierta pedía nuestro apoyo para facilitar
un acuerdo entre los gobiernos de USA y Colombia y las FARC-EP
para intercambiar 600 guerrilleros encarcelados (entre ellos
2 enjuiciados en USA) por 60 prisioneros que están en manos
de los rebeldes, entre ellos 3 expertos usamericanos en contrainsurgencia.
FARC-EP: ¿Banda terrorista o movimiento de resistencia?
Contrariamente a la posición del gobierno de
USA, que tilda a las FARC-EP de “organización terrorista”,
éstas son hoy en día el movimiento guerrillero campesino más
importante y antiguo del mundo. Fundadas en 1964 por dos docenas
de campesinos activistas con el fin de defender a las comunidades
autónomas rurales de las violentas depredaciones de los militares
y paramilitares colombianos, las FARC-EP se han convertido en
un ejército guerrillero altamente organizado de unos 20.000
miembros con varios cientos de miles de milicias locales y partidarios
y una enorme influencia en más del 40% del país. Hasta el 11
de septiembre de 2001, la mayoría de los países de la Unión
Europea y América Latina reconocían a las FARC-EP como un movimiento
legítimo de resistencia y durante varios años mantuvieron negociaciones
de paz con el gobierno colombiano dirigido por el presidente
Andrés Pastrana. Antes del 9/11, los líderes de las FARC se
reunieron con jefes de Estado europeos para intercambiar ideas
sobre el proceso de paz. Numerosos y destacados dirigentes económicos
de Wall Street, de la City londinense y de Bogotá, así como
personajes importantes como la reina Noor de Jordania, se reunieron
con líderes de las FARC en la zona desmilitarizada durante las
fallidas negociaciones de paz (1999 - 2002).
Bajo fuertes presiones de la Casa Blanca, en
particular de sus portavoces ultraderechistas más prominentes,
como Otto Reich, Roger Noriega y John Bolton, el régimen de
Pastrana rompió repentinamente las negociaciones y en menos
de 24 horas envió al ejército colombiano a la zona desmilitarizada,
en un intento de capturar a los jefes de las FARC comprometidos
en las negociaciones. El ataque “por sorpresa” fracasó, pero
sentó las bases para la escalada del conflicto.
Papel de USA en el conflicto
Empezando por el gobierno de Clinton en 2000
y siguiendo con el de Bush, USA ha desembolsado cuatro mil millones
de dólares en ayuda militar al régimen colombiano con el fin
de destruir el ejército guerrillero y su supuesta base social
entre campesinos, sindicatos urbanos y profesionales (especialmente
profesores, abogados, activistas de derechos humanos e intelectuales).
Washington favorece enérgicamente una solución militar subvirtiendo
cualquier intento de negociaciones de paz, y para ello cuenta
con un gran número de consejeros militares, mercenarios, agentes
antidrogas, agentes de la CIA, comandos de Cuerpos Especiales
y otros muchos funcionarios encubiertos. Desde principios de
la década de los ochenta y finales de los noventa, Washington
mantuvo la ficción de que sus programas militares formaban parte
de una campaña contra los narcóticos, aunque sin explicar por
qué concentraba la mayor parte de sus esfuerzos en las regiones
bajo la influencia de las FARC y no en las extensas áreas de
cultivo de coca controladas por los militares y paramilitares
colombianos. Con el inicio del Plan Colombia en 2000, Washington
subrayó explícitamente la naturaleza contrainsurgente de su
ayuda militar y su presencia. La Casa Blanca, extremadamente
enojada por la aceptación de las negociaciones de paz por parte
del presidente Pastrana y los avances de los movimientos guerrilleros
y sociales, apoyó para presidente a Álvaro Uribe, un político
derechista vinculado a los escuadrones de la muerte del país.
Su victoria electoral inició una de las más sangrientas campañas
de exterminio de la violenta historia de Colombia.
Oficiales militares usamericanos y sus
homólogos colombianos financiaron una fuerza de escuadrones
de la muerte de 31.000 miembros que devastó el país y asesinó
a miles de campesinos en las regiones donde las FARC tienen
más presencia. Cientos de sindicalistas fueron asesinados a
la luz del día por sicarios en las ciudades y pueblos ocupados
por el ejército. Activistas de derechos humanos, periodistas
y universitarios que se atrevieron a denunciar la impunidad
de los militares involucrados en las masacres fueron raptados,
torturados y asesinados; no era infrecuente que apareciesen
decapitados o destripados para aumentar el terror. Más de dos
millones de campesinos se vieron forzados a abandonar su región
para instalarse en barriadas urbanas miserables, mientras que
conocidos jefes paramilitares o grandes terratenientes les embargaban
las tierras. La “limpieza de clase” en el campo se llevó a cabo
de acuerdo con los manuales de contrainsurgencia del Pentágono,
que instruyen a los militares colombianos sobre cómo destruir
la “infraestructura social” de los movimientos guerrilleros,
especialmente de las FARC, que poseen amplios y antiguos vínculos
familiares, comunitarios y sociales con los campesinos.
El presidente Uribe encarna al clásico gobernante
sudamericano: se lanza a degüello contra los pobres y se pone
de rodillas ante su patrón de Washington. Sus perpetuas campañas
a gran escala diezmaron el campo, pero fracasaron a la hora
de debilitar a las guerrillas o incluso de capturar a algún
miembro del mando general de las FARC. Al cabo de seis años
de masivas y costosas campañas de exterminio, algunos oficiales
militares usamericanos de alto grado y la mayoría de sus colegas
colombianos reconocieron que una victoria militar sobre el FARC
era muy improbable. Según los estrategas militares, a lo más
que se podría llegar sería al debilitamiento de las FARC, forzándolas
a negociar un “acuerdo de paz” favorable al régimen.
Breve historia de las negociaciones de paz
Durante la presidencia de Belisario Betancourt
(a mediados de los ochenta), las FARC aceptaron un cese el fuego
y muchos de sus miembros entraron en el proceso electoral. Miles
de guerrilleros, sus simpatizantes y muchos izquierdistas independientes
crearon un partido político, la Unión Patriótica, y presentaron
candidatos a todos los estamentos del gobierno. En menos cinco
años, el ejército y sus escuadrones de la muerte asesinaron
a 5000 activistas, candidatos y cargos elegidos, entre ellos
dos candidatos a la presidencia, algunos congresistas, diversos
alcaldes, cientos de concejales y líderes locales del partido.
Los supervivientes regresaron a la guerrilla, escaparon al exilio
o pasaron a la clandestinidad. Contrariamente a lo que pretendía
el gobierno, Colombia no era una “democracia” en el sentido
habitual del término, sino una “democracia de escuadrones de
la muerte” en la que las condiciones y normas políticas más
elementales para la participación en una campaña electoral brillaban
por su ausencia. Menos de dos décadas después, cuando las FARC
habían extendido su influencia hasta una distancia de 65 kilómetros
de Bogotá, el gobierno de Andrés Pastrana accedió a otra ronda
de “negociaciones de paz” en una amplia región desmilitarizada
bajo el control de las FARC.
Durante las negociaciones, cientos de
“visitantes” de todos los sectores de la sociedad colombiana,
así como importantes personalidades políticas y de negocios
procedentes del extranjero, participaron en foros públicos.
Los debates abiertos organizados por las FARC abordaron asuntos
sociales, económicos y políticos fundamentales. Por primera
vez en la memoria reciente, los temas de la reforma agraria,
la inversión pública en programas de creación de empleo, la
inversión extranjera y la propiedad pública, las alternativas
económicas al cultivo de la coca, la educación y la salud se
debatieron sin miedo a las represalias de los escuadrones de
la muerte. La imagen de las FARC como “fuerza militarista narcoguerrillera”
quedó en entredicho; muchos observadores previamente hostiles
de Europa, América Latina y América del Norte, incluso si no
estaban de acuerdo con algunas de las reformas propuestas por
las FARC, partieron con la impresión de que se podía negociar
y alcanzar acuerdos para terminar la guerra civil.
La radicalización del régimen de Bush
tras el 11 de septiembre de 2001 sirvió de pretexto para forzar
una ruptura en las negociaciones de paz. Más tarde, con la elección
de Álvaro Uribe, las FARC fueron incluidas en la lista de organizaciones
“terroristas”. La Unión Europea, que se había reunido y había
consultado públicamente con los mismos jefes de las FARC, siguió
el camino dictado por USA. Poco después se detuvo a negociadores
de las FARC y representantes internacionales en
Bolivia, Brasil, Venezuela y Ecuador. Los dos últimos países
entregaron a representantes de las FARC a la brutal policía
política colombiana (la DAS). Con la excusa de la “guerra contra
el terrorismo” de Washington, el presidente Uribe se dedicó
a reprimir sin piedad huelgas generales sindicales y grandes
manifestaciones rurales de las principales organizaciones agrícolas
que protestaban contra el acuerdo de “libre comercio” firmado
con USA.
En medio de la carnicería patrocinada por el
gobierno, las FARC siguieron una estrategia de retirada táctica
a sus refugios en la selva y en las montañas y anunciaron propuestas
de liberación mutua de prisioneros como primer paso en el “establecimiento
de confianza” para las futuras negociaciones de paz.
Las FARC tienen prisioneros a más de
60 políticos colombianos y oficiales del ejército, entre ellos
a Ingrid Betancourt, una ex candidata a la presidencia, y tres
“contratistas militares” -así los describe USA- implicados en
servicios de inteligencia. El gobierno colombiano tiene prisioneros
a más de 600 guerrilleros. USA tiene prisioneros a dos miembros
de las FARC. Éstas propusieron una reunión para organizar un
intercambio de prisioneros en una zona desmilitarizada. Naturalmente,
las familias de los prisioneros de las FARC estaban unánimemente
a favor de la propuesta, como también lo estaban las organizaciones
de la sociedad civil y los grupos humanitarios, religiosos y
de defensa de los derechos humanos. USA se ha opuesto a cualquier
intercambio y Uribe se hizo eco de su amo, por lo menos durante
su primer período presidencial. El eslogan utilizado era que
liberarían a los prisioneros por medios militares. Durante los
últimos cinco años no se ha liberado a ningún prisionero. Muy
al contrario, en una reciente incursión militar fallida murieron
diez presos, entre ellos un ex ministro de Defensa, un gobernador
y ocho oficiales del ejército. Bajo la enorme presión de la
sociedad civil colombiana, de la Unión Europea y de la mayoría
de los gobiernos latinoamericanos, el presidente Uribe declaró
tras su reelección que estaba dispuesto a iniciar negociaciones
para un intercambio. Sin embargo, al cabo de un mes faltó a
su palabra usando como pretexto una bomba que estalló en una
instalación militar, que él atribuyó a las FARC a pesar de que
éstas negaron su autoría. Los expertos sospechan que fue una
operación encubierta de los servicios secretos de Colombia para
socavar cualquier avance hacia un intercambio de presos.
Perspectivas de las negociaciones de paz
Fuera de Washington y del entorno inmediato
del presidente Uribe, todo el mundo está de acuerdo con que
cualquier proceso de paz debe comenzar con la adopción de medidas
que inspiren confianza, especialmente el intercambio de prisioneros.
Esas negociaciones se complicaron de forma
inmediata; el 31 de diciembre de 2004 USA extraditó a dos presos
de las FARC retenidos por el gobierno colombiano y los mantuvo
en celdas de aislamiento, atados durante 23 horas al día. El
16 de octubre de 2006, se juzgó por “tráfico de drogas” y “terrorismo”,
así como por “secuestro”, a uno de los presos políticos de las
FARC, Ricardo Palmera, más conocido por su nombre de guerra,
Simón Trinidad. Se trata de un clásico “juicio político espectáculo”,
en el cual se ha organizado una detención ilegal, se han fabricado
pruebas y procedimientos judiciales lesivos para asegurar una
sentencia condenatoria.
El aspecto más sospechoso de esta farsa
política es la caracterización del papel de Trinidad en las
FARC. Había sido su principal negociador de paz, como resultó
evidente cuando fue reconocido como el principal interlocutor
de las FARC con el presidente colombiano Andrés Pastrana durante
las negociaciones de paz de 1999-2002. Hay numerosas fotografías,
noticias, informaciones y entrevistas de la época en los medios
de comunicación colombianos y europeos que claramente identifican
a Trinidad como un negociador clave para la paz. No menos importante
es que Trinidad fue el principal intermediario de las FARC para
las relaciones con el representante de Derechos Humanos de las
Naciones Unidas, James Lemoyne, nombrado por el gobierno de
USA y asimismo antiguo periodista corresponsal del New
York Times en América Latina.
Reconociendo que la posición de Trinidad
como negociador de paz de las FARC con misiones fundamentalmente
diplomáticas comprometía gravemente las alegaciones de Washington,
el fiscal federal modificó la acusación de que estuviese directamente
implicado en el “secuestro” de tres oficiales contrainsurgentes
usamericanos retenidos como prisioneros de guerra por las FARC
por otra de “asociación” con los secuestradores y “conspiración”
para cometer el delito de “secuestro de rehenes”. El fiscal
federal se ha beneficiado del lenguaje de la nueva legislación
antiterrorista, aprobada por los presidentes Clinton y Bush,
para acusar a Trinidad. Todas las organizaciones usamericanas
importantes de libertades civiles y la Asociación de Abogados
de USA [American Bar
Association] han denunciado este marco legal por violar
la constitución del país.
La acusación de “asociación” está fundamentada
en las insostenibles alegaciones de que Trinidad “se reunió”
con los tres oficiales usamericanos contrainsurgentes tras su
captura, una acusación que carece de prueba concreta alguna:
la acusación no tiene testigos ni documentos de tal encuentro,
ni especifica el momento, la fecha o el lugar para el supuesto
encuentro. De hecho, en ese momento Trinidad estaba en otra
provincia dirigiendo un programa educativo de las FARC. La acusación
de “conspiración” está fundada en la pertenencia de Trinidad
a las FARC, que fue tachada de “organización terrorista” por
el presidente Clinton en 1997, una catalogación rechazada por
la Unión Europea, que poco después recibió a un grupo de dirigentes
de las FARC y de negociadores de paz en gira [por Europa]. Por
otra parte, el presidente colombiano Pastrana, que estuvo implicado
en las negociaciones de paz con las FARC entre 1999 y 2002,
rechazó la calificación de “terrorista” por considerar que Trinidad
era un interlocutor legítimo.
La larga historia política de las FARC, sus
vínculos históricos con un amplio segmento del campesinado colombiano,
su programa político de reformas sociales, la uso de la fuerza
en el conflicto exclusivamente contra el ejército del Estado
colombiano, su búsqueda constante de las negociaciones de paz
fundamentadas en la reforma social y del ejército están en clara
contradicción con todas y cada una de las definiciones de “organización
terrorista”.
La mera idea de “secuestrar” a tres oficiales
militares o de inteligencia de USA implicados en una operación
militar de vigilancia contra la insurgencia en una zona de combate
es absurda. Como combatientes capturados son, de acuerdo con
los Convenios de Ginebra, prisioneros de guerra y, como tales,
están sujetos a posibles intercambios de prisioneros si las
partes en conflicto lo acuerdan. El fiscal federal adujo que
Trinidad estuvo implicado en el intercambio de prisioneros cuando
fue ilegalmente detenido en Ecuador y trasladado a Colombia
y, posteriormente, extraditado a USA. En el juicio, Trinidad
rechazó tal alegación demostrando que estuvo en Ecuador para
organizar un encuentro entre Lemoyne y un importante dirigente
guerrillero. La acusación no presentó pruebas escritas o grabadas
que relacionasen a Trinidad con ningún “intercambio de prisioneros”.
La captura ilegal y la detención de Simón
Trinidad
Cualquier proceso jurídico que merezca tal
nombre debería desestimar la acusación basándose en el carácter
ilegal de la detención. A finales de diciembre de 2003, Trinidad
viajó a Quito (Ecuador) para contactar con James Lemoyne sobre
posibles negociaciones de paz con el gobierno colombiano, empezando
por la creación de un clima de confianza y medidas humanitarias
relacionadas con prisioneros y cautivos. Durante negociaciones
anteriores de paz, Lemoyne fue un mediador honrado que rechazó
las presiones del embajador de USA para hacer fracasar los encuentros.
Debido a la tremenda escalada militar llevada a cabo por el
presidente Uribe, Trinidad no tuvo la oportunidad de reunirse
en Colombia con Lemoyne. Las FARC supieron que Lemoyne estaba
dispuesto a entablar conversaciones en Quito.
Bajo la dirección de la CIA, un escuadrón ilegal
conjunto colombiano-ecuatoriano apresó a Trinidad. La operación
violó en su totalidad la soberanía ecuatoriana, los procedimientos
judiciales y los derechos de recurso político. La detención
extraterritorial de los dirigentes de la oposición y su traslado
a los tribunales imperiales se parecen a las prácticas del Imperio
Romano y no a la legislación internacional contemporánea.
Mientras estuvo cautivo, a Trinidad se le negó
el acceso a traducciones, documentos y material escrito. Estuvo
esposado en una celda de aislamiento 23 horas al día durante
21 meses sin abogado defensor. El juez federal, Thomas Hogan,
y el fiscal federal actuaron para predisponer el juicio incluso
antes de que empezara. Alrededor de 30 policías armados en una
caravana de vehículos escoltados por helicópteros llevaron a
Trinidad esposado ante el tribunal. Se le negó la elección de
abogado y se le asignó un equipo de letrados nombrados por el
tribunal. Cuando sus abogados intentaron aportar un contexto
histórico pertinente, que incluía los intentos de las FARC de
participar en los procesos políticos electorales y la subsiguiente
masacre de 5.000 militantes y candidatos –entre ellos dos candidatos
presidenciales-, la fiscalía protestó. La fiscalía también protestó
por la descripción que hizo la defensa del generalizado y continuo
estado de violencia en Colombia y del papel de las fuerzas de
contrainsurgencia de USA en alianza con los grupos paramilitares.
En esta pesadilla kafkaiana de una sala de
juicio, el fiscal pidió al juez que ocultara los nombres del
jurado para protegerlos de la “venganza” de la “organización
terrorista” de Trinidad (en lo más profundo de la selva colombiana),
con lo que predispuso aún más a un jurado ya atemorizado y a
un juez tendencioso.
El grupo de letrados de la defensa nombrados
por el tribunal no consiguió contrarrestar la más elemental
de las afirmaciones perjudiciales realizadas por el testigo
clave de la acusación, un coronel del ejército colombiano, que
se refirió a Trinidad como “terrorista” a pesar del hecho evidente
de que todavía no había sido acusado [de terrorista]. El juez
Hogan se negó a permitir a los miembros del jurado que se llevasen
sus cuadernos con las notas tomadas durante el juicio y les
negó el acceso a las transcripciones, impidiéndoles una evaluación
racional de las pruebas.
La refutación de Trinidad del testigo colombiano
de la acusación y la escandalosa naturaleza de este “juicio
político espectáculo” resultaron evidentes desde el primer día
en que el jurado se dirigió al juez. El jurado declaró que sus
miembros estaban profundamente divididos en todas las acusaciones
y pidieron al tribunal que declarase la nulidad del juicio por
falta de consenso. Tras 18 días de sesiones muy tensas, demagógicos
e inflamados discursos políticos, los jurados apenas deliberaron
durante siete horas antes de anunciar que estaban en un punto
muerto. Una nota de uno de los jurados al juez del distrito,
Thomas Hogan, afirmaba: “[…] Creemos que nuestras diferencias,
fundamentadas en profundas reflexiones, son irresolubles”. El
juez Hogan denegó la petición de Trinidad de un juicio nulo,
ordenó al jurado que siguiese deliberando y afirmó que declararía
la nulidad si los jurados repetían su declaración de estar en
un punto muerto por segunda vez.
Conclusión
El “juicio político espectáculo” de Simón Trinidad
es un flagrante ejemplo de las amenazas a las libertades constitucionales,
a las cuales nosotros y los ciudadanos del mundo nos enfrentamos
ante el poder sin límite del presidente de USA para gobernar
por encima de todos los derechos de los estados soberanos y
de sus ciudadanos, de la legislación internacional y de las
libertades constitucionales.
Igualmente importante es la actual realidad
de las detenciones ilegales extraterritoriales, los secuestros
y los procedimientos arbitrarios al servicio de las sangrientas
políticas imperiales y de los gobernantes clientelistas, cuyos
actos están devastando la sociedad colombiana. El salvaje programa
contrainsurgente llamado “Plan Colombia” ha desplazado a más
de dos millones y medio de campesinos y pobladores de las chabolas
[1] de las ciudades; el número de personas desplazadas se sitúa
sólo detrás del de Afganistán. Los programas de contrainsurgencia,
denominados de formas variadas (“Plan Colombia”, “Plan Patriótica”
y “Seguridad Democrática”) están financiados por USA y promovidos
por su cliente el presidente Álvaro Uribe. El sindicato usamericano
AFL–CIO [1] documenta más de 4.000 sindicalistas asesinados
entre 1986 y 2002; el gobierno colombiano sólo ha investigado
376 casos, de los cuales sólo cinco han terminado con la condena
del asesino. Según los grupos colombianos de derechos humanos,
entre los años 2003 y 2006 el ejército de Uribe y sus aliados
paramilitares han asesinado a casi mil sindicalistas más. Durante
los últimos cinco años, 30.000 campesinos, maestros rurales
y líderes indígenas y campesinos han sido asesinados con impunidad.
El estado de represión (“[Plan] Seguridad Democrática”) se ha
centrado en la debilitación de los sindicatos en contra del
Acuerdo de Libre Comercio usamericano-colombiano, no en la debilitación
de las guerrillas armadas. Con alrededor de un 68 por ciento
de la población colombiana que vive por debajo del umbral de
la pobreza de dos dólares al día, y con las expropiaciones de
tierra a manos de los dirigentes paramilitares, con los magnates
del ganado y los mandos militares que concentran la propiedad
de la tierra a una escala sin precedentes, no es de extrañar
que la resistencia guerrillera esté reclutando voluntarios y
se enfrente con éxito a las campañas militares apoyadas por
el gobierno, cada una de las cuales lleva un título triunfalista
y todas terminan en un estrepitoso fracaso. Sin unas profundas
reformas sociales y políticas y a falta de un modelo económico
que integre a los millones de desplazados, aterrorizados y excluidos,
no hay estratega o estrategia militar -por muy financiada y
bien dirigida que esté- que pueda acabar con este conflicto
civil.
El primer paso para la resolución de este conflicto
de medio siglo es el reconocimiento de que Colombia está sumida
de una guerra civil, no en una “guerra contra el terrorismo”.
El segundo es la puesta en libertad de los protagonistas del
proceso de paz, Simón Trinidad y su compañera Sonia, como un
paso concreto hacia un intercambio humanitario de prisioneros
y la instauración de medidas en las que confiar, que abran la
vía de unas negociaciones de paz a gran escala.
Paradójicamente, el final del derramamiento
de sangre colombiano podría empezar en Washington, en un tribunal
federal, o posiblemente en el Congreso de USA, con el reconocimiento
de que USA es una parte armada en la guerra civil de Colombia,
de que sus combatientes son prisioneros de guerra y de que su
puesta en libertad final depende del reconocimiento de los límites
del poder militar usamericano (y de su cliente colombiano) y
de que un acuerdo diplomático negociado es la única alternativa
real.
Espero reunirme con artistas e intelectuales
como Denzel Washington, Oliver Stone, Michael Moore, Noam Chomsky
y Angela Davis, mencionados en el llamamiento de las FARC, en
un esfuerzo común para presionar al gobierno de USA con el fin
de llegar a un acuerdo de intercambio de prisioneros (tanto
en USA como en Colombia), lo que incluye a los combatientes
usamericanos.
Notas de los traductores:
[1] Chabolas
en España, favelas
en Brasil, ranchitos
o villamiserias en
otras zonas de América Latina.
[2] American
Federation of Labor-Congress of Industrial Organizations.
James Petras es sociólogo y escritor
usamericano, autor de numerosos textos sobre América Latina.
Paloma Valverde es miembro de IraqSolidaridad
y Rebelión. Manuel Talens
y Juan Vivanco son miembros de Rebelión y Tlaxcala,
la red de traductores por la diversidad lingüística. Esta página se
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