III visita asturiana de verificación ddhh-colombia

UN MAR DE PALMA SOBRE UN MAR DE TERROR

La entrada a la región de Urabá por vía aérea ofrece un espectáculo sobrecogedor: al mar de plantaciones de banano se suma el avance del mar de plantaciones de palma africana y el océano de terror necesario para que continúe el agronegocio de los monocultivos sobre los cadáveres de los negros, indios y chilapos (mulatos nacidos en Córdoba) despojados con violencia de miles de hectáreas de territorios individuales y colectivos.

La década de los 90 fue pródiga en un terror dirigido desde la Brigada 17 del Ejército colombiano con sede en Carepa en operaciones conjuntas como la Operación Génesis con los escuadrones de la muerte o paramilitares, detrás de los cuales se asomaba las orejas del lobo empresarial interesado en apropiarse enormes extensiones para sembrar palma africana, explotar la abundante mano de obra expulsada de la economía campesina y ganarse la valorización de estos predios con el paso de la autopista panamericana, el nuevo canal interoceánico, al tiempo que cabeza de playa para embarcar coca hacia el mercado de los países del norte. Un negocio redondo.

Cansados de aguantar hambre en las ciudades o de vivir como animales en la espesura de la selva húmeda del Chocó, dos centenares de familias propietarias de tierras y territorios ancestrales, decidieron hacer acopio de valor y regresar a su tierra por la cuenca del río Curvaradó. Les acompañan Justicia y Paz de Colombia y PASC del Canadá.

Con el apoyo de varias organizaciones nacionales y extranjeras se construyeron en zonas humanitarias, civiles afrodescendientes, mestizos e indios que se niegan a involucrarse en la guerra. Se definen como comunidades de paz y no aceptan personal armado dentro de sus zonas humanitarias. Su exigencia única es restitución inmediata de las tierras que les robaron, propiedades tituladas en muchos casos por el mismo Estado que mira para otro lado porque en realidad los negros y los indios le estorban al empresariado y su proyecto económico y político.

Al regreso el espectáculo les golpea. El cementerio de Curvaradó con más de cien tumbas y el pueblito de Andalucía con sus cincuenta casas fueron demolidos con bulldozer por los invasores de cuello blanco. Los huesos de los antepasados emergen de la maleza con solo escarbar un poco… cada quien intenta ubicar dónde estaba la tumba de sus seres más queridos, se recogen algunos y en el sitio de dice una oración.

Los escombros de la escuela y de las casas yacen bajo la fronda de miles de plantas de palma. La rica biodiversidad de una de las pocas selvas húmedas que quedan a un planeta que se asfixia, desaparece al ritmo que avanza la palma africana plantada tras centenares de asesinatos, desaparecidos, amenazados, desterrados.

“A mi hermano que se negó a vender su tierra lo asesinaron los paracos, le mocharon la cabeza, le abrieron la tripa y se la metieron ahí”; a mi madre le dieron plomo por defender a un hermano al que golpeaban”, “nos cayeron de noche a tiros, nos tocó huir para el monte, oíamos los gritos de quienes no alcanzaron a salir, mataron a seis, no nos dejaron recoger los cadáveres y se los comieron los animales”, “nos levantaron la canoa a plomo y nos salvamos unos pocos”, “trozaron mi niño de tres años en pedacitos porque era guerrillero según esos hijueputas”… recuentos de historias de espanto, reales, duras, todas ocurrieron y siguen ocurriendo pesar de la buenas intenciones escritas por los empresarios de la palma en las carreteras por donde sacan el corozo “cuidar el medio ambiente es tarea de todos”, “aquí generamos empleo”…

Los obreros que trabajan para las plantaciones ni siquiera reciben salario porque les pagan con vales para comprar víveres a precios de escándalo en la tienda de los socios de los palmeros, sin seguridad social ni dinero, miles de obreros que llegaron engañados viven otra pesadilla: quedaron atrapados en el mar de palma africana y van marchando para ser reemplazados por otros, traídos de varias regiones del Caribe con el señuelo del empleo y del progreso.

Varias comunidades se han rebelado contra el expolio pero tienen el riesgo de sufrir nuevas masacres, ya fueron amenazados de nuevo por la encarnación paramilitar conocida como Águilas Negras, aves de la muerte que anidan en el pueblo de Bajirá bajo la mirada cómplice de la fuerza pública.

“A ver qué van a hacer cuando se vayan de la zona los gringuitos que los acompañan” les dicen y por las noches las comunidades reunidas en casitas de madera tejen proyectos de vida comunitaria, esperanzadas en que no les faltarán las fuerzas como no les faltará la ayuda internacional para seguir resistiendo al mar de terror desatado por los palmeros.

Y aunque el miedo no conoce calzones, según dicen, tampoco Europa parece conocer el horror sobre el que se está montando otro espejismo: el de los biocombustibles.

Que le pregunten a las comunidades del Curvadaró y Caño Claro cuánto cuesta en biodiversidad y sangre el alimento de los coches “ecológicos”; esta infamia fue motada sobre mentiras como la de imponer el progreso, generar empleo y cuidar el planeta, al tiempo que se perseguía a los guerrilleros de las FARC.

En realidad venían por las tierras y a sacar a la población civil. Pero el juego se está acabando porque las comunidades comienzan a usar las pocas tierras que la palma no ha ocupado para sembrar “pancoger” y sueñan con reconstruir el pasado, su historia, su cementerio y su futuro que es la vida comunitaria en la pródiga diversidad del sobaco de América.