apadrinamiento o el bando de los voraces

¡ Apadrina¡ o el bando de los voraces.

Enviado el Martes, 10 abril a las 08:55:48 por nic

INTERNACIONAL

Pobreza global: cuenta pendiente; un artículo de Néstor Núñez

inSurGente.- Si se es ciudadano del Primer Mundo se puede persistir en la ingenuidad política, limpiar la conciencia a bajo costo, o perpetuarse como un cínico. Internet, la alucinante red de redes constreñida a apenas 15 por ciento de los más de seis mil millones de personas que pueblan el planeta, ofrece todas las opciones. Solo por 0,70 euros diarios, menos de lo que cuesta una taza de café o una caja de cerillas, un habitante del polo desarrollado puede apadrinar a un niño subdesarrollado. ¡Ayúdelo a vivir!, puede rezar un mensaje que a todo color llega en los legañosos ojos de un pequeño de piel oscura o aceitunada, ropas raídas y aire suplicante.

Y el cándido, el piadoso o el hipócrita hurgan en su bolsillo, llenan el formulario y asumen como cumplida la tarea. Mientras, Don Lucifer, el que trueca todo en mercancía y dividendos, puede seguir atizando las calderas sin mayores contratiempos.

El largo camino

Cierto que el desmadre de la ambición ha ganado no pocas batallas, desde los tiempos en que una horda maceraba a otra para gozar de la caza, la pesca y la recolección ajenas, hasta el indigno minuto de las bombas inteligentes arrojadas sobre Bagdad para asegurar petróleo a las grandes transnacionales amigas del Presidente norteamericano. Desde el traslado forzoso de millones de esclavos africanos al Nuevo Mundo, donde el coloniaje diezmó a los autóctonos, hasta el reparto violento del orbe entre las grandes potencias imperialistas en dos impías conflagraciones globales. Sin olvidar que errores crasos también han hecho su parte, desgastando procesos que se pintaban de justicia, y que la incapacidad, el anquilosamiento, la rigidez y los oportunismos, entre otros factores, terminaron por vaciar para arrimar más leña al bando de los voraces, sin pasar por alto, y haciendo honor a la más estricta verdad, que no todas las alternativas y esperanzas ardieron como el cartón, y lo están probando con creces por estos días.

Al final, la aciaga resultante de todas estas marchas y contramarchas humanas signadas por el malsano principio de vivir a costa de otros sigue siendo la misma: abismos insondables entre una minoría opulenta y una mayoría en harapos.

Desde luego que las ciencias sociales intentaron desde temprano explicarse estos despeñaderos, y como refiere el analista alemán Michael R. Kartke, ya en 1754 la Academia de Dijon ofreció un premio a quien pudiese establecer su génesis. ¿Acaso producto de una ley natural o de la voluntad divina? Jean Jacques Rousseau asumió el reto y en su obra titulada Sobre el origen de la desigualdad entre los hombres dejó plasmada una verdad capital: “La desigualdad…es el resultado de la propiedad privada, de la apropiación privada de la riqueza del mundo entero y de los beneficios privados derivados de esa apropiación”.

Y con la ejecución brutal de ese presupuesto llegó nuestra especie a este nuevo milenio, donde unos andan y desandan en veloces y acolchonados vehículos, mientras otros deambulan con pies llagados por arenas y selvas. Donde algunos se comunican a distancias siderales gracias a sus dóciles artificios electrónicos, mientras los más ni siquiera conocen la clave Morse. Donde la computación, tan usual y cotidiana en ciertos polos, es aún palabra ignota y casi asunto de magia en vastas extensiones geográficas.

Ojos cerrados

Pero con todo, insisten algunos, se quiere un género humano ciego, despojado de perspectiva histórica, pendiente únicamente de cómo consumir más. Yo, yo… ¿Y los demás?

Nadie debe inquirir cuántos podrían estar y no están porque se los llevó la irracionalidad y la violencia de inequitativos y maniáticos órdenes sociales con ínfulas de eternidad. Nadie debe indagar cuántos de los que amanecen hoy no despertarán vivos mañana. Y siguen afirmando que vivimos, al decir panglossiano, “en el mejor de los mundos posibles”.

Se nos quiere hacer creer que el hombre tiene mala entraña por naturaleza. Que su único interés es existir sin pensar en sus semejantes. Y todo ello no es otra cosa que el intento de predominio de la escuela que ensalza la asimetría social perpetua rubricada por los “vencedores”, porque requieren de más individualistas y menos solidarios de miras anchas. Y nos hablan del “final de la historia” para que nadie piense en cambios. De que se llegó al tope de la evolución y no existen alternativas viables después del mercado y sus díscolas leyes. Y lo proclamado se apuntala con las amargas experiencias políticas de la década de los noventa de la pasada centuria, cuando un modo de hacer diferente se derrumbó sin freno y desguarneció temporalmente a muchos que apostaban y apuestan por la posibilidad del cambio. Los históricos “combatientes antidogmáticos” quisieron entonces colocar el freno a la humanidad, y no hicieron otra cosa que demostrar que eran y son los más recalcitrantes inmovilistas y totalitarios. ¿Y donde está la prometida eficacia?

Baches insondables

El ya citado analista germano Michael R. Kartke asegura que en este planeta saturado de experimentos capitalistas, desde “el año 1900, aproximadamente, se ensanchó el hiato entre el nivel de ingreso medio de los países ricos y el de los países pobres, hasta llegar a una proporción de 1 a 4. Un siglo después, en la era de la globalización, la proporción es de 1 a 30”.

Para una institución nada radical como el Banco Mundial, según su pagina web oficial, “en el inicio del siglo XXI el mayor problema que enfrenta el mundo es la pobreza”. El presidente de esa entidad financiera imperial, James D. Wolfensohn, admitió públicamente que hoy “mil millones de personas controlan el 80 por ciento del producto interno bruto global, mientras otros mil millones luchan por vivir con menos de un dólar diario. “Este es un mundo desequilibrado”, reconoció el señor Wolfensohn.

Otras fuentes son más explícitas y ponen incluso nombre y apellido a “beneficiarios” y “perdedores” En consecuencia, aseguran que 90 por ciento de la riqueza mundial, expresada en términos del ingreso familiar, se concentra en Norteamérica, Europa, Japón y Australia. “Solo a Norteamérica -con un seis por ciento de la población adulta del planeta- le corresponde un tercio del ingreso mundial; mientras a la India, con más de un 15 por ciento de la población adulta del orbe, solo corresponde un escaso uno por ciento”, explican.

No es complicado determinar dónde radican los más acaudalados del orbe. Para contarse entre el diez por ciento de esos elegidos, dicen las analistas, hay que amasar al menos una suma 40 veces superior a la que accede un ciudadano promedio del polo desarrollado. Mientras, añaden los entendidos, la mitad de la gente adulta en el resto del universo debe conformarse con el uno por ciento de la riqueza global.

“En EEUU, por ejemplo, vive el 37 por ciento de los muy ricos; luego viene Japón, con un 27. A Brasil, la India, Rusia, Turquía y Argentina les corresponde, a cada uno, un escaso uno por ciento de este grupo de cabecera”. En el año 2000 había ya 13,5 millones de personas que tenían más de un millón de dólares, y unas 500 fortunas de más de mil millones de dólares.

Ilustrativo en extremo es el imaginativo conteo que incluye el sitio web Altillo.com, y que afirma que “si se contrajera toda la población de la Tierra a la de un pueblito de cien habitantes, y la distribución humana quedase inalterada a partir de los números vigentes en la actualidad, esta se reflejaría de la siguiente forma: habría 52 mujeres y 48 hombres. Treinta blancos y 70 personas con pigmentación negra, cobriza o aceitunada. Treinta cristianos y 70 devotos de otras confesiones. Ochenta y nueve heterosexuales y 11 homosexuales.

Seis personas poseerían el 59 por ciento de la riqueza y los seis serían norteamericanos. Ochenta vivirían en condiciones por debajo de lo que podría considerarse un nivel medianamente aceptable. Setenta no sabrían leer ni escribir y 50 sufrirían de malnutrición. Solo uno sería universitario y uno poseería una computadora.

Más allá

No obstante, las naciones empobrecidas esperan hace decenios que los ricos cumplan con su exiguo compromiso de dedicar 0,7 por ciento de sus abultados productos internos brutos a la asistencia internacional. Estados Unidos, experto en repartir bombas y cerrar los bolsillos, apenas contribuye con el 0,1 por ciento, amén de ubicarse como el principal contaminador del medioambiente, y negarse a suscribir los protocolos que intentan un precario equilibrio ante una agresión a nuestro hábitat que desde la década del 70 del pasado siglo la regeneración natural ya no puede contrarrestar. Son deudas y compromisos que deberían resultar insoslayables para quienes ostentan opulencia a cuenta de instituir la inopia global.

En tales condiciones se explica que la humanidad no requiera precisamente de dádivas, con más razón cuando algunas se suelen otorgar a cuenta de concesiones que lo empeoran todo, o en el mejor de los casos para barnizar ciertas imágenes públicas.

En consecuencia, 0,70 euros diarios nunca serán solución alguna. Los abismos ancestrales impuestos a nuestra especie exigen definitivas transformaciones y voluntades preñadas de seriedad, responsabilidad, interés, honestidad y conciencia verdaderamente solidaria y justiciera.Néstor Núñez es jefe de Información Internacional de la Revista Bohemia (Cuba).