¿Por qué
al Norte le gusta “ayudar”?
¿A qué
se refieren los Estados ricos cuando hablan de “cooperación”?
David Llistar i Bosch
Viento Sur
Como aseguran los realistas como Morgenthau, los Estados se comportan
como sujetos egoístas que compiten entre sí en busca
de mayor poder, por su propia seguridad relativa y lo hacen en
un panorama de peligroso caos. Actúan por intereses de
Estado, nunca por principios abstractos como la solidaridad o
el bien colectivo. En este contexto, ¿por qué casi
todas las Administraciones de los países OCDE (inclusive
las locales) disponen de Ministerio, Secretaría u Oficina
de Solidaridad y Cooperación Internacional? Incluso casi
todos los Ministerios de un mismo gobierno disponen de una partida
para cooperación, ya no sólo el de Asuntos Exteriores.
De nuevo deberemos distinguir entre el significado etimológico
del término ‘cooperación internacional’
y el desgastado uso que se le ha dado. En el diccionario de la
RAE el término cooperar se define como: “Obrar conjuntamente
con otro u otros para un mismo fin”. En la práctica,
el significado que en la real politik le reserva al término
“cooperación”, es distinto al que suele entender
la opinión pública. En general, la ciudadanía
lo asocia a solidaridad y filantropía con el Tercer Mundo,
o a la lucha internacional contra una causa honorable como la
prevención del VIH o el control del narcotráfico.
Sin embargo en geopolítica se utiliza para fines no tan
honorables. La eliminación de un gobierno poco afín
mediante una ocupación militar de una coalición
de países que cooperan entre aliados, o la internacionalización
de las empresas locales en forma de inversión extranjera
y acogida por algunos gobiernos neoliberales del Sur como agua
de mayo, son dos ejemplos de ese tipo de cooperación internacional.
Efectivamente, de las seis grandes motivaciones por las que afirmamos
que los Estados capitalistas ricos han instituido desde el fin
de la Segunda Guerra Mundial la cooperación internacional,
solamente una corresponde a fines nobles. En general, como veremos,
persiguen intereses de Estado difíciles de conseguir por
otros medios. En esto último reside muy probablemente su
vigencia y tamaño.
1. Cooperación para formar alianzas geoestratégicas,
sean de carácter geopolítico, geoeconómico
o militar. Operaciones como la invasión de Irak o el proceso
de presión previa al Consejo de Seguridad de Naciones Unidas
fueron concebidas en el marco de cooperación entre aliados.
No tienen por qué ser Norte-Sur ni estar acotadas a un
sólo ámbito. Las alianzas contra el terrorismo,
el control de la inmigración o del narcotráfico
suelen generar las llamadas ‘cooperaciones reforzadas’,
frecuentemente promovidas por los Estados Unidos o secularmente
por la Unión Europea y asumida obedientemente por el resto
de la comunidad internacional salvo algunos estados.
A los Estados que no suelen cooperar se les estigmatiza y se les
apoda con categorías como Estados gamberros (brive countries),
Estados fallidos o incluso ‘Eje del Mal’. Las cooperaciones
se plantean en algunos casos bilateralmente (como los acuerdos
tácitos entre los gobiernos norteamericano y británico,
o los tratados de libre comercio bilaterales) o de forma multilateral
en otros (OTAN, MERCOSUR, Liga Árabe...).
Por otro lado, también es cierto que la deslocalización
empresarial y el propio comercio ha conducido a unas economías
a ser muy sensibles de otras. Es el caso de la dependencia de
la economía española de la latinoamericana. Durante
la crisis argentina, 1999-2002, se estima que el PIB español
dejó de crecer un 0’8% directamente a consecuencia
de ésta (1). Por ende, es lógico que algunos tanques
de pensamiento aconsejen en clave del propio interés económico,
apoyar al continente Latinoamericano mediante cooperaciones de
distintos tipos.
2. Cooperación para acceder a mercados y a recursos extranjeros
(petróleo y gas, pesca, mano de obra barata, por ejemplo)
o para colocar excedentes agrícolas. El actor beneficiado
son las transnacionales de matriz local que son subvencionadas
o favorecidas directa o indirectamente por el Estado para penetrar
en terceros países. A menudo se utiliza la propia ayuda
oficial al desarrollo condicionada para entrar a las economías
del Sur. Ejemplo de lo último es el plan de internacionalización
de la empresa española en la que se incluyen instrumentos
públicos como los créditos FAD (créditos
blandos condicionados a la compra de bienes y servicios de empresas
españolas) otorgados por el ICO (2) y contabilizado como
ayuda oficial al desarrollo.
Otro modo de disfrazar de solidaridad, lo que en realidad puede
ser una ayuda interna a grupos de interés con capacidad
de presión, es la de colocar en forma de ayuda a terceros
países el excedente agrícola producido por el agrobusiness
local con el fin de que sus precios no se vean afectados a la
baja. Si además, como habitualmente ha hecho la US Aid
durante las constantes hambrunas africanas, el excedente sirve
para introducir grano transgénico con los consiguientes
efectos de contaminación transgénica y posterior
dependencia tecnológica de las patentes de cuatro compañías
transnacionales, la nobleza queda en un pozo.
3. Cooperación por buena imagen internacional. La denominada
‘marca país’ se nutre así de una proyección
publicitaria de superioridad civilizatoria, de generosidad, amistad
y madurez. El centro de gravedad de la imagen es lo “humanitario”.
La preocupación por la imagen en la cooperación
se demuestra en la tendencia a preferir proyectos fotografiables
(infraestructuras) a los invisibles (educación, salud);
a priorizar las misiones bilaterales a las multilaterales (salvo
en el caso de los cascos azules y misiones varias de la ONU);
y por supuesto, a marcar todo proyecto ejecutado con el logotipo
de la correspondiente cooperación nacional y su precio
(3). Una buena imagen a través de la cooperación
es la de los países escandinavos, cuya ayuda es muy superior
a la media de los países OCDE (además de cierta
calidad) que les otorga una imagen con amplios dividendos en otros
ámbitos.
4. Cooperación por gobernabilidad. Es decir, se trata de
contener y aliviar las externalidades más extremas causadas
por el mercado en países periféricos. Su objetivo
es mantener la gobernabilidad y prevenir posibles estallidos sociales
de tipo revolucionario, populista, violento o simplemente o de
quien atente contra el status quo. Los encargados de realizarla,
dado que ejercerla sólo supone la carga de los costes de
un sistema que se supone favorece a todos, son el Banco Mundial
y sus distintos programas, los bancos regionales de desarrollo
como el BID (Banco Interamericano de Desarrollo) en América
Latina, el BAD (Banco Asiático de Desarrollo) en Asia,
el
BafD (Banco Africano de Desarrollo) en África, los programas
HIPC (Heavely Indebted Poor Countries) y MDRI (Multilateral Debt
Relief Iniciative) para los países altamente endeudados
dirigidos por el propio FMI, incluso la función de muchas
ONGs procapitalistas de carácter asistencialista, humanitario,
conservacionista, o de educación al capitalismo.
En general, se entiende que las tesis preocupadas por la gobernabilidad
se refieren a una gobernabilidad que dé paso a la prosperidad
a través del capitalismo, y que a su vez no atente a la
seguridad del status quo internacional. Gobernabilidad capitalista,
en definitiva, que enlaza con la siguiente razón de ser
de la cooperación.
5. Cooperación por capitalismo, es decir, para integrar
al sistema capitalista internacional a países con poca
predisposición a hacerlo o con posibilidades de convertirse
en “países gamberros” (inclusive las tendencias
socialistas).
Después de la Segunda Guerra Mundial se aprendió
que el capitalismo salvaje que produjera grandes bolsas de extrema
pobreza en los suburbios de los propios países industrializados
como Alemania, Italia o Rusia, podría ser incendiado mediante
tesis populistas como fueran -según la visión capitalista-
el nacionalsocialismo, el fascismo o el comunismo.
Esta motivación estuvo detrás de la mayor operación
de cooperación nunca vista en la historia: el Plan Marshall
para la reconstrucción (anticomunista) de Europa después
de la Segunda Guerra Mundial, que luego inspiraría buena
parte de la cooperación que tanto los EE UU como la URSS
ofrecerían durante los largos años de la Guerra
Fría a los países africanos y asiáticos que
progresivamente iban conquistando su independencia. En ese sentido,
el aporte relativo a la cooperación alcanza su cénit
durante aquellos años. Con la caída del Muro de
Berlín en 1989, y unido al llamado “cansancio del
donante” los flujos irán decreciendo poco a poco.
De nuevo, las instituciones encargadas de promover el capitalismo
en el Sur son las gemelas de Bretton Woods, la OMC y los bancos
regionales de desarrollo. Los Estados centrales también
presionarán desde sus relaciones bilaterales. Por eso todos
los programas de “ayuda” o cooperación estarán
directamente condicionados a la aplicación del Consenso
de Washington (4) y sus consiguientes programas de liberalización
y desregulación del Estado.
Hoy en día existen tesis más fuertes que constatan
la estrategia seguida por el bloque occidental y especialmente
de los Estados Unidos respecto a los que tildan de “Estados
fallidos” (según la jerga, aquellos con dificultades
para gobernar sobre su propio territorio o para gestionar conflictos
internos (léase Somalia, El Congo, Sudán, Haití...).
La estrategia es la de provocar o aprovechar la emergencia de
fuertes catástrofes humanitarias para legitimar la entrada
de fuerzas multinacionales y reconstruir el país según
parámetros orientados a los intereses centrales. Es el
caso reciente de Afganistán, Irak, la Indonesia post-Tsunami
o Haití. Los valedores de estas estrategias son los neocons
norteamericanos. Pueden encontrarse informes prescriptivos en
geopolítica regional en sus principales think tanks (5).
6. Cooperación como efecto de la presión ciudadana
solidaria. Si existe una componente noble en la cooperación
internacional es la que se desprende de la presión que
algunas sociedades civiles bien organizadas son capaces de realizar
a sus administraciones para que destinen esfuerzos y recursos
a la erradicación de la pobreza, de las catástrofes
y a los problemas ambientales globales. La capacidad de transmisión
de esa voluntad popular depende de la sensibilidad e ideología
del gobierno en el mando, de la complicidad de los medios de comunicación
y de la profundidad democrática del país en general.
Pero lo que sí es esencial, es que los movimientos sociales
locales sean capaces de mantener la presión al gobierno,
así sea sensibilizando a la población no implicada,
a través de acciones mediáticas o del lobby (6).
De estas seis funciones de la cooperación internacional,
las distintas corrientes de pensamiento han prescrito y preferido
unas a las otras. En la práctica se han aplicado casi todas
simultáneamente aunque con configuraciones distintas.
Sin embargo, es en la convergencia de múltiples intereses,
que la cooperación se ha tornado un concepto tanto de derechas
como de izquierdas, y ha prevalecido de este modo desde la Segunda
Guerra Mundial.
La corriente liberal del internacionalismo, basándose en
la posibilidad desaprovechada de evitar la Primera Guerra Mundial,
planteó la cooperación internacional como la forma
de impedir una nueva guerra, resultado que no logró. Para
la corriente realista, mucho más habituada a plantear la
guerra como algo humano y natural, la cooperación es necesaria
para formar alianzas de cualquier tipo, en especial las militares,
y para exportar “la democracia y la libertad a toda sociedad
tradicionalista”.
Para los estructuralistas, al igual que los realistas, la solidaridad
entre naciones no existe. Y sólo puede ser aceptada desde
el Sur, si se dirige a cambiar las estructuras. Para los institucionalistas,
una posible ayuda internacional debería dirigirse a las
instituciones del Sur para apoyar su maduración.
David Llistar i Bosch
NOTAS:
(1) Blázquez, J y Sebastián, M. (2003), Real Instituto
Elcano. El impacto de la crisis argentina en la economía
española.
2003. http://www.realinstitutoelcano.org/documentos/93/DT-12-2004-E.pdf.
(2) Instituto de Crédito Oficial, que depende del Ministerio
de Economía.
(3) En el caso de la cooperación española, es conocida
la repetida presencia del “huevo frito”, el logo de
la Agencia Española de Cooperación Internacional.
(4) Llistar, D. (2003). “El Consenso de Washington una década
después”. En: Ramos, L. El fracaso del Consenso de
Washington. La caída de su mejor alumno: Argentina. Barcelona,
Icaria.
(5) Algunos de los más influyentes en la Administración
Bush son: Heritage Foundation (www.heritage.org), Cato Institute
(www.cato.org), American Enterprise Institute (www.aei.og), Project
for the New American Century (www.newamericancentury.org), Center
for Strategic and International Studies (www.csis.org), etc.
(6) La irrupción del movimiento 0’7, célebre
por las masivas acampadas en las calles españolas durante
el invierno de 1994, logró que las distintas administraciones
españolas se pusieran al día e implicaran sus presupuestos
públicos en la solidaridad internacional. Fue más
cantidad que calidad, pero en definitiva el proceso de presión
tuvo gran incidencia en las políticas públicas españolas.
David Llistar i Bosch es coordinador de l’Observatori del
Deute en la Globalització (Observatorio de la Deuda en
la Globalización). Càtedra UNESCO de Sostenibilitat
de la UPC (Universitat Politècnica de Catalunya).