Por Antonio
Peredo Leigue
Diciembre 30,
2007
Hace 9 años, el 30 de diciembre de 1998, llegaba a Santa
Clara acompañando los restos de mi hermano Coco. Llegamos en una caravana de
buses, los familiares de varios combatientes de Ñancahuazú, encontrados por el
equipo forense que buscó, encontró y rescató los restos de casi todos los
guerrilleros que formaron la columna comandada por el Che. Las urnas con los
huesos de Tania, Coco y otros cinco compañeros eran llevados hasta la cripta
donde reposan actualmente.
Recorrimos la ciudad que, como dice la canción, “se
levantó para verte” Comandante Che Guevara. Y, ciertamente, el recuerdo más
vívido que tengo es la escena reconstruida del tren descarrilado que selló la
suerte de la guerra revolucionaria e inició la Revolución que, en estas fechas,
llega a sus 49 años.
Con 130
hombres
Una plaza como la ciudad de Santa Clara, fuertemente
resguardada y apertrechada cayó ante la ofensiva de una columna que apenas
llegaba a sumar 130 efectivos. El descarrilamiento y toma del tren que llegaba
con una asombrosa cantidad de armamento y munición, la estrategia desconcertante
del Che y el valor incansable de sus combatientes, terminaron en tres días lo
que, cualquier militar, habría supuesto un mes de asedio.
El día clave fue el 30 de diciembre. Con el brazo
enyesado, sin haber dormido y el constante temor de que, el cansancio, haga
efecto sobre su reducida tropa, logró lo que parecía imposible: detener el tren,
capturarlo, aprehender 400 soldados que lo custodiaban y, con el armamento
conquistado, reforzar el acoso sobre los cuarteles y edificios de gobierno,
donde resistían más de 1.000 soldados, policías e incluso civiles que estaban
señalados por el pueblo como informantes y torturadores.
Pero, a nivel internacional –e incluso en el resto de
Cuba- los medios de comunicación informaban otra cosa. Los diarios de
La Habana, por
ejemplo, publicaron una noticia proveniente de Asociated Press (AP), que
informaba: “Las tropas gubernamentales apoyadas por tanques y aviones,
machacaron a las fuerzas rebeldes en retirada en las afueras de Santa Clara y
las arrojaron hacia el este, fuera
de la provincia de Las Villas”.
Cuarenta años después, mirando esa reproducción del
descarrilamiento, me parecía estar detrás de aquella niña que, con cámara
fotográfica en mano, le pedía al Che, en medio del combate, que le dejara
tomarle una fotografía. Sentía como, esa niña, sin tener conciencia de la
dimensión de aquel momento, quería una foto del hombre al que veía como un
héroe. Pero es que, el Che mismo, no había tenido un instante de sosiego para
medir lo extraordinario del momento que protagonizaba.
Con 50
hombres
Disculpándome de Aleida, que estaba en Santa Clara, y de
Tania que recorrió los trillos de Ñancahuazú, digo hombres, refiriéndome a los
combatientes, para no hacer ninguna clase de distingos.
Fue con 50 que el Comandante Ernesto Che Guevara, sacudió
las entrañas mismas de esta patria regada con su sangre y la de quienes lo
siguieron. Y, si aquí fue asesinado con una ráfaga, lo mismo que en Santa Clara
fue muerto Vaquerito, su capitán más joven y osado, en Bolivia también logró
descarrilar el tren e iniciar la ofensiva contra el enemigo.
Esto, que parece figura literaria, es la realidad de los
acontecimientos que ocurrieron entre 1967 y 2002 en Bolivia. Veamos las
similitudes con lo acontecido en aquella Cuba de los años ’50: corrupción,
entreguismo, mezquindad y desvergüenza eran las características del régimen
batistiano en aquel tiempo. Los mismos elementos eran visibles en los gobiernos
que se sucedieron en Bolivia, entre 2000 y 2005, los cinco años que el pueblo
luchó por las libertades que el neoliberalismo le arrebató.
Pero no sólo eso. La similitud se acrecienta cuando los
niños bolivianos de aquel ’67 escucharon por primera vez el nombre del Che y
comenzaron a saber que significaba lealtad, sacrificio, honestidad, consecuencia
y, sobre todo, libertad. Así se lo escuché, esta tarde (30 de diciembre de 2007)
al Vicepresidente Alvaro García Linera que, el año que asesinaron al Che, tenía
apenas 5 años.
Y comenzaron a entender que era posible hacer una
historia diferente en esta patria, donde los maestros enseñaban en la escuela
que, Bolivia, era un mendigo sentado en una bola de oro. Y soñaron con convertir
a Bolivia, en una patria que dejara de mendigar, pero también que no se dejara
quitar la bola de oro.
Realizando los
sueños
Fue en diciembre también, pero de 2005, que comenzaron a
concretarse esas aspiraciones. A transformar los sueños en realidades. Por
supuesto que no es como en los cuentos de hadas. Esas realidades sólo pueden
alcanzarse con sudor, con sacrificio, incluso con sangre. Porque Batista o Goñi
Sánchez (da lo mismo) huyen sólo cuando no tienen más posibilidades. Y aún más:
dejan a sus secuaces para que sigan poniendo obstáculos. Batista le dejó el
mando al general Cantillo y éste intentó engañar diciendo que formaría gobierno
provisional de acuerdo con Fidel. ¿No suena familiar a lo ocurrido en octubre de
2003?
Luego los gusanos se refugiaron en Estados Unidos y,
desde allí, financiaron cuanta violencia era posible. Se formaron comités,
asociaciones, agrupaciones y todo cuanto fue posible para crear inestabilidad.
¿Coincidencia?
Sin embargo, la revolución siguió adelante. Salud y
educación, son las primeras tareas. Por supuesto que, los dueños de los cientos
de caballerías se oponen con todas sus fuerzas, que son muchas, a cualquier
cambio. Para eso tienen radios y televisoras. CMQ era en Cuba, UNITEL es en
Bolivia.
El bono Juancito Pinto y la
Renta Dignidad rivalizan con los proyectos que
Costas y compañía presentan como el camino apropiado para cambiar Bolivia, como
si alguna vez hubiesen tenido la intención de hacer cambios. Y apenas uno
menciona estas cosas, salta a la vista que es una historia repetida de aquel
tiempo en que los médicos fueron embaucados para irse a Miami y los dineros
fueron saqueados de los bancos para dejar en la miseria a Cuba.
El Che puso la medida de la revolución. Su firma
estampada en los nuevos billetes dejó sin recursos al exilio que esperaba volver
en seis meses. Pronto serán 600 meses y tampoco podrán regresar, simplemente
porque el pueblo no los quiere.
Aquí en Bolivia, le pondremos la misma medida con
la Renta
Dignidad.
Antonio Peredo, senador boliviano, hermano de Coco e Inti
Peredo, guerrilleros compañeros del Che.