| 5 de agosto de 1961
Punta del Este
El
Che durante la Conferencia de Punta del Este
La letrinocracia
Después del fracaso del desembarco de los soldados en Cuba,
los Estados Unidos anuncian un gran desembarco de dólares
en América Latina.
Para aislar a los barbudos, el presidente Kennedy ofrece a los
latinoamericanos torrentes de donaciones, préstamos, inversiones:
—Cuba es la gallina de los huevos de oro —comprueba
el Che Guevara, en la conferencia panamericana de Punta del Este.
El Che denuncia este proyecto de soborno como una tomadura de
pelo. Para que nada cambie, se desencadena la retórica del
cambio. Suman medio millón las páginas de los informes
oficiales de la conferencia, y no hay página que no hable
de revolución, reforma agraria y desarrollo. Mientras los
Estados Unidos tumban los precios de los productos de América
Latina, prometen letrinas a los pobres, a los indios, a los negros:
no maquinarias, ni equipos, sino letrinas:
—Para los señores técnicos —acusa
el Che—, planificar es planificar la letrina. Si les hicieramos
caso, Cuba podría ser… ¡un paraíso de
la letrina!
nota
pachakuti: En esa época aun no habia oenegés..¿se
refería el Che a ellas de manera premonitoria, o simplemente
al Banco Mundial y otros instrumentos de las multinacionales..?
Nuestro ejemplo fructificará en el Continente como lo hace
ya, en cierta medida en Guatemala, Colombia y Venezuela.
No hay enemigo pequeño ni fuerza desdeñable, porque
ya no hay pueblos
aislados. Como establece la Segunda Declaración de La Habana:
«Ningún
pueblo de América Latina es débil, porque forma parte
de una familia de
doscientos millones de hermanos que padecen las mismas miserias,
albergan
los mismos sentimientos, tienen el mismo enemigo, sueñan
todos un mismo
mejor destino y cuentan con la solidaridad de todos los hombres
y mujeres
honrados del mundo.
Esta epopeya que tenemos delante la van a escribir las masas hambrientas
de indios, de campesinos sin tierra, de obreros explotados; la van
a
escribir las masas progresistas, los intelectuales honestos y brillantes
que tanto abundan en nuestras sufridas tierras de América
Latina. Lucha en
masas y de ideas, epopeya que llevarán adelante nuestros
pueblos
maltratados y despreciados por el imperialismo, nuestros pueblos
desconocidos hasta hoy, que ya empiezan a quitarle el sueño.
Nos
consideraban rebaño impotente y sumiso y ya se empieza a
asustar de ese
rebaño, rebaño gigante de doscientos millones de latinoamericanos
en los
que advierte ya sus sepultureros el capital monopolista yanqui.
La
hora de su reivindicación, la hora que ella misma se ha elegido,
la vienen señalando con precisión también de
un extremo a otro del Continente. Ahora esta masa anónima,
esta América de color, sombría, taciturna, que canta
en todo el Continente con una misma tristeza y desengaño,
ahora esta masa es la que empieza a entrar definitivamente en su
propia historia, la empieza a escribir con su sangre, la empieza
a sufrir y a morir, porque ahora los campos y las montañas
de América, por las faldas de sus sierras, por sus llanuras
y sus selvas, entre la soledad o el tráfico de las ciudades,
en las costas de los grandes océanos y ríos, se empieza
a estremecer este mundo lleno de corazones con los puños
calientes de deseos de morir por lo suyo, de conquistar sus derechos
casi quinientos años burlados por unos y por otros. Ahora
sí la historia tendrá que contar con los pobres de
América, con los explotados y vilipendiados, que han decidido
empezar a escribir ellos mismos, para siempre, su historia. Ya se
los ve por los caminos un día y otro, a pie, en marchas sin
término de cientos de kilómetros, para llegar hasta
los «olimpos» gobernantes a recabar sus derechos. Ya
se les ve, armados de piedras, de palos, de machetes, en un lado
y otro, cada día, ocupando las tierras, afincando sus garfios
en las tierras que les pertenecen y defendiéndolas con sus
vidas; se les ve, llevando sus cartelones, sus banderas, sus consignas;
haciéndolas correr en el viento, por entre las montañas
o a lo largo de los llanos. Y esa ola de estremecido rencor, de
justicia reclamada, de derecho pisoteado, que se empieza a levantar
por entre las tierras de Latinoamérica, esa ola ya no parará
más. Esa ola irá creciendo cada día que pase.
Porque esa ola la forman los más, los mayoritarios en todos
los aspectos, los que acumulan con su trabajo las riquezas, crean
los valores, hacen andar las ruedas de la historia y que ahora despiertan
del largo sueño embrutecedor a que los sometieron.

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