Santiago
Alba Rico
Hay siempre malas y buenas noticias.
La
buena noticia es que en España circulan 26 millones de
automóviles privados; que 8.000 km2 están ocupados
por carreteras, calles y aparcamientos; que hay 43 millones de
teléfonos móviles; que utilizamos 60.000 millones
de envases de plástico y cartón; que comemos 175
kilos de carne por persona y año; que sólo en la
Comunidad de Madrid hay 500.000 casas vacías; y que cada
minuto gastamos en distintas chucherías -comestibles o
electrodomésticas- 600.000 euros.
La mala noticia es que, según la OMS, unos trece millones
de personas mueren cada año en el mundo debido al deterioro
del medio ambiente, 200.000 de entre ellas como consecuencia directa
del cambio climático.
La mala noticia es que, según Al Gore, “el casquete
polar nórdico está derritiéndose y desmoronándose
y podría desaparecer completamente durante el verano en
menos de 22 años”.
La buena noticia es que, según la periodista Amy Goodman,
“las grandes empresas ya están celebrando la ruptura
del casquete polar, pues abrirá una ruta marítima
en el norte desde el Atlántico al Pacífico, creando
una vía más barata para transportar más cosas
innecesarias”.
La buena noticia es que arrojamos a la atmósfera, todos
los días, 70 millones de toneladas de partículas
contaminantes.
La mala noticia es que las empresas que contaminen por encima
de lo previsto en los protocolos de Kioto tendrán que comprar
a otras empresas su derecho a sobrecontaminar a un precio de aproximadamente
10 euros por tonelada de CO2.
La buena noticia es que 80 millones de aviones sobrevuelan nuestras
cabezas todos los años y que en el año 2010 el número
de viajes turísticos alcanzará los 1.100 millones.
La
mala noticia es que, según Francesco Frangialli, director
general de la Organización Intermacional del Turismo, los
destinos preferidos de nuestros consumidores -paradisíacas
playas y centros de esquí- habrán desaparecido quizás
en pocos años.
La mala noticia es que consumimos 75 millones de barriles de petroleo
al día y para el 2015 la demanda habrá aumentado
en un tercio más.
La buena noticia es que para afrontar la inevitable escasez de
combustible y la correspondiente crisis energética y alimentaria,
los ricos de EEUU tendrán que deshacerse en los próximos
cincuenta años de 92 millones de estadounidenses si quieren
mantener sus niveles de crecimiento y consumo; los del resto del
mundo deberán suprimir a 4.250 millones de seres humanos.
La buena noticia es que en este mundo y bajo estas condiciones
es muy difícil distinguir las buenas de las malas noticias.
¿O es ésta quizás la mala noticia?
Durante
dos décadas, gobiernos y multinacionales -con EEUU a la
cabeza- han negado, cuestionado o matizado la realidad del cambio
climático. Ahora, la concesión del premio Nobel
de la Paz a Al Gore, millonario ex-vicepresidente del país
más ambientalmente agresivo del mundo, viene a revelar,
no la conciencia repentina de un desastre inminente y la voluntad
de autocorrección, sino la necesidad de gestionar esa conciencia
-asentada desde hace tiempo en gran parte de la población-
sin cuestionar el modelo del que proceden las amenazas. Mediante
el control institucional de la alarma ecológica, gobiernos
y multinacionales buscan obtener ventajas de un peligro que no
pueden ya ocultar. En primer lugar, tratan de generar la tranquilizadora
ilusión de que se están tomando medidas, de que
hay siempre una solución tecnológica a los excesos
de la tecnología y de que hay una alternativa capitalista
a los desastres del capitalismo. En segundo lugar, orientan la
atención hacia la responsabilidad individual, con el doble
efecto de afirmar el espejismo de nuestras libertades atómicas
dentro del mercado y de impedir las conexiones colectivas, tanto
en las causas como en las respuestas. Por último y como
resultado de lo anterior, el cambio climático queda inscrito
dulcemente en la ecuación naturaleza-capitalismo bajo la
forma de un Sujeto o Agente mitológico, fuente él
mismo de los males que nombra, hacia el que las víctimas
no pueden dejar de dirigir su rencor: “El Cambio Climático
alarga el verano”, “el Cambio Climático aumenta
el riesgo de tsunamis”, “el Cambio Climático
eleva el nivel de los mares”. El cambio climático
deja de ser el resultado de una intervención estructural
a gran escala sobre y contra la naturaleza para convertirse más
bien en el objeto natural -adverso y tenebroso- de un haz de intervenciones
individuales salvíficas magistralmente coordinadas por
Unión Fenosa, Repsol y Monsanto.
¿Desarrollo
sostenible? ¿Crecimiento sostenible? ¿Canibalismo
sostenible? La fuente de toda riqueza, recordaba Marx a los socialdemócratas
alemanes, “no es el trabajo sino la naturaleza”. Bajo
el capitalismo, la fuente de toda riqueza no es la naturaleza
ni el trabajo ni la explotación ni el saqueo sino la hipótesis
material de una acumulación -y una destrucción-
ilimitadas. Hace ya tiempo que la humanidad, empujada por una
combinación mortal de tecnología y capitalismo,
ha cruzado ese umbral a partir del cual la fuerza misma de la
que depende nuestra supervivencia depende de nuestra intervención
para sobrevivir. La naturaleza que nos sostiene ya no se sostiene
a sí misma. Frente a ella lo único que se sostiene
a sí mismo, el único “organismo” autorregulado
e irreformable, es precisamente el capitalismo que la destruye
sin cesar, amenazando su supervivencia como hogar y nodriza de
los seres humanos (por no hablar de aves, mamíferos y plantas).
Sólo la pusilanimidad o el interés más ciegos
pueden creer aún que es posible estar al mismo tiempo en
contra del cambio climático y a favor del mercado. “Deprisa,
deprisa”, escribía Primo Levi en un poema de 1987
dirigido con amargura a los responsables de esta fragilidad sin
precedentes de la especie humana: “deprisa, deprisa, ampliemos
el desierto/ en las selvas del Amazonas/ en el corazón
vivo de nuestras ciudades/ en nuestros propios corazones”.
Deprisa, deprisa -más deprisa aún- debemos expropiar
las empresas, planificar la economía, regular el consumo,
ralentizar nuestras ciudades, poblar nuestros corazones, como
última posibilidad de mantener con vida una naturaleza
que hemos combatido, saqueado, vencido y a la que ahora -tal vez
demasiado tarde- hay que sostener y regular desde fuera -expresión
ominosa del daño infligido y del peligro creciente.
La mala noticia es que el capitalismo ni se detendrá ni
se destruirá solo -salvo para destruir con él la
humanidad misma.
La buena noticia es que todavía respiramos.
