| Discurso de agradecimiento al título de
primer Ciudadano Ilustre del Mercosur. 3 de julio 2008. Montevideo
Collar de historias
Eduardo
Galeano
Nuestra región es el reino de las paradojas.
Brasil, pongamos por caso:
paradójicamente, el Aleijadinho, el hombre
más feo del Brasil, creó las más altas hermosuras
del arte de la época colonial;
paradójicamente, Garrincha, arruinado desde
la infancia por la miseria y la poliomelitis, nacido para la desdicha,
fue el jugador que más alegría ofreció en toda
la historia del fútbol;
y paradójicamente, ya ha cumplido cien años de edad
Oscar Niemeyer, que es el más nuevo de los
arquitectos y el más joven de los brasileños. ***
O pongamos por caso, Bolivia: en 1978, cinco mujeres voltearon una
dictadura militar. Paradójicamente, toda Bolivia se burló
de ellas cuando iniciaron su huelga de hambre. Paradójicamente,
toda Bolivia terminó ayunando con ellas, hasta que la dictadura
cayó.
Yo había conocido a una de esas cinco porfiadas, Domitila
Barrios, en el pueblo minero de Llallagua. En una asamblea
de obreros de las minas, todos hombres, ella se había alzado
y había hecho callar a todos.
-Quiero decirles estito –había dicho-. Nuestro enemigo
principal no es el imperialismo, ni la burguesía, ni la burocracia.
Nuestro enemigo principal es el miedo, y lo llevamos adentro.
Y años después, reencontré a Domitila en Estocolmo.
La habían echado de Bolivia, y ella había marchado
al exilio, con sus siete hijos. Domitila estaba muy agradecida de
la solidaridad de los suecos, y les admiraba la libertad, pero ellos
le daban pena, tan solitos que estaban, bebiendo solos, comiendo
solos, hablando solos. Y les daba consejos:
-No sean bobos –les decía-. Júntense. Nosotros,
allá en Bolivia, nos juntamos. Aunque sea para pelearnos,
nos juntamos. *** Y cuánta razón tenía.
Porque, digo yo: ¿existen los dientes, si no se juntan en
la boca? ¿Existen los dedos, si no se juntan en la mano?
Juntarnos: y no sólo para defender el precio
de nuestros productos, sino también, y sobre todo, para
defender el valor de nuestros derechos. Bien juntos están,
aunque de vez en cuando simulen riñas y disputas, los pocos
países ricos que ejercen la arrogancia sobre todos los demás.
Su riqueza come pobreza, y su arrogancia come miedo. Hace bien poquito,
pongamos por caso, Europa aprobó la ley que convierte a los
inmigrantes en criminales. Paradoja de paradojas: Europa, que durante
siglos ha invadido el mundo, cierra la puerta en las narices de
los invadidos, cuando le retribuyen la visita. Y esa ley se ha promulgado
con una asombrosa impunidad, que resultaría inexplicable
si no estuviéramos acostumbrados a ser comidos y a vivir
con miedo.
Miedo de vivir, miedo de decir, miedo de ser. Esta región
nuestra forma parte de una América Latina organizada para
el divorcio de sus partes, para el odio mutuo y la mutua ignorancia.
Pero sólo siendo juntos seremos capaces de descubrir lo que
podemos ser, contra una tradición que nos ha amaestrado para
el miedo y la resignación y la soledad y que cada día
nos enseña a desquerernos, a escupir al espejo, a copiar
en lugar de crear. *** Todo a lo largo de la primera mitad del siglo
diecinueve, un venezolano llamado Simón Rodríguez
anduvo por los caminos de nuestra América, a lomo de mula,
desafiando a los nuevos dueños del poder:
-Ustedes –clamaba don Simón-, ustedes que tanto imitan
a los europeos, ¿por qué no les imitan lo más
importante, que es la originalidad?
Paradójicamente, era escuchado por nadie este hombre que
tanto merecía ser escuchado. Paradójicamente, lo llamaban
loco,
porque cometía la cordura de creer que debemos pensar con
nuestra propia cabeza,
porque cometía la cordura de proponer una educación
para todos y una América de todos, y decía que al
que no sabe, cualquiera lo engaña y al que no tiene, cualquiera
lo compra,
y porque cometía la cordura de dudar de la independencia
de nuestros países recién nacidos:
-No somos dueños de nosotros mismos –decía -.
Somos independientes, pero no somos libres. *** Quince años
después de la muerte del loco Rodríguez, Paraguay
fue exterminado. El único país hispanoamericano de
veras libre fue paradójicamente asesinado en nombre de la
libertad. Paraguay no estaba preso en la jaula de la deuda externa,
porque no debía un centavo a nadie, y no practicaba la mentirosa
libertad de comercio, que nos imponía y nos impone una economía
de importación y una cultura de impostación.
Paradójicamente,
al cabo de cinco años de guerra feroz, entre tanta muerte
sobrevivió el origen. Según la más antigua
de sus tradiciones, los paraguayos habían nacido de la lengua
que los nombró, y entre las ruinas humeantes sobrevivió
esa lengua sagrada, la lengua primera, la lengua guaraní.
Y en guaraní hablan todavía los paraguayos a la hora
de la verdad, que es la hora del amor y del humor.
En guaraní, ñe'é significa palabra y también
significa alma. Quien miente la palabra, traiciona el alma.
Si te doy mi palabra, me doy. *** Un siglo después de la
guerra del Paraguay, un presidente de Chile dio su palabra, y se
dio.
Los aviones escupían bombas sobre el palacio de gobierno,
también ametrallado por las tropas de tierra. Él había
dicho:
-Yo de aquí no salgo vivo.
En la historia latinoamericana, es una frase frecuente. La han pronunciado
unos cuantos presidentes que después han salido vivos, para
seguir pronunciándola. Pero esa bala no mintió. La
bala de Salvador Allende no mintió.
Paradójicamente, una de las principales avenidas de Santiago
de Chile se llama, todavía, Once de Setiembre. Y no se llama
así por las víctimas de las Torres Gemelas de Nueva
York. No. Se llama así en homenaje a los verdugos de la democracia
en Chile. Con todo respeto por ese país que amo, me atrevo
a preguntar, por puro sentido común: ¿No sería
hora de cambiarle el nombre? ¿No sería hora de llamarla
Avenida Salvador Allende, en homenaje a la dignidad
de la democracia y a la dignidad de la palabra? *** Y saltando la
cordillera, me pregunto: ¿por qué será que
el Che Guevara, el argentino más famoso
de todos los tiempos, el más universal de los latinoamericanos,
tiene la costumbre de seguir naciendo? Paradójicamente,
cuanto más lo manipulan, cuanto más lo traicionan,
más nace. Él es el más nacedor de todos.
Y
me pregunto: ¿No será porque él decía
lo que pensaba, y hacía lo que decía? ¿No será
que por eso sigue siendo tan extraordinario, en este mundo donde
las palabras y los hechos muy rara vez se encuentran, y cuando se
encuentran no se saludan, porque no se reconocen? *** Los mapas
del alma no tienen fronteras, y yo soy patriota de varias patrias.
Pero quiero culminar este viajecito por las tierras de la región,
evocando a un hombre nacido, como yo, por aquí cerquita.
Paradójicamente, él murió hace un siglo y medio
pero sigue siendo mi compatriota más peligroso. Tan peligroso
es que la dictadura militar del Uruguay no pudo encontrar ni una
sola frase suya que no fuera subversiva, y tuvo que decorar con
fechas y nombres de batallas el mausoleo que erigió para
ofender su memoria.
A él, que se negó a aceptar que nuestra patria grande
se rompiera en pedazos;
a él, que se negó a aceptar que la independencia de
América fuera una emboscada contra sus hijos más pobres,
a él, que fue el verdadero primer ciudadano ilustre de la
región, dedico esta distinción, que recibo en su nombre.
Y termino con palabras que le escribí hace algún tiempo:
1820, Paso del Boquerón. Sin volver la cabeza, usted se hunde
en el exilio. Lo veo, lo estoy viendo: se desliza el Paraná
con perezas de lagarto y allá se aleja flameando su poncho
rotoso, al trote del caballo, y se pierde en la fronda.
Usted no dice adiós a su tierra. Ella no se lo creería.
O quizás usted no sabe, todavía, que se va para siempre.
Se agrisa el paisaje. Usted se va, vencido, y su tierra se queda
sin aliento.
¿Le devolverán la respiración los hijos que
le nazcan, los amantes que le lleguen? Quienes de esa tierra broten,
quienes en ella entren, ¿se harán dignos de tristeza
tan honda?
Su tierra. Nuestra tierra del sur. Usted le será muy necesario,
don José. Cada vez que los codiciosos la lastimen y la humillen,
cada vez que los tontos la crean muda o estéril, usted le
hará falta. Porque usted, don José Artigas,
general de los sencillos, es la mejor palabra que ella ha dicho.
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