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Santiago Alba:
Yo tenía diez niñitos.
Uno nació en Tucumán, nuevo como la aurora. El papá
FMI lo acunaba entre sus brazos: "el pan que te quito ahora
dentro de cien años será caviar". No murió
de hambre, no, sino de vida breve.
No me quedan más que nueve.
De los nueve que quedaban, uno nació en Tulkarem. Se suicidó
una mañana en su casa, contra un misil israelí, mientras
mojaba en un vaso de agua la colilla de un bizcocho.
No me quedan más que ocho.
De los ocho que quedaban, uno nació en Senegal. Con treinta
dientes y una patera quiso invadir Gibraltar y para ahogarse sin
trabas abandonó entre las olas su único juguete.
No me quedan más que siete.
De los siete que quedaban, uno nació en Afganistán.
Se escondía debajo de un harapo y un cartón, pero
Dios, que estaba en Florida, lo notó, tronó y le arrojó
encima un racimo de centellas que le arrancaron los brazos y los
pies.
Ya sólo me quedan seis.
De los seis que me quedaban, uno nació en Basora. Olía
flores de uranio, bebía néctar de clavos, caídos
desde el Olimpo, y se le pudrió la cara y se le derritió
un pulmón. Pidió permiso para curarse, pero se lo
denegó, allá muy lejos, el padre gringo.
Ya sólo me quedan cinco.
De los cinco que quedaban, uno nació en Guatemala. El tío
Nestlé le quitó la leche, la cuñada Vivendi
el agua, el primo Monsanto el maíz, el abuelo Bayer las vacunas
y el colega Enron la lámpara. Un cañón le quitó
la tierra y un juez la casa y luego llegó el gobierno y le
dijo: "Como vivas, te mato".
No me quedan más que cuatro.
De los cuatro que quedaban, uno nació en Medellín.
Ahito de pegamentos, lamedor de escaparates, el gamín deambulaba
por un centro comercial; y como no podía comprar sus zapatos,
un gran señor comerciante le disparó entre los dientes
y lo colgó del revés.
Ya sólo me quedan tres.
De los tres que me quedaban, uno nació en el Congo. Inservible
ya para extraer coltán por un dólar al día
vigilado por tres ejércitos, dobló la cabeza y, porque
así lo exigían los balances de la Compañía,
se lo llevó la tos.
No me quedan más que dos.
De los dos que me quedaban, uno nació en Vietnam. Nació
con pata de palo y con tan mala pata que, mientras cortaba unas
cañas, pisó una de las minas que plantó ayer
el Tío Sam y que hoy se niega a quitar; y su pierna de carne
y su pata de palo volaron hasta Neptuno.
Ya sólo me queda uno.
El último que me quedaba nació en Madrid (o en Valencia
o en Euskadi, no lo sé). Este, que no tenía hambre
ni frío ni sed ni enfermedades ni miedo de un misil, tenía
en cambio la frente despejada y la moral kantiana y protestó
por la suerte de sus nueve hermanos. Entonces llegó la policía,
le ató las manos, le aporreó las espaldas y lo encadenó
en el trullo.
Ya no me queda ninguno.
(Pero de mis lágrimas, como de las piedras de Deucalión,
nacerán miles de cuates, meninos, gamines y chavales. Florencia,
mamá de Italia, acaba de parir un millón. Y la madre
Caracas y Lima y Managua y Barcelona y Lisboa y California y la
Francia y la Alemania y la Interpatria toda, mamíferas de
justicia y de razón, están alumbrando ya nuevas niñadas
para las guarderías abiertas de la resistencia total.)
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