La
cumbre del G-20
El
capitalismo hace milagros
Santiago
Alba Rico
Rebelión
El capitalismo es eso:
un hombre flaco pide pan y recibe diez pollos un hombre gordo; un
niño enfermo pide una vacuna y doblan la ración de
vitaminas a un niño sano; una mujer con frío se queda
sin casa y entregan tres edificios más al propietario. Hace
tres días, la edición digital de El Mundo publicaba
el siguiente titular: “Solbes admite que las familias `notan
poco´ las ayudas a la banca”. Lo diabólico de
este titular –y de esa declaración- es que su solo
enunciado convierte el orden lógico de las cosas en una contingencia
inesperada e incomprensible: si “confieso” que el mar
se ha vuelto líquido o “reconozco” que la nieve
ya no es negra, la “liquidez” y la “blancura”
se presentan líquidas y blancas a nuestros ojos contra todas
las previsiones, contra el sentido común y –mucho más-
contra las reglas. Las palabras de Solbes nos obligan a dar por
supuestos los dos principios que su concesión precisamente
vendría a negar; el primero es el de que lo normal, lo lógico,
lo natural sería que las ayudas a la banca beneficiasen a
las familias como lo normal, lo lógico, lo natural es que
si yo arrojo monedas de chocolate sobre París caigan en Alaska
o si yo riego mi jardín en Salamanca crezcan rosas en Djibuti;
el segundo es el de que el verdadero propósito del gobierno
habría sido siempre el de ayudar a las familias como el verdadero
propósito de un marido infiel, cuando acaricia a su amante,
es proporcionar un orgasmo a su esposa o el verdadero propósito
de un prevaricador, cuando exculpa a un asesino, es rendir un homenaje
a su víctima.
En otros tiempos Rebelión tenía una subsección
de nombre “Otro titular es posible”. La sorpresa y contrariedad
de Solbes ante la inesperada, inexplicable, irregular y antinatural
insensibilidad de las familias, que no notan el orgasmo de los bancos,
revelan mejor toda su obscenidad a la luz de otros titulares que
se me ocurren a la carrera.
“Solbes admite que lo que comen los clientes del Hilton no
alimenta a los africanos”
“Solbes admite que el aumento de coches en Europa no ha ayudado
a los mecánicos de Haití”.
“Solbes admite que en el yacuzzi de Emilio Botín no
caben 4.200 millones de personas”.
O en flujo empático negativo:
“Solbes admite que el tsunami de Indonesia no afectó
a las costas españolas”.
“Solbes admite que los cuerpos de los neoyorquinos notan poco
las torturas en Abu Ghraib”.
“Solbes admite que la escasez de agua en muchas regiones de
Africa no se ha notado en las piscinas de Alicante”.
Que el menú de la cumbre de Washington engordase a los 950
millones de hambrientos en todo el planeta, sería un milagro.
Que el dolor de los iraquíes, los palestinos, los afganos,
los haitianos, los congoleños le doliese a todo el mundo,
sería justo y humano. El capitalismo ha pretendido hacer
magia: que unos pocos comiésemos, bebiésemos, consumiésemos,
nos divirtiésemos y todos en todas partes estuvieran contentos.
Lo que ha conseguido es más bien esto: que la mayoría
pase hambre y sed, viva poco tiempo, enferme y sufra, y nosotros
no notemos nada.
Pero a lo mejor las familias europeas empezamos a notar, sí,
las ayudas a los bancos, como las llevan notando desde hace décadas
en el Tercer Mundo. Por si acaso, los 22 países más
poderosos del planeta se han reunido a comer codorniz ahumada y
tomar algunas medidas compartidas para poder continuar con la magia
y los milagros y para -llegado el caso- reprimir a los incrédulos
blasfemos que, pese a las viandas del Hilton, el césped bien
regado de los campos de golf y la alegría de los banqueros,
insistan en conservar un cuerpo hambriento, sediento y dolorido.
Se me ocurre también otro titular posible para otro mundo
posible: “El G-191 se reúne para coordinar el socialismo
del siglo XXI”. Si la ONU tuviese algún poder, todos
los enormes recursos, todos los extraordinarios esfuerzos colectivos,
todas las instituciones internacionales que hoy dedican su tiempo
y su saber a excogitar milagros asesinos, ¿no podrían
servir para imponer un poco de pedestre y profano realismo? Lo que
demuestra la cumbre del G-20 es que la coordinación internacional,
la cooperación entre estados, la planificación global
son posibles y funcionan. Lo que demuestra es que hasta ahora la
coordinación internacional, la cooperación entre estados
y la planificación global sólo han servido para inventar
complicadísimos procedimientos destinados a dar de comer
al saciado, robustecer al curado, consolar al dichoso, socorrer
al rico, armar al injusto y liberar al homicida. También,
por supuesto, para impedir toda resistencia a estos mandamientos.
“El capitalismo no es el culpable”, dice Bush. Lo único
que sabemos, desde luego, es que la culpa no la tiene la Unión
Soviética. ¿El socialismo ha fracasado? Ni siquiera
se ha intentado.
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15-N: atracón del G-20 en Wasinton.

15-N en la plaza del parchis de Xixón:
con dos orquestas populares, feministas y ventolín.

Y con las intervenciones al megáfono
de diversos colectivos, que estaban participando en el Alcuentro
de Muyeres, Guardianas de la Pachamama::
Coordinadora de inmigrantes Ecuatorianos:
Aida Quinatoa.

Campaña Agrocarburantes Non.
Fran Faya.

Organización de mujeres indigenas
de Roraima, Iranildes Barbosa,
Colectivo de Refugiados. Javier Orozco.


Asociación de Juristas Demócratas.
Migel Gonzalez.
Sindicato de Estudiantes, etc.
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