DERECHOS HUMANOS
L'Axencia Asturiana de Cooperación denuncia la vulneración de los DD HH en Colombia L'Axencia
Asturiana de Cooperación presentó les primeres conclusiones del quintu
Informe de Verificación de la Situación de los Derechos Humanos en
Colombia. El documentu ye'l resultáu del trabayu fechu pola delegación
asturiana encabezada pol director de l'Axencia, Rafael Palacios, que
visitó Colombia del 18 d'abril al 3 de mayu.
Nel Informe
constátense les violaciones de los derechos humanos y infracciones del
derechu internacional humanitariu nel país suramericanu. Estos atentaos
atribúinse a les fuerces armaes, los grupos guerilleros, los grupos
armaos illegales y los narcotraficantes. Amás, la delegación asturiana
llamó l'atención sobre «la inequitativa distribución de la
riqueza, la discriminación y estigmatización de grupos
vulnerables, la impunidá y lo abegosu que ye l'accesu a la xusticia»,
en cuantes que condicionantes del incumplimientu de los derechos
humanos.
Al empar, Rafael Palacios tachó de «verdaderu
escándalu» el númberu d'execuciones estraxudiciales atribuíes al
exércitu colombianu. Nesti sen, el director xeneral de l'Axencia
Asturiana de Cooperación recordó que la Unidá Nacional de Derechos
Humanos y Derechu Internacional Humanitariu investiga actualmente 1.300
casos con más de 1.600 víctimes.
Otra manera, la delegación
asturiana rexistró un númberu de denuncies altes d'ataques contra
defensores de los derechos humanos y sindicalistes. Tal como indica
Palacios, produciéronse contra estos colectivos homicidios, daños a la
propiedá, allanamientu de les sos cases, robu d'información y amenaces.
«Ye motivu de preocupación que dellos altos funcionarios
gubernamentales siguieren la práctica d'estigmatizar públicamente a los
defensores de los derechos humanos, acusándolos de ser simpatizantes de
grupos guerrilleros», apuntó'l director xeneral de l'Axencia Asturiana
de Cooperación.
Ta previsto que l'informe definitivu se remate a
últimos de xunu y va presentase énte la ONU, la OEA, la OIT, los
parllamentos européu y asturianu y énte'l Gobiernu colombianu, español
y asturianu.
En
abril otro escándalo sacudía a Colombia por la vinculación de los
socios del Presidente del gobierno con grupos narcoparamilitares,
responsables de miles de crímenes. En esos días Uribe visitaba a España
y recibía abrazos y respaldo del rey y de Zapatero y el “I Premio
Cortes de Cádiz a la Libertad” por su lucha contra el terrorismo.
Mientras
tanto, una comisión encabezada por el Director de la Agencia Asturiana
de Cooperación llegaba a Colombia a verificar el estado de los derechos
humanos en seis regiones.
El gueyu del ferre Guerra en El Bajo Ariari Javier Orozco Peñaranda
Desde
un viejo DC 3 divisamos las selvas del suroriente y la Sierra de La
Macarena, santuarios de biodiversidad y escenarios de la guerra contra
las FARC. Llegamos a un pequeño aeropuerto tomado por miles de
soldados contraguerrilleros que alistan sus equipos bajo un aviso
gigante que dice de ellos “Somos gente común que hace un trabajo
excepcional”.
Las poblaciones del Bajo Ariari, descendientes de
campesinos que huyeron de la violencia hace medio siglo, son vistas
como enemigas por unas tropas que las amenazan con la llegada de los
paramilitares.
El comandante de la policía de La Macarena nos
advierte que entrábamos en un “teatro de operaciones”, como llaman a
las zonas en guerra. Entre diez mil militares y policías buscan a medio
millar de guerrilleros que días antes dieron de baja a cuatro soldados
en un paraje de Puerto Cachicamo, pueblo que visitaríamos. Los
campesinos dicen que fueron 40 los militares muertos. Hay miedo. En
febrero el ejército rafagueó la escuela hiriendo a tres niños y a
diario amenaza de muerte a los campesinos para que digan “dónde están
los bandoleros”. A los soldados les frustra buscar con poco éxito, alto
riesgo y mucha presión por resultados positivos, a una insurgencia que
se esconde con el sigilo del jaguar en la espesura.
Aunque había
operaciones militares en curso, aceptamos la invitación de las
organizaciones, “hay que ir a donde nos necesitan” dijo el portavoz de
la misión. Era peligroso viajar por el río, único camino para
entrevistarse con las comunidades atrapadas en medio del conflicto
militar. Sin embargo, salvo dos retenes del ejército sobre el río y una
lancha artillada, todo aparentaba paz en los caseríos a orillas de los
ríos Guayavero y Guaviare.
Hay poco movimiento por el río, la
gente evita viajar por el temor al ejército que mata civiles, controla
el transporte de gasolina, restringe la compra de víveres y
medicamentos. “Para el ejército aquí todos somos guerrilleros”
dice Lucila quien afirma que hay quinientos cuerpos sin identificar en
el cementero de La Macarena. A ella el ejército le asesinó al
marido hace dos años. “Fue un error me dijeron los soldados”, pero no
hay investigación, ni ella la pide. Teme que por represalias vuelvan a
“equivocarse”.
Las comunidades de Puerto Cachicamo, Puerto
Nuevo, Nueva Colombia y la Tigra, recibieron a la comisión asturiana
formando hileras de chicos y adultos desde el río, sonrientes y
agradecidos vestían las camisetas verdes que los distinguen como
defensores de los Derechos Humanos del Bajo Ariari. Aportaron decenas
de testimonios del horror cotidiano y tuvieron el coraje de
representarlo en una obra de teatro.
“A mi hijo Gilberto de 14
años, lo agarró la 7ª brigada cuando venía para la casa, lo bajaron del
caballo y lo golpearon en la barriga, lo tiraron al piso y amagaron con
degollarlo a machete, luego lo metieron al monte donde varios soldados
lo violaron; la fiscalía no quiso averiguar y a mí me amenazaron para
que me vaya” nos contó Armando M. quien teme por su vida y sufre porque
su hijo se niega a salir de la casa.
A los campesinos Nelcy
Ortiz y a su hijo Diomedes Losano los asesinó la infantería de marina
el 2 de julio del 2008 en la vereda Angoleta. Fueron tiroteados y
destrozados, relata un familiar; los militares dijeron que había sido
la guerrilla, “sabemos que no fue así, pero no nos atrevemos a ir hasta
San José a preguntar por la investigación”. Temen a la infantería
desplegada por el río y a los paramilitares de alias “Cuchillo”, que
controlan la capital del Guaviare.
“A las mujeres el ejército
nos golpea, por eso en vez de estar tranquilas le tenemos miedo cuando
llega” dice Graciela, integrante de un comité de derechos
humanos. “A mi casa llegó el 29 de marzo el batallón 52 de la
contraguerrilla, sin identificación ni distintivos; se metieron a
golpes y lo rompieron todo, buscan la lista de los que estamos en el
comité de derechos humanos. A mis dos hijos los cogieron y los
torturaron, ambos tuvieron que firmar constancias de buen trato al
salir y les dijeron que se fueran de la región porque si los vuelven a
ver, los pelan”.
Al caer la noche un hombre de tez negra se
acerca y narra cómo la tropa comandada por el mayor Roldán y el
suboficial Rodríguez llegó con violencia durante la erradicación de los
cultivos de coca a su finca. Le dieron cinco minutos para salir de su
casa, luego le prendieron fuego con todo adentro. Entre sollozos dice
que en cinco minutos volvieron cenizas el fruto de una vida de
trabajos. Le prohibieron volver, ahora recorre las tres callejuelas del
puerto vendiendo dulces a los niños.
Mucho verde
El
gobierno colombiano reconoció que el ejército ha ejecutado a muchos
civiles y destituyó a veintisiete militares, incluidos tres generales,
pero los atropellos continúan. “Es que hacer terrorismo es fácil, pero
dar positivos es muy difícil”, explica el jefe la policía justificando
los asesinatos y señalando la tronera que dejó en el techo de su
estación una granada.
A pesar del miedo la vida bulle. Al verde
del bosque se suman los verdes de los uniformes camuflados y el verde
claro de los defensores de los derechos humanos, quienes esperan que
sus denuncias obliguen al ejército a distinguir entre civiles y
combatientes. Son parte de un movimiento nacional de víctimas que
señala a la tropa y al gobierno de Uribe como responsables de “crímenes
de Estado”.
El DC 3 se estremece en el viaje de regreso. Entre
sus pasajeros viaja un loro que deambula por la cabina sobre una mujer
enferma y un soldado herido, tirados en el suelo de la aeronave. Abajo
la manigua se rompe con las extensiones sembradas en palma de aceite.
En
la selva colombiana la violencia y la impunidad se repiten en ciclos
contra los más pobres, como las crecidas de estos ríos enormes de aguas
marrones que fluyen entre selvas hacia el Orinoco y el Amazonas.
| 








 |