DEL ESTADO COLONIAL AL ESTADO PLURINACIONAL
Por Rafael Bautista S.
"Al despuntar del alba siempre le antecede una oscuridad más negra que la noche"
Colonización
es el proceso de apropiación sistemática del excedente ajeno.
Apropiación posible por el dominio del trabajo ajeno. Esta dominación
(por opresión) produce las condiciones para enaltecer el ocio (el robo)
y devaluar el trabajo; lo que, a su vez, conduce a la negación de la
humanidad del que trabaja. Esto es lo que hace que los imperios mueran
por dentro, porque la negación de humanidad no es impune: los fantasmas
ocupan los sueños del opresor y le condenan al insomnio, trastornado
por guerras que debe perpetuar para alcanzar una paz que no alcanza;
tratando de olvidar la injusticia que ha desparramado, inventa pan y
circo (farándula) para no estar solo. Así democratiza su condición,
haciendo cómplices a sus convocados. Por eso la corrupción generalizada
es la descomposición de su propio poder.
La fortaleza del fuerte
no es tan fuerte; es un gigante de bronce con pies de barro, por eso
cae, porque su sostén es pura apariencia (mentira), fundamento que no
tiene fundamento. Por eso cae maldiciendo, calumniando, insultando,
mintiendo, escupiendo al cielo sus perversos propósitos. "Un
fantasma recorre Bolivia, el fantasma de los Catari, del Willka, de
Andrés Ibáñez, de doña Juana Azurduy, de Apiaguayki Tumpa, del Marcelo
y del Lucho Espinal y de todos nuestros muertos. Todos los entenados
del viejo Estado colonial se han unido en santa cruzada para expulsar a
ese fantasma: el Cardenal y la embajada, Marikonvic y el senado, las
malinches Cuellar, Cardenas, Untoja, Panamericana y Fides, los canales
y la prensa. ¿Quién no ha sido calumniado de indio, llama o masista por
la mentalidad racista-colonial? Si los perros ladran es porque avanza
una fuerza incontenible. La cuaresma que precede a la resurrección
anuncia al fantasma que sacude el sueño del opresor: Volveré y Seré
Millones".
Un Estado plurinacional
es la novedad histórico-mundial que inaugura el siglo XXI. Es la
novedad que está produciendo nuestra historia, asumida de modo
consciente gracias a la insistente resistencia indígena. Por primera
vez el Estado puede enraizar en lo propio, tener el fundamento
necesario para proyectar un desarrollo auténtico; porque sólo la
auto-consciencia de lo que somos puede proyectar lo que podemos ser. La
falta de futuro siempre ha sido falta de pasado, porque no hay
perspectiva alguna si no hay previamente capacidad de visión. Tener
visión significa tener conciencia de lo que se ve; por eso, la
consciencia nacional-popular es la que se transforma transformando su
realidad. Una consciencia que se transforma produce ideas
revolucionarias y, antes estas, la realidad, cede inevitablemente. Por
eso la "fuerza del cambio" es incontenible, porque es el "grito del
sujeto" que llega al cielo y estremece el universo entero.
Se
convocan todos los tiempos: el pasado y el futuro comparecen en el
presente. Eso desata la furia de los poderosos, porque los fantasmas
vuelven a señalarles como lo que son: "¿Qué has hecho? La voz de las
sangres de tu hermano está clamándome desde la tierra" (Génesis 4:10).
La Tierra clama no sólo por el hermano, sino por toda su descendencia:
un acto injusto no perturba sólo el presente sino todos los futuros
posibles (la maldición que recae sobre el homicida maldice también su
pasado y su futuro: maldice a sus antepasados y a sus herederos). Si la
Tierra clama la pérdida del hermano, es porque ella recibe la sangre
derramada, como testigo impotente del homicidio. Por
eso los muertos vuelven y se hacen millones, vienen desde lo profundo
de la Tierra para enjuiciar al Estado colonial: su carácter apátrida,
gestionador de la miseria de su pueblo y de su Tierra; y proponen su
transformación.
Es el tiempo de los tiempos, el tiempo mesiánico, el Pachakuti: es el pueblo que sale de la esclavitud hacia la tierra donde mana leche y miel.
Es
levantarse del sometimiento y aprender a caminar, producir historia,
dejar atrás el trágico y eterno retorno de lo mismo y ser sujeto,
procreador de lo nuevo.
Por eso ese caminar se lo realiza en el
desierto, donde la única seguridad que tenemos es la unidad y la
organización; donde el carácter del pueblo se pone de manifiesto y
donde debe saber ser merecedor de lo que persigue. Por eso los
obstáculos son siempre mayores, porque son del tamaño de las nuevas
aspiraciones.
Es el precio del que apuesta por su liberación; el
proceso que atraviesa como pueblo es el proceso que atraviesa como
individuo; por eso afloran las contradicciones y todo aquello que carga
se evidencia a lo largo del camino: abriendo camino es como aprende a
valorar lo que está creando. Dejando atrás lo conocido es como aprende
a abrirse a lo desconocido; arriesgando es como va descubriendo de qué
materia está hecho: "Dejamos en el pasado el estado colonial,
republicando y neoliberal. Asumimos el reto histórico de construir
colectivamente el estado Unitario Social de Derecho Plurinacional
Comunitario" (nueva Constitución). Dejar atrás y construir. Se trata de
una voluntad constituyente-trascendental que asume ser sujeto de su
propio desarrollo y se abre a lo nuevo que tiende, no como algo ya
determinado sino algo por constituirse. Se trata del más explícito
testimonio político (en la historia mundial) de un pueblo que se libera
siendo, además, consciente de su liberación.
El proceso para por
una descolonización práctica, que es, a su vez, de modo eminente,
descolonización subjetiva. Porque la colonización, a la que nos
referimos, es la específicamente moderna. Es una nueva forma de
colonizar, que estructura el poder, como dice Quijano, en un "patrón
colonial del poder". Ya no se trata de la colonización objetiva sino
subjetiva: la última "terra incognita" que persigue la conquista: la
consciencia. No se puede ocupar militarmente las consciencias, pero sí
se puede (y esto es una invención moderna) producir consciencia. Por
eso la pedagogía moderna está diseñada para administrar, gestionar y
justificar la dominación estructural, la clasificación mundial del
trabajo y la corporalidad. Se enseña a dominar y a someterse de modo
voluntario.
La colonialidad produce un nuevo fenómeno: ya no
necesita el amo cortar la cabeza de las elites esclavas; ellas mismas
se la cortan, con la sonrisa impresa, para el agrado del amo.
La
felicidad del amo es felicidad del esclavo; por eso cuando el amo dice:
estoy mal; el esclavo replica prontamente: amo, estamos mal. La
dialéctica del amo y el esclavo inicia el proceso de subdesarrollo
nuestro. Persiguiendo el reconocimiento del amo, el esclavo persigue
una ilusión, pues tal reconocimiento es imposible, porque el esclavo no
sabe ni siquiera reconocerse como lo que es. La falta de consciencia se
traduce en falta de dignidad; sin dignidad es imposible hacerse
respetar, por eso vende su alma por lo que sea (los periodistas se
vendían a la Embajada por un té y el precio de los políticos era un
fricasé). Por eso no puede proyectar nada que no sea el proyecto del
que le ha comprado: desarrollando un proyecto ajeno se subdesarrolla a
sí mismo, es decir, se convierte en objeto; degrada tanto su vida que
busca, haciendo más miserable la vida de los demás, hacerse menos
miserable. La imposibilidad de ser algo digno se la endilga a aquellos
que le recuerdan su origen, los vuelve enemigos suyos. La educación que
se impone ya no le emancipa sino le esclaviza todavía más: ya no
depende sólo del amo sino de las cosas que produce el amo. Se vuelve un
adicto: dócil en su sometimiento, está siempre listo para defender al
amo, aun a costa de su propia vida.
Por eso, en la dialéctica
del amo y el esclavo, son las elites las que ocupa el lugar
subordinado; porque ellas consienten y gestionan el sometimiento
nacional, transformando a su propio pueblo en su enemigo. Por eso
buscaron siempre su legitimidad afuera y nunca adentro. Serviles
administradores de la dominación foránea, nunca pudieron producir país
y menos nación, porque sus intereses provincianos nunca coincidieron
con el interés nacional. Si sus privilegios consistían, precisamente,
en la miseria crónica de su propio pueblo, cómo podían siquiera pensar
en integrarlo al país que nacía en 1825. Por eso, la burocracia
colonial, hace de Sucre su cuartel de operaciones y, desde allí,
asaltan algo que nunca supieron qué significaba: la independencia.
Primero expulsan a Sucre, el "mulato" mariscal que había dado su vida
para que puedan aspirar a la dignidad de saberse libres; sepultan en el
olvido a doña Juana Azurduy de Padilla, quien había ofrendado hasta a
sus hijos para que puedan dejar de ser sometidos; y, regresando a su
condición original, el 24 de mayo de 2008, en Sucre, escupen a su
propia Tierra escupiendo a los campesinos que les alimentan. Así
regresa una sociedad colonial a su tradición inquisitorial; por eso, la
cruz templaria que ostentan no es gratuita. Por eso la Asamblea
Constituyente no podía culminar en esa ciudad. Y si culmina en Oruro,
es porque la historia no es casual: Oruro es protagonista del primer
Manifiesto anticolonial explícito: el "Manifiesto de los Agravios" de
1737, de Belez de Cordoba; quien, como Bolívar y San Martín, propone la
restitución del mundo indígena, como el modo legítimo de reparación
histórica de estas naciones (que habían sido sacrificadas al primer
dios moderno: el oro).
Recuperar la historia de los vencidos
supone un examen histórico-existencial de aquello en que consiste la
singularidad de nuestra identidad. Cuando nace Bolivia, era claro lo
que era ser español o europeo, pero ¿qué significaba ser boliviano? Lo
que hizo la elite criolla (después mestiza) fue adoptar la cultura de
los dominadores. Negando lo que se era se asumió lo que no se era;
amputándonos un contenido real y efectivo de un desarrollo propio. Por
eso nunca supimos caminar, porque no sólo nos habían amputado las
cabezas sino también los pies. Así terminó frustrándose la
independencia. Y lo que sobrevino como historia nacional fue la
mezquina lucha provinciana por el poder; por eso permiten la
desmembración territorial mientras cuantifican los beneficios que
logran de aquello. Si primero adoptan el modelo hispano, y después el
latino, es porque nunca hubo conciencia de lo que se era. Algo que el
esclavo no puede; porque ello supone una liberación de su condición, la
reconstitución de su propia historia, enfrentarse al amo desde la
auto-consciencia de lo que ha sido, para desde allí, efectuar el pasaje
a lo que puede ser. O sea, esto implicaba una revolución. Evento que se
va propiciando por quienes nunca habían dejado de manifestar su
condición libre y le van enseñando al esclavo real (la sociedad
criollo-mestiza) la posibilidad de su liberación. Por eso el 52 no es
obra de quienes traicionan la revolución sino de la memoria histórica
de la resistencia popular.
Pero
había que esperar más de medio siglo para que nuestra revolución
destaque su singularidad. Por eso aparece ahora el No. Porque en él se
compendia el miedo a ser libre, independiente y soberano; el miedo a
ser sujeto de su propia historia; el miedo a despertar, a caminar, a
atravesar el desierto. Es el miedo de los esclavos que desean regresar
a Egipto, a la esclavitud, sobre todo los cómplices y beneficiados de
la esclavitud de su pueblo; después de haber visto cómo el Dios de la
liberación hizo las maravillas que hizo (abriendo inclusive las aguas,
para sepultar en ellas al ejército del faraón), no dudan en traicionar
una vez más y hacen lo único que saben hacer: someterse al ídolo, al
becerro de oro. Por eso es un proceso que la vive cada individuo en su
propia vida. Por eso sufre un conflicto ético-moral: "Si quieres ser
perfecto, vende cuanto tienes, dalo a los pobres, y ven y sígueme"
(Mateo 19:21). Quienes desean regresar a Egipto son lo que conspiran en
la oscuridad, siembran zozobra entre el pueblo y quieren detener el
avance; por eso amenazan: que nos van a quitar todo, que vamos a ser
pobres, que vamos a dejar de ser libres. ¿Cuándo tuvimos todo? ¿Cuándo
fuimos ricos? ¿Cuándo fuimos libres?
Por eso se trata de un
proceso, de un caminar, de un salir de la inconsciencia a la
auto-consciencia, de caminar en la verdad. La verdad nos hace libres,
pero para acceder al ámbito de la verdad, hay que primero liberarse.
Para quien no está en la verdad, la verdad es pura locura. Por eso el
pueblo que se libera es acusado de locura. No es raro, pues: "Ha
escogido Dios más bien a los locos del mundo para confundir a los
sabios. Y ha escogido Dios a los débiles del mundo para confundir a los
fuertes. Lo plebeyo y despreciable del mundo ha escogido Dios" (1
Corintios 1:27-28). Los "fuertes" y los "sabios" (políticos y
analistas) son los que mediáticamente acusan al pueblo de locura. Una
nueva inquisición se desata: "incluso llegará la hora en que todo el
que os mate piense que da culto a Dios" (Juan 16:2). La soberbia
proviene de esa atribución. Por eso el discurso degenera, se vuelve
irracional; en el todo vale para denigrar, no hay moral ni decoro y
todo consiste en enlodar todo. Si ya no hay argumentos queda la
calumnia, que la adoptan quienes ya no miden, ni sus palabras ni sus
acciones; por eso escupen al cielo sus blasfemias y esgrimen la cruz y
la espada. Los "fuertes" y los "sabios", desde los favores que les
brinda el Estado colonial, como Pilatos, en tono de burla cuestionan:
¿qué es la verdad?; mientras ven y consienten que los de su pueblo
mueran como perros para que ellos traguen como chanchos: "no hay para
ellos tormentos, por eso la soberbia los ciñe como collar y los cubre
la violencia como vestido. Por eso el pueblo se vuelve tras ellos"
(Salmo 73:6-10). Para que la verdad no aparezca hay que enlodar todo:
hay que reducir la masacre y el genocidio a una diferencia de opinión.
Y los periodistas hacen de alquimistas: si la verdad ya no es verdad,
los asesinos son inocentes y los ejecutados son suicidas. El desajuste
ético produce cinismo en una sociedad adicta a la mentira. Pero lo que
nos salva es la indignación. De allí proviene una nueva sabiduría: los
elegidos de Dios son los débiles y las víctimas. Si la verdad posee
fuerza, es la fuerza que nace de los débiles, no del poder de los
fuertes. Si hay un criterio para reconocer la verdad, ese criterio lo
brinda el que padece la opresión, no aquel que la ejerce.
Por
eso un caminar liberador es un caminar en la verdad: la apetencia de la
justicia es la primera condición de un saber verdadero; lo demás es
pura sofistería intelectual. Por eso el gran silencio de la academia
está precedido de la gritería erudita. Si la novedad revolucionaria de
esta revolución es su carácter descolonizador, esta descolonización
debe expresarse, en última instancia, en una descolonización
epistemológica, es decir, en la producción de una subjetividad ya no
sólo libre sino liberadora. Una lógica de la liberación es necesaria
para producir la auto-consciencia de la liberación. Una revolución es
incompleta si no se produce, a su vez, una revolución en las ideas:
cuando las ideas son revolucionarias, la realidad cede de modo
inobjetable. Produciendo realidad es como se produce subjetividad; por
eso el fin último de la revolución práctica es una revolución
subjetiva, lo que decía el Che: la "creación de un hombre nuevo". Por
eso el conocimiento nunca es neutro, la epistemología no es nunca
apolítica: cuando las relaciones del pueblo pierden su reciprocidad y
su sentido, se hace necesario producir un nuevo sentido de comunidad.
El pueblo necesita dotarse de un nuevo sentido político, para
resignificar su unidad, su consistencia y su desarrollo. Y esto
significa pasar del en sí al para sí, de la consciencia de lo que se ha
sido a la auto-consciencia de lo que se puede ser. Por eso la voluntad
nunca se queda en sí misma sino que busca determinarse, es decir,
realizarse, para así iniciar un nuevo proceso que la relance
nuevamente. Entonces, toda voluntad de transformación no persiste en sí
sino que busca hacerse real, es decir, producir realidad: crear las
mediaciones necesarias para su desarrollo.
La
inocencia lírica de los analistas concibe una voluntad tocada por el
dedo de dios. La voluntad se va constituyendo a sí misma a medida que
origina las mediaciones necesarias para su realización; una de esas
mediaciones políticas es una Constitución. Una voluntad que no produce
nada se queda como vacía, sin realidad. Por eso, produciendo realidad
se produce a sí misma. Pero como nuestra intelectualidad nunca ha
producido nada, pues siempre fue copiona de la producción ajena, no
entiende que sea posible la producción de una Constitución propia. Por
eso le busca todos los peros que su imaginación sospecha, devaluando el
todo por la parte; cuando es, más bien, el sentido del todo lo que da
consistencia a las partes; fuera de contexto, la parte pierde razón de
ser.
Pero esto supone, al menos, una capacidad de comprensión
dialéctica, algo ausente en una intelectualidad castrada de criticidad.
Fue colonizada mentalmente, de modo que cree que nada bueno puede salir
de su pueblo (ese defecto suyo lo atribuye a los demás). Por eso piensa
(si lo hace) para afuera, para dar la razón al amo, para corroborar y
afirmar las estructuras de dominación. Su ignorancia tiene su premio:
ahora son estrellitas de TV. No creen que su pueblo pueda cambiar
porque ellos mismos no saben cómo cambiar; más aun, si gozan de los
favores de la academia, de los títulos, de la corrupción intelectual,
de las transnacionales, de los elogios de Red Uno o ATB, de Fides o
Panamericana, de La Prensa o la Razón, ¿para qué cambiar? Esa es la
pereza y la desidia de una voluntad que no sabe proyectar nada que no
sea el proyecto del amo. Por eso se ocupa en denunciar la voluntad de
cambio; voluntad que renuncia a la sumisión y proyecta, desde sí, su
propia liberación: voluntad que propone, decide y ejecuta.
Es la voluntad presente en la nueva Constitución;
que, por supuesto, no es perfecta. ¿Hay alguna que lo sea? Si el orden
de la perfección está más allá de la condición humana, ¿por qué
exigirnos aquello? (los amores verdaderos nunca son perfectos). La
Constitución que hemos producido, como pueblo, no es perfecta, pero es
nuestra, como una hija. En su desarrollo nos desarrollaremos también
nosotros, como sujetos, y sabremos enterrar esa historia vergonzosa de
sumisión consentida que produjeron las elites que nos gobernaron hasta
ahora.
La disyuntiva siempre ha sido: colonia o independencia.
Quien persiste en seguir siendo colonia es aquel que no sabe ser
independiente. Ser dependiente es fácil. Por eso, el que no sabe sino
depender, dice No, porque así se descubre la desidia en la que quiere
permanecer. La nacionalización es la primera conquista de una
independencia; ser independiente es saber auto-mantenerse, saberse fin
y no medio. Sin sostenimiento propio no hay independencia. Pero la
independencia no se logra de una vez y para siempre, esta es una
conquista diaria. Lo cual supone un proyecto. Sin proyecto tampoco hay
independencia.
La
valoración de lo nuestro empieza por sabernos valiosos, una
subjetividad que se sabe valiosa empieza por limpiar y pulir lo que
empaña esa valía. Para habitar la casa, hay que primero limpiarla,
re-organizarla. La casa tiene que ser hogar para los privados de lugar
en ella. Pero los privados pueden aparecer como los hospedados si es
que su incorporación es sólo formal. El hogar, se dice, es la presencia
del ser amado, el lugar de la reunión, desde donde se crece, desde
donde se sale hacia fuera y a donde siempre se regresa. Habitar la casa
no es sólo ocuparla. Se habita la casa como se habita el vientre; el
vientre es como la Tierra, de lo que le pase a ella depende nuestra
existencia. La tierra no es cosa, le afecta la condición del que la
habita. La casa es el soporte de la intimidad (como el vientre), sus
cimientos son los nuestros; la casa es la prolongación del cuerpo.
Para
que la casa sea posibilidad tiene que ser apertura. Pero la apertura
tiene que ser primero interior. La casa hace posible el hogar cuando es
posible ser dentro del hogar. La casa es el país, el hogar es la
Nación. La constitución de ambos es tarea de quienes la han habitado y
quienes la han de habitar. Quienes la han de habitar son los que aun
tienen problemas de identidad. Quienes la han habitado, la han
sembrado, cultivado, cuidado, merecido, son aquellos que no tienen ese
problema.
Los originarios nunca han enfrentado contradicciones
asumiendo lo que son; ellos siempre han sido lo que su tradición (su
pasado, su origen) ha permitido que sean. El problema es del boliviano,
el nacido en 1825. Este no sabe cómo re-conocerse, nació mirando hacia
afuera, depositando su futuro en manos ajenas, despreciando lo que
tenía adentro: las manos propias, las que le alimentaron, le vistieron
y le otorgaron cultura, o sea, identidad, algo de qué sentirse algo y
no una nada, como lo es aquel que vive pendiente de lo que otros
hacen. Sin esas manos no es posible construir algo digno. Una
nación que quiera ser viable, tiene que ser un hogar en el que todos
quepan. Para re-pensar una política que no se sostenga en la exclusión,
o una economía que no esté determinada por la maximización de la tasa
de ganancias, sino garantice la reproducción de la vida humana y la
vida de la Tierra, hay que voltear la mirada. Ese ir "hacia adelante"
que nos propone el progreso moderno no es garantía de vida. Volver al
pasado es imposible, pero recuperar nuestro pasado no sólo es posible
sino necesario. Cuando se pierde el sentido y ya no se sabe para dónde
se va, hay que darse la vuelta y ver de dónde se ha venido. Un país que
ha perdido el camino es un país que no ha hecho camino.
Nuestro camino es la constitución del nuevo Estado. El reconocimiento de la pluralidad y diversidad
que constituye nuestro mundo. Hay Estado desde que hay apropiación
racional del excedente, es decir, hace más de 7000 años, desde el
Egipto. El Estado moderno es el desconocimiento de la diversidad humana
y su uniformización obligada. Por eso el primer Estado moderno: España,
es la imposición de Castilla y Aragón sobre Cataluña, Galicia, el país
Vasco, el pueblo andaluz, etc. Receta que copian Inglaterra (sometiendo
a Irlanda, Gales y Escocia), Francia (dominio sobre bretones,
provenzales, normandos, etc.) y todos los demás estados modernos. Es
sabido que ni China ni Egipto (civilizaciones milenarias) pudieron
llegar nunca a un grado acabado de homogeneización. Porque la unidad no
riñe con la diversidad.
La unidad es el sentido común de
comunidad: la re-unión de la originariedad constitutiva de la
humanidad: todos somos hijos de la misma Tierra, de una misma Madre y
un mismo Padre. Por eso la política que empieza a proponer el mundo indígena se constituye a partir de la comunidad:
somos hermanos, hijos de una misma Madre que, criándonos unos a los
otros, criamos a la Madre, creamos comunidad humana, diversa como la
comunidad natural. Que esta proyección es más racional ya fue advertida
por Washington y Franklin; pues los Estados Unidos fue una copia (mal
lograda) de la confederación de los Haudenosaunee (las naciones
Onondaga, Oneida, Mohawk, Seneca y Cayuga) o pueblos iroqueses. Una
legislación de convivencia política en la diversidad y el respeto mutuo.
Es
la superación del Estado-nación moderno, como reconocimiento
jurídico-político de la historia mundial. Todas las culturas merecen
desarrollarse porque todas manifiestan una posibilidad humana. Ninguna
agota en sí a lo humano y la perdida de una es perdida de la humanidad
toda. Ninguna puede atribuirse superioridad absoluta, como tampoco
atribuirse el derecho de negar y destruir a las otras. Ese es fruto del
mito racista que inaugura la modernidad, mito que anuló su pretensión
de razón crítica, pues nunca le permitió un verdadero diálogo con el
resto del mundo sino el monólogo de la razón moderno-occidental consigo
misma.
Las víctimas de un sistema de dominación (como la actual
globalización neoliberal) ya no son sólo los seres humanos sino todas
las existencias y, de modo notable, la Pachamama. Si la ecología se
vuelve parte consustancial de todo proyecto político, es porque las
consecuencias negativas del patrón moderno-colonial ha destapado
inevitablemente la condición inicial de toda política: la preservación
de la vida.
Por la vida es que, en definitiva, se lucha.
Pero se lucha para superar el conflicto y procurar de nuevo la vida;
porque, como comunidad, presuponemos siempre la unidad y no la
división. El antagonismo ya no puede ser el eje de la política. Una
nueva fundamentación de la política es necesaria por la vida y para la
vida, por todos y para todos, en y como comunidad. Como dicen los
zapatistas: "un mundo en el que quepan todos los mundos". El
antagonista es también un hermano y hay que enseñarle que la
convivencia es posible porque somos, siempre y en última instancia,
comunidad. Si todos somos comunidad, entonces, nuestra condición
originaria es la de hermanos. Y los hermanos se deben, unos a los
otros; y se deben a una Madre y a un Padre comunes (referencias más
allá de la condición humana). La comunidad, el "ayllu", es un ámbito
expansivo que re-une a la vida toda, siempre como comunidad. En ese
sentido, fundamentar una nueva política significa transformar,
necesariamente, la política misma. Porque el ámbito expansivo de una
comunidad trascendental debe transformar también el concepto de
"pueblo".
Por eso el tránsito hacia un Estado plurinacional es un camino trascendental.
La Paz, enero de 2009 Rafael Bautista S. Autor de "OCTUBRE: EL LADO OSCURO DE LA LUNA" y "LA MEMORIA OBSTINADA" rafaelcorso@yahoo.com
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