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CENIZAS AL VIENTO
El gueyu del ferre Javier Orozco P.
Día del refugiado
Los
ojos de Adán Mosquera conocen las lejuras impuestas por el destierro y
su cuerpo tiene las marcas del terror. Sentado bajo una palmera
seca un par de lágrimas y relata la historia que lo convirtió en uno de
los cinco millones de refugiados internos que tiene
Colombia.
“Yo
soy negrito, nací en Urabá y vengo huyendo de los paramilitares y del
ejército que entraron al pueblo echando bala. Me sacaron de la casa a
patadas. Dijeron que mi tierra la quieren unos que siembran palma para
hacer combustibles”.
Unos 26
millones de refugiados, palestinos, saharauis, sudaneses, iraquíes, y
afrodescendientes como Adán, sufren la usurpación violenta de sus
territorios.
“Nuestro
territorio no está en venta, les dije, pero ahí mismo me golpearon y me
amarraron con un lazo por el pescuezo. A mi hijo y a mis tres nietos se
los llevaron, están desaparecidos. Desde esa tarde quedé solo. A mi
hermano lo mataron en el patio delante de todos antes de quemarme la
casa”.
El despojo y el terror desatados quedan impunes, los refugiados son como cenizas al viento.
“Tuve
que irme lejos. Caminé muchos días por el monte y levanté otro ranchito
de tablas, pero hasta allá llegaron y quemaron lo que había hecho con
mis manos. Me amenazaron otra vez. No les debo nada, pero llevo diez
años huyendo por ahí, llorando a mis niños, sufriendo sin saber por
qué, sin ver la justicia, sin Dios ni Santamaría”
Solo en
las tierras arrebatadas a los desplazados colombianos cabría Asturias
cinco veces. Solo en el 2008 la violencia narcoparamilitar colombiana
desplazó a una población del tamaño de la de Xixón.
De
los millones de personas que huyen del terror, las mujeres y las niñas
son las que más sufren, expuestas a la servidumbre y a los abusos
sexuales.
La Madre tierra usurpada y el cuerpo de las mujeres
convertidos en botín de guerra, claman justicia en este día mundial del
refugiado. Son millones de personas que no pierden la esperanza de
reconstruir sus vidas.
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