Impunidad versus resistencia

En la Agenda de la Solidaridad 2010
que editan las Coordinadoras Estatales de Solidaridad con los Pueblos de América Latina y Africa 
aparece este texto de Carlos Alberto Ruiz.
 
(la Agenda pueden comprarla en Pachakuti).

Ante la impunidad la justicia de las resistencias


Teniendo claro que la justicia es sólo la producida por los humanos, que no hay justicia divina, sino apenas la temporal, contingente, limitada y concreta que el ser humano es capaz de forjar, debemos preguntar frente al conjunto de la dominación: ¿por qué debemos esperar justicia de un sistema de muerte como es el que impone la generalización del mercado y la acumulación, tanto como la banalización y el automatismo del crimen inmolando la vida humana y al planeta? La justicia relativa -porque, en la historia como en la política, no existe la absoluta-, es todavía más falsificada o fingida,  y no meramente exigua, en el capitalismo, que la ofrece como mercancía y la condiciona al lugar y a los factores de poder de los sujetos que la demandan.

    La inocencia eficaz a la impunidad. La veíamos hace muchos años como un simple fallo en la administración de la justicia terrenal. Ingenuamente pensamos que la impunidad era accidental. Comprendimos, desde la experiencia del dolor y de la espera, que no era tal. Que un fallo se trata de corregir; que la incidencia de un fallo no pone en entredicho el conjunto de la sociedad, su cohesión y sus alegados valores; que un fallo, cuando no es un fallo (en su acepción de juicio o veredicto) es una falla: un error, una equivocación, pero no un plan premeditado, no un programa diseñado, no una estrategia preparada o deliberada. Nos dimos cuenta finalmente que frente al volumen de crímenes era necesario o lógico un volumen de mecanismos para encubrirlos. Si el terrorismo de Estado fuera perseguido de forma resuelta por órganos del Estado, no funcionaba. Era racional que se contara con medios no sólo para no sancionarlos, sino para premiarlos. La experiencia verificó en miles de casos cómo los autores materiales eran promocionados, cómo eran protegidos, cómo se les condecoraba o nombraba en embajadas y cómo, detrás y encima de ellos, había quienes, con los crímenes, veían multiplicadas sus cuentas bancarias y propiedades, por años, por décadas.

Aprendimos de un jurista, Eduardo Umaña Mendoza, que la impunidad sistemática es la recompensa cardinal y condición sine qua non del sistemático terrorismo de Estado. Son las dos caras de la misma moneda. La moneda de la guerra sucia articulada a las necesidades últimas del mercado y la dominación, que necesita exhibir y ocultar ambas caras convenientemente para feriarse. A diferencia del llamado “terrorismo” de las rebeldías de hoy, que el sistema de opresión no perdona, contra las que se descargan poderosas medidas legales e ilegales sin límite. Aprendimos también que combatir esa impunidad e inmunidad de los poderosos es combatir ese terrorismo ejercido desde arriba. No importando tanto sus cantidades y transiciones como sí sus calidades, al ser oficiado desde las alturas para mantener privilegios. Y aprendimos que en esa lucha, debemos o podemos acudir al derecho que el propio sistema construye como aparato de regulación. Decía Umaña que ese derecho oficial es como un abanico, que nos permiten abrir o cerrar a condición de no romperlo. Evidentemente no es suficiente ese derecho convencional para acabar ni con ese terrorismo de Estado, ni con esa impunidad, sino que se hace preciso acudir a otras miradas, a otros procesos de justicia, a los conatos que surgen de las resistencias, tanto de las civiles no violentas como de las que han debido alzarse en armas, pues si son verdaderas en su vocación, no pueden ni deben renunciar a una juridicidad éticamente superior a la del sistema que se confronta. Eduardo con su hacer rompió el abanico. Se le castigó por soñar. Fue asesinado por sicarios del Estado colombiano el 18 de abril de 1998. Los responsables siguen en el poder, libres, favorecidos, reproducidos.

El pensamiento de mediodía. Albert Camus explicaba el pensamiento del mediodía como la lucidez sin aplazamiento ante al presente, la posibilidad de corrección y reparación en el movimiento mismo de la rebeldía y su mesura que dan la cara y que rechazan la injusticia, frente a la cual las resistencias deben ser tales reviviendo las tensiones o la única tensión, razón y razones por las que se lucha. Deben reconocerse como rupturas reales y no virtuales, enfrentando las lógicas homicidas y de impunidad. Deben reconocerse como apuestas de dignidad inaplazable y de justicia relativa pero perentoria. Si la opresión se concreta en injusticias que matan, las justicias se concretan en rebeldías con efectos de verdad y reparación, es decir en afirmaciones de poder para poder no renunciar. Supone entonces tejer a contracorriente una visión omnicomprensiva del sistema, no sólo de la parcela referida a la llamada administración de justicia, nacional e internacional, que por lo general no castiga a los responsables de crímenes contra la humanidad y que opera con excepciones de justicia para la expiación. Así como ver la integralidad de las consecuencias de la impunidad: en lo económico, en la cultura política, en los imaginarios, en los sustratos psicosociales. La injusticia de la impunidad se ha plasmado no sólo no castigando a los que participan directamente en la ejecución del crimen, sino que una mayor injusticia e impunidad se materializan y arraigan cuando los beneficiarios de esos crímenes no son siquiera señalados, ni son impugnadas sus estructuras de poder. Si se aspira a la justicia, la reparación histórica debe ser la transformación de esas estructuras. Y si la vida es inaplazable, la justicia es urgente. Las resistencias portan una con la otra. En Palestina, en Colombia, por ejemplo, o en donde haya gritos ante el cinismo y la institucionalización del crimen.

Día a día tenemos hojas caídas de un calendario de ignominia. El 1º de julio de 2009 dos noticias llegan entre los flujos de la desinformación. En una se nos confirma cómo el parlamento español, con los votos de los dos partidos mayoritarios más los de otros grupos políticos, cumple la palabra empeñada por el Gobierno de Zapatero a través de su Ministro de Asuntos Exteriores, Moratinos, cuando brindó a Israel restringir los alcances de la denominada jurisdicción universal para blindar su terrorismo. Un proceso penal había sido abierto en España por un crimen contra la humanidad en Gaza cometido en 2002. El ejecutivo prometió impunidad y pactó ejecutarla, el legislativo legisló para la misma, y horas después un turbio ente judicial, la Audiencia Nacional, archivó el caso. Seguimos teniendo un abanico, su abanico, pero menos amplio. Pasando el Atlántico, en Ecuador, el origen de la otra noticia. Un juez decidió ordenar la captura de Juan Manuel Santos, el ex Ministro de Defensa colombiano, por un operativo militar que configuró no sólo una violación a la soberanía ecuatoriana, sino una masacre, estando entre los muertos no sólo un comandante y miembros de la organización rebelde FARC-EP, sino cuatro estudiantes mexicanos y un ecuatoriano que visitaban el campamento insurgente. De inmediato todo el Establecimiento colombiano, incluidas voces de la centro-izquierda, cerraron filas apoyando a Santos, quien al momento de la noticia se encontraba en Londres: un pasaporte diplomático le sería dado; una estrategia judicial interinstitucional sería montada para su defensa, con millonarios recursos y expertos. De ese modo, tanto los responsables israelíes como los del régimen de Uribe Vélez en Colombia, los que ejecutaron uno y otro bombardeo, dormirían tranquilos. Acto seguido, vamos por el mundo con banderas de España, pavoneándonos con la verborrea de los derechos humanos, la justicia internacional y la alianza de civilizaciones, mientras damos fuerza y espacio a los que matan. De ahí que las resistencias deban combatir día a día contra la estructural banalidad del mal y sus equivalencias prácticas, como lo es el bien, banal o no, que esas huestes de políticos representan al lado de falanges de empresarios. Contra la buena conciencia en las entrañas del genocidio; contra el bien predicado en un sistema de mercado capitalista que monopoliza sus buenas violencias.

Es posible otra justicia para este mundo. Sí. Si hay una ética en construcción que nos remita a la realidad de los sojuzgados, no como meras víctimas, sino a sus necesidades, procesos y condiciones de lucha por derechos, para lo cual se requiere un análisis previo y el uso de unas categorías que nos posibiliten recobrar comprensión de las causas y las consecuencias de la violencia y de la impunidad estructurales aplicadas contra los de abajo.
Si nuestra opción histórica es contra la impunidad y violencia que engendran sufrimiento en las clases, sectores y pueblos bajo opresión, el análisis del derecho necesario debe estar referido también a otros instrumentales o medios, así como a otros fines, y no sólo a los abanicos de regulación y sanción que el sistema nos ofrece. Luego se hace preciso deconstruir, destruir y construir con conceptos alternativos y hacia objetivos antagónicos al modelo capitalista, de ocupación y depredación, que revelen la génesis de la impunidad y del crimen rentables para unos, al tiempo que los contextos, las reivindicaciones y los transcursos de quienes son el lugar histórico de verdad, justicia y reparación. Podemos decir, si se quiere, víctimas empobrecidas, pero también actores históricos con memoria histórica, por lo tanto con la potencia de un proyecto de construcción ético-política de emancipación que con poder garantice el nunca más.


Carlos Alberto Ruiz Socha