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terremoto en Chile
Chile: el trágico fin de un mito 10 Mar 2010 . Público. http://blogs.publico.es/dominiopublico/1885/chile-el-tragico-fin-de-un-mito/ MARIO AMORÓS
Han
transcurrido ya casi dos semanas desde el cataclismo que resquebrajó
una extensa franja del sur de Chile, arrebató la vida a cerca de 500
personas, destruyó más de un millón de viviendas, arrasó numerosas
localidades costeras y ciudades tan importantes como Concepción,
Talcahuano o Constitución y arruinó un sinfín de infraestructuras,
incluso en Santiago.
El seísmo y el posterior tsunami, seguidos
por sus incesantes réplicas, devastaron las regiones del Maule y el
Biobío, pero también han dejado al descubierto la falacia del mito
chileno, proyectado por el poder político, mediático y económico,
alimentado por los medios de comunicación y los gobiernos de Occidente,
jaleado recientemente con su ingreso en el exclusivo club de la OCDE o
con sus relaciones comerciales privilegiadas con Estados Unidos y la
Unión Europea.
Como en tantas otras ocasiones a lo largo de su
historia republicana, las élites chilenas intentan presentarse como la
excepción en una América Latina supuestamente atrapada hoy entre el
autoritarismo y el neopopulismo. Se trataría de un país con un sólido
desarrollo democrático, confirmado aparentemente por la victoria de la
derecha en las elecciones presidenciales de enero. Y de una nación que
se habría anticipado, debido a la mano dura de la dictadura militar, en
la aplicación de las recetas que conducirían al éxito: la privatización
de la sanidad, las pensiones, la educación y los principales servicios
(electricidad, agua, transportes, carreteras…), la laminación de los
derechos de los trabajadores y los sindicatos y la sacralización del
poder económico y financiero.
El terremoto tuvo su epicentro
también en las entrañas de este mito. En los últimos días hemos podido
contemplar el hiriente desamparo de centenares de miles de ciudadanos
de un país que carece de una red pública eficaz de asistencia, a pesar
de la persistente amenaza de estas catástrofes naturales, y cuyo
Gobierno decretó tempranamente el despliegue de miles de efectivos de
las Fuerzas Armadas y de Carabineros y el toque de queda para restaurar
el orden y proteger la propiedad privada. En cambio, el Ejecutivo
que preside Michelle Bachelet tardó unas interminables 72 horas en
lograr repartir alimentos en Concepción (la segunda ciudad más populosa
del país), por lo que muchas personas no tuvieron más remedio que
recurrir al pillaje para sobrevivir, en un escenario dramático en el
que, a la ausencia durante días de luz eléctrica y agua potable
(servicios en manos de compañías privadas), se sumaba la carencia de
equipos humanos suficientes para rescatar a las personas atrapadas por
los derrumbamientos o atender a los heridos. Estos sucesos han sido
utilizados para sustituir el debate sobre el modelo de sociedad que se
derrumbó el 27 de febrero por los retóricos llamamientos en pro de la
unidad nacional para la reconstrucción del hermoso sur del país,
simbolizados en el “Fuerza Chile” de la presidenta y en el larguísimo
telemaratón conducido por el inefable Don Francisco entre el viernes y
el sábado.
José Luis Ugarte, profesor de Derecho de la
Universidad Diego Portales, reflexionaba estos días: “¿Por qué en Chile
apenas el orden se retira –cuando el brazo armado de la ley deja de
atemorizar– los sectores más pobres se sienten con el legítimo derecho
de saquear y tomar aquello que de otro modo –legalmente– no alcanzan?
Porque la sensación de injusticia y de exclusión altamente extendida
entre los pobres hace que nuestra sociedad esté pegada con el mismo
pegamento que esos edificios nuevos que hoy se derrumban. El terremoto
ha desnudado al capitalismo chileno, mostrando vergonzosamente sus pies
de barro. Ni nuestra mejor propaganda ni la de los organismos
financieros puede esconder que a la hora de repartir entre todos
nuestros beneficios nos parecemos más a los países africanos que a los
del Primer Mundo, con los que nos gustaría compararnos”.
La
historia de Chile está marcada también por los terremotos. El 24 de
enero de 1939, un seísmo de 8,3 grados en la escala de Richter con
epicentro en Chillán (a 112 kilómetros de Concepción) destruyó
prácticamente la misma región ahora devastada y segó la vida de casi
6.000 personas. Eran las primeras semanas de Gobierno del Frente
Popular y el presidente Pedro Aguirre Cerda impulsó la creación de la
Corporación de Fomento de la Producción (CORFO) para coordinar los
trabajos de reconstrucción.
En muy poco tiempo, la CORFO se
convirtió en uno de los ejes del desarrollo económico y social al
promover el crecimiento de la industria y las infraestructuras
públicas. Mascarones de proa como la Empresa Nacional de Electricidad,
la Compañía de Aceros del Pacífico, la Industria Azucarera Nacional o
la Empresa Nacional de Telecomunicaciones nacieron bajo su alero y nos
remiten a un tiempo histórico en el que el Estado, legitimado por la
sociedad democrática, ejercía un papel preponderante del que le
despojaron, para reemplazarlo por el dios Mercado, la dictadura de
Pinochet y sus políticas neoliberales, cuyas directrices principales
han mantenido los cuatro presidentes de la Concertación a lo largo de
estos últimos 20 años.
Mañana, la socialista Michelle Bachelet
traspasará la banda presidencial al derechista Sebastián Piñera, cuyo
consejo de ministros estará integrado por un elenco de empresarios,
economistas adscritos a la ortodoxia monetarista y políticos
conservadores afines al Opus Dei y otros grupos integristas. Ante esta
perspectiva, el presidente del Partido Comunista y diputado electo,
Guillermo Teillier, ha llamado a la constitución de un gran frente
político y social por “la reconstrucción de Chile”, pero no sólo por la
reparación de los daños causados por el terremoto y el tsunami, sino
también por la “reconstrucción democrática de Chile”.
Mario Amorós es
doctor en Historia y periodista. Autor de ‘Compañero Presidente.
Salvador Allende, una vida por la democracia y el socialismo’
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