Palestina en la ONU: sobre números y mentiras
Palestina en la ONU: sobre números y mentiras
Mariela Flores Torres
ALAI AMLATINA, 23/09/2011.-
Alcanzar el lugar de Estado número 194 en las Naciones Unidas significa reconocer a Palestina como Estado Miembro “de plenos derechos”.
Y
181 es el número de resolución de la ONU con la que se aprobó el
injusto y asimétrico plan de partición de Palestina en 1947 que se creó
al Estado de Israel y se condenó a ser parias sin estado a los
palestinos.
Y
242 y 338 son los números de las resoluciones con las que la ONU
expuso la alarmante situación de las fronteras, sin ninguna capacidad
para impedir el avance de Israel en la región.
La ONU en
1974 ha reconocido a la Organización para la Liberación de Palestina
(OLP) como entidad representativa del pueblo palestino, pero no quiere
oír hablar de un Estado palestino; tampoco ha tenido el gesto de
reconocer como estado a la Autoridad Nacional Palestina (ANP), que
es justamente lo que ahora está en discusión.
Pero la
cuestión no es sólo acceder a la estadidad, aunque por supuesto
es preciso celebrar esta iniciativa, dado que son numerosos los
asuntos de gran espesor que aún así quedarían pendientes.
Lograr
el reconocimiento del Estado palestino en un organismo
supranacional como la ONU es importante y seguramente sentará un
valioso precedente internacional.
Ahora bien: ¿qué cambia con esto en la condición de centenares de miles de palestinos?
¿Cuántos
temas de gran peso político y humanitario se han tratado en
organismos supranacionales (como la ONU o la Corte Internacional
de la Haya) sin que se hubieran producido cambios favorables al
desarrollo de una vida digna para los palestinos?
El
muro de la infamia sigue avanzando con la complicidad de las
potencias “democráticas” de Occidente, los ataques sobre los
territorios palestinos siguen su marcha y la crisis humanitaria
es pavorosa.
El “Día Internacional de Solidaridad con el
Pueblo Palestino” (29 de noviembre) designado por la ONU (Res.
32/40 B, 1977), ¿ha cambiado en algo la condición de ese pueblo?
Una
serie de informes solicitados por la ONU para establecer el
número de víctimas y los responsables directos de los daños humanos y
materiales ocasionados por guerras e invasiones, como el Informe
Goldstone (producido el 23/09/2010, sobre el brutal ataque de Israel a
Gaza en enero 2009) arroja resultados estremecedores. Pero, ¿han
generado alguna penalización a los agresores, o logrado algún
compromiso que trascienda el mero gesto ritual de establecer
“internacionalmente” lo alarmante de la situación? No.
Hay
informes anteriores como el Mc Bride (1982/83, sobre la invasión
de Israel a Líbano) que siguen sin condenar a los responsables.
Entristece
reconocer que en las Naciones Unidas han sido muy pocos los
Estados miembro que tomaron seriamente las demandas reales de
Palestina.
Por eso, la actual encrucijada se presenta como
una nueva oportunidad y son muchos los que ahora esperan un
tratamiento más sensato y efectivo de esta lacerante cuestión.
Quizás
gracias a que varios estados latinoamericanos reconocieron a
Palestina como estado soberano e independiente (fines de 2010 y
principios de 2011), las cosas puedan cambiar. La expectativa es
enorme, pero los antecedentes desfavorables no son menos formidables.
La
pregunta de fondo, y que hace resonar los nombres de dos grandes
intelectuales de la región: el palestino Edward Said y el israelí
Michel Warschawski, sigue vigente: ¿podrán tantos acuerdos de paz,
tantos tratamientos en entidades internacionales, cambiar la
situación de los 9.395.000 millones de palestinos del mundo y
especialmente la de aquellos que habitan en esos dos espacios
“concentracionados” que son Gaza y Cisjordania (3.700.000); o los que
viven en Israel bajo la identidad palestina (1.213.000); y los
cerca de 5.000.000 de refugiados. Como Said y Warschawski lo plantearan
repetidamente, sólo un Estado binacional, no la existencia de dos
Estados, puede ofrecer la solución. Pero antes de pensar y evaluar si
la solución es un Estado Binacional o Dos Estados -como se
intenta establecer ahora en la ONU-, hay que tener en cuenta que todo
este proceso debe ir acompañado de una toma de conciencia
superadora de la “negación del otro” que impera a ambos lados. “Lo que
se necesita ahora es un cambio de conciencia: los israelíes deben darse
cuenta de que su futuro depende de cómo aborden y encaren valerosamente
su historia colectiva de responsabilidad por la tragedia
palestina.
Y los palestinos, así como los demás árabes,
deben descubrir que la lucha por los derechos palestinos es
inseparable de la necesidad de crear una auténtica sociedad civil y
democrática, y de explorar modos de comunidad secular que no
ofrecen los “retornos” al judaísmo, al cristianismo o al islam
característicos del fundamentalismo religioso contemporáneo” .
De
no mediar ese salto de conciencia ninguna solución será viable,
sólo se construirá sobre la mentira y eso no conducirá a ningún lado.
No
puede haber reconciliación sin reconocimiento por parte de
Israel, sus dirigentes y su población, de la injusticia cometida en
contra del pueblo palestino; y el mismo ejercicio de memoria y
construcción le cabe a estos últimos para empezar a pensar en cualquier
reconocimiento estatal, pues de nada sirve condenar sólo el proceder de
Israel dado que no es el único responsable de la situación desoladora
imperante en Palestina, sin ánimo de minimizar el colonialismo del
sionismo judío y no judío, en Israel y fuera de él.
En
palabras de Said, “hay que establecer un vínculo entre lo que les
ocurrió a los judíos en la Segunda Guerra Mundial y la catástrofe del
pueblo palestino; un vínculo que no se debe establecer sólo [...]
como argumento para demoler o disminuir el auténtico contenido
tanto del Holocausto como de 1948.
Ninguno de los dos
sufrimientos es igual al otro; del mismo modo, ni el uno ni el
otro justifican la violencia actual; y finalmente, ni el uno ni el otro
se deben minimizar” […] “una conexión que permita ver que la
tragedia judía ha llevado directamente a la catástrofe palestina,
digamos que por “necesidad” [...], no podemos coexistir como dos
comunidades de sufrimientos independientes e incomunicadamente
separados.
El fracaso de Oslo ha sido planificar en
términos de separación, la fría partición de pueblos en entidades
separadas, pero desiguales, en lugar de percibir que la única manera
por encima de un interminable toma y daca de violencia y
deshumanización consiste en admitir la universalidad e integridad de la
experiencia del otro y empezar a planificar juntos una vida en
común” .
La tesis de los Dos Estados separados no prosperó en Oslo (1993) ni tampoco en Camp David (2000). ¿Lo hará ahora?
Ese
es el auténtico reto que enfrenta el tratamiento de este asunto
en la ONU. Aquí, con todo, hay dos escollos que sortear: primero,
la propia Asamblea General, donde se necesita conseguir los dos
tercios de los votos; segundo el antidemocrático Consejo de
Seguridad -donde EEUU ya anunció su veto, ratificado por el provocador
discurso de Obama en la inauguración de la 66º Asamblea General.
Por
eso el panorama no parece ser alentador. Más allá del auspicio y
la reivindicación de estos lugares como instancias políticas de
comunicación y coexistencia internacional, como lo es (o debería
ser) la ONU, el procedimiento en el que están embarcados los miembros
de la Autoridad Nacional Palestina tiene que ir acompañado
necesariamente (de un lado y del otro) de una política estratégica y
efectiva para la región.
No se puede seguir dejando la
representación en manos de otros que dilaten ( o sigan dilatando)
la solución del problema. Y esos otros no pueden seguir haciendo de la
representación una paradojal “i-rrepresentatividad” al no
proponer salidas que supongan acabar con el problema de la ausencia de
Estado, las fronteras territoriales (una de las principales
solicitudes en esta oportunidad es volver a las fronteras anteriores a
1967), los refugiados, el derecho al retorno, la liberación de
los presos políticos, entre algunos de los más centrales asuntos
irresueltos hasta hoy.
Será significativo el tratamiento
del reconocimiento en la ONU en tanto éste vaya vinculado a una
política de compromiso hacia las problemáticas asociadas a
Palestina como “Estado Miembro”, porque como País Asociado
Observador -que es la categoría que tenía hasta ahora, otorgada
por la ONU desde 1974- no se ha ofrecido ningún tipo de solución
al drama cotidiano en Palestina.
Como
decía Edward Said existe el derecho de narrar, pero ante todo hay
que narrarse y para que el mundo entero y sus instancias
representativas como la ONU “vean” a los palestinos es preciso que vean
sus problemáticas a la cara y de fondo.
No se trata solo
de reconocer a Palestina como Estado 194 de la ONU; se trata de
crear una política de solución de los problemas de los refugiados, de
crear una política de desarrollo humano para Palestina, de tomar
en serio una política que acabe con la debilidad estructural de ese
Estado por nacer.
De lo contrario seguiremos teniendo el mismo problema pero con diferente condición jurídica.
Hasta
ahora lo que hay es esto: un estado, que es un estado que ocupa
un territorio de otro pueblo (Israel) y una población (palestinos) que
sólo tiene la categoría jurídica de entidad política (la OLP) y
no de estado.
Si se logra el reconocimiento de Palestina
como Estado pleno de derechos pero sin el acompañaniemto de una
efectiva cooperación internacional que garantice y sostenga el
desarrollo real de ese estado (una especie de Plan Marshall para
Palestina, algo que en su momento se hizo para Europa), tendremos dos
estados (Israel y Palestina), dos sujetos de derecho
internacional, pero en condiciones profundamente asimétricas.
La
comunidad internacional, y especialmente las grandes potencias
que ocasionaron la tragedia palestina, deben garantizar la viabilidad
del Estado palestino en caso de que éste finalmente vea la luz
del día. Pero este reconocimiento, sin política de desarrollo que lo
sostenga y que permita la reconstrucción material y espiritual de
ese pueblo, puede paradojalmente terminar por jugar en contra de sus
heroicos y respetables anhelos de libertad, democracia y
bienestar.
Por eso es preciso no abandonar a Palestina más allá de esta instancia en el (des)concierto internacional.
-
Mariela Flores Torres es Becaria Doctoral del CONICET (Argentina),
doctoranda en la Universidad Nacional de Quilmes y Docente de la
Universidad Nacional de la Patagonia San Juan Bosco. Colaboradora de
Revista Acción.
Mas informacion: http://alainet.org
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