libro sobre la Guerra del gas y Juicio en Bolivia.
Guerra del gas y Juicio en Bolivia.
Desde Asturias se ha tenido alguna colaboración o acompañamiento a las víctimas de la llamada guerra del gas,
periodo de actuaciones comunitarias en que se confrontó "el regalo" del
gas boliviano a empresas e intereses extranjeros, que significó la
muerte y heridas de cientos de pobladores, y la huída del país del
presidente Sánchez de Losada, el Goni, apodado "el gringo" por su marcado acento extranjero, y de varios de sus ministros que se escondieron en Estados Unidos y Perú.
Dos
años después de la masacre una delegación astur-pachakuti estaba en las
conmemoraciones con los familiares y víctimas en el cementerio de El
Alto,
y después contribuyó a editar el libro "El Alto de pié.Una
insurrección aymara en Bolivia" del periodista mexicano-boliviano Luis
A. Gómez. http://www.pachakuti.org/textos/hemeroteca/2006_1/anuncio-libro.html En
2011, una significativa colaboración de la sección sindical de CCOO en
Cajastur, junto a otras aportaciones, contribuyó a los gastos derivados
del largo Juicio que la asociación de víctimas, en solitario, llevó a
cabo en el Supremo Tribunal, en Sucre.
Dicho Juicio , lleno de
peripecias, zancadillas, impedimentos físicos y legalistas,y otros
intentos de desvirtuación, concluyó con la sentencia de cárcel para varios militares y varios ministros, http://www.pachakuti.org/textos/hemeroteca/2011_2/juicio-bolovia.html aunque
otros ministros y el expresidente Sanchez de Losada quedaron sin
condena por no estar presentes, protegidos de la aplicación de la
justicia por los gobiernos de EEUU y Perú,
tomando Bolivia la reforzada decisión de pedir la extradición.
En diciembre, fue presentado un libro, "Hacer Justicia", que rescata los argumentos finales de la Parte Civil en el Juicio de Responsabilidades por la masacre de septiembre y octubre de 2003.
A modo de introducción, Luis A Gómez escribe allí que:
Notas sobre lo que han sido estos años Luis A. Gómez
La
historia de este juicio puede verse como una de las tantas formas de
lucha por la justicia que los más pobres de la Tierra emprenden a
diario en las cortes y juzgados de todo el mundo contra los poderosos,
que tienen la capacidad de frenar el impulso de esa lucha y también el
dinero para desgastarla cuando es necesario.
Hablamos de una
lucha desigual, entonces, en la que el sistema judicial en Bolivia
(leyes y funcionarios, fiscales, jueces y legisladores) se fue
revelando primero como una maquinaria aparentemente ineficiente, pero
en realidad organizada para favorecer a quienes la han construido y la
mantienen funcionando, aceitada con dinero y prebendas.
Pero
esta búsqueda de justicia, de descanso para los restos de los muertos
en septiembre y octubre de 2003, y de paz para los corazones de todos,
también podría ser mirada como una aventura, profunda y llena de
intensidad, que nos paseó a quienes la vivimos de cerca por un lugar
triste, desolado.
Así pensada, como un empeño aparentemente
insensato, la historia de este juicio es una sucesión de esfuerzos de
las víctimas y sus abogados para invertir la polaridad de la historia,
para convertir a los antiguos señores en acusados (de genocidio, de
masacre) y volver a casa, a comunidades y barrios, más o menos enteros,
sin nada de qué avergonzarse.
En el lado oscuro de la
insurrección que derrotó a Sánchez de Lozada y a los militares, sin
armas, quedaron los muertos y los mutilados, quedó un joven triste que
habría de suicidarseu na noche de 2006.
Quedaron
el rostro limpio de Marlene Rojas y la mirada profunda de Alex Llusco
Mollericona, dos niños, y también la pierna de Luis Castaño, que era
albañil y amaba bailar en las fiestas. Quedó ahí el rostro de dolor y
de tristeza de Filomena León, que pasó sus últimos días sola, acostada
en una cama de hospital con un enorme hueco en la espalda, sin hablar
con nadie, muriendo.
Hasta ese lugar fueron una y otra vez sus
familiares vivos. Inclusive sacaron los cuerpos de sus tumbas y los
hicieron hurgar por un forense.
Encargado de cubrir para un
diario mexicano esas inhumaciones, un día de octubre de 2004, tuve que
soltar la pluma y cargar un ataúd inmenso, reventado, mientras la viuda
del difunto me servía alcohol sobre los labios para resistir la náusea.
La
dignidad resuelta de los acusadores nunca dejó de emocionarme: en cada
entrevistaq ue hice o atestigué, en cada movilización los vi caminar,
hablar, recordar la llama viva de su pérdida. Los vi llorar decenas de
veces pero nunca rendirse.
Supongo que lo mismo sintió Rogelio
Mayta: hizo de esta lúgubre aventura el eje de su vidad urante todos
estos años. A él, que tuvo el valor de gritar en los susurrantes
recintos"sagrados" de la política y de la justicia, lo vi caminar con
su gente. Su fervor para seguir batallando cuando todo parecía hundirse
en el lodo contagió a Pamela Delgadillo y Marcelo Bracamonte, jóvenes y
brillantes, para tejer la urdimbre que ahora expone este libro:
la suma desus talentos y sensibilidades que sirvió para lograr una sentencia contra los masacradores.
Durante
años los he visto trabajar y sufrir. Fueron espiados, amenazados e
insultados por hacer su trabajo de abogados, es decir, por representar
una causa ante un tribunal. La escasez de recursos, y a veces de
experiencia, eran además un demonio constante en sus reuniones, en la
elaboración de sus argumentos, en cada etapa del camino.
Enfrente,
o a su derecha, como estaban colocados en la Corte Suprema de Justica,
un gupo de políticos y militares pretendió durante todo este tiempo
hacernos creer que en 2003 cumplían con su deber, acatando órdenes, que
todo era un accidente. Siempre joviales y siempre amables, como el
jocoso Juan Véliz Herrera, ex alumno de la Escuela de las Américas, que
hizo mentir a sus testigos... siempre desatentos del proceso, como
Adalberto Kuajara, que leía libros y dormitaba en las audiencias. A
veces era indignante ver los rostros de los asesinos, en su aparente
tranquilidad, reaccionar con total cinismo a la exposición de sus
crímenes y de ese dolor sin reposo.
Quizá todo ello fue el
combustible que permitió trabajar sin cesar a los abogados de las
víctimas y comprender a cabalidad lo ocurrido entre septiembre y
octubre de 2003: la puesta en marcha de una política de muerte y
amedrentamiento ejecutada por un sociópata llamado Carlos Sánchez
Berzaín y aprobada por su poderoso patrón, instrumentada con dolo en
una legalidad aparente que, lo demuestran los autores en el alegato
final expuesto durante la etapa oral del juicio, tenía como móvil la
ambición de siempre y como objetivo la subordinación de la gente por la
vía de la represión y la muerte.
Así que este libro no es el
resumen de esa aventura, que marcó para siempre nuestras vidas, sino el
de la peculiar forma en que abogados y víctimas pelearon por
sobrevivirla y encontrar la justicia el 30 de agosto de 2011.
Lo
que hicieron podría tal vez sintetizarse, una y otra vez, en la
sentencia condenatoria de los cinco alto mandos militares y dos de los
ex ministros de Sánchezde Lozada: con ese primer fallo se abrió la
brecha para ir por los demás acusados hasta donde se esconden
cobardemente de sus humildes acusadores, de todos nosotros.
Pero
además del alegato, documento decisivo por la explicación razonada de
cómo se instrumentó y "legitimó" la masacre desde el gobierno de
Sánchez de Lozada, también quedan en el libro un ensayo sobre el
corazón de la teoría jurídica utilizada en el proceso por lo sabogados
y el testimonio de todos estos años, así como documentos diversos,
algunos más insoportables que otros, que permiten comprender lo
ocurrido.
La voz del pasado
Hijos
y nietos de gente pobre, en su mayoría aymara, los miembros del Comité
Impulsor del Juicio a Sánchez de Lozada y sus colaboradores supieron
siempre que nada en sus historias podría alimentar el optimismo en este
juicio.
Sus abuelos han sido un ejemplo claro: hace un siglo
fueron enjuiciados, asesinados, marginados por el Estado liberal en un
proceso histórico,el llamado "Proceso Mohoza", sin atención a su
cultura y sus justas demandas, mucho menos asus derechos (el abogado de
la dirigencia comunaria aymara acusada en ese juicio, Bautista
Saavedra, se refería a sus representados como salvajes e ignorantes).
La memoria aymara, por lo menos en cuanto a la república llamada
Bolivia se refiere, no ofrecía aliento, sino un inmenso atestado de
traiciones, desprecio, trampas y violencia.
Estos tres abogados,
mientras revisaban con calma informes y registros oficiales, trabajaron
siempre conscientes que el final del juicio a Sánchez de Lozada y sus
cómplices podía llegar enc ualquier instante y la "justicia" aplastar
su causa y la demanda de los familares.
Pero la derrota no era
la única voz de su pasado compartido. También estuvieron presentes las
formas de la resistencia, de la fuerza y del ejercicio del poder en las
calles que, precisamente, había costado las vidas que los desvelaron
casi ocho años.
Como en las comunidades de laltiplano aymara y
en los barrios alteños en octubre, los acusadores y sus representantes
legales se volvieron indios janiwas.
. Descendientes de la gente
había hecho temblar a la corona española, había sacudido a los
liberales y fue decisiva en en los procesos de independencia y de
revolución, abrevaron también una y otra vez en la lucha desplegada en
septiembre y octubrede 2003, porque fue la primera victoria colectiva,
el punto de inflexión.
Solamente así me explico muchas de las
cosas que este libro expresa. Y otras que no aparecen en él, como aquel
especial movimiento táctico que fue "cercar" a Gonzalo Sánchez de
Lozada, prófugo pero todavía millonario y poderoso.
Conforme los
procedimientos del juicio de responsabilidades avanzaron en Bolivia,
fue evidente que los principales responsables de las masacres (Gonzalo
Sánchez de Lozada y Carlos Sánchez Berzaín) no volverían a Bolivia a
dar la cara.
Pero
fue peor, porque sus cómplices comenzaron a huir a cuentagotas,
ayudados por la actitud omisa de los miembros del tribunal que presidió
Ángel Irusta.
Rogelio Mayta y su equipo presionaron para que la
Interpol emitiera órdenes de captura en su contra... que siguen
vigentes, por cierto, y por eso los obligan a esconderse en cualquier
parte(Estados Unidos no permite que la Interpol opere en su
territorio). Pero hubo más, porque enseptiembre de 2008 las víctimas
presentaron demandas en contra de Goni y Sánchez Berzaín en dos cortes
federales de los Estados Unidos. Ambos fueron notificados de la
demanda, que por lo menos un tiempo los mantuvo sin reposo,
"acorralados". Tuvieron que comenzar a defenderse... y eso derivó en un
evento sencillo y tal vez sin trascendencia jurídica: esos asesinos
tuvieron que presentarse ante un juez en Miami, como acusados en una
demanda civil, y confrontarse con algunas de sus víctimas,que fueron
hasta allá a ratificar la demanda.
Por una sola vez, desde su
pedestal de soberbia y feroz racismo, esos dos "personajes" encontraron
que ni su dinero ni sus relaciones pudieron preservarlos.
¿Tiene
esto que ver con este libro? Pienso que sí, al igual que los eternos y
estériles procedimientos que Mayta y su equipo realizaron para
solicitar las extradiciones de Sánchez deLozada y sus cómplices.
Desde
la presentación de la querella inicial ante el Congreso
Nacional,pasando por la teoría y los conceptos jurídicos utilizados,
hasta la anécdota más olvidable encerrada en estas páginas: todo aquí
habla del inmenso despliegue colectivo, nutrido en su historia, para
negar a los acusados su pretendido derecho a la impunidad.
De lo que cuesta hacer justicia
Durante
estos años, en los que escuché a Rogelio Mayta, a Pamela Delgadillo y a
Marcelo Bracamonte explicar decenas de veces cómo desde el Estado se
construyó el escenario para efectuar la masacre, también pude mirar de
cerca cómo hacían para sostener la demanda de justicia de este grupo de
familias, indias y pobres, mineras y pobres, pobres,
llamada la Asociación de Familiares de los Caídos en Defensa del Gas (ASOFAC-DG).
Parte
de sus artificios, sin duda, fue romper -a veces con mucha estridencia-
algunos de los"usos y costumbres" de sus colegas de profesión: el
ejercicio de la abogacía, visto como negocio, ha corroído su propia
esencia, despersonalizando su oficio.
Para Mayta, Delgadillo y
Bracamonte cada confrontación era personal, cada argumento y cada
memorial eran carne y sangre. De ese modo pudieron sortear los peores
momentos del juicio, como el de la confrontación con el expresidente de
la Corte Suprema de Justicia Eddy Fernández, a quien derrotaron desde
una pequeña oficina en la ciudad de Sucre.
Armados con una
estrategia sin esperanza, para no tener más horizonte que la
realización de su trabajo (de nuevo: la sentencia), los abogados
trabajaron con argumentos sencillos y rotundos.Repitiendo ideas,
frases, hechos: en esa construcción insistente se hicieron fuertes y a
partir deahí fueron audaces. Nunca olvidaré esas conversaciones en las
que Rogelio Mayta me comentaba que, "bien a lo talibán", iban a
presentar un incidente, a provocar al enemigo, a incordiar a los
jueces, siempre con la seguridad de hacer lo correcto. Sin esa
estrategia tal vezlos hubieran derrotado. Aun contando con un trabajo
minucioso y profundo en el terreno jurídico y legal, del que Hacer Justicia es su análisis y testimonio.
Con mucha necedad han conseguido los familiares, Mayta y sus dos colaboradores volver deese lugar tan triste.
Los primeros asesinos han sido enjuiciados y duermen en la cárcel.
No
ganaron realmente, porque nadie 'gana' nada en procesos como éste...
sus corazones palpitan con menos rabia y los muertos descansan menos
inquietos.
Un alto precio pagó la gente para cambiar su destino
en octubre de 2003... con este juicio familiares y abogados les vienen
diciendo hace años que no los han olvidado. Para todos ha comenzado la
justicia que no tuvieron antes.
México-Tenochtitlan, octubre y noviembre de 2011. |
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