AL:
Autonomías Indígenas en América
(Por Francisco
López Bárcenas)
Ircamericas.org
– 7 de febrero.- De la demanda de reconocimiento a su construcción.
"La lucha por esta América Latina liberada, frente
a las voces obedientes de quienes usurpan su representación
oficial, surge ahora con potencia invencible, la voz genuina de
los pueblos, voz que se abre paso desde las entrañas de
sus minas de carbón y estaño, desde sus fábricas
y centrales azucareras, desde sus tierras enfeudadas, donde rotos,
cholos, gauchos, jíbaros, herederos de Zapata y de Sandino,
empuñan las armas de la libertad."
- Ernesto Che Guevara, En respaldo a La declaración de
la Habana, 1960
En
América Latina se viven tiempos de autonomías. De
autonomías indígenas. El reclamo se posicionó
como demanda central de los movimientos indígenas nacionales
en la década de los noventas del siglo XX y se consolidó
a principios del siglo XXI.
No es que antes no existiera, al contrario, desde la época
de la conquista -española en unos casos, portuguesa en
otros- hasta la consolidación de los estados nacionales,
desde las rebeliones de Tupac Amaru, Tupac Katari y Bartolina
Sisa, en tierras andinas, hasta las de Jacinto Canek en tierras
mayas contra el poder colonial.
Pasando por las de el Willka Pablo Zárate en Bolivia, o
las de Tetabiate y Juan Banderas entre los yaquis de México,
durante la época republicana, o las de Emiliano Zapata
en México y Manuel Quintín Lame en Colombia, durante
el siglo XX, hasta la rebelión zapatista también
en tierras mayas, a finales del siglo XX y principios del siglo
XXI, las luchas de resistencia y emancipación de los pueblos
indígenas han estado permeadas por las reivindicaciones
autonómicas.
Estas luchas han incluido los mismos proyectos utópicos
que pasan por ser pueblos con derechos plenos, territorios, recursos
naturales, formas propias de organización y de representación
política ante instancias estatales, ejercicio de la justicia
interna a partir de su propio derecho, conservación y desarrollo
de sus culturas y elaboración y ejecución y puesta
en práctica de sus propios planes de desarrollo, dentro
de sus demandas mas significativas.
El asunto no es para menos. Así lo ha entendido la misma
Agencia Central de Inteligencia Americana (CIA), quien desde principios
del siglo XX advertía que los movimientos indígenas
serían uno de los principales desafíos a los gobiernos
nacionales en los próximos 15 años, los cuales,
desde su punto de vista, se incrementarían "facilitados
por redes transnacionales de activistas de derechos indígenas,
apoyados por grupos internacionales de derechos humanos y ecologistas
bien financiados", "Las tensiones -añadía
el informe- se intensificarán en un área desde México
a través de la región del Amazonas".1
Más recientemente, el representante de los Estados Unidos
para América Latina en Asuntos Hemisféricos, John
Dimitri Negroponte, refiriéndose al triunfo del aymara
Evo Morales Ayma en las elecciones presidenciales de la república
de Bolivia, afirmó que los movimientos subversivos están
haciendo mal uso de los beneficios de la democracia y eso pone
en peligro la estabilidad de los Estados nacionales en toda América
Latina.
Los movimientos de los pueblos indígenas y su lucha por
la autonomía son una preocupación para los grupos
económicos y políticos dominantes, porque forman
parte de otros movimientos sociales de América Latina que
resisten a las políticas neoliberales y sus efectos sobre
la humanidad, pero también son parte integrante de los
amplios sectores sociales que impulsan propuestas alternativas
que nos ayuden a remontar la crisis en que se encuentra el mundo.
Sólo que a diferencia de los demás, los que protagonizan
los pueblos indígenas y sus organizaciones son más
radicales y profundos en sus planteamientos, tanto por los métodos
de lucha que han utilizado para hacerse presentes -la mayoría
de las veces de manera pacífica pero cuando esto no es
posible de manera violenta- pero también porque sus demandas
para ser posibles requieren de una transformación profunda
de los Estados nacionales y sus instituciones, que prácticamente
nos llevaría a la refundación de los Estados nacionales
en Latinoamérica.
El reclamo del los pueblos indígenas del reconocimiento
de su autonomía tiene otro componente que pone a pensar
a las clases hegemónicas que detentan el poder en cada
uno de los estados de América Latina donde suceden.
Éstos se presentan justo cuando los estados entran en un
fuerte debilitamiento, producto del empuje de las fuerzas económicas
internacionales para que se vayan retirando de la esfera pública,
reduciéndolos en la práctica a simples gerentes
de los intereses capitalistas.
Paradójicamente, son esas mismas clases sociales las que
ponen el grito en el cielo ante el reclamo indígena de
reformar o refundar los Estados para hacerlos funcionales a las
realidades multiculturales de sus habitantes, afirmando que de
aceptarse los reclamos de los pueblos indígenas los estados
terminarían hechos pedazos.
Pero la realidad es otra, si se pactara un nuevo estado en donde
los pueblos indígenas fueran reconocidos como sujetos políticos
autónomos, seguramente los estados se fortalecerían
y entonces las fuerzas económicas del libre mercado perderían
hegemonía en el diseño de sus políticas antipopulares.
El argumento ha sido usado por los poderosos para diseñar
verdaderas políticas de contrainsurgencia con las que enfrentan
a los movimientos sociales y sus aliados, bajo la idea de la defensa
de la soberanía nacional, lo cual ha sucedido de muy diversas
maneras.
En algunos casos entre los que se cuentan los de Bolivia y México,
el Estado ha confrontado directamente a los movimientos indígenas,
inclusive movilizando su aparato militar fuera de los marcos constitucionales;
en otros como Panamá, Nicaragua, y en alguna medida Ecuador
-sobretodo en la parte andina- han optado por el uso de una "estrategia
envolvente" para recuperar los espacios perdidos.
En estos casos no se llega a la confrontación violenta
sino se opta por el uso de los partidos políticos como
mecanismo de control, ofreciendo cauces para acceder al poder,
que terminan siendo formas de control y desarticulación.
Otra estrategia usada es el aislamiento, como se ha hecho en Brasil
y parte del Ecuador, donde se ha dejado el campo abierto para
que sean las compañías transnacionales que se apropian
de los recursos naturales las que enfrenten directamente el descontento
indígena mientras el Estado actúa como si nada pasara.2
Digámoslo con toda claridad. Los pueblos indígenas
de América Latina luchan por su autonomía porque
en el siglo XXI siguen siendo colonias. Las guerras de independencia
del siglo XIX acabaron con la colonización extranjera -española
o portuguesa- pero quienes accedieron al poder siguieron viendo
a los pueblos indígenas como colonias.
Colonias que las clases hegemónicas escondieron tras la
mascarada de los derechos individuales y la igualdad jurídica,
pregonadas por el liberalismo decimonónico y que, ante
la evidencia de la falsedad de ese argumento, ahora se esconden
bajo el discurso del multiculturalismo conservador, que se manifiesta
en reformas legales que reconocen las diferencias culturales de
las poblaciones de los estados pero éste sigue actuando
como si no existieran.
Todo eso mientras los pueblos indígenas de América
Latina sufrían y sufren el poder de un colonialismo interno.
Por eso los movimientos indígenas, a diferencia de otros
tipos de movimientos sociales, son luchas de resistencia y emancipación.
Por eso su demanda se aglutina en la lucha por la autonomía,
por eso las preocupaciones de las fuerzas imperiales aumentan
en la medida en que los movimientos crecen, por eso es que el
logro de sus demandas implica la refundación de los Estados
nacionales.
»»500 años de resistencia.- En el año
de 1992, en el contexto de la campaña continental 500 años
de resistencia indígena, negra y popular, con la cual los
diversos movimientos indígenas del continente americano
protestaban por las celebraciones que los gobiernos impulsaban
con motivo de los cinco siglos de la invasión europea al
continente americano -descubrimiento le decían ellos- los
movimientos indígenas transformaron sustantivamente sus
formas de manifestación política y sus demandas.
En el primer caso dejaron de ser apéndice de los movimientos
campesinos, que siempre los colocaban a la cola tanto en su participación
igual que a sus reivindicaciones y se convirtieron en sujetos
políticos ellos mismos.
En el segundo, denunciaron el colonialismo interno que en los
estados nacionales de los que forman parte se ejercía contra
ellos, exhibieron al indigenismo como una política para
encubrir su situación colonial y reclamaron su derecho
a la libredeterminación, como pueblos que son.
Nicaragua es un caso excepcional, porque debido a que la contrarrevolución
adoptó el discurso étnico, en el año de 1987
incorporó el régimen de las autonomías regionales
para desactivar la oposición armada, lo que con el paso
del tiempo funcionaría también para desactivar al
movimiento indígena.
Pero fuera de ese caso, desde el año de 1992 los movimientos
indígenas son movimientos de resistencia y emancipación:
resistencia para no dejar de ser pueblos, emancipación
para no seguir siendo colonias. Las reivindicaciones étnicas
se juntaron con las reivindicaciones de clase. El eje de las demandas
de los movimientos indígenas pasó a ser el derecho
de libre determinación expresado en autonomía.
Desde el año de 1966, los Pactos de Derechos Civiles y
Políticos y de Derechos Económicos, Sociales y Culturales,
reconocían el derecho de los pueblos a libre determinación
y como consecuencia de ello a establecer libremente su condición
política, así como a decidir de la misma manera
sobre su desarrollo económico, social y cultural.
El derecho reconocido incluía la disposición libre
de sus recursos naturales para su beneficio, sin dejar de lado
la obligación de cooperación internacional bajo
el principio del beneficio recíproco.
Los movimientos indígenas no sólo exijen derechos
individuales para las personas indígenas sino también
colectivos, para los pueblos de los que forman parte; que no limiten
su exigencia a que las instituciones estatales cumplan sus funciones
sino que se transformen; que no reclamen tierras sino territorios.
Que no demanden que les permitan usufructuar los recursos naturales
que se encuentran en sus territorios sino la propiedad de ellos;
que no reclamen participar en los órganos estatales sino
reconocimiento de su propios gobiernos, que no sólo se
les administre justicia conforme a derecho estatal sino se reconozca
su derecho a administrar justicia por ellos mismos y de acuerdo
con su derecho propio.
Que no busquen que haya planes de desarrollo para ellos sino que
se reconozca su derecho a diseñar su propio desarrollo;
que no sólo les lleven la cultura dominante sino que también
se reconozca y respete la suya. Los pueblos indígenas no
quieren seguir siendo colonias sino pueblos con plenos derechos.
Los nuevos reclamos de los movimientos indígenas abrieron
una nueva etapa en la historia de los derechos indígenas,
la cual en un principio se manifestó en el hecho de que
los estados nacionales de América Latina que no habían
modificado sus constituciones políticas y su legislación
interna para incorporar en ellas el reconocimiento de la existencia
de los pueblos indígenas y la garantía de sus derechos
colectivos, lo hicieran.
Se desató así una fiebre legislativa en donde se
legislaba más que para reconocer derechos, para que la
clase política no perdiera legitimidad. De esa manera,
a excepción de algunos Estados, como el chileno, casi todos
reformaron sus constituciones políticas para incorporar
en ellas a los pueblos indígenas y sus derechos.
»»Las tendencias autonómicas.- Cuando los pueblos
indígenas se dieron cuenta de que su lucha por el reconocimiento
constitucional de sus derechos no había dado los resultados
esperados, enfocaron sus esfuerzos a la construcción de
las autonomías en los hechos. De esa manera algunos movimientos
que ya caminaban en ese rumbo se potenciaron mientras otros iniciaban
el largo caminar en ese sentido.
Para hacerlo apelaron a lo que tenían: sus culturas, sus
historias de resistencias, sus estructuras orgánicas, sus
relaciones con otros movimientos sociales y las realidades concretas
de sus países. En diversos niveles, en la década
de noventa, los estados latinoamericanos vieron transformarse
los movimientos indígenas que venían luchando desde
la década anterior reivindicando sus derechos.
Algunos trascendieron las luchas locales y rompieron los cercos
de las fronteras nacionales, alcanzando más notoriedad
que otros. Se puede decir que los movimientos indígenas
por la autonomía fueron un fenómeno social que se
vio en toda América Latina.
Justo cuando los movimientos obreros y campesinos decaían,
desde Mesoamérica hasta la Patagonia, los movimientos indígenas
se reactivaban, para enojo de los neoliberales. Las autonomías
comunitarias surgieron como expresión concreta de la resistencia
de los pueblos indígenas al colonialismo y la lucha por
su emancipación.
Estando la mayoría de los pueblos indígenas desestructurados
políticamente, y siendo las comunidades la expresión
concreta de su existencia, cuando los movimientos indígenas
impulsaron la lucha por su autodeterminación como pueblos,
fueron las comunidades las que salieron a defender el derecho.
Para hacerlo echaron mano de su experiencia por siglos de resistencia
pero también por sus experiencias autogestivas dentro del
movimiento campesino. Atrincherados en las estructuras comunitarias
los movimientos indígenas se hicieron escuchar con fuerza
y en muchos casos a los Estados no les quedó más
alternativa que ceder a sus demandas.
La mayor prueba de ello es que la mayoría de la legislación
latinoamericana sobre derechos indígenas reconoce a las
comunidades indígenas su personalidad jurídica y
enuncia algunas de las competencias que los Estados les reconocen,
las cuales deberán realizarse -como expresan los reconocimientos-
dentro del marco de la ley estatal.
Otra tendencia de las autonomías indígenas es la
propuesta de autonomía regional. Surgió como una
respuesta a la necesidad de superar el espacio comunitario de
los pueblos indígenas, así como de buscar otros
superiores no solo a las comunidades indígenas, sino a
los propios gobiernos locales del Estado.
Su primera expresión fueron las regiones autónomas
del Estado de Nicaragua, introducidas como forma de gobierno en
la Constitución Política del Estado en el año
de 1987.
Después de este suceso, inédito en América
Latina, por vía de los intelectuales cercanos a las reivindicaciones
indígenas, se difundieron por varios países del
continente, al grado que en algunos países como México
y Chile3, inclusive se formularon propuestas de reformas constitucionales
y estatutos de autonomía; mientras en otros sólo
quedaron como una tendencia más de las luchas por la autonomía
indígena, pero sin ninguna expresión concreta de
ellas.
Como en muchas otras ocasiones fueron los propios movimientos
indígenas los que resolvieron la "contradicción"
entre comunitaristas y regionalistas. Cuando la ocasión
se presentó, primero demostraron que las propuestas no
eran contradictorias sino que podían complementarse.
Eso ha sido muy claro en México, con los caracoles zapatistas,
pero también con la policía comunitaria del Estado
de Guerrero; igual sucede en la región del Cauca en el
Estado de Colombia; o en el Departamento de Cochabamba, en el
Estado de Bolivia.
En todos estos casos se ha demostrado que mientras las comunidades
funcionan como base de la estructura regional y esta como techo
de la autonomía, pueden conjugarse de manera eficaz porque
entonces la autonomía regional no se impone desde arriba,
sino como un proceso que consolida las autonomías comunales
y éstas deciden la amplitud de la región.
Junto con las tendencias comunitarias y regionales existen otros
movimientos indígenas que no reclaman autonomías
sino la refundación de los Estados nacionales con base
en las culturas indígenas. Esta es una tendencia que se
manifiesta en varios movimientos de la región andina del
continente, sobretodo entre los pueblos aymaras de Bolivia.
Quienes participan de estos movimientos dicen no entender porqué
ellos siendo una población mayor a la mestiza deben ajustarse
a la voluntad política de las minorías.
Muchos gobiernos latinoamericanos se han apropiado del discurso
del movimiento indígena, lo han despojado de su contenido
y han comenzado a hablar de una 'nueva relación entre los
pueblos indígenas y el gobierno', así como de elaborar
'políticas transversales', con la participación
de los interesados, cuando en realidad siguen impulsando los mismos
programas indigenistas de hace años que los pueblos indígenas
rechazan.
Para legitimar su discurso y sus acciones, han incorporado a la
administración pública a algunos líderes
indígenas que por mucho tiempo habían luchado por
la autonomía, quienes les sirven de pantalla para mostrar
una continuidad que presentan como cambio.
En algunos países incluso se ha ido mas allá al
desnaturalizar la demanda de autonomía y presentarla como
mecanismo para que algunos sectores privilegiados sigan manteniendo
sus privilegios. Es el caso de las burguesías de los Departamentos
de Santa Cruz de la Sierra, en Bolivia; Guayaquil, en Ecuador
o el Estado de Zulia, en Venezuela.
Si se asume que la autonomía es una expresión concreta
del derecho de la libre determinación y que éste
es un derecho de los pueblos, no se puede olvidar que los sujetos
titulares de los derechos indígenas son los pueblos indígenas,
no las comunidades que los integran, menos las organizaciones
que ellos construyen para impulsar su lucha.
Por eso es que junto con la construcción de las autonomías
los movimientos indígenas asumen el compromiso de su reconstitución.
En esta coyuntura específica, dada la fragmentación
en que se encuentra la mayoría de los pueblos indígenas,
las comunidades resultan importantes para articular sus luchas
de resistencia y construcción de las autonomías,
pero no renuncian a la utopía de reconstituir los pueblos
indígenas de los que forman parte, para que éstos
asuman la titularidad del derecho.
Por esa razón la defensa de los derechos comunitarios la
hacen al mismo tiempo que establecen relaciones con otras comunidades
y pueblos de sus países y de otros, para apoyarse mutuamente
en sus demandas propias pero también enarbolando demandas
comunes.
Un problema externo que los pueblos indígenas han encontrado
para poder ser sujetos políticos es que en la mayoría
de los casos están políticamente desestructurados.
En esto han pesado bastante las políticas de colonialismo
ejercidas desde los órganos de gobierno para subordinarlos
a los intereses de la clase en el poder.
Un ejemplo concreto de estas políticas es que los pueblos
indígenas numéricamente grandes se encuentran divididos
entre varios estados o departamentos y los más pequeños
entre varios municipios, municipalidades o alcaldías, según
como los Estados organicen los gobiernos locales.
Los pueblos indígenas saben que en esta situación
la construcción de autonomías muy pocas veces puede
hacerse desde esos espacios, porque aún cuando tuvieran
el control de los gobiernos locales, su estructura y funcionamiento
responde a la lógica estatal, limitando sus facultades
a las que resultan funcionales al control estatal.
Pero en el peor de los casos podría llevar a que, en nombre
de los derechos indígenas, se entregara el poder a los
grupos de mestizos, muchas veces caciquiles, y estos lo usaran
en contra de los pueblos indígenas.
Por otro lado saben que las comunidades indígenas de un
mismo pueblo se encuentran divididas y enfrentadas entre ellas,
por diversas razones, que van desde la tenencia de la tierra,
el uso de los recursos naturales, las creencias religiosas o las
preferencias políticas, entre otras. En otros casos se
presentan problemas ficticios o creados por actores externos a
las comunidades que los sufren.
Para enfrentar estos problemas los pueblos indígenas interesados
hacen esfuerzos por identificar las causas de la división
y el enfrentamiento, ubicar las que tienen su origen en problemas
de las propias comunidades y buscarles solución. De igual
manera buscan evidenciar los problemas creados desde fuera y buscar
la forma de rechazarlos.
La lucha por la instalación de gobiernos autónomos
indígenas representa un esfuerzo de los propios pueblos
indígenas por construir regímenes políticos
diferentes a los actuales, donde ellos y las comunidades que los
integran puedan organizar sus propios gobiernos, con facultades
y competencias específicas acerca de su vida interna.
Con la decisión de construir autonomías, los pueblos
indígenas buscan dispersar el poder para posibilitar su
ejercicio directo por las comunidades indígenas que lo
reclaman. Es una especie de descentralización que nada
tiene que ver con la que desde el gobierno y con el apoyo de instituciones
internacionales se impulsa, que en el fondo pretende hacer más
efectivo el control gubernamental sobre la sociedad.
La descentralización de la que aquí se habla, la
que los pueblos y comunidades indígenas que avanzan por
caminos autónomos nos están enseñando, pasa
por la edificación de formas paralegales de ejercicio del
poder, diferentes a los órganos de gobierno, donde las
comunidades puedan fortalecerse y tomar sus propias decisiones.
Cuando los pueblos indígenas deciden construir autonomías
han tomado una decisión que va contra las políticas
del Estado y obliga a quienes optan por ese camino a iniciar procesos
políticos de construcción de redes de poder, capaces
de enfrentar la embestida estatal, contrapoderes que les permitan
afianzarse ellos mismos como una fuerza con la que se debe negociar
la gobernabilidad y poderes alternativos que obliguen al Estado
a tomarlos en cuenta.
Por eso la construcción de autonomías no puede ser
un acto voluntarista de líderes "iluminados"
o de una organización, por muy indígena que se reclame.
En todo caso requiere la participación directa de las comunidades
indígenas en los procesos autonómicos.
En otras palabras, se necesita que las comunidades indígenas
se constituyan en sujetos políticos con capacidad y ganas
de luchar por sus derechos colectivos, que conozcan la realidad
social, económica, política y cultural en que se
encuentran inmersos, así como los diversos factores que
inciden en su condición de subordinación y los que
pueden influir para trascender esa situación, de tal manera
que les permita tomar una posición sobre sus actos.
Con su lucha por la autonomía los pueblos y comunidades
indígenas trascienden las visiones folcloristas, culturalistas
y desarrollistas que el Estado impulsa y muchos todavía
aceptan pasivamente.
Porque la experiencia les enseña que para hacerlo no basta
con que se reconozca en alguna ley su existencia y algunos derechos
que no se opongan a las políticas neoliberales, o los aportes
culturales de los pueblos indígenas a la constitución
multicultural del país.
Tampoco es suficiente que los gobiernos destinen fondos específicos
para impulsar proyectos de desarrollo en las regiones indígenas
que siempre son insuficientes y se aplican en actividades y por
las formas decididas desde el gobierno, que despojan a las comunidades
de todo tipo de decisión y niegan su autonomía.
No es casualidad que la rebelión zapatista en el Estado
mexicano, haya comenzado el primero de enero de 1994, cuando entraba
en vigencia el Tratado de Libre Comercio de este país con
los Estados Unidos y Canadá.
Que la mayoría de las demandas nacionales de los movimientos
indígenas incluyan el rescate de los recursos naturales
del control de empresas transnacionales, y que las luchas en Ecuador,
Perú y Chile incluya la oposición a la forma de
tratados de libre comercio.
De igual manera saben que la lucha por la autonomía no
puede ser una lucha sólo de los pueblos indígenas.
Por eso construyen relaciones de solidaridad con los otros sectores
de la sociedad, apoyándose mutuamente en sus luchas propias,
al tiempo que se impulsan demandas comunes.
Los pueblos indígenas, al recurrir a su cultura y prácticas
identidarias para movilizarse en defensa de sus derechos, cuestionan
las formas verticales de la política al tiempo que ofrecen
otras horizontales que a ellos les funcionan, porque las han probado
en siglos de resistencia al colonialismo.
Se trata de prácticas que surgen precisamente cuando las
organizaciones tradicionales de partidos políticos, sindicatos
u otras de tipo clasista y representativo entran en crisis y la
sociedad ya no se ve reflejada en ellas.
Estas prácticas políticas se expresan de muchas
maneras, desde una guerrilla posmoderna como ha sido calificada
la rebelión del Ejército Zapatista de Liberación
Nacional, que se levantó en armas en tierras mayas en el
año de 1994, esgrimiendo las armas más como símbolo
de resistencia que por hacer la guerra, hasta las largas caminatas
de las autoridades de los pueblos indígenas de Colombia,
los 'levantamientos' de los pueblos ecuatorianos, o los cercos
aymaras a la ciudad de La Paz, en Bolivia, hasta los enfrentamientos
directos de los mapuches contra las empresas forestales que buscan
despojarlos de sus recursos naturales.
En estas luchas los pueblos indígenas en lugar de recurrir
a sofisticadas teorías políticas para armar sus
discursos recuperan su memoria histórica para fundamentar
sus demandas y sus prácticas políticas, lo cual
le da un toque distintivo, simbólico si se quiere, de los
nuevos movimientos indígenas.
Los pueblos indígenas de México recuperan la memoria
de Emiliano Zapata, el incorruptible general del Ejército
del Sur durante la revolución de 1910-17, cuya demanda
central fue la restitución de las tierras usurpadas a los
pueblos por los hacendados; los colombianos recuperan el programa
y las andanzas de Manuel Quintín Lame.
Los andinos de Perú, Ecuador y Bolivia traen al presente
las rebeliones de Tupac Amaru, Tupac Katari y Bartolina Sisa,
durante la colonia y la del Willka Pablo Zárate durante
la época republicana. Héroes locales y nacionales
vuelven a hacerse presentes en la lucha para guiar a sus huestes,
como si hubieran estado descansando, esperando el mejor momento
para volver a la lucha.
Junto a su memoria histórica los pueblos vuelven la vista
a lo que tienen para hacerse fuertes y cansados de tanta desilusión
por las organizaciones políticas tradicionales retoman
las de ellos: sus sistemas de cargos.
Por eso quienes desconocen sus formas propias de organización
llegan a afirmar que actúan de manera anárquica,
que así no se puede, que con ello contribuyen a la dispersión
y eso es un mal ejemplo para la unidad de los oprimidos, explotados
y excluidos.
»»Reflexiones finales.- Todo lo que aquí se
ha dicho sobre las autonomías indígenas y su paso
de ser demanda por la reforma constitucional a ser un proceso
de construcción, tiene como trasfondo buscar el fondo del
problema que es la condición de colonialismo interno en
que viven los pueblos indígenas en los estados de los que
forman parte.
Se trata de una situación que ni la igualdad jurídica
de los ciudadanos pregonada por el liberalismo decimonónico,
ni las políticas indigenistas impulsadas por los diversos
estados latinoamericanos durante todo el siglo XX fueron capaces
de resolver porque no iban a la raíz del problema que,
según se aprecia ahora, pasa por el reconocimiento de los
pueblos indígenas como sujetos colectivos de derechos,
pero también por la refundación de los Estados para
corregir sus anomalías históricas de considerarse
monoculturales en sociedades multiculturales.
¿A dónde nos van a conducir los procesos de construcción
de las autonomías indígenas en América Latina?
Es una pregunta a la que nadie puede dar respuesta porque no la
tienen los movimientos sociales. Los actores de este drama se
trazan su horizonte utópico pero que lo logren no depende
de enteramente de ellos sino de muy diversos factores, la mayoría
de ellos fuera de su control.
De lo que sí podemos estar seguros es que el problema no
encontrará solución en la situación en que
actualmente se encuentran los Estados y por eso las luchas de
los pueblos indígenas por su autonomía no tienen
retorno.
Ni la guerrilla zapatista en el Estado mexicano, ni los autogobiernos
indígenas de Colombia o las luchas de los pueblos andino
o mapuches tendrán solución de fondo si el estado
no se refunda. Pero también es cierto que los estados no
se refundarán sin tomar en serio a sus pueblos indígenas.
El reto entonces es en doble sentido: los Estados nacionales deben
refundarse tomando en cuenta a sus pueblos indígenas y
estos deberían incluir dentro de sus utopías el
tipo de estado que necesitan y luchar por él. De eso se
tratan las autonomías indígenas y las luchas por
construirlas.
Por eso hay que celebrar que muchos pueblos y comunidades indígenas
hayan decidido no esperar pasivamente a que los cambios vengan
de fuera y se hayan enrolado en la construcción de gobiernos
autónomos, desatando procesos donde se ensayan nuevas formas
de entender el derecho, imaginan otras maneras de ejercer el poder
y construyen otros tipos de ciudadanías.
El final de estos procesos nadie lo conoce. Lo que sí es
cierto es que no tienen vuelta al pasado.
»»Notas
1. Jim Cason y David Brooks, "Movimientos indígenas,
principales retos para AL en el futuro: CIA", La Jornada,
19 de diciembre del 2000. http://www.jornada.unam.mx/2000/12/19/024n1mun.html.
La versión completa, del informe, en idioma inglés,
puede verse en: http://www.cia.gov/cia/publications/globaltrends2015/index.html#link2)
2. Leo Gabriel y Gilberto López y Rivas (coordinadores),
Autonomías indígenas en América Latina. Nuevas
formas de convivencia política. Plaza y Valdez editores-Universidad
Autónoma Metropolitana-Unidad Iztapalapa-Ludwig Boltzmann
Institut, México, 2005, p. 19.
3. Javier Lavanchy, Conflicto y propuesta de autonomía
mapuche, Santiago de Chile, Junio de 1999, Proyecto de documentación
Ñuke Mapu, URL:http://www.soc.uu.se/mapuche
*Francisco López Bárcenas es un abogado mixteco,
especialista en derechos indígenas y es analista con el
Programa de las Américas (www.ircamericas.org).
Es autor entre otros libros de Muerte sin fin: crónicas
de represión en la Región Mixteca oaxaqueña.
Programa de las Américas. www.ircamericas.org•
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