Uribe
ofrece recompensa por la cabeza de los indios
Bogotá,
marzo 29 (Centro de Cooperación al Indígena). En
el año de 1572, en la plaza del Cuzco tiene lugar la ejecución
del Inca de Vilcabamba Felipe Túpac Amaru, en medio de
una multitud de indígenas y no indígenas convocadas
por el Virrey Francisco de Toledo Conde de Oropeza para presenciar
este crimen. Esto con el fin de frenar la rebelión indígena
contra las injusticias impuestas por los invasores.
En 18 de mayo de 1781 en el Cuzco, los conquistadores españoles
ordenaron que Tupac Amaru II fuera descuartizado, tirado por cuatro
caballos, y decapitado, luego de presenciar el exterminio de su
familia. En el mismo año, en Bolivia, el 14 de noviembre
es masacrado Tupac Katari. Amarrado a las sinchas de 4 caballos
que no lograron descuartizarlo. Después de arrancarle la
lengua, los españoles lo descuartizan.
Estos crímenes de lesa humanidad contra los indígenas,
perpetrados hace 500 y hace 300 años, se siguen viviendo
en Colombia, porque día a día son amenazados, desaparecidos,
torturados, masacrados, asesinados, muchos líderes indígenas,
hombres y mujeres, cuyo único delito ha sido defender su
derecho a seguir viviendo como indígenas, en su territorio,
con su cultura y su gobierno propios.
A esta historia de terror, hay que añadir un nuevo acontecimiento,
protagonizado por las propias autoridades del Estado colombiano.
El 15 de marzo de 2008, el presidente de Colombia, Álvaro
Uribe Vélez, en un Consejo Comunitario, llevado a cabo
en la ciudad de Popayán, Departamento del Cauca, en un
claro desconocimiento al derecho de los pueblos indígenas
al territorio, y por consiguiente a la propia existencia, califica
de delincuentes a quienes adelantan el proceso de liberación
de la madre tierra, y como en las más retrógradas
historias, de hace más de trescientos años, ordena
poner precio a la cabeza de los indígenas.
Dice el presidente Uribe:
“¿Hemos pagado alguna recompensa por información
sobre invasores?” […] “¡Ofrezcámosla
s¡ eso ha sido muy útil en el país. Dicen:
“no, es que están allá, están consolidados,
que no los rompen”. Los rompen. Los delincuentes terminan
rotos. A uno le dicen: “no, esa gente es muy unida, se unen
para invadir y nadie va a delatar al otro”. Mentiras. Los
delincuentes terminan acusándose los unos a los otros.
[…]”
Señala también: “Los delincuentes terminan
traicionándose, y la recompensa ayuda a que se traicionen.
Hay que romperlos con la recompensa, Mi General.”
En consecuencia, ordena: “[…] Las autoridades militares
y de Policía quedan esta noche autorizadas para ofrecer
recompensas por estos casos y facilitar la judicializacion”
Estas declaraciones, por lo demás indignas del más
alto funcionario gubernamental, son una agitación para
alentar mucho más las prácticas racistas en contra
de los pueblos indígenas. Con este discurso, el presidente
Uribe está dando carta blanca a los militares, la rama
judicial y a toda la sociedad para que, como antaño, lleguen
con la cabellera de un indio o con su cabeza, su pierna, su brazo
o su lengua, como muestra de que están haciendo la tarea
que el Virrey les ha encomendado.
Recordemos que, las autoridades y gran parte de la sociedad colombiana
aplaudieron un reciente hecho en el que se paga una recompensa
por asesinar a un guerrillero, cercenar su mano y llevarla a las
autoridades, legalizando de esa manera la pena de muerte, y la
mutilación de cuerpos, contraviniendo el postulado de la
Constitución colombiana que reconoce el derecho de todos,
sin excepción, a tener un juicio justo.
Si bien, las recompensas han sido útiles para dar con el
paradero de autores de delitos atroces, éstas deben tener
unos principios y unos límites, porque como lo señala
el propio discurso del presidente Uribe, estos mecanismos conducen
a la traición, a la deslealtad, a los falsos positivos
y montajes; y como ha quedado en evidencia, conducen a la justificación
del asesinato, la tortura y el desmembramiento.
Resulta cínico que, en el mismo Consejo comunitario, el
presidente señale que la ley es permisiva con los indígenas
y por ello se ha perdido el respeto. Pero pasa por alto que la
mal llamada ley de justicia y paz premia a los autores de delitos
atroces, cuyas penas parecen ser inversamente proporcionales a
la gravedad y cantidad de crímenes cometidos.
Justamente por la permisividad de esta Ley, los grupos paramilitares
se reorganizaron y siguen causando el terror en contra de los
colombianos y colombianas.
Es igualmente cínico, que se llame invasores y delincuentes
a los indígenas, cuyos territorios han sido y siguen siendo
invadidos por terratenientes, monocultivos, megaproyectos, que
son favorecidos por grupos criminales como las autodenominadas
Águilas Negras o Nueva Generación.
Con estos actos irresponsables, el gobierno Uribe Vélez,
hace explícito nuevamente su propósito de frenar
el reconocimiento de los derechos territoriales de los pueblos
indígenas, a favor de los grandes terratenientes que mantienen
la tierra ociosa, o que la destinan a monocultivos u otros proyectos
no sostenibles, al igual que lo hizo al impulsar la aprobación
de la denominada Ley de Desarrollo Rural.
El pueblo colombiano, que ha padecido la violencia durante casi
toda su historia, y el resto de la comunidad internacional, no
pueden permitir que el gobierno colombiano, incite a la violencia
contra los pueblos indígenas.
De ser tolerantes con ese discurso, en muy corto tiempo se llegará
a la justificación del exterminio total de los pueblos
indígenas, el cual avanza a pasos agigantados durante el
actual gobierno del presidente Álvaro Uribe Vélez,
tal como lo demuestran las cifras de asesinatos, desplazamiento,
tortura, y otras violaciones a los derechos humanos de los pueblos
indígenas.
El mundo ahora cuenta con una Declaración de las Naciones
Unidas sobre los derechos de los Pueblos Indígenas, firmada
después de muchos crímenes cometidos en contra de
los indígenas de América y de todo el mundo.
El presidente Uribe Vélez, no puede sustraerse a esta trágica
historia y a la nueva realidad, para devolverse más de
quinientos años a ofrecer recompensas para formar su propio
apilamiento de cabezas, cabelleras, lenguas, brazos y piernas
de indios, cuyo único delito es Liberar la Madre Tierra. |