Encuentro
de Sensibilización SUR-Norte
“..Bolivar
que camina…por América Latina..”
7 y 8 de abril
2006.
Casa de Cultura. La Pola. Siero-Asturias.
Apuntes para la discusión
Política
SOBRE LA REVOLUCIÓN
LATINOAMERICANA
Por Fernando Ramón Bossi, Secretario General
del Proyecto Emancipación, miembro de la Secretaría
de Organización del Congreso Bolivariano de los Pueblos.
O NOS UNIMOS...
La integración Sudamericana es el paso insoslayable para
el desarrollo sustenta-ble con justicia social de nuestros pueblos.
El gran proyecto bolivariano no sólo tiene hoy vigencia
por la justeza de sus posiciones, sino también porque le
ha lle-gado su tiempo histórico. ¿Qué quiero
decir con esto? Simplemente que en los tiempos en que vivimos,
en medio de la globalización neoliberal, nada es más
ur-gente que avanzar hacia la unidad de Nuestra América.
“O nos unimos o nos hun-dimos”, ha señalado
en varias oportunidades el Presidente Chávez, y lo acertado
de esta frase radica precisamente en alertar sobre esa otra posibilidad
cierta, tre-mendamente cierta, que es la posibilidad de hundirnos
más aun. La crisis en nues-tra región está
desatada, algo nuevo está por nacer pero no acaba de nacer
y algo viejo está muriendo pero no acaba de morir.
La cuestión está planteada de esta manera. Lo nuevo
que está naciendo es la unidad latinoamericana caribeña
y la segunda independencia; lo viejo que está muriendo
es la desintegración y la explotación imperialista.
Partera y enterrador son los sujetos necesarios para los tiempos
presentes.
Pero este sistema que no se resigna a morir continúa frenando
la irrupción del nuevo ciclo; y aún conserva fuerzas
como para reponerse de la agonía y seguir actuando descabelladamente.
La Revolución entonces, tiene que abrirse camino en esta
etapa, poner las cosas en su lugar y hacer estallar los principios
rectores del orden establecido por el moribundo sistema actual.
Sin Revolución, no sólo el nacimiento se retarda,
sino que probablemente se pueda involucionar hasta gra-dos imprevisibles.
La Revolución se presenta como una tarea insoslayable y
a los revolucionarios latinoamericanos-caribeños les tocará
la nada fácil labor de impul-sarla.
O NOS HUNDIMOS...
El hundirnos más aún, significaría la desintegración
total de Nuestra América, la refragmentación regional
a partir de la disputa Inter.-imperialista que hoy solapa-damente
se presenta. La “cabeza del iceberg” ya aparece a
partir de expresiones incipientes pero con honda raíz histórica,
agazapada y solo a la espera de ser ac-tivada por la poderosa
maquinaria financiera, mediática y militar del poder del
Nor-te. Ahí está el conflicto latente de la región
de Guayas en Ecuador; la Triple Fron-tera en Paraguay; la “Media
Luna” (Trinidad, Beni, Santa Cruz de la Sierra y Tarija)
en Bolivia; y en menor medida gracias al freno a las tendencias
divisionistas que significan los gobiernos populares de Brasil,
Venezuela y Argentina, en Río Gran-de Do Sul, el Zulia
y la Patagonia respectivamente.
La globalización neoliberal ha llevado a las potencias
capitalistas a una nueva ca-rrera armamentista e intervencionista
que se presenta descaradamente por parte de los Estados Unidos
y su aliada Inglaterra y encubierta por cantos de sirenas desde
el bloque continental europeo (Francia y Alemania). Japón,
por otro lado, no queda al margen de esta disputa, pero con un
área de influencia más reducida. China se presenta
como la gran preocupación para el poder hegemónico
tradicio-nal; Rusia, pieza clave para el bloque continental europeo,
se encuentra en pro-fundo debate para definirse entre las presiones
de la UE y EEUU u optar por una salida independiente. El resto
del mundo está en la mira de las necesidades de la gran
burguesía internacional, ansiosa de nuevos mercados, de
mayores márgenes de ganancia y de mayores niveles de explotación
por consecuencia.
¿Cómo disputar nuevos mercados cuando estos cada
vez se restringen más? ¿Cómo adueñarse
del petróleo, fuente vital de energía, hoy en manos
de países “poco confiables”? ¿Cómo
garantizar el pago de la deuda externa por parte de naciones cada
más empobrecidas, justamente por la carga de una deuda
siempre fraudulenta? ¿Cómo controlar regiones ricas
en biodiversidad y minerales impres-cindibles para el desarrollo
de las tecnologías de punta? Estas son las preguntas que
hoy desvelan a los gobiernos imperialistas.
A partir de la reelección de Bush, Estados Unidos ha definido
claramente su políti-ca exterior: se profundizará
el intervencionismo y la prepotencia de las armas. Mientras tanto,
el capitalismo europeo, no menos imperialista, en una suerte de
discurso por “izquierda”, “anti-Bush”,
disputa la hegemonía yanqui presentando al mundo la opción
de un “capitalismo humanizado”. Opción fácilmente
desmentida con sólo señalar sus “humanitarias”
acciones en el África, los Balcanes y otras regiones del
planeta.
¿Cuál es el proyecto del imperialismo para América
Latina y el Caribe? ¿Cuál es el remedio inmediato
para el moribundo sistema yanqui? En líneas generales no
es otro que la búsqueda de la recolonización de
su “patio trasero”; que Latinoamé-rica se convierta
de una vez por todas en una reserva funcional a los intereses
financieros e industriales de Norteamérica.
El problema: los gobiernos que defienden la dignidad nacional,
la tradición inde-pendentista y el espíritu solidario
del pueblo, bases constitutivas de lo que está por nacer.
Ya en los años 80 Henry Kissinger, en su Memorandum 200,
planteaba que había que hacer algo para frenar el crecimiento
de la población en los países del Tercer Mundo y
en particular de América Latina y el Caribe. No podía
ser que los habitan-tes de estos remotos confines del planeta
estuvieran consumiendo cada vez más los recursos reservados
para la población norteamericana. Planteaba en ese do-cumento
que había que premiar a los países que combatieran
el alto índice de natalidad. ¿El objetivo de esta
propuesta de control de la natalidad era que no si-guiera creciendo
la pobreza? No, el objetivo era que los pobres no se adueñaran
y usufructuaran de las reservas naturales, los alimentos, el agua
potable, la energía, etcétera. Las riquezas naturales
de cualquier lugar del mundo, siguiendo la lógica imperialista,
tienen un solo dueño: los Estados Unidos. El concepto de
“soberanías restringidas” aparece así
como consecuencia de la necesidad del gobierno de EEUU de adueñarse
todo lo que para ellos es útil y necesario.
Es fácil de vislumbrar cuál es el proyecto yanqui
para Nuestra América: maquila-doras, mano de obra regalada,
materias primas para sus fábricas de alta tecnolo-gías,
gobiernos sumisos, fuerzas armadas convertidas en fuerzas policiales,
re-fragmentación nacional, incentivando las autonomías
regionales, y disponibilidad total de recursos naturales. A su
vez, contempla la incorporación de un mercado no subestimable
de entre 50 y 60 millones de habitantes con un alto poder adquisi-tivo.
Para el resto, o sea entre 450 y 460 millones de habitantes, se
les ofrece la lucha entre la inclusión como mano de obra
barata consumidora de excedentes chatarra o la marginalidad.
A este proyecto perverso, le sobran 250 millones de habitantes.
La solución a este problema, para la maquinaria fascista
del Imperio no es otra que el genocidio: por hambre, enfermedad,
guerra, delincuencia, drogadicción, alcoholismo, etcétera.
LA UNIDAD LATINOAMERICANA ES UNA
TAREA ESENCIALMENTE PATRIOTICA Y ANTIIMPERIALISTA
El enemigo principal de la unidad de Nuestra América es
el imperialismo y las oli-garquías nativas. Sin derrotar
a esos agentes del atraso, la miseria y la posterga-ción,
será imposible cristalizar el sueño bolivariano.
No hay espacio para reformas o meros maquillajes.
Se puede entender que en momentos determinados, bajo circunstancias
apre-miantes y contemplando una correlación de fuerzas
adversas, se permita “nego-ciar” algunos aspectos
secundarios; pero no se puede transigir en los principios rectores,
en el rumbo estratégico y en la confrontación con
el enemigo principal. El comandante Chávez, en Venezuela,
está dando una lección fundamental a todos los revolucionarios
de Nuestra América y del mundo. Nada ni nadie ha apartado
al líder venezolano y a la Revolución Bolivariana
de su objetivo estratégico. Paso a paso se ha avanzado,
palmo a palmo se han conquistado espacios de poder antes en manos
del enemigo. La Revolución Bolivariana es por acción
y declaración an-tiimperialista, popular, nacional, democrática
y humanista.
Lamentablemente en otras regiones de Sudamérica no se percibe
ese carácter. Tanto el presidente Kirchner en Argentina
como su colega Ignacio Lula da Silva del Brasil, se debaten en
una peligrosa suerte de “negociación” con los
enemigos históricos de los sectores populares. No por esto
vamos a firmar ningún tipo de certificado de defunción
a los gobiernos populares de Argentina y Brasil –a lo su-mo
eso tendrán que hacerlo, ni antes ni después, sus
respectivos pueblos-, pero no podemos dejar de observar con profunda
preocupación que ni Lula ni Kirchner les señalan
objetivos claros a sus seguidores.
Chávez, desde el primer día de su gobierno –antes
también, por supuesto- manejó un diálogo
transparente con su pueblo, que incluía temas tan fundamentales
co-mo: Revolución, refundación de la República,
lucha contra la pobreza, soberanía, democracia participativa,
justicia social e igualdad, antiimperialismo y protagonis-mo popular.
A nadie le quedan dudas de que el gobierno bolivariano marcha
hacia objetivos bien concretos y lo esencial en esto es que quien
lo sabe perfectamente es el pueblo venezolano. De ahí su
apoyo, compromiso y permanente moviliza-ción. La relación
entre el conductor y las bases es transparente: el conductor orienta,
instruye, se nutre del pueblo, pone el ejemplo y planifica estratégicamente.
En los casos de Kirchner y Lula nada de esto se da. Es cierto
que todo los proce-sos son diferentes y que no hay calcos ni modelos
a imitar; pero lo que marcamos aquí es simplemente un “llamado
de atención”, una preocupación que debe moti-var
a todos los revolucionarios de Nuestra América y especialmente
a los argenti-nos y brasileños.
Ambos presidentes cuentan con suficiente apoyo popular y con buenas
intencio-nes para gobernar. También ambos deben enfrentar
poderosísimos intereses de las oligarquías nativas
y el imperialismo. ¿Qué elemento puede desequilibrar
ese “empate” entre el pueblo y los factores tradicionales
de poder? Creemos que so-lamente la movilización popular
puede fortalecer a los componentes más decididos de ambos
gobiernos y debilitar a los agentes internos que pretenden defraudar
las expectativas del pueblo. Ahí radica la importancia
las organizaciones patrióticas y revolucionarias que acompañan
tanto a Lula como a Kirchner. En el caso de Ar-gentina, las agrupaciones
sociales y políticas nucleadas en el Frente de Organiza-ciones
Populares, tienen un papel relevante que jugar. Lo mismo las fuerzas
más consecuentes con los postulados históricos del
PT de Brasil.
REFORMA O REVOLUCIÓN
En el caso de Venezuela como el de Cuba, no caben dudas de que
el proceso revolucionario avanza. Los gobiernos progresistas de
Brasil y Argentina han dado señales claras de no querer
transitar por el camino del neoliberalismo y la depen-dencia al
poder estadounidense. El próximo gobierno de Tabaré
Vázquez en Uru-guay se sumará a las posiciones de
Kirchner y Lula. Los cinco gobiernos plantean fortalecer la integración
Latinoamericana. Eso no es poco. Un bloque de países, en
torno a un Mercosur ampliado, significaría un salto trascendente
hacia grados más profundos de unidad. Contra eso está
trabajando el imperialismo norteameri-cano y, en menor medida
el capital europeo.
Venezuela es el país que más se ha comprometido
con los ideales bolivarianos de unidad. Hoy es el eje motor del
proceso integrador, no sólo por los hechos concre-tos que
así lo demuestran, sino también porque esos hechos
van acompañados de una prédica concientizadora.
Se hace y se explica porqué se hace y para qué se
hace. El Presidente Chávez está proveyendo de un
cuerpo teórico y práctico al tema de la integración.
Nadie, hasta el momento, ha transmitido tan claramente a los pueblos
sobre la necesidad de la unidad. Lo común, antes de Chávez,
era que se firmaran acuerdos, discursos protocolares, alguna ofrenda
floral y nada más. Todo al margen del pueblo y con escasísima
relevancia mediática.
Con Chávez y su constante prédica concientizadora
todo ha cambiado. Es el pue-blo y sus organizaciones quienes deben
velar para que los acuerdos entre países hermanos prosperen
y no sucumban en las trincheras de la burocracia. “Estos
acuerdos –ha señalado el primer mandatario venezolano
en su reciente visita a la Argentina- son para beneficio de los
pueblos, de los más pobres”.
La Revolución entonces, es la fortaleza que Chávez
demuestra para poder enfren-tar a los poderosos, al enemigo principal,
al imperialismo. La unidad latinoameri-cana caribeña es
el paso insoslayable para derrotar al artífice de nuestros
males. Y eso lo entiende Chávez a la perfección.
¿Qué destino les deparará a aquellos que
no definen y expresan claramente cuál es el rumbo de sus
gobiernos?, ¿podrán enfrentar las presiones imperialistas
sin movilizar a las masas populares?, ¿se podrán
sostener sin mensajes claros hacia el pueblo? ¿Es posible
en la América Latina y Caribeña de hoy alcanzar
bienestar con un simple proceso de reformas?
El imperialismo ya ha demostrado su ferocidad contra la Venezuela
Bolivariana. Ni bien la Revolución comenzó a avanzar
sobre la sinrazón del orden establecido por la IV República,
la oligarquía y el gobierno norteamericano actuaron, sin
éxito para bien del pueblo, pero en una constante línea
de agresividad. La fortaleza del go-bierno consistió en
el tremendo respaldo popular activo, gracias a la conciencia revolucionaria
de las grandes mayorías. ¿Podrán los gobiernos
progresistas, con el pueblo desmovilizado, enfrentar con éxito
la embestida imperialista cuando cho-quen los intereses nacionales
con los de las oligarquías vendepatrias? La historia nos
enseña que no hay nada peor para los gobiernos que mostrar
debilidad ante los poderosos.
LA VIA MUERTA
Los gobiernos progresistas de América Latina, si optan
por la mera reforma o el “capitalismo humanizado”
estarán perdidos. Nada indica con certeza que esta sea
la decisión tomada, pero pocos elementos indican que se
haya optado por la vía revolucionaria de liberación
nacional. El antiimperialismo lleva a la Revolución y no
hay unidad latinoamericana sin combatir al imperialismo, como
tampoco habrá salida para nuestros pueblos sin integración.
Revolución, antiimperialismo y uni-dad de Nuestra América
son pilares estructurales del proceso de cambio, a favor de los
pueblos, en nuestra región.
La vía muerta es aquella que intenta eludir el rumbo del
necesario proceso de transformación que necesita América
Latina y el Caribe. ¿Se pueden generar los cambios impostergables
conviviendo con el sistema de dependencia y privilegio para unos
pocos? La gran tentación para algunos gobiernos tibios
es creer que se puede generar ciertos focos de bienestar para
la gente sin confrontar con las mul-tinacionales, el gran capital
y el imperialismo. ¿Pero desde dónde se le podrá
exi-gir a los poderosos que respeten las medidas de carácter
social que puedan im-pulsar los gobiernos progresistas? ¿Desde
qué poder?
El problema se plantea cuando se pretende emprender políticas
de justicia social y soberanía sin chocar con los intereses
antipopulares y antinacionales. Esa es una faceta. La otra es
que los gobiernos deben de frenar también los niveles de
explo-tación que sufre el pueblo y los recursos de la Nación
por parte de las clases privi-legiadas y el imperialismo. La cuestión
es clara: enfrentar a los sectores parásitos y especulativos
para poder desarrollar a los sectores laboriosos y productivos.
Ya decía el General Perón que no se puede alcanzar
la soberanía política sin an-tes alcanzar la independencia
económica. Mucha razón tenía en esto. Pero
para alcanzar la independencia económica se necesita poder
político y ese poder radi-ca sustancialmente en el pueblo.
No en el pueblo en abstracto, sino en el pueblo conciente, organizado
y movilizado. Esa es la clave y ese el gran desafío. Hugo
Chávez así lo entendió, es de esperar que
tanto Lula, como Néstor Kirchner y Ta-baré Vázquez
también lo comprendan.
AISLAR A CHÁVEZ Y EMPRENDER
LA REFORMA
La vía muerta es el gatopardismo declarado: discursos progresistas,
cambios su-perficiales, promesas tradicionales, golpes de efecto
mediáticos y asistencialismo institucionalizado. El imperialismo
trata, a toda costa, de tentar a Brasil, Argentina y Uruguay para
que opten por la vía muerta. Para esto deben aislar a Venezuela
–y también a Cuba, se entiende-.
Antes de tomar ninguna medida más drástica –intervención
militar o magnicidio- los Estados Unidos pretenden armar un “cordón
sanitario” que proteja a los go-biernos latinoamericanos
del “virus” bolivariano. Sus operadores: Uribe por
dere-cha y Lagos por izquierda. Uribe acaudillando a sus aliados
naturales (Gutiérrez, Toledo, Maduro, Mesa, Saca, Fox,
etc) y Lagos, con una tarea más difícil, conven-cer
sobre las bondades del “modelo chileno” (neoliberalismo
progresista) a Kirch-ner, Lula, Vázquez, Torrijos, Duarte
y Fernández.
Ante esta situación ¿quiénes podrán
acompañar decididamente a Chávez en la búsqueda
de una integración seria y con soberanía? Los presidentes
progresistas deberán ir definiéndose. En una primera
etapa, felizmente, parece que Chávez ha tomando la delantera.
Los acuerdos alcanzados entre Venezuela y otros países
de la región así lo indican. ¿Dejarán
los yanquis que la fuerzas de cohesión genera-das desde
la tierra de Bolívar sigan creciendo sin traspié?
Difícilmente.
Para contrarrestar la ofensiva imperialista que se avecina se
tendrá que contar, necesariamente, con los pueblos y sus
organizaciones naturales. Aquí la tarea de los revolucionarios
en la coyuntura: evitar que aislen a Chávez de Kirchner,
Lula y demás gobiernos progresistas de la región.
SOLO EL PUEBLO SALVARÁ AL
PUEBLO
Esta vieja consigna, siempre en la voz de las masas populares
movilizadas, tiene hoy una vigencia absoluta. Sin protagonismo
popular no habrá Revolución, ni inte-gración
latinoamericana caribeña, única solución
para romper las cadenas que nos atan al Imperio, ni siquiera habrá
reforma. El valor de las masas en movimiento es inconmensurable;
desatar esa tremenda fuerza patriótica, creativa y transformado-ra
debe ser la misión de las organizaciones revolucionarias
del continente.
Desde algunos espacios, bien intencionados pero carentes de voluntad
revolucio-naria, se intenta minimizar la necesidad de coordinación,
formación, articulación y disciplinamiento de las
fuerzas populares. Parece ser que, si bien se entiende que el
enemigo principal es el imperialismo yanqui, no se actúa
en consecuencia. Co-mo si se impusiera la sensación de
que el imperialismo yanqui morirá por muerte natural, por
mero envejecimiento y no por la acción directa, conciente
y combativa de las masas populares.
La historia nos enseña que ningún imperio cayó
sin la acción de los pueblos orga-nizados. Fueron los “bárbaros”,
organizados en ejércitos, quienes arrasaron con el Imperio
Romano; fueron los pobres de Francia, organizados en “clubes
políticos” quienes destruyeron el orden monárquico-feudal
de la nobleza y el credo; fueron los jóvenes revolucionarios
cubanos quienes organizados en guerrilla voltearon el régimen
corrupto del cipayo Batista, fueron los proletarios y soldados
quienes bajo la dirección de la fracción Bolchevique
terminaron con el poder de los zares en Rusia; fueron los campesinos
vietnamitas organizados en Ejército Popular de Libe-ración
quienes derrotaron al imperialismo yanqui en Asia... Podríamos
seguir mencionando decenas de casos más.
Son los pueblos, organizados bajo una conducción revolucionaria
quienes produ-cen los grandes cambios, las verdaderas revoluciones.
Si bien en esto no se pue-de desconocer los procesos de desgaste,
decadencia y descomposición que su-fren en su seno los
propios imperios, quienes en definitiva dan el golpe final, son
los pueblos. Más allá de quienes luego puedan aprovechar
o usufructuar el triunfo popular. Esa es otra historia.
Y los pueblos se organizan de la forma en que las circunstancias
facilitan. En mo-mentos en torno a movimientos sociales, en otros,
alrededor de partidos políticos y también en circunstancias
particulares a través de la lucha armada. Así lo
indica la experiencia en Nuestra América.
Es por ello que, ante los desafíos del momento, la organización
de las masas po-pulares debe estar acorde a las necesidades históricas.
Si la gran tarea de los re-volucionarios latinoamericanos caribeños
es la Revolución, la lucha antiimperialis-ta y la unidad
de América Latina y el Caribe, ¿porqué no
impulsar un movimiento patriótico, democrático,
humanista y revolucionario de dimensión latinoamericano
caribeño? ¿No estamos maduros todavía para
intentar solucionar los problemas latinoamericanos-caribeños
con nuestras propias fuerzas, sin tutelajes de ningún tipo?
Un movimiento internacional, desde esta región del planeta,
será un aporte invalorable en la lucha contra la globalización
neoliberal y en pos de un nuevo equilibrio entre las naciones
en base a la multipolaridad.
El Libertador Simón Bolívar intentó en su
lugar y época materializar el sueño de una Patria
Grande con justicia e igualdad. Para esto creó un ejército
sudamericano que fue la organización de masas del momento.
A la idea no le había llegado su tiempo y el proyecto fracasó.
¿No será hoy la hora indicada para el encuentro
en-tre esa idea y el momento histórico? Y si esto fuera
así ¿qué esperamos los revo-lucionarios para
organizarnos continentalmente?
7
y 8 de abril 2006.
Casa de Cultura. La Pola. Siero-Asturias.
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