El
imperio del consumo
Eduardo Galeano - www.aporrea.org
28/01/07
La
explosión del consumo en el mundo actual mete más
ruido que todas las guerras y arma más alboroto que todos
los carnavales. Como dice un viejo proverbio turco, quien bebe a
cuenta, se emborracha el doble.
La parranda aturde y nubla la mirada; esta gran borrachera universal
parece no tener límites en el tiempo ni en el espacio. Pero
la cultura de consumo suena mucho, como el tambor, porque está
vacía; y a la hora de la verdad, cuando el estrépito
cesa y se acaba la fiesta, el borracho despierta, solo, acompañado
por su sombra y por los platos rotos que debe pagar.
La expansión de la demanda choca con las fronteras que le
impone el mismo sistema que la genera. El sistema necesita mercados
cada vez más abiertos y más amplios, como los pulmones
necesitan el aire, y a la vez necesita que anden por los suelos,
como andan, los precios de las materias primas y de la fuerza humana
de trabajo. El sistema habla en nombre de todos, a todos dirige
sus imperiosas órdenes de consumo, entre todos difunde la
fiebre compradora; pero ni modo: para casi todos esta aventura comienza
y termina en la pantalla del televisor. La mayoría, que se
endeuda para tener cosas, termina teniendo nada más que deudas
para pagar deudas que generan nuevas deudas, y acaba consumiendo
fantasías que a veces materializa delinquiendo.
El derecho al derroche, privilegio de pocos, dice ser la libertad
de todos. Dime cuánto consumes y te diré cuánto
vales. Esta civilización no deja dormir a las flores, ni
a las gallinas, ni a la gente. En los invernaderos, las flores están
sometidas a luz continua, para que crezcan más rápido.
En la fábricas de huevos, las gallinas también tienen
prohibida la noche. Y la gente está condenada al insomnio,
por la ansiedad de comprar y la angustia de pagar. Este modo de
vida no es muy bueno para la gente, pero es muy bueno para la industria
farmacéutica.
EEUU consume la mitad de los sedantes, ansiolíticos y demás
drogas químicas que se venden legalmente en el mundo, y más
de la mitad de las drogas prohibidas que se venden ilegalmente,
lo que no es moco de pavo si se tiene en cuenta que EEUU apenas
suma el cinco por ciento de la población mundial.
«Gente infeliz, la que vive comparándose», lamenta
una mujer en el barrio del Buceo, en Montevideo. El dolor de ya
no ser, que otrora cantara el tango, ha dejado paso a la vergüenza
de no tener. Un hombre pobre es un pobre hombre. «Cuando no
tenés nada, pensás que no valés nada»,
dice un muchacho en el barrio Villa Fiorito, de Buenos Aires. Y
otro comprueba, en la ciudad dominicana de San Francisco de Macorís:
«Mis hermanos trabajan para las marcas. Viven comprando etiquetas,
y viven sudando la gota gorda para pagar las cuotas».
Invisible violencia del mercado: la diversidad es enemiga de la
rentabilidad, y la uniformidad manda. La producción en serie,
en escala gigantesca, impone en todas partes sus obligatorias pautas
de consumo. Esta dictadura de la uniformización obligatoria
es más devastadora que cualquier dictadura del partido único:
impone, en el mundo entero, un modo de vida que reproduce a los
seres humanos como fotocopias del consumidor ejemplar.
El consumidor ejemplar es el hombre quieto. Esta civilización,
que confunde la cantidad con la calidad, confunde la gordura con
la buena alimentación. Según la revista científica
The Lancet, en la última década la «obesidad
severa» ha crecido casi un 30 % entre la población
joven de los países más desarrollados. Entre los niños
norteamericanos, la obesidad aumentó en un 40% en los últimos
dieciséis años, según la investigación
reciente del Centro de Ciencias de la Salud de la Universidad de
Colorado. El país que inventó las comidas y bebidas
light, los diet food y los alimentos fat free, tiene la mayor cantidad
de gordos del mundo. El consumidor ejemplar sólo se baja
del automóvil para trabajar y para mirar televisión.
Sentado ante la pantalla chica, pasa cuatro horas diarias devorando
comida de plástico.
Triunfa
la basura disfrazada de comida: esta industria está conquistando
los paladares del mundo y está haciendo trizas las tradiciones
de la cocina local. Las costumbres del buen comer, que vienen de
lejos, tienen, en algunos países, miles de años de
refinamiento y diversidad, y son un patrimonio colectivo que de
alguna manera está en los fogones de todos y no sólo
en la mesa de los ricos. Esas tradiciones, esas señas de
identidad cultural, esas fiestas de la vida, están siendo
apabulladas, de manera fulminante, por la imposición del
saber químico y único: la globalización de
la hamburguesa, la dictadura de la fast food. La plastificación
de la comida en escala mundial, obra de McDonald's, Burger King
y otras fábricas, viola exitosamente el derecho a la autodeterminación
de la cocina: sagrado derecho, porque en la boca tiene el alma una
de sus puertas.
El campeonato mundial de fútbol del 98 nos confirmó,
entre otras cosas, que la tarjeta MasterCard tonifica los músculos,
que la Coca-Cola brinda eterna juventud y que el menú de
McDonald's no puede faltar en la barriga de un buen atleta. El inmenso
ejército de McDonald's dispara hamburguesas a las bocas de
los niños y de los adultos en el planeta entero. El doble
arco de esa M sirvió de estandarte, durante la reciente conquista
de los países del Este de Europa. Las colas ante el McDonald's
de Moscú, inaugurado en 1990 con bombos y platillos, simbolizaron
la victoria de Occidente con tanta elocuencia como el desmoronamiento
del Muro de Berlín.
Un
signo de los tiempos: esta empresa, que encarna las virtudes del
mundo libre, niega a sus empleados la libertad de afiliarse a ningún
sindicato. McDonald's viola, así, un derecho legalmente consagrado
en los muchos países donde opera. En 1997, algunos trabajadores,
miembros de eso que la empresa llama la Macfamilia, intentaron sindicalizarse
en un restorán de Montreal en Canadá: el restorán
cerró. Pero en el 98, otros empleados e McDonald's, en una
pequeña ciudad cercana a Vancouver, lograron esa conquista,
digna de la Guía Guinness.
Las masas consumidoras reciben órdenes en un idioma universal:
la publicidad ha logrado lo que el esperanto quiso y no pudo. Cualquiera
entiende, en cualquier lugar, los mensajes que el televisor transmite.
En el último cuarto de siglo, los gastos de publicidad se
han duplicado en el mundo. Gracias a ellos, los niños pobres
toman cada vez más Coca-Cola y cada vez menos leche, y el
tiempo de ocio se va haciendo tiempo de consumo obligatorio. Tiempo
libre, tiempo prisionero: las casas muy pobres no tienen cama, pero
tienen televisor, y el televisor tiene la palabra. Comprado a plazos,
ese animalito prueba la vocación democrática del progreso:
a nadie escucha, pero habla para todos. Pobres y ricos conocen,
así, las virtudes de los automóviles último
modelo, y pobres y ricos se enteran de las ventajosas tasas de interés
que tal o cual banco ofrece.
Los expertos saben convertir a las mercancías en mágicos
conjuntos contra la soledad. Las cosas tienen atributos humanos:
acarician, acompañan, comprenden, ayudan, el perfume te besa
y el auto es el amigo que nunca falla. La cultura del consumo ha
hecho de la soledad el más lucrativo de los mercados. Los
agujeros del pecho se llenan atiborrándolos de cosas, o soñando
con hacerlo. Y las cosas no solamente pueden abrazar: ellas también
pueden ser símbolos de ascenso social, salvoconductos para
atravesar las aduanas de la sociedad de clases, llaves que abren
las puertas prohibidas. Cuanto más exclusivas, mejor: las
cosas te eligen y te salvan del anonimato multitudinario. La publicidad
no informa sobre el producto que vende, o rara vez lo hace. Eso
es lo de menos. Su función primordial consiste en compensar
frustraciones y alimentar fantasías: ¿En quién
quiere usted convertirse comprando esta loción de afeitar?
El criminólogo Anthony Platt ha observado que los delitos
de la calle no son solamente fruto de la pobreza extrema. También
son fruto de la ética individualista. La obsesión
social del éxito, dice Platt, incide decisivamente sobre
la apropiación ilegal de las cosas. Yo siempre he escuchado
decir que el dinero no produce la felicidad; pero cualquier televidente
pobre tiene motivos de sobra para creer que el dinero produce algo
tan parecido, que la diferencia es asunto de especialistas.
Según el historiador Eric Hobsbawm, el siglo XX puso fin
a siete mil años de vida humana centrada en la agricultura
desde que aparecieron los primeros cultivos, a fines del paleolítico.
La población mundial se urbaniza, los campesinos se hacen
ciudadanos. En América Latina tenemos campos sin nadie y
enormes hormigueros urbanos: las mayores ciudades del mundo, y las
más injustas. Expulsados por la agricultura moderna de exportación,
y por la erosión de sus tierras, los campesinos invaden los
suburbios. Ellos creen que Dios está en todas partes, pero
por experiencia saben que atiene den las grandes urbes. Las ciudades
prometen trabajo, prosperidad, un porvenir para los hijos. En los
campos, los esperadores miran pasar la vida, y mueren bostezando;
en las ciudades, la vida ocurre, y llama. Hacinados en tugurios,
lo primero que descubren los recién llegados es que el trabajo
falta y los brazos sobran, que nada es gratis y que los más
caros artículos de lujo son el aire y el silencio.
Mientras nacía el siglo XIV, fray Giordano da Rivalto pronunció
en Florencia un elogio de las ciudades. Dijo que las ciudades crecían
«porque la gente tiene el gusto de juntarse». Juntarse,
encontrarse. Ahora, ¿quién se encuentra con quién?
¿Se encuentra la esperanza con la realidad? El deseo, ¿se
encuentra con el mundo? Y la gente, ¿se encuentra con la
gente? Si las relaciones humanas han sido reducidas a relaciones
entre cosas, ¿cuánta gente se encuentra con las cosas?
El mundo entero tiende a convertirse en una gran pantalla de televisión,
donde las cosas se miran pero no se tocan. Las mercancías
en oferta invaden y privatizan los espacios públicos. Las
estaciones de autobuses y de trenes, que hasta hace poco eran espacios
de encuentro entre personas, se están convirtiendo ahora
en espacios de exhibición comercial.
El shopping center, o shopping mall, vidriera de todas las vidrieras,
impone su presencia avasallante. Las multitudes acuden, en peregrinación,
a este templo mayor de las misas del consumo. La mayoría
de los devotos contempla, en éxtasis, las cosas que sus bolsillos
no pueden pagar, mientras la minoría compradora se somete
al bombardeo de la oferta incesante y extenuante. El gentío,
que sube y baja por las escaleras mecánicas, viaja por el
mundo: los maniquíes visten como en Milán o París
y las máquinas suenan como en Chicago, y para ver y oír
no es preciso pagar pasaje. Los turistas venidos de los pueblos
del interior, o de las ciudades que aún no han merecido estas
bendiciones de la felicidad moderna, posan para la foto, al pie
de las marcas internacionales más famosas, como antes posaban
al pie de la estatua del prócer en la plaza. Beatriz Solano
ha observado que los habitantes de los barrios suburbanos acuden
al center, al shopping center, como antes acudían al centro.
El tradicional paseo del fin de semana al centro de la ciudad, tiende
a ser sustituido por la excursión a estos centros urbanos.
Lavados y planchados y peinados, vestidos con sus mejores galas,
los visitantes vienen a una fiesta donde no son convidados, pero
pueden ser mirones. Familias enteras emprenden el viaje en la cápsula
espacial que recorre el universo del consumo, donde la estética
del mercado ha diseñado un paisaje alucinante de modelos,
marcas y etiquetas.
La cultura del consumo, cultura de lo efímero, condena todo
al desuso mediático. Todo cambia al ritmo vertiginoso de
la moda, puesta al servicio de la necesidad de vender. Las cosas
envejecen en un parpadeo, para ser reemplazadas por otras cosas
de vida fugaz. Hoy que lo único que permanece es la inseguridad,
las mercancías, fabricadas para no durar, resultan tan volátiles
como el capital que las financia y el trabajo que las genera. El
dinero vuela a la velocidad de la luz: ayer estaba allá,
hoy está aquí, mañana quién sabe, y
todo trabajador es un desempleado en potencia. Paradójicamente,
los shoppings centers, reinos de la fugacidad, ofrecen la más
exitosa ilusión de seguridad. Ellos resisten fuera del tiempo,
sin edad y sin raíz, sin noche y sin día y sin memoria,
y existen fuera del espacio, más allá de las turbulencias
de la peligrosa realidad del mundo.
Los dueños del mundo usan al mundo como si fuera descartable:
una mercancía de vida efímera, que se agota como se
agotan, a poco de nacer, las imágenes que dispara la ametralladora
de la televisión y las modas y los ídolos que la publicidad
lanza, sin tregua, al mercado. Pero, ¿a qué otro mundo
vamos a mudarnos? ¿Estamos todos obligados a creernos el
cuento de que Dios ha vendido el planeta unas cuantas empresas,
porque estando de mal humor decidió privatizar el universo?
La sociedad de consumo es una trampa cazabobos. Los que tienen la
manija simulan ignorarlo, pero cualquiera que tenga ojos en la cara
puede ver que la gran mayoría de la gente consume poco, poquito
y nada necesariamente, para garantizar la existencia de la poca
naturaleza que nos queda. La injusticia social no es un error a
corregir, ni un defecto a superar: es una necesidad esencial. No
hay naturaleza capaz de alimentar a un shopping center del tamaño
del planeta. |