Leonardo
Boff: contra la “hamburguerización del mundo”
y hacia la “revolución molecular”
Por: Beglis Alfaro
Leonardo
Boff anduvo una semana por Costa Rica. Su prédica por nuestra
“casa común”, La Tierra, por la sobrevivencia
de todos los seres vivos, por la necesidad de entender cuán
implicados estamos en y con el mundo, con el polvo de las estrellas,
con las bacterias y con nosotras y nosotros mismos, resonó
en cada espacio colmado de su presencia, en cada persona que acudió
a verlo y oírlo.
Y es que con Leonardo Boff ocurre que al verlo, aunque esté
en silencio, años, ha escrito unos 60 libros, casi el equivalente
a su tiempo de existencia. Alto y delgado, serenísimo, con
un especial buen sentido del humor que entremezcla con verdades
amargas, como que “vivimos una crisis de sentido, de falta
de rumbo histórico, en la era del desencanto, con el mundo,
con nosotros, con la política, con Bush, incluso con Lula,
y hasta con Ronaldo y Ronaldinho, que nos han invergonzado en el
último campeonato mundial”.
Tiene el cabello blanco y abundante, y su barba blanca-plateada,
y larga. Como una imagen del sabio occidental que tal vez vimos
en algún libro de cuentos. Decía un amigo: “si
le quitamos la barba, lo convertimos en un hombre de 40 años.
¿Será que no es de este mundo?”.
- ¡¡¡Sí!!! Digo, ¡no! Tan de este
mundo es que se ganó broncas con la Iglesia Católica
cuando abrazó la Teología de la Liberación
y su opción por los pobres, como Frei Betto y Ernesto Cardenal.
Recuerda que fue franciscano. Pero también se casó
y su esposa es aquella señora que está allá,
la que anota en la agenda.
De hecho, en 1985, el mismo Joseph Ratzinger, actual Papa Benedicto
XVI, cuando era cardenal y dirigía la Congregación
para la Doctrina de la Fe, ordenó su silencio tras atreverse
a criticar en uno de sus libros a la Iglesia Católica.
Boff cuántico
De ser conocido otrora como el filósofo y teólogo
de la Liberación; Leonardo Boff, nacido en Brasil, se ha
convertido actualmente en uno de los maestros del llamado Nuevo
Paradigma. En una de sus charlas en este país centroamericano
confesó su inmersión en las nuevas ciencias, especialmente
en la física cuántica para entender las implicaciones
de sus hallazgos en la nueva visión del mundo y de las relaciones
entre todos los seres vivos, incluyendo por ser viviente nuestro
planeta, Gaia, como lo bautizó James Lovelock, en referencia
a la diosa griega de la tierra.
El mismísimo Fritjof Capra, físico cuántico,
autor de El Punto Crucial, es su amigo, y le habría dicho
que su visión de Dios es la más sublime que había
escuchado. Para Boff, Dios no es un ente inmanente y vigilante de
lo que nos ocurre, sino que su esencia son relaciones, totalidad.
Y es que desde la cuántica, la realidad (incluyéndonos
los seres humanos y humanas) es un fluir de energía enmarañada,
palpitante, cambiante, pero una maraña al fin, inextricable,
que nos hace interdependientes, y por tanto, indisolublemente comprometidos
en el mismo destino como “comunidad de vida” que somos.
De allí que Leonardo Boff cita Nietzsche y su frase “Dios
ha muerto”, para ayudarnos a entender nuestro momento histórico.
Y seguidamente explica: “Pero no es que Dios ha muerto, porque
un Dios que muere no es Dios. Nosotros hemos matado a Dios y por
ello vivimos en un desamparo existencial. Hay una desaparición
del horizonte utópico de la humanidad. Sufrimos una falta
de lazos que liguen y religuen”; nos religuen.
Sobre nuestro origen cósmico
Boff fue uno de los comisionados y co-redactores de la Carta de
la Tierra, junto a Mijaíl Gorbachov y Mercedes Sosa, entre
otros y otras. Desde entonces (o desde siempre) nos pide a gritos
escuchar el grito de Gaia, que a su vez es nuestro propio grito,
quizá ahogado por la indiferencia y la incomprensión
de nuestra propia naturaleza humana.
“Tenemos varios enraizamientos –dice-: el cósmico,
el biológico, el histórico, el cultural y el personal”.
Para Leonardo Boff no debe avergonzarnos reconocer nuestro origen
cósmico, tanto como el terrenal. “Venimos del Big Bang.
En un primer momento estábamos todos juntos. Cargamos en
la piel las energías fundamentales del universo: la gravitacional,
la nuclear, la electromagnética. La vida es un capítulo
de la evolución cósmica, y la vida humana es un subcapítulo
del capítulo de esa evolución”.
Boff cita las más recientes investigaciones en el campo de
las ciencias genéticas y concluye: “Todos los seres
vivos somos parientes. Tenemos el mismo código genético,
formamos una gran comunidad de vida. Somos hermanas y hermanos.
Somos seres culturales. Somos un proyecto infinito, por ello la
solidaridad, la interdependencia y la cooperación son ley
fundamental. Por ello es tan perverso el capitalismo que pone todo
el énfasis en la competencia”.
Al igual que muchas y muchos, Leonardo Boff sintió un fuerte
estremecimiento cuando a principios de febrero de este año,
la Organización de las Naciones Unidas presentó el
Cuarto Informe de Evaluación del Panel Intergubernamental
sobre Cambio Climático (IPCC), que nos revela descarnadamente
nuestro planeta agonizante por los efectos del calentamiento global,
y la inequívoca responsabilidad humana en este dantesco cuadro.
“Fue una ruptura en la conciencia colectiva de la humanidad”,
expresa Boff. Sin duda, nuestra Espada de Damocles, una lastimosa
evidencia de que no hemos sabido relacionarnos desde el agradecimiento
con nuestra Madre Tierra, ni entre nosotras ni nosotros mismos.
Recordé entonces que el físico Michio Kaku, en su
libro “Visiones. Cómo la ciencia revolucionará
la materia, la vida y la mente en el siglo XXI”, refiere los
logros que pudiéramos alcanzar con lo que él llama
los “tres pilares actuales de la ciencia”: la revolución
informática, la revolución biomolecular y la revolución
cuántica. Podríamos con la nanotecnología –dice-
“destruir microbios infecciosos, matar las células
de los tumores una a una, patrullar por nuestro flujo sanguíneo
y eliminar la placa de colesterol de nuestras arterias, limpiar
nuestro entorno interior devorando los residuos peligrosos, eliminar
el hambre del mundo cultivando alimentos sanos, baratos y abundantes.
Registrar células dañadas e invertir el proceso de
envejecimiento, construir superordenadores del tamaño de
átomos”.
Y sin embargo, con estas inmensas potencialidades, la lucha será
por evitar nuestra autodestrucción, en caso de que todos
los seres humanos y humanas acordemos intentar paliar la crisis
planetaria, y que los liderazgos del mundo asuman su responsabilidad
como promotores de decisiones políticas atinadas y coherentes
con una actitud de servicio hacia y para la vida.
Hacia una nueva espiritualidad
Para Leonardo Boff el asunto con el calentamiento global no está
en adaptarnos a esta realidad ni tratar de aminorar el drama que
tenemos encima. Se trata de cambiar el paradigma de civilización,
de intentar incluso una verdadera “revolución molecular”,
es decir, nuestra propia revolución personal, nuestro viraje,
un cambio en nuestras moléculas, desde adentro hacia fuera.
El reto –señala- está en “mirar lejos
hacia atrás” y reconocernos en nuestra historicidad
cósmica y terrenal, en “mirar lejos hacia delante”
para vislumbrar un nuevo horizonte, un proyecto de vida colectiva,
y finalmente “mirar lejos hacia arriba”, que implica
desarrollar una visión espiritual del mundo, y un nuevo humanismo.
Esta espiritualidad no necesariamente está asociada a las
religiones, advierte. “Las religiones no tienen el monopolio
de la espiritualidad. La espiritualidad es aquel momento de la conciencia
por el cual nos sentimos parte de todo, en el que el ser humano
puede escuchar su propio corazón”.
Boff cree que debemos seguir apostando a la vida, atender el clamor
ecológico, garantizar el futuro de la Tierra y la supervivencia
de todas y todos, promoviendo una cultura de y para la paz, de amor
y humanidad; garantizar la unidad de la familia humana, y también
la singularidad y la identidad de América Latina. “Debemos
sentar a la gran familia humana alrededor de la mesa para disfrutar
de la generosidad de la naturaleza”.
Las palabras de Leonardo Boff retumban, estremecen y dejan claro
que nuestra responsabilidad en el destino compartido como humanidad
es inobjetable. Nos convoca a un accionar ético, a una postura
ante y con el mundo, a practicar una nueva política, a recuperar
la mirada relacional de la vida como espiral, esa concepción
implícita en las tradiciones místicas orientales,
en la doctrina cristiana original y en nuestras culturas primigenias.
Boff regresó de nuevo a Brasil con la promesa de continuar
su prédica, para evitar la “hamburguerización
del mundo”, un riesgo que se corre en el proceso de globalización,
dice; con la promesa de seguir abogando por la Tierra, que no es
más que gritar por todas y todos.
beglisa@gmail.com
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