Alcuentru
de Sensibilización SUR-Norte
“Voces de Muyer. Enredaes na Comunicación Alternativa”
6/7 de noviembre, Antiguo Instituto Jovellanos, Xixón |
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Medios alternativos y crisis de credibilidad
Santiago Alba Rico La Jiribilla
Empezaré
con una obviedad: lo peligroso de la así llamada "información" —lo que
hace necesario un contrapunto alternativo— no es que la información sea
mendaz o manipuladora ni que esté al servicio de intereses espurios
sino el hecho de que, mendaz y manipuladora y al servicio de intereses
espurios, sea “creíble”. La pregunta que hay que hacerse es, por tanto,
la siguiente: ¿cómo se construye un marco de credibilidad en general?
¿Cómo se construye un marco de credibilidad bajo el capitalismo?
Al menos por cinco vías:
1.
Digamos que de la misma manera que los medios de destrucción se
justifican a sí mismos, a condición de que sean lo bastante
destructivos, los medios de comunicación son tanto más creíbles cuanto
mayor es el número de personas a las que potencialmente pueden engañar.
Matar con un puñal es inaceptable, horrendo, delictivo; matar con
misiles, con bombas de racimo, con una bomba atómica, es más o menos
polémico o discutible y, finalmente, justificable y legítimo.
Igualmente, el grito a viva voz en un espacio público tiene siempre
algo teatral o molesto; pero si uno coge un altavoz empieza a volverse
más o menos serio; si uno tiene un periódico comienza a hacerse oír; y
si uno tiene diez periódicos y cuatro televisiones entonces se pone
fuera de toda sospecha. El medio público, en la medida en que es
público y tanto más cuanto más público sea, está investido ya de una
autoridad fiduciaria artefacta que se impone al margen del discurso y
que es difícil de cuestionar. La declaración de un enamorado en la
intimidad de una habitación puede sonar falsa; una declaración pública
de Bush tiene siempre algo sincero, claro, convincente, y habrá que
pensarla después ― en un acto ya secundario, un poco forzado y
artificial ― para desmentirla. Pero esto quiere decir naturalmente que,
bajo el capitalismo, el acceso a los marcos de credibilidad artefactos
está sujeto a severas restricciones económicas que determinan que en
nuestro mundo solo puedan ser creídos los mentirosos, los malvados, los
ricos, los poderosos o, lo que es lo mismo, los dueños de los medios de
destrucción.
2. Como consecuencia inmediata del punto anterior,
podemos decir que a mayor libertad de información mayor credibilidad.
Decía el poeta Mattew Arnold que "si los periódicos que uno lee puede
decir lo que quieran, uno tiende a creer que está bien informado". Pero
es necesario explicar enseguida esta frase. Conviene distinguir de
entrada entre libertad de expresión y libertad de información. La
libertad de expresión pertenece al ámbito privado y puede ser más o
menos desbocada, pero nunca objeto de planificación institucional.
Todos somos más o menos libres de decir lo que queramos, a condición de
que lo escuche poca gente (nuestra familia, nuestros compañeros de
parranda, nuestros novios, los miembros de nuestro club). Como el
ámbito privado está interferido por toda clase de relaciones de poder,
ocurre que, bajo una dictadura, uno tiene miedo de alzar la voz en un
café; y bajo un patriarcado una tiene miedo de llevar la contraria a su
marido; y bajo una cultura racista uno finge estar de acuerdo con los
blancos. En todo caso, el mecanismo que limita la libertad de expresión
es siempre la "autocensura", que en unos casos es buena y en otros no:
entre un superego razonable (condición del reconocimiento social) y un
silencio aterrorizado cabe una modulación casi infinita en la intimidad
de relaciones sociales muy variadas y desigualmente negativas. En este
sentido, la revolución de internet consiste en que ha ensanchado
sideralmente el campo de la libertad de expresión al tiempo que ha
erosionado, para bien y para mal, los confines entre libertad de
expresión y libertad de información. En la misma dirección, cabe
también añadir que esta frontera viene siendo sistemáticamente borrada
desde hace años por una cultura mercantil, impuesta desde los medios de
comunicación, en virtud de la cual el campo de la expresión invade, y
suplanta, el campo de la información: y acabamos leyendo en un
periódico o escuchando en televisión palabras que solo deberían
pronunciarse en un café, en un club, en un dormitorio, cuando no
exclusivamente en el recinto cerrado de la propia cabeza. Al contrario
que la libertad de expresión, la libertad de información pertenece al
espacio público, al que solo se puede acceder a través de ciertos
medios de producción y ciertas mediaciones tecnológicas. Por eso, de la
misma manera que la libertad de expresión es en realidad libertad de
autocensura, la libertad de información es en realidad libertad de
censura. Creo que, expuestas de esta manera, se entienden mejor las
cosas. Ciertos órganos, ciertas instituciones, ciertos colectivos,
reciben del estado el derecho soberano a censurar públicamente un
número casi ilimitado de voces. La teoría liberal pretende que la
multiplicación de los órganos de censura es precisamente la que
garantiza la comparecencia de una pluralidad completa. Eso será bajo el
socialismo. Porque bajo el capitalismo, el estado delega el derecho de
censura, no en manos de ciudadanos libres o, en el extremo, de partidos
y colectivos civiles, sino de grandes multinacionales que son las que,
directa o indirectamente, redactan los periódicos y programan las
cadenas de televisión. Los mismos que deciden quién come y qué comemos,
quién puede beber y qué bebemos, quiénes van a matarse y con qué armas,
quién puede ir al colegio y qué estudiamos, quién puede tener una casa
y dónde vivimos, quién puede llevar zapatos y cómo nos vestimos, son
los que deciden quién puede hablar y qué escuchamos. La paradoja de
Arnold dice en realidad lo siguiente: mientras las fuerzas que
destruyen el planeta puedan expresarse libremente, nosotros seguiremos
sintiéndonos libres, protegidos y satisfechos.
3.
Una tercera fuente de credibilidad tiene que ver con el formato. Las
portadas de los periódicos del siglo XIX estaban divididas
verticalmente en dos secciones: arriba se enunciaban los titulares de
las noticias; abajo se incluía un capítulo de esas novelas por entrega
que hicieron famosos en Francia a Eugene Sue y Balzac y en Inglaterra a
Dickens. El resultado es que, a fuerza de compartir el espacio, la
frontera entre la información y el relato se borraba o amortiguaba y
las noticias acababan por adoptar casi sin querer un registro
narrativo. Hoy no es la narración lo que domina la información sino la
publicidad. No solo porque los periódicos y las televisiones son en
realidad tablones de anuncios donde las grandes empresas cuelgan sus
reclamos comerciales sino porque la mayor parte de la información es
publicidad encubierta o funciona de esa manera. El marco de
credibilidad por excelencia en nuestras sociedades de consumo
generalizado es precisamente el reclamo publicitario, que concentra por
lo demás, como he dicho otras veces, toda la fuerza creativa,
vanguardista, estéticamente rupturista que en épocas mejores se
asociaba a las vanguardias revolucionarias. Hoy la información no imita
al folletín novelístico sino a un anuncio de la casa Nike o a una cuña
publicitaria de Coca-Cola o Sony. De tal manera este formato (que he
llamado otras veces "gag visual") es hasta tal punto creíble y
publicitario al mismo tiempo que, por ejemplo, el tratamiento
periodístico de la ocupación de Iraq (con todas esas explosiones
magníficas, incendios fabulosos y grandes carros blindados avanzando
por las calles de Bagdad) ha servido básicamente, sirve básicamente,
para que nos entre hambre y sed; es decir, para beber más Coca-Cola y
comer más hamburguesas. Las imágenes de los invasores estadounidenses
en sus automóviles inexpugnables ha aumentado la venta de Humvees y
carros 4-4 en Europa y EE.UU. Cuanto más se parece una noticia a un
anuncio publicitario, cuantas más provoca las ganas de ir al
supermercado, más creíble resulta.
4.
Por todo ello, y en cuarto lugar, las únicas fuentes periodísticas que
uno acepta como autorizadas son aquellas que promueven o respaldan la
reproducción de estos mecanismos de credibilidad general. Es decir, las
fuentes de los medios de comunicación oficiales suelen ser
tautológicas, en el sentido en que lo es la fe religiosa de un
creyente: Dios existe porque lo dice La Biblia, que es la palabra de
Dios, que está recogida en La Biblia. La realidad existe porque lo dice
El País, que es la fuente original de la noticia, que está recogida en
El País. La acumulación de espacio público, la libertad plena de
censura y el formato publicitario concurren a convertir al medio en su
propia fuente de legitimidad y credibilidad, lo que permite que los
lectores acepten con toda naturalidad, por ejemplo, la defensa que el
grupo PRISA hace de sus intereses en América Latina como la realidad
misma de lo que ocurre en Venezuela, Bolivia, Cuba o Ecuador. Este
carácter tautológico de la credibilidad determina asimismo que
aceptemos como "fuentes autorizadas" a los verdugos —EE.UU. o Israel—
cuando se trata de informar acerca de lo que pasa en Iraq, Afganistán y
Palestina.
5. El escritor argentino Adolfo Colombres me decía
hace poco una frase que merece reflexión: "el poder no grita". Es
verdad. El poder se autolegitima y no tiene que elevar la voz; la
justicia no y por eso la justicia tiene que gritar. Pero al gritar
declara su impotencia y se vuelve increíble y hasta grosera, inculta,
antiestética. Cuanto más baja la voz el poder, más creíble parece y más
obliga a gritar a la justicia, que de esta manera —chillona y
pataleante— se vuelve menos creíble. Los "manuales de estilo" de El
País o de The New York Times recogen los procedimientos de modulación
de la voz de un poder que no se siente amenazado. Cuando el poder no se
siente amenazado, no necesita gritar y puede extender la libertad de
información casi ilimitadamente, de manera que su credibilidad y su
legitimidad no dejan de aumentar. Los grandes medios de comunicación
rompen los cristales y hacen añicos las defensas mentales sin alzar
nunca demasiado la voz.
Mediante estos mecanismos de
construcción, exteriores a los discursos, los marcos de credibilidad se
acreditan a sí mismos al mismo tiempo que desacreditan toda potencial
alternativa. La mentira organizada toma la apariencia de verdad y en el
mismo gesto vuelve increíble la verdad. Es lo que he llamado en otra
ocasión la maldición de Casandra, el personaje mitológico que anunciaba
siempre la verdad pero al que nadie creía porque Apolo, resentido y
despechado, le había escupido en la boca. El marco de credibilidad
dominante desacredita y vuelve increíbles los medios llamados
alternativos. Por eso hay que pensar bien cuáles son nuestras fuerzas y
qué podemos hacer con ellas.
Debemos
preguntarnos: ¿Cómo se destruye un marco de credibilidad? ¿Cómo se
construye uno nuevo en el que la verdad, además de verdadera, sea
creíble?
La situación es hoy quizá menos desesperada que hace
algunos años. Como los marcos de credibilidad no se construyen desde el
discurso sino desde el exterior, es necesario amenazar materialmente
esas fuentes de legitimidad, que son al mismo tiempo económicas,
políticas y culturales. En algún sentido eso ya está ocurriendo. Los
procesos emancipatorios en América Latina, los excesos imperialistas en
el mundo musulmán y las resistencias que han generado, la crisis
económica y el temor a formas articuladas de contestación política, han
minado el marco de credibilidad dominante. Los grandes medios violan
sus manuales de estilo cada vez más a menudo. Oímos gritar a El País;
escuchamos chillar a The New York Times. La libertad de información
debe ser restringida o filtrada con más rigor, o incluso criminalizada
y perseguida, y no solo en la periferia capitalista, donde periodistas
y sindicalistas siempre han sufrido las consecuencias sangrientas de
que sus discursos, al contrario de lo que ocurre en las metrópolis,
“tengan efectos reales”. Todo esto son señales de que los andamios
exteriores de la credibilidad capitalista no son tan firmes como hace
algunos años. En virtud de la ley de dependencia binaria arriba
enunciada, a mayor legitimidad de los marcos dominantes de manipulación
organizada mayor descrédito de los medios alternativos de la justicia
gritona y, en consecuencia, a mayor descrédito del marco dominante, ya
bastante chillón, mayor credibilidad de la contrainformación
emancipatoria. Los medios alternativos deben aprovechar este momento,
comprendiendo en todo caso que la construcción de un nuevo modelo de
credibilidad solo puede ser simultánea al derribo desde el exterior del
marco dominante; y que si los medios capitalistas no se han construido
mediante discursos y desde los discursos, los medios socialistas solo
serán verdaderamente creíbles y verdaderamente libres cuando haya
verdadera y materialmente socialismo.
Palabras para el Panel sobre contrainformación realizado durante la XVIII Feria Internacional del Libro, La Habana 2009.
http://www.lajiribilla.cu/2009/n409_03/409_06.html www.rebelion.org
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