Alcuentru
de Sensibilización SUR-Norte
“Voces de Muyer. Enredaes na Comunicación Alternativa”
6/7 de noviembre, Antiguo Instituto Jovellanos, Xixón |
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Democratizar las comunicaciones sí, pero... ¿sabemos cómo y para qué?
Aram Aharonian
ALAI AMLATINA, 25/08/2009.- Se ha puesto de moda hablar de la necesidad de desalambrar los latifundios mediáticos
(Viglietti/Aram dixit), de la “necesaria democratización” de la
comunicación y de la información y del llamado “terrorismo
mediático” (Chomsky dixit). Y muchas veces, todo eso no pasa de
consignas o, peor, de lamentos.
Y mientras desde por aquí declamamos, desde el
Norte siguen usando a los medios de comunicación masiva
–trasnacionales y sus “repetidoras” nacionales- como arietes de la
globalización neoliberal a través del impacto combinado de la
información, la publicidad y el entretenimiento, como poderosas armas
que imponen su estilo de vida y sus intereses, aumentando el
individualismo, el consumismo, la pérdida de identidad, y la
dependencia cultural, social, económica, política.
Estas
consignas y lamentos también incluyen declamaciones instando a
cambiar la legislación. Claro, desde arriba, sin debate ni participación y sin siquiera identificar cuál es la problemática y cual es la estrategia a implementar.
Es
necesario identificar con claridad cuáles son las razones por las
cuales es necesaria una nueva legislación, y establecer con precisión los objetivos que se buscan con dicha normativa legal.
Qué es lo que se quiere.
Todos
parecen estar de acuerdo en la necesidad de “democratizar” los
medios, pero cada uno tiene su propia idea de para qué debemos hacerlo. Hay demasiadas fisuras en este reclamo colectivo.
Cuando
se habla de la necesidad de democratizar los medios, las
frecuencias y las comunicaciones, hay que saber para qué se quiere
tomar esas medidas, qué significa realmente esa “democratización”.
En definitiva, si las nuevas medidas respetan el derecho a
informar y estar informados, si fomentan la formación de ciudadanía, si
impiden monopolios y oligopolios, si garantizan la recuperación
de le memoria y la cultura propias.
La peor de las situaciones
que podría ocurrir consistiría en que se pagase el costo político
de una normativa que fuese denunciada como autoritaria y restrictiva de
la libertad de expresión sin que en realidad se produzca con una
nueva normativa legal ningún avance significativo desde el punto de
vista de los objetivos que deberían orientarla. Ejemplo sobran en
nuestra región. Y cuando hablamos de “democratizar” no debemos
olvidar que la Ley venezolana de Telecomunicaciones es
considerada como las más neoliberal de América Latina. Es
imprescindible comenzar por una revisión de esta ley madre, para
seguir con la Ley de Responsabilidad Social de Radio y TV (alias
Resorte), con los reglamentos que impiden la difusión libre y en
igualdad de condiciones de las radios y televisoras comunitarias...
Lo que hace falta es una Constituyente Comunicacional,
donde participe el pueblo todo y no quede la normativa en el
libre albedrío de unos funcionarios. Para no seguir recitando
“socialismo”, hay que garantizar que las decisiones sean
colectivas. No hay nada que se construya desde arriba: sólo un pozo.
Una nueva normativa debiera facilitar la
democratización del acceso plural a la información, a las
opiniones y a las opciones culturales como condición para la democracia.
Sin una esfera pública democrática, plural, no es posible la
democracia. Debe, asimismo, garantizar la libertad de expresión, sin
que quede abierta la posibilidad de la censura, sea ésta previa o
a posteriori.
Una democratización significa normar restricciones a los monopolios y oligopolios en los medios
y avanzar en la democratización de la propiedad y el control de los
medios, porque si no, 80% de la audiencia seguirá controlada por
la estructura monopólica de los medios corporativos.
Una nueva
normativa debe avanzar en la contraloría social de los medios,
sin duda un objetivo democratizador, dado que los medios juegan un
papel vital en la construcción del imaginario colectivo y de la
reproducción cultural, en la educación y en el acceso a la
información.
En materia de los medios audiovisuales, es
necesario recordar que las ondas radioeléctricas son patrimonio
de la humanidad, administradas por cada Estado. Ningún particular puede
ser propietario de una frecuencia, pues solo tiene derecho a
usufructuar una concesión otorgada por el Estado. El uso de las ondas
radioeléctricas es para la nación en su totalidad y corresponde
al Estado tomar las medidas administrativas acorde con los marcos
legales establecidos.
En
el caso venezolano, no sólo es procedente sino necesario
democratizar el uso de ese bien público, mediante una
reingeniería de frecuencias y licencias, que permita una distribución
equitativa entre el sector estatal, el privado y el espacio
público. Por lo menos, ese es el criterio que prima en las
legislaciones más adelantadas en el continente. Pero si esta
sociedad avanzara hacia el socialismo, ¿no se debiera hablar de un solo
y gran espacio público? Asimismo, es necesario establecer una
vigilancia de su uso a través de un marco regulatorio que garantice su
uso democrático.
No es suficiente realizar una nueva
redistribución de las licencias efectivamente democrática y
limitar la cantidad de emisoras que pueden participar en una red. Es
necesario tener presente que la cartelización de los medios
privados venezolanos no se basa tanto en el régimen de transmisión
(redes) como en la difusión unívoca de mensajes. De allí la
necesidad de establecer un marco regulatorio preciso que, en ningún
caso, debería atentar contra la libertad de expresión, principio
considerado como el valor absoluto en un sistema democrático.
Comunicación y democracia
Hoy somos concientes de que el tema de los medios de comunicación social tiene relación directa con el futuro de nuestras democracias, porque la dictadura mediática pretende suplantar a las dictaduras militares de tres décadas atrás. Hoy no hacen falta bayonetas: los medios llevan el bombardeo ideológico hasta la sala o el dormitorio, en su propia casa.
Desde
el Norte, nos bombardean con una gran cantidad de
información-basura que solo sirve para desinformarnos y sentirnos
dependientes. Sabemos de Afganistán y los talibanes, pero no
conocemos siquiera nuestro reflejo y mucho menos a nuestros
propios vecinos.
Son los grandes grupos económicos, que usan a
los medios y deciden quién tiene o no la palabra, quien es el
protagonista y quién el antagonista. Y plantean una realidad virtual, invisibilizando la realidad adversa a sus intereses.
La democracia sigue instalada como sistema formal, sin apropiación
ciudadana, razón por la cual su institucionalidad es precaria.
Construir democracia es construir ciudadanía, empoderar a los pobres.
También somos concientes del necesario cambio de paradigmas. Hemos sido entrenados para pensar que prensa alternativa significa comunicación marginal. Hoy sabemos que la única forma de plantearse la batalla de las ideas es con una estrategia comunicacional masiva, que sea realmente alternativa al bombardeo constante, hegemónico, que nos llega desde el Norte.
No cabe duda de que los medios comunitarios,
populares, alternativos, son un paso en el camino a la
democratización, pero por sí mismo no son suficientes. Podemos tener
centenares de medios comunitarios, pero si el 93% de la audiencia
está controlada por una estructura monopólica y/o oligopólica de los
medios corporativos comerciales, poco será lo que habremos
avanzado en la dirección de la democratización.
Debemos tener
conciencia de que lo que se está librando es una guerra cultural,
la batalla de las ideas. Es una guerra que no se agota en consignas,
sino para la cual hay que prepararse adecuadamente. Para ello
debemos adueñarnos de la tecnología, aprender a usarla mejor –o tan
bien- como el enemigo y, sobre todo, tener en claro para qué
queremos esas armas, para que, en definitiva, no se sumen al
arsenal hegemónico en contra de nuestros propios pueblos.
Las
últimas experiencias nos indican, asimismo, que de nada sirve
tener medios nuevos, televisoras nuevas, si no tenemos nuevos
contenidos, si seguimos copiando las formas hegemónicas. De nada sirven
nuevos medios si no creemos en la necesidad de vernos con
nuestros propios ojos. Porque lanzar medios nuevos para repetir el mensaje del enemigo, es ser cómplice del enemigo.
- Aram Aharonian
es periodista y docente uruguayo-venezolano, director del
mensuario Question, fundador de Telesur, director del Observatorio
Latinoamericano en Comunicación y Democracia (ULAC)
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